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¿Cómo era la vida de los niños en la Caracas colonial?

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Si existe una deuda de nuestra historiografía, en sus propósitos de ofrecernos conocimientos, esta será la de esclarecer cómo era la vida de los niños y adolescentes en el pasado venezolano

La vida de los niños y adolescentes del último tercio del siglo XVI, hasta que la ciudad completa sus cien primeros años (1667), parece no haber variado en muchos aspectos. Pertinente es aclarar que nos encontramos en una sociedad estamental y, por tanto, la niñez está representada en todos los estratos sociales.

Para entonces, ya casi se encuentra extinguida la presencia de infantes indígenas en provecho del mestizaje, pero respondiendo a la cruda realidad de un nuevo despojo a la población autóctona distinta a sus tierras, ahora son sus hembras las que se reparten los blancos y negros tras los sistemáticos secuestros que éstos hacen de aquellas mujeres, sin la menor oportunidad que tienen los maridos y demás parientes varones, de encontrar justicia para esas atroces prácticas.

El desdén para solventar tal situación está, entre otras razones, en valoraciones sociales y actitudes psicológicas negativas hacia los indios. Sin omitir el importante hecho de haberlos encomendado, las indias nunca contaron con el favor de las mujeres blancas acomodadas que siempre prefirieron a las negras para el cuidado, enseñanza y compartir de sus hijos. Esto quiere decir que sus descendientes hasta entrar a la adultez, establecían estrechos vínculos afectivos con nodrizas y hayas, así como con los hijos de éstas en sus juegos y correrías infantiles.

Tomado del artículo «La edad de la inocencia en la Caracas colonial» – Por M.Sc. Guillermo Durand, Cronista de la Ciudad

En opinión de Blas Millán, cuyos pareceres hemos venido siguiendo:

“Los negros se casaban según lo ordena y manda la religión, y su familia era moral y legítima como la de los blancos. Los indios, aun los que habían recibido el santo bautismo, rehuían el matrimonio, y se les atribuía descarada poligamia. Se les sospechaba también de poseer conocimiento de hechicería y magia, y por tantas razones las señoras confiaban más en los negros, y encargaban del cuido de sus hijos a las esclavas, de preferencia a las indias. Para amas de cría también se buscaban negras jóvenes, nacidas en la casa, cuya buena salud no dejase lugar a dudas.

Ya en la segunda generación abundaban blancos y negros que habían nacido y se habían criado en las mismas casas. De niños fraternizaron en juegos, porque si bien los padres preferían ver los chicos blancos en el patio principal, y los negros en el corral, o cuando más en el segundo patio, solía suceder que para la amenidad de un juego era indispensable aumentar el número de los participantes, y entonces el segundo patio o el corral facilitaban el contingente reclamado por los chicos del amo con empeño contra lo cual nada podían los prejuicios de los señores. Había pues, amistades de infancia entre negros y blancos. Como los indios vivían lejos, era casi imposible la amistad entre chicos indios y chicos blancos.”

Por el lado de los niños y jóvenes pardos, que eran mayoritariamente más numerosos, no hay evidencias que hayan desarrollado una fraternidad en sus tiempos infantiles con los blancos y negros de manera tan estrecha. Esto quiere decir que se mantuvieron en cierto sentido como excluidos en todo aquello que podían compartir de su mundo infantil; esto es sus juegos, entretenimientos y desde luego, la misma educación escolar que aparecerá tardíamente para los pardos, por no disponer de medios de fortuna y tutores que se encargasen exclusivamente de su educación.

Otro aspecto a considerar, es su temprana incorporación al campo de trabajo con la correspondiente deserción escolar, en el caso que estuviese asistiendo, generalmente impulsado por necesidades de sobrevivencia, practicando una actividad artesanal a la que se incorporaba en calidad de aprendiz de un oficio, que por lo común también desempeñaba el padre. Cuando no ocurría así, algunos padres ponían a sus hijos a las órdenes de un maestro artesano por medio de contrato, para que le enseñara el oficio que costeaba el aprendiz con su asistencia al taller del maestro por un tiempo estipulado. No estaban exentos, claro está, de las faenas agrícolas, el de sirvientes domésticos y recaderos dentro de su propio estamento social.

