El alcoholímetro: Desde 1938 existe la "Trampa para ebrios"
El alcoholímetro: Desde 1938 existe la "Trampa para ebrios"

El alcoholímetro: Desde 1938 existe la «Trampa para ebrios»

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Siempre ha sido difícil probarle al conductor que está ebrio, pero contra este instrumento no hay apelación.

Juan Foley (nombre ficticio) estaba ebrio cuando su cupé embistió lateralmente contra dos automóviles estacionados, trepó a la acera y se estrelló contra un poste. Milagrosamente se escapó de matar a un transeúnte. También se escapó de ser condenado por conducir en estado de embriaguez.

El abogado de Foley no necesitó probar que éste se encontraba en su juicio; sólo tuvo que infundir una duda razonable en la mente del jurado. El shock del accidente pudo haber sido la causa de que Foley hablara en forma ininteligible; el andar inseguro pudo ser consecuencia de las lesiones que recibiera. Así, quedó en libertad de volver a beber, a conducir… y a poner en peligro la vida del prójimo.

Si Foley hubiese sido vecino de alguna de las muchas poblaciones donde se hacen pruebas químicas para la embriaguez, la cantidad de alcohol hallado en su organismo habría sido suficiente para condenarlo. Donde se usan esas pruebas han aumentado considerablemente las condenas de los conductores ebrios.

Hasta hace poco tiempo, esta prueba era demasiado complicada y cara para que pudieran emplearla los departamentos de policía pequeños. Por ejemplo, para hacer un análisis de sangre es necesario que un médico introduzca una aguja en la vena y extraiga la muestra de sangre necesaria con una jeringa esterilizada, operación de pequeña cirugía que puede resultar peligrosa, si no ilegal, cuando la practica una persona no preparada para ello. Y no todas las poblaciones pueden darse el lujo de pagar médicos y tener laboratorios para fines policiales.

Actualmente se ha superado este obstáculo con el perfeccionamiento de un instrumento científico llamado el «alcoholímetro». Este aparato, ideado por el Dr. León Greenberg, de la Universidad de Yale, es portátil como una maleta y cualquier agente de policía puede manejarlo.

Cuando el sospechosos de embriaguez sopla por el tubo del alcoholímetro, una parte del aliento queda retenida en el interior por una válvula. Un silbato colocado en el tubo de aire impide que el sospechoso no haga sino aparentar que sopla; el aparato tiene que dar un silbido antes de funcionar. La muestra de aliento pasa al interior de una cámara que contiene pentóxido de yodo, el cual reacciona con el alcohol dejando yodo en libertad. El yodo pasa a un tubo que contiene una solución de almidón, a la cual da color azul. Cuanto más alcohol haya en el aliento, más yodo queda libre, y cuanto más yodo haya, más azul se pone el almidón. Una celda fotoeléctrica, que reacciona con el cambio de color, mueve la aguja de una media esfera graduada que indica la concentración de alcohol en la sangre.

Las drogas, las pastillas de menta y otros recursos para «enmascarar» el alcohol, no engañan al alcoholímetro. El aliento, que viene de la profundidad del pulmón, recoge el alcohol que está circulando por los vasos sanguíneos de ese órgano.

Actualmente el alcoholímetro se usa en muchas ciudades de los Estados Unidos. Lo que con él puede lograrse está de manifiesto en el caso de Manchester, New Hampshire. Esta ciudad de 83000 habitantes, donde el hecho de que cincuenta clubs tuvieran licencia para expender licores había contribuido considerablemente a que el conducir en estado de embriaguez se convirtiera en amenaza pública, adquirió un alcoholímetro para su departamento de policía en 1950. hasta entonces sólo a la mitad, aproximadamente, de los conductores ebrios se les pudo probar que lo estaban. En 1951 los acusados alcanzaron un total de 138. ¡Y todos fueron convictos! Muy pocos apelaron de la sentencia.

El alcoholímetro sirve también para proteger inocentes y salvar vidas. Hay multitud de estados patológicos, entre ellos el coma diabético, la intoxicación por barbitúricos, la fractura del cráneo y la epilepsia, cuyos síntomas se parecen a la intoxicación alcohólica. En todos esos casos, las cifras bajas que muestra el alcoholímetro indican rápidamente que se impone la atención médica.

La prueba del alcoholímetro induce a muchos sospechosos a confesar su culpa, y contribuye a identificar los casos difíciles de aprehender: los bebedores consuetudinarios que «saben manejar el alcohol».

Estos bebedores no se tambalean ni tienen la lengua estropajosa, pero por su excesiva confianza son más peligrosos que aquellos que se embriagan totalmente hasta incapacitarse por completo para conducir.

Cuando el conductor que ha bebido demasiado sabe que nada ha de salvarlo de una prueba inmediata de su culpabilidad y de un rápido castigo, puede que se decida voluntariamente a tomar un taxi que lo lleve sano y salvo a su casa.

N.d.E.: donde usted lea alcoholímetro, originalmente decía «alcómetro«, que era la forma traducida en 1953 para alcoholmeter.

Tomado de: «Trampa para ebrios» Por: Marian Mowatt, en: Selecciones del Reader’s Digest. Julio de 1953, pp 96-97

Conozca más datos sobre el alcoholímetro, haciendo clic AQUÍ

Selecciones…

 

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