Los genes frente al entorno.
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El envejecimiento afecta su memoria (Parte II) Los genes frente al entorno

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Los genes frente al entorno.

Hay personas que tienen una memoria excelente para las palabras, otras para los números y otras para la música. Pero ¿Hay genes que regulan la manera en que envejece el cerebro?

¿Son los genes los que nos proporcionan una fuerza para recordar durante nuestra juventud? Y a medida que vamos envejeciendo, ¿Hasta qué punto los genes controlan o programan el momento en que las células nerviosas degeneran en el hipocampo y los lóbulos frontales?

Estamos esperando a tener las respuestas a estas preguntas porque, sólo entonces, será posible traducir este conocimiento genético a unas intervenciones prácticas terapéuticas.

George Burns bebía como un cosaco, fumaba como una chimenea y además hizo unas cuantas cosas excitantes más y sin embargo, vivió hasta más allá de los cien años. Es obvio que tenía unos buenos genes de longevidad.

La variabilidad genética inherente influye no sólo en la longevidad sino también en las funciones intelectuales y en la memoria, por lo que una persona de cincuenta años puede tener el cerebro de una de ochenta y cinco y viceversa.

Pero además de las influencias genéticas, los factores del entorno pueden magnificar y en ocasiones ser la causa directa de que se pierda la memoria a medida que uno se va haciendo viejo. Estos efectos pueden ser alterados directamente a diferencia de sus genes.

En una sección posterior, me concentraré en estos factores ambientales que acostumbran a ser reversibles.

El envejecimiento debilita la memoria reciente

¿Recuerda qué es lo que ha comido hoy al mediodía? ¿Y ayer? ¿Y hace una semana?

Para la mayoría, lo que ha sucedido hoy sigue estando en la memoria activa, el ayer está flotando por encima de la «papelera de la memoria» y la comida de hace una semana ya está en la papelera y lo más probable es que haya desaparecido definitivamente.

El factor tiempo es de una importancia crucial ya que a medida que va usted más atrás en el tiempo, los recuerdos empiezan a desvanecerse. La paradoja es que a medida que se va haciendo viejo no son los recuerdos antiguos los que desaparecen sino que es más frecuente que sean los recientes.

Los recuerdos más recientes incluso si están más cerca de la consciencia y por lo tanto son más «activos» no están tan incrustados en su cerebro como los recuerdos antiguos, de modo que puede comprender el motivo de que los lapsos en la memoria reciente se produzcan durante el proceso de envejecimiento.

El poder del aprendizaje

Cuando se hace que los ratoncitos aprendan una tarea compleja como atravesar un laberinto para llegar a una fuente de comida, el proceso conduce a una mayor ramificación y conexión entre las células nerviosas del cerebro.

Aprender conduce literalmente a un cambio estructural en las células nerviosas del cerebro del ratón y estos cambios pueden ser permanentes, lo que dará por resultado una inteligencia y memoria superiores.

En el caso de los niños, a eso le llamamos educación. En los experimentos con ratones, la ramificación de las dendritas se ralentiza y luego se detiene a medida que avanza la edad, y por lo tanto un nuevo aprendizaje se vuelve más limitado.

De manera similar, en la gente, la capacidad de aprender información nueva es muchísimo mayor durante la niñez y disminuye más adelante en la vida, cuando las células nerviosas pierden la capacidad de crecer y ramificarse para formar nuevos contactos con otras células nerviosas.

Este tema me recuerda un incidente que me enseñó muchísimo respecto a nuestra capacidad de aprender y de como cambia a medida que nos vamos haciendo más viejos.

Jugando con topos

Cuando yo estaba en Yale, conocí a Anil Deolalikar, un economista que en aquél entonces era miembro junior de la facultad. Más tarde, se casó y se fue a vivir a Seattle. Cuando le visité, su hija tenía excasamente tres años de edad.

Una mañana, él jugaba con ella a un juego en que le mostraba varias fichas grandes con la superficie blanca llena a rebosar de topos rojos. Una ficha tenía sesenta y siete topos, otra sesenta y nueve, otra sesenta y uno y así sucesivamente.

Cada vez que le enseñaba una de las fichas, ella decía inmediatamente el número correcto de topos. Ni aunque me hubiera ido la vida en ello, yo no hubiera sido capaz de diferenciar el número de topos rojos en esas fichas ni tampoco podía Anil.

Yo estaba impresionado porque estaba claro que su hija de tres años no estaba familiarizada con el concepto de los números y ya no digamos con el significado de sesenta y nueve o setenta y uno.

Anil me explicó que su hija no era realmente única sino que los niños muy pequeños es normal que posean una memoria fotográfica visual casi perfecta. Esta capacidad se pierde cuando crecen, posiblemente porque queda desplazada por el desarrollo del lenguaje.

Esta experiencia aumentó mi conciencia del hecho de que dentro de cada uno de nosotros hay muchos recursos que no se aprovechan y que cultivar estas habilidades es esencial para el desarrollo y mantenimiento de nuestras facultades intelectuales, incluyendo a la memoria.

A pesar de que el mejor momento para el aprendizaje es cuando se es joven, tanto éste como la memoria todavía puede aumentarse en la madurez y más allá, siempre que se den los pasos adecuados.

 

 

 

Lea en Curadas el artículo previo sobre este tema, haciendo clic AQUÍ

Wikipedia

Tomado de: «¿De que forma el envejecimiento afecta a su memoria?« por: D.P. Devanand. En: Cómo potenciar su memoria de la Editorial AMAT, Barcelona -España, 2008.

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