Un modo de hacer dinero y divertirse a la vez

Hace poco tiempo estuve en la oficina de Don Davis. La oficina estaba llena de artificios de variadísimas clases, entre los cuales había una fiambrera calentada eléctricamente, un aparato de bolsillo para apagar el cigarrillo cuando uno no encuentra cenicero a mano, una máquina de escribir que saca cinco copias sin papel carbón, y un ingenioso instrumento metálico que puesto en el fondo de una olla impide que el contenido hierva hasta rebosar. Mas los artificios que había en la oficina no eran sino pequeña parte de los miles de inventos recientes apiñados en los dos pisos de edificio que ocupa Davis en Los Ángeles. Casi todos estos inventos eran obra de hombres y mujeres que los habían ideado en casa.

Davis, que nunca ha inventado nada, empezó a interesarse en los inventores y sus artificios cuando era socio de una compañía de publicidad de Chicago. Uno de los clientes, fabricante de un artículo nuevo que parecía prometedor, no podía pagar sus cuentas, y dijo que su mal éxito se debía a que los agentes vendedores no llamaban la atención hacia su invento.

Davis se dio cuenta de que para dar salida en el mercado a inventos nuevos es preciso emplear métodos distintos de los empleados para productos ya bien conocidos; hay que crearles demanda antes que lleguen a las tiendas. Quizás había en ello una oportunidad de ayudar a los inventores y establecerse por su cuenta. Se mudó a Los Ángeles, buen centro de promoción para inventores aficionados, y en 1947 fundó el «Club del Mejor Artificio del Mes», cuyo objeto era examinar inventos que se sometieran a su consideración y enviar los mejores a sus miembros para darlos a conocer. Había miembros que ingresaban en el club provisionalmente por vía de prueba y pagaban un dólar. Los miembros permanentes pagaban cinco dólares por año.

El club tuvo tan buen éxito que por poco arruina a sus fundadores. Pocos días después que se anunció por la radio empezaron a llover cartas. En un sólo día se recibieron 10.000 dólares en billetes de un dólar y de cinco dólares. El pequeño cuerpo de directores y empleados, que a la sazón no ocupaba sino dos cuartos, pronto se vio abrumado por 125.000 suscripciones. Varios inspectores postales sospechosos fueron a escudriñar las oficinas, y 300 miembros cuyas suscripciones se perdieron en la confusión escribieron cartas coléricas. La dirección del club dejo de aceptar suscripciones y empezó a enviar artificios a los miembros.

En la actualidad el club acepta otra vez suscripciones, pero la cuota anual es de 12 dólares -suficientemente alta para impedir la inundación. Los artificios, escogidos cada mes por una junta de personas competentes, son de más valor que los primeros ofrecidos por el club. Uno de los que se han escogido es una navaja de afeitar curva que se adapta a la forma de la cara y en que, según pruebas que se han hecho, cada hojilla dura dos veces más que en las usadas hasta ahora. Para cada invento ensayado y aprobado, el club asegura el privilegio de venta por los 17 años que dura la patente y cobra derechos.

Davis recibe artificios hechos por personas de toda clase -amas de casa y directores de compañías comerciales, sacerdotes y sirvientes. Le llegan de todas partes. Un inglés que había sido vigilante del servicio de protección antiaérea le envió un bastón con una lamparilla cerca del regatón, para andar mejor de noche. De un austriaco recibió un artificio que volteaba automáticamente las hojas de música.

«Muchas personas», dice Davis, «tienen en la cabeza una buena idea durante muchos años, pero no tratan de ponerla en práctica sino cuando, llegados a la vejez, se retiran de los negocios o dejan de trabajar. Un ex-agente de fincas raíces, de 72 años de edad, inventó hace poco una alarma contra ladrones sencilla, no eléctrica, en que había estado pensando desde que secuestraron al hijo de Lindberg (1932)». De los miles de inventores con quienes Davis se ha puesto en contacto, 63 por ciento son mayores de 50 años.

A menudo los inventores aficionados inventan artificios que no se relacionan con sus ocupaciones ordinarias. Un aserrador inventó un mecanismo que servía para cerner y medir harina, y un guardabosques inventó un apoyo de plástico para los dedos de las mujeres que se arreglan las uñas en su casa. Un agente vendedor de máquinas de oficina ideó una vasija que absorbe la humedad para guardar galletas, y un maquinista de excavadores de vapor inventó un nuevo artefacto para hacer café.