Al parecer, los niños y adolescentes pardos fueron más propensos en andar vagando por las calles y descampados, tras formar gavillas o pandillas de mucho temer en sus “territorios”, producto de los enfrentamientos que sostenían con jóvenes también pardos de otros barrios

Otro modo de “diversión”, a consecuencia de su trashumancia urbana, estaba en prácticas vandálicas, entre otras, de arrojar piedras a los tejados, romper los faroles del alumbrado público, o robarse las velas y lámparas de aceite que contenían dichos faroles. La más peligrosa supuestamente, y en opinión de las autoridades, fue su propensión a los juegos de invite y azar, especialmente los billares que, al envilecer por igual a ricos y pobres, fue una actividad siempre prohibida a los menores con la correspondiente responsabilidad de sus progenitores.

Con igual insistencia, no estaba permitido volar cometas a los pardos, por los constantes accidentes de sangre que causaban al colocarle hojillas a las colas de dichos artefactos, que en ocasiones habían degollado, según parece, a otros niños. Esta disposición afectó también a los niños esclavos porque los distraía de sus faenas de trabajo, al ver surcar los cielos estas gráciles cometas. Unos y otros casi siempre fueron los primeros sospechosos de los robos en las casas de la ciudad, cuando se realizaba la tradicional fiesta del corpus y disfrazados de diablitos junto con adultos, irrumpían salvajemente en esos hogares y se llevaban algunos objetos, pese al ojo avizor del propietario.

Un curioso hecho digno de mención atribuido a los niños pardos, que está registrado en los documentos por motivos muy distintos a sus acostumbradas tropelías, es cuando crearon en los días siguientes a la formación de la Junta Suprema de Caracas el 19 de Abril de 1810, una “Legión de Muchachos” para defender la naciente república; propuesta que lógicamente las autoridades del ayuntamiento rechazaron por temeraria, no sin antes expresar las debidas gracias a los niños firmantes de la iniciativa patriótica

Es por estos mismos días cuando recrudecen los enfrentamientos entre muchachos de los barrios de la ciudad, asumiendo que eran bandas partidarias, supuestamente, de uno u otro grupo del conflicto político de la independencia en ciernes. Las autoridades impusieron penas pecuniarias y arresto a los padres de estos jóvenes, con el propósito de ponerle fin a este escandaloso asunto que tenía en vilo a los vecinos de la ciudad.

Las niñas blancas no tuvieron formalmente una educación escolarizada, al recibir toda su enseñanza de sus madres y hayas en sus propias casas. Leer, tejer y rezar, básicamente constituía tal enseñanza

Debe recordarse, además, que su pubertad siempre estaba acechada por planificados o imprevistos enlaces nupciales casi siempre con hombres muy mayores, algo que no las eximía de tener por lo general, una prole numerosa estimulada por más de un enlace matrimonial, y al hecho de que la tasa de mortalidad infantil, era sumamente elevada por esa época, y la única forma de paliarla significaba en consecuencia tener muchos hijos en el matrimonio como en efecto acontecía en Caracas.

En una escala más baja, este libreto de vida de las niñas se repetía con algunas variantes en las pardas, con la particularidad que muchas de ellas trabajaban en diversas actividades con sus madres, especialmente en la venta de alimentos tanto en el mercado como por las calles de la ciudad. En el campo era ciertamente cruento, por las exigencias que implicaban las labores agrícolas “para ganarse el sustento de la vida humana”, como solían testimoniar en los documentos

El acuciante y estricto licenciado Miguel José Sanz, del cual ya hemos dado noticias, en un informe sobre la educación pública a fines del siglo XVIII, nos da una idea bastante interesante de lo que era la enseñanza de los niños, en términos de buscar poner en claro lo errónea de cómo era impartida la educación al infante de familias acomodas caraqueñas, al estar muy influida por los prejuicios sociales, y de alguna manera a las acomodaticias creencias de su tiempo.

Pudiese resumir el contenido de los argumentos de Sanz, pero no quiero que el lector pierda detalles de esta sinopsis, que es resultado del análisis de diversos factores que intervinieron en la conformación de una educación que formó en buena medida a los hombres que de alguna forma sostuvieron el régimen colonial en Caracas. Entre otras cosas señalaba:

“Tan pronto como el niño tiene uso de razón, se lleva a la escuela, donde aprende a leer en libros de mal forjados cuentos, de milagros espantosos o de devoción sin principios, reducida a ciertas practicas exteriores que lo hacen hipócrita o falso.

Lejos de inspirarle normas verdaderamente cristianas, educándoles en aquellas obligaciones bases de todas las demás y haciéndoles comprender, desde el principio, la grandeza, el poder, la bondad, la justicia del Ser Supremo, creador de todas las cosas, el padre se conforma y cree haber cumplido su deber, si su hijo sabe de memoria algunas oraciones, reza el rosario, lleva escapularios y cumple con otras prácticas exteriores del cristianismo (…) En lugar de enseñarle al niño lo que debe a Dios, a si mismo y al prójimo, se le abandona en toda clase de peligrosos entretenimientos, sin cuidar para nada de las compañías que escoge. Como preceptos se le inculcan ciertos dictados de la vanidad y del orgullo, que llevan a abusar de las prerrogativas de su nacimiento, porque ignoran para lo que estas sirven. Pocos niños hay en Caracas que no se crean más nobles que todos los demás y no se precien de tener un abuelo Alférez, un tío alcalde, un hermano Monje o un sacerdote por pariente. (…)

Materialmente no hay persona distinguida que no pretenda ser militar, aunque carezca de todas las nociones preliminares e indispensables a ese noble ejercicio, ni nadie blanco o blanqueado, que no quiera ser Abogado, Sacerdote o Monje, y aquellos que no puedan llevar tan lejos sus preatenciones, aspiran por lo menos a ser notarios, escribanos, suplentes de sacristán, o pertenecer a alguna comunidad religiosa en calidad de lego, pupilo o recogida, por manera que los campos se hallan desiertos y su fertilidad testimonia contra nuestra religión. Se desdeña la agricultura. Quiere cada cual vivir del ocio, entregado a los feos vicios de la lujuria, el juego, la intriga y la calumnia. Y por ello se multiplican los procesos, medran los malos, se desaniman los buenos y todo se corrompe”.

Este sería el boceto de un cuadro incompleto, cuyas imágenes de conjunto se formaron en Caracas en los tiempos de la colonial. Queda por incorporar las acciones que directamente emprendieron las instituciones de gobierno, desde el Rey hasta el Ayuntamiento pasando por el Gobernador y Capitán General, sin excluir la Real Audiencia y el importante poder eclesiástico.

Por ejemplo, son de obligada mención en las medidas protección de la infancia, las disposiciones reales sobre los niños expósitos, la inseminación de la vacuna contra la viruela que fue una de las enfermedades más terribles que cundió con mucha frecuencia; la erección de instituciones educativas como el Colegio Jesús, María y José, el proyecto frustrado para establecer la escuela de Niños Nobles de Caracas, y desde luego, el Colegio Seminario Santa Rosa de Lima en 1721, que se transformará en la primera universidad en el país, donde se formará la clase política que dirigirá la república de una u otra manera, a partir de su establecimiento en 1811.

Lea con mayor detalle la situación de la infancia en la Caracas colonial en un interesante artículo del Cronista de la Ciudad, Guillermo Durand en CRONICARACAS

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