Por Víctor Suárez.

Entre lunes y viernes la temperatura ambiente en Nueva York osciló entre 24 y 32 grados °C, sin lluvias, pero en esas 120 horas el chaparrón diplomático, político y económico que se desató contra la dictadura venezolana resultó continuo, trepidante y arrollador.

La confluencia del diluvio estuvo en la Plaza de las Naciones #60, donde se desarrolló la 74 Asamblea General de Naciones Unidas, y su fuerza centrífuga se extendió mucho más allá de los llamados “márgenes”, hasta conectar con esos larguísimos afluentes que en esta oportunidad emergieron desde el Grupo de Lima, Grupo Internacional de Contacto, OEA, la Casa Blanca, Unión Europea, Cruz Roja, importantes grupos de presión e inversión y los organismos internacionales radicados en Ginebra.

Esta semana, la capacidad de acción estratégica de la oposición organizada se desplegó con brillantez para alinear al mundo democrático a su favor, lo cual está derivando en una situación límite para Maduro y su pandilla. “Tienen que irse”. “Cuanto antes, mejor”.

Que también salieron a toda prisa en busca de alguna alcayata. Maduro aterrizó en Moscú, y al cabo de 48 horas regresó a su cueva apenas con dos consejos y una resolución, expresados por Vladimir Putin: negocie, respete a la Asamblea Nacional, no habrá más créditos. Cabello voló 14.346 kilómetros hasta Pyongyang para ofrendar a la sanguinaria dinastía Kim (ramito de flores al pie de las estatuas del abuelo y el padre, y entrega de una carta al hijo Jong Un, a quien ni siquiera vio); de allí cruzó otros 2.759 km, hasta Hanoi, capital de Viet Nam, sí se sabe a qué.
En Ginebra, en el 42 período de sesiones del Consejo de los Derechos Humanos de la ONU, hacía su trabajo Jorge Valero, preparando una jugada que no le saldría del todo bien. En Nueva York, al inicio de las sesiones de la Asamblea General de la ONU, pastaban el canciller Jorge Arreaza, el embajador Samuel Moncada y una funcionaria de nombre Daniela Rodríguez, quien chupó más cámara que toda la delegación oficialista pues mientras hablaba el jefe del imperio Donald Trump se entretenía leyendo un libro sobre Simón Bolívar producido por aquel expresidente del TSJ y exembajador en Colombia Iván Rincón Urdaneta. En ningún momento dio señales de vida la adjunta de Moncada, la hija menor de Hugo Chávez.
Una semana sabrosa para disfrutar de Nueva York, fin de verano, al margen de los compromisos políticos y diplomáticos. Pero la pandilla de Maduro no aparece en ninguna pizarra, en ninguna agenda. No puede ir a la reunión de cancilleres en la que se invoca el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). No puede asomar la cabeza ni en el Grupo de Lima ni en el Grupo Internacional de Contacto, que representan a América y a Europa.
Tampoco a la OEA, de la que se ha marchado. Los designados por Juan Guaidó han tomado posiciones desde temprano, en todas las instancias. Julio Borges, Gustavo Tarre Briceño, Carlos Vecchio, Miguel Pizarro, que son funcionarios permanentes, declaran a la prensa y a la TV, la Voz de América les persigue a todos lados, Carla Angola no les pierde pisada, tuitean, se hacen selfies con cuanta celebridad mundial o regional se les acerca. La Asamblea Nacional les ha reforzado con William Dávila y Luis Florido.
También están los embajadores en Francia y Canadá. La pandilla de Maduro deberá esperar hasta el viernes 27 para protagonizar media hora en la plenaria de la Asamblea General. El embajador de Maduro en la ONU, Samuel Moncada, padece movilidad limitada, con una especie de grillete electrónico en la cartera que le impide traspasar el perímetro de la Plaza de las Naciones. La última vez que se le vio un poco más allá, en Central Park, sentado en un banquito, trazaba estrategias con Arreaza y con Rafael Ramírez (entonces todavía enchufado en la ONU). Esta vez Arreaza y Moncada andan nerviosos.
La credencial de la vicepresidenta Delcy Rodríguez habría sido impugnada, por usurpadora del cargo. Han apelado, para curarse en salud. Sería una catástrofe (otra más). Si se sometiese a votación la presunta impugnación, el reglamento habla de la mitad más uno de los presentes en la sala, no de la mitad más uno del número de países miembros de la ONU. Maduro le temía a esa eventualidad. Quizá por ello ha reculado.
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