El cierre del año escolar deja muchas restas. Las escuelas se enfrentan a la deserción de los maestros, al colapso de los servicios públicos, a la desmotivación escolar y al fenómeno de la niñez dejada atrás, que el año pasado solo en escuelas de Fe y Alegría, contaba 4 mil estudiantes cuyos padres emigraron pero este año superó los 10 mil .

A Luisa Pernalete el oficio le brota en cada palabra, incluso cuando explica los escenarios más desoladores. Su verbo es pausado, pone en contexto, hace referencias y utiliza ejemplos para que quien le escuche pueda entender claramente. Aunque la lista en negativo del año escolar a veces le apacigua el entusiasmo, como buena maestra, busca cómo puede sumar ante tanta resta.

Por eso suena simple, aunque sea complejo, cuando explica que la educación en Venezuela desde hace tres o cuatro años enfrenta lo mismo que ocurre en un país que ha sufrido tsunamis, terremotos, sequías prolongadas o conflictos bélicos: es imposible cumplir con la rutina escolar, es decir que los niños tengan clase todos los días y en su jornada completa.

En marzo de este año, las escuelas tuvieron actividades solo 10 de sus 21 días hábiles –pero nada más en algunos estados- debido a los dos apagones nacionales que dejaron sin energía eléctrica ni servicios públicos al país. En regiones del occidente, desde marzo hasta mayo, específicamente a quienes les correspondía el turno vespertino se quedaron con una jornada incompleta o simplemente ni siquiera la reanudaron, debido a la orden desde el Poder Ejecutivo de suspender indefinidamente este horario “en pro del restablecimiento del servicio eléctrico nacional”. En varias escuelas, pidieron a los padres llevar a los niños solo de 1:00 a 3:00 de la tarde. En otros –para cumplir con la orden- las clases eran lunes, miércoles y viernes.

“Solo en Venezuela hemos visto que se suspenden clases por órdenes superiores, eso no pasa en el resto de América Latina. Ni siquiera cuando hay elecciones y mucho menos por más de cinco días cuando hay jornadas electorales”, explica la docente y recuerda la frase que le dijo un maestro ante tantas suspensiones de actividades: “a uno lo pueden obligar a trabajar, pero lo increíble es que nos obliguen a NO trabajar, eso no se entiende”.

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