Decenas de refugiados ucranianos, la gran mayoría mujeres y niños, tumbados en la escuela de primaria habilitada como punto de acogida en el pueblo de Hrebenne, en el sureste de Polonia y fronterizo con Ucrania. EFE/Isaac J. Martín

Voluntarios de día y noche para los refugiados que llegan de Ucrania

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Hrebenne (Frontera de Polonia y Ucrania), 9 mar (EFE).- La joven polaca Agnieszska Kornecka nunca imaginó que se convertiría en una de los cientos de voluntarios que día y noche velan por los refugiados ucranianos que llegan a los puntos de recepción en la frontera con Polonia, donde se apilan a la espera de ser llevados a otras ciudades del país.

Con el coche lleno de cajas de productos básicos que cubren hasta las ventanas, Agnieszska, de 28 años, arranca desde Varsovia en una jornada en la que conducirá más de 600 kilómetros para llegar al punto de recepción del pueblo de Hrebenne, en el sureste de Polonia y fronterizo con Ucrania, donde cientos de personas, la gran mayoría mujeres y niños, intentan dormir y resguardarse del frío en una gélida noche.

«Es realmente triste, es horrible porque ves a la gente que está confundida, no saben qué ayuda esperarán, dicen que no necesitan nada. Te sientes impotente», afirma la graduada en Derecho sobre los cientos de miles de refugiados que han llegado a ese punto y a los otros pasos fronterizos de Polonia con Ucrania.

7 DÍAS Y LAS 24 HORAS

En una escuela de Primaria en Hrebenne se ha instalado un punto de recepción fronterizo donde decenas de voluntarios están de un lado a otro, o apostados en unas mesas ofreciendo comida y bebida.

Uno de ellos es Janek Zyczknowski, miembro polaco de la Orden de Malta, que sobre la una de la madrugada no deja de servir bebida y tentempiés a los refugiados y a todo quien se acerque, sabiendo que tiene una larga noche por delante en la que aparecieron los copos de nieve.

«Trabajamos 24 horas y los siete días de la semana», asevera sonriendo este joven de 27 años, que ha tenido que hacer un día extra porque su compañero está enfermo.

Indica que el punto de Hrebenne es bastante amplio, en comparación con otras zonas donde los ucranianos han llegado huyendo de la violencia, un número que ha ido creciendo poniendo de manifiesto el drama de este conflicto que prosigue con la ofensiva rusa en torno a grandes ciudades, como Kiev o Mariupol, entre otras.

NO ES SUFICIENTE

Polonia es el país que más refugiados ucranianos ha acogido desde que empezó la invasión rusa el pasado 24 de febrero con 885.000, según los últimos datos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), algo que ha sobrepasado al país que sufre también una crisis económica.

La gran mayoría del trabajo que se hace en los puntos de recepción es hecho por los voluntarios, subraya Agnieszska, que añade que aunque el Gobierno polaco está intentado mantener unida a la población con nuevas leyes para los refugiados ucranianos, «no es suficiente» su ayuda.

Ella empezó ayudando a los refugios de animales al otro lado de la frontera y ahora acoge a una segunda familia ucraniana en su propia casa hasta que puedan irse, algo que también ha visto que han hecho entre su círculo de amigos en Polonia y que admira por la acogida que la población polaca está teniendo ante esta crisis humanitaria.

LIDIAR CON EL DRAMA

En su posición como voluntaria, Agnieszska ha ido conociendo a mucha gente, entre ellas Katia Shyshatskaya, una ucraniana residente en Polonia desde hace cinco años, en la que se ha ido apoyando durante el camino para también aprender a lidiar con el trabajo y el drama de este conflicto, el primero de gran magnitud en Europa desde el final de la II Guerra Mundial, en 1945.

Katia, de 21 años y oriunda de Kirovogrado, tiene a su madre en Ucrania, pero prefiere que se quede allí porque al ser enfermera hará «todo lo posible» para salvar a la población de su ciudad, «sin tener miedo a la muerte», dice.

Ella ha optado por «cortar sus emociones» y tener un objetivo: ayudar a sus compatriotas. Por eso se ha planteado incluso alistarse para combatir contra las tropas rusas, pero no lo ha hecho porque su madre la «matará», sonríe.

«No podría ayudar si me dejo llevar por mis emociones, quiero ayudar lo máximo posible y mantener el foco para saber cómo necesito ayudar», aduce.

Agnieszska coincide con ella en intentar estar calmada cada vez que trata con los refugiados, aunque reconoce que la tarea es «dura» y se lleva todas las emociones a su casa donde puede llorar.

«Nunca esperarías ver algo como esto»; zanja. EFE

Curadas | Vía Agencia EFE 

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