El elefante azul

4 minutos de lectura

Jeanette Ortega Carvajal
Twitter: jortegac15

Abrió los ojos y no pudo creer lo que veía. De las cuatro paredes de su casa faltaban dos. Lo que le permitió, con sus siete años, no empinarse como siempre para mirar hacia el parque a través de la ventana. No hacía falta. Ya la ventana no existía… y el parque, tampoco.

Los libros de su padre tapizaban ahora el piso y se acurrucaban entre ellos como buscando palabras que le dieran sentido a lo que sucedía. La verdad, no era fácil comprender lo que ocurría y recordó que su madre, tan bella ella, después de leerle un cuento antes de dormir, siempre le decía:

“no hay nada más hermoso que alimentar la imaginación de los niños”.

Luego, le daba el beso más maravilloso que alguien podía dar y con cuidado, la arropaba para, sencillamente, contemplarla mientras dormía.

La pequeña abandonó el recuerdo y siguió caminando por los espacios libres que quedaban entre los escombros y los libros. Caminó casi de puntitas, como lo habría hecho la bailarina de papel de la cual se enamoró el soldadito de plomo; lo hizo con cuidado, tratando de no pisar el libro de Alicia en el País de las Maravillas y es que, al caer del estante, se había deshojado y de sus páginas se escapó el conejo. Estaba muy triste porque se le había roto su reloj de bolsillo y ya no sabía a qué hora tomaría
el té con sus amigos.

La niña lo vio alejarse y aunque lo llamó muchas veces, él no la escuchó o al menos fingió no hacerlo porque no detuvo su marcha; fue por eso que decidió perseguirlo y por andar corriendo detrás de él, tropezó con un niño de rizos dorados y ojos azules que protegía a una flor roja y aromática. “Gracias a Dios la flor no se cayó ni se hizo daño”, le dijo a la niña. “Debes andar con más cuidado porque todo lo que haces tiene consecuencias”.

La pequeña sintió vergüenza, en especial al verlo sonreír porque una luz deslumbrante iluminó el rostro de ese muchachito que, de tan elegante que vestía, parecía un pequeño principito. Fue entonces cuando reparó en la boa constrictora que lo acompañaba. Era, por raro que parezca, un dibujo al carboncillo. Sí, tan sólo una silueta extrañamente transparente; dentro, había un elefante como el que ella tenía entre sus brazos, pero el de ella era azul y de peluche. El muchachito se alejó, se despidió con la mano y desapareció dentro de una estrella.

En silencio, la pequeña se sentó sobre unos escombros sin dejar de abrazar a su elefante azul; Alefantico, ese fue el nombre que ella le puso. Era un regalo de su padre. Se lo dio la última vez que la vio. Él le dijo que cuando sintiera miedo lo abrazara con mucha fuerza y que el miedo se iría corriendo. Era cierto. Muchas veces lo hizo. Cuando ella abrazaba al elefante, el miedo siempre huía… siempre.

Abrazó de nuevo a Alefantico. Lo hizo con tanta fuerza que creyó que le partiría sus huesos de algodón, y es que esos truenos que sonaban tan duro, tumbaron las paredes de su casa y aún lastiman sus oídos y la hacen llorar de miedo.

Cada vez que los escucha llama a su mamá. En esta ocasión no respondió. La buscó. La encontró. Estaba dormida. Decidió no despertarla para que descansara y de la misma manera que su madre hacía