¿Cuáles son las probabilidades de que el inventor aficionado obtenga ganancias pecuniarias del fruto de su cerebro? Por lo menos el 60 por ciento de tales inventores descubren que ya se ha patentado algo tan semejante a su invento que no vale la pena solicitar patente. De las solicitudes recibidas por la Oficina de Patentes de los Estados Unidos, el 50 por ciento no satisface los requisitos que ella exige, y son rechazadas. De todos los inventos patentados, sólo como el 20 por ciento producen ganancias.

Casi todos los artificios escogidos por el club que han logrado buen éxito son cosas sencillas. Las ventas de un tapón que impide que las cervezas y las bebidas gaseosas se pasen después de descorchar la botella ascendieron a medio millón en poco tiempo. Otro invento que obtuvo gran popularidad fue un agarrador para utensilios calientes ideado por un hombre cuya esposa se quejaba de no tener siempre un agarrador a la mano cuando quería sacar del horno una vasija. El inventó una almohadilla provista de un imán por el cual se adhiere a uno de los lados de la cocina. Un artículo que se publicó en un periódico acerca de la invención produjo 35.000 pedidos, y el tallercillo de aficionado que el inventor tenía en su casa ha crecido hasta convertirse en una pequeña fábrica a la que nunca le falta trabajo.

Un día fue a ver a Davis un joven que estaba desalentado y lleno de deudas. Había inventado un gozne para mesas de ala, el cual impedía que se notara la separación entre la superficie de la mesa y las alas cuando éstas cuelgan; pero no había podido lanzar su invento al mercado y estaba dispuesto a vender sus derechos por 10 dólares.

El gozne no pertenecía a la clase de inventos en que el club se ocupa, pero Davis hizo arreglos para que entrevistaran al inventor en un programa de la radio. Varios hombres de negocios se interesaron tanto en el nuevo artificio que le compraron los derechos al inventor pagándole 10.000 dólares de contado y garantizándole un tanto por ciento del producto de las ventas; establecieron una fábrica y lo nombraron superintendente de ella. El año pasado vendieron más de 250.000 goznes a fabricantes de muebles.

Muchos inventores aficionados se desconsuelan si las ganancias no ascienden a millones o por lo menos a centenares de miles de dólares. Tales ganancias ocurren a veces; pero, por término medio, la invención de un nuevo artificio vendible le produce al inventor entre 1.000 y 25.000 dólares.

Con los adelantos continuos del progreso algunos inventos se anticúan en poco tiempo. Un joven que inventó un utensilio muy prometedor para los quehaceres de casa rehusó 25.000 dólares por la patente. No mucho después alguien inventó un utensilio mejor para el mismo objeto, y el valor de la patente del mencionado joven se redujo a cero.

Un abogado de Los Ángeles que ha tenido mucha experiencia en litigios relativos a patentes, aconseja a las viudas que no tiren ningún invento en que sus esposos hayan estado trabajando, antes de someterlo a la consideración de personas competentes que dictaminen acerca de su valor. Cita el caso de un empleado municipal que cuando murió había estado bregando varios años con un nuevo acoplamiento para rieles. Su esposa iba a tirar a la basura una multitud de fragmentos y piezas metálicas que encontró regados en el suelo del sótano; pero, reflexionando, creyó que era mejor hacerlos examinar por expertos en la construcción de vías férreas. Resultado: una renta mensual como de 1.500 dólares para la viuda.

Un hombre de la Florida, de 65 años de edad, invento un sorbedor de plástico con el cual podía sorberse todo el zumo de una naranja sin derramar ni una gota; pero en vez de tratar de aprovecharlo lo arrinconó y lo olvidó. Con el tiempo su invento le produjo varios miles de dólares, pero sólo porque su nieto, chico emprendedor de 13 años, envió el sorbedor al «Club de Mejor Artificio del Mes».

En la oficina de Davis conocí a un hombre que ya se había retirado de los negocios y que pareció ser ejemplo del inventor aficionado ideal. Él y un ex-mecánico ferroviario habían inventado una ingeniosa clavija de resorte, muy fuerte y de infinidad de aplicaciones, hecha de alambre de piano retorcido. Con piezas viejas de automóviles, máquinas de coser y cortadores de césped construyó una máquina capaz de producir 1.000 clavijas por hora. Luego pidió a sus amigos que probaran las clavijas.

«Naturalmente», decía, «espero que este invento me produzca alguna ganancia pecuniaria; pero aunque no me produzca ni un centavo, el hacerlo ha sido para mí una gran diversión».

Con la actitud, ningún inventor aficionado puede salir perdiendo.

 

 

Tomado de: Y usted ¿qué ha inventado? Por: Elsie Mc Cormick Condensado de «Your Life» en: Selecciones del Reader’s Digest. Junio de 1953. pp 83-86.

Saber más…

 

Compartir en: