¿Se ha vuelto casi imposible realizar fotografía callejera?

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¿Se ha vuelto casi imposible realizar fotografía callejera?

 

La noticia saltó ayer en las redes sociales. Un fotógrafo ha publicado una imagen de su cara ensangrentada y su cámara destrozada. Según parece estaba haciendo fotos el 26 de agosto en el carnaval de Nothing Hill y encontró a una pareja besándose. Les hizo fotos y la respuesta fue muy violenta. Math Roberts se quedó sin cámara y con uno de los mayores sustos de su vida por disparar su cámara.

Los tiempos han cambiado. El fotógrafo urbano ya no es bien recibido en la cultura occidental. Ahora que todos llevamos una cámara. Y nos hemos convertido en sospechosos habituales. Ya no podemos trabajar donde queramos. Los gobiernos cada vez ponen leyes más estrictas y los fotógrafos no gustamos en muchos lugares.

La sociedad es otra. Antes un fotógrafo documentaba la realidad; ahora es un voyeur que se enriquece a nuestra costa y que hace fotos para saber qué perversiones ocultas. Ya no cuenta historias, sino que seguro que almacena todo en discos duros para aprovecharse de la gente que encuentra por la calle.

Así que cada vez será más frecuente encontrarnos en la misma situación que Math Roberts. La justicia implacable caerá sobre nosotros.No tenemos derecho alguno a fotografiar a la gente que pasea por la calle. Ni siquiera si estamos en medio de una fiesta pública. Los fotógrafos nos hemos convertido en malditos.

¿Es tan negra la realidad fotográfica?

El derecho a la intimidad y el derecho a la imagen han irrumpido con fuerza en las sociedades occidentales. No podemos fotografiar a nadie sin su consentimiento. Se acabaron los argénticos días de vino y rosas. Lo nuestro será una aberración del pasado que recordarán con vergüenza por lo que nuestros antepasados llegaron a hacer con algo tan hiriente como una cámara de fotos.

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Siempre cito una clase magistral en la que el profesor, abogado para más señas, nos advirtió de que si no queríamos problemas nos dedicáramos a fotografiar a los árboles. Nada de personas desconocidas que atraviesan la calle. Prohibido.

Si queremos fotografiar a una persona tendremos que llevar un formulario para que lo firme y nos autorice utilizar su imagen. O mejor aún, ir siempre con un amigo, familiar o modelo para contar cómo es la calle pero actuando.

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Este verano he ido a la playa, al Mediterráneo y al Cantábrico. Y lo he pasado mal con la cámara. No me he sentido cómodo y casi no he podido sacarla. Ni siquiera para fotografiar a mi familia. Tenía miedo de que alguien se sintiera molesto y montara un escándalo. Ya no es un mundo para fotógrafos.

En uno de los pueblos en los que estuvimos vimos el girasol más grande de nuestras vidas. Asomaba desde un patio a la calle. Era de noche y comenté con mi mujer las ganas que tenía de fotografiarlo al día siguiente. Por la mañana ya no estaba. Siempre he creído que el señor que estaba paseando era el dueño de la casa y no le gustó que un fotógrafo rondase su tesoro vegetal. No parecemos gente de fiar.

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Ya me han dicho que pensar así es arcaico y que no lleva a ninguna parte. Que si creo que soy un privilegiado y que quién me creo que soy para fotografiar a quién quiera. No soy nadie y a nadie obligo.

Pero me encanta reflejar cómo es la vida en la calle y me gusta pensar que en el futuro mi familia, o más gente, podrá conocer cómo éramos realmente cuando salíamos a pasear, cuál era la moda o los peinados que triunfaban. Y si puedo contarlo con mis fotos seré feliz. Me gusta, es mi profesión.

La historia de la fotografía sin gente

La historia de la fotografía es la historia de la gente. El increíble valor antropológico de la fotografía. Desde la primera imagen callejera, en la que se ve a un caballero atendido por un limpiabotas en la calle hasta la actualidad, detener para siempre a la gente nos ha permitido conocer más de nosotros mismos.

Sería difícil comprender cómo fue la Gran Depresión sin la Farm Security. Imposible conocer los años después de la guerra sin las imágenes de los fotógrafos humanistas. Nunca recordaríamos las fiestas sin Cristina García Rodero…

Sería difícil comprender cómo fue la Gran Depresión sin la Farm Security. Imposible conocer los años después de la guerra sin las imágenes de los fotógrafos humanistas. Nunca recordaríamos las fiestas tradicionales sin Cristina García Rodero… Es el comienzo de una lista que puede ser interminable.

Es la mejor forma de conocernos, de saber cómo fuimos. No sonreímos siempre como hacemos en las redes sociales. Nunca en la historia se había visto tanto a la gente de la calle. A ti y a mi. Durante siglos solo podíamos ver a los que creían tener la sangre azul o a los señalados por la divinidad. Y la fotografía rompió con esta injusticia. Todos éramos dignos de ser recordados…

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