Crear el tensiómetro le costó la vida a un caballo y a varios perros y gatos
Crear el tensiómetro le costó la vida a un caballo y a varios perros y gatos

Crear el tensiómetro le costó la vida a un caballo y a varios perros y gatos

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Los humanos nunca podremos agradecer lo suficiente a los animales su contribución a los avances científicos. Uno de ellos, el indispensable tensiómetro, mereció el sacrificio de diversos animales domésticos y diversas mascotas

Crear el tensiómetro le costó la vida a un caballo y a varios perros y gatos. ¿Qué sería de nosotros sin las vacas de Jenner, la oveja de Roslin, los perros de Pavlov, el gato de Schrödinger o los pinzones de Darwin?

Los primeros experimentos en este ámbito se remontan a los inicios de la historia de la ciencia, sabemos que ya en la antigüedad grecorromana Aristóteles y Galeno experimentaban con animales.

Y sin la yegua de Hares…

Echemos la vista atrás y remontémonos hasta 1726, ese año un clérigo inglés –Stephen Hares– decidió sacrificar su yegua favorita, de la que lamentablemente no nos ha quedado constancia de su nombre, en aras de la Ciencia.

Lo que sí que sabemos, porque así lo dejó escrito, es que se hizo acompañar de cuatro de sus criados más fieles hasta el claro de un bosque. Allí, alejados de miradas inoportunas, extrajo un extraño adminiculo de un saco, el resultado de varios meses de arduo trabajo.

Cuando todo estuvo preparado los criados inmovilizaron las patas del animal al tronco de un árbol y seguidamente Hares realizó una pequeña incisión en la carótida derecha de la yegua. Conectando el punto sangrante a un tubo de latón y éste, a su vez, a otro tubo, fabricado en vidrio y calibrado.

Durante unos segundos el clérigo contuvo la respiración y clavó su mirada en el tubo elevador, esperando a que el milagro se produjera. Tal y como había previsto, a medida que el animal se desangraba el tubo registraba unos valores más elevados, es decir, la presión aumentaba.

En un momento dado la presión arterial se estancó y, a partir de ahí, en el preciso instante en el que el animal estaba más pálido y sudoroso, empezó a disminuir de forma vertiginosa.

Todo se desarrolló con enorme celeridad, la yegua acabó desplomándose y falleciendo. El cuadrúpedo, sin dar su consentimiento por escrito, había entregado su alma a la ciencia.

De esta forma, Stephen Hares se convirtió en la primera persona en medir la presión arterial. En 1733 publicó su experimento bajo el título «Statiscal Essays: containing haemastasis» que, como en tantas otras ocasiones, fue menospreciado y duramente criticado por la comunidad científica.

Un tensiómetro con cámaras de bicicleta

En 1828 el galeno francés Jean Léonard Marie Poiseuille (1797-1869) retomó la idea. Confeccionó un nuevo aparato, al que bautizó como hemodinamómetro y que consistía, básicamente, en un manómetro de mercurio en forma de «U».

Poiseuille realizó todas sus mediciones en animales, pero en esta ocasión los seleccionados para la«gloria» fueron perros y gatos, más fáciles de conseguir y manejar que una yegua.

Al igual que en el experimento anterior, el médico francés realizó una incisión en la arteria carótida previa a la medición, por lo que el experimento terminaba irremediablemente con el fallecimiento del animal.

Afortunadamente, en 1896 un médico italiano –Scipione Riva-Rocci (1863-1937)– aunó los experimentos previos e inventó el primer esfingomanómetro de la historia, que permitía medir la presión arterial sin necesidad de poner en peligro la vida de los pacientes.

 

 

Continúe leyendo sobre este interesante experimento en ABC ciencia

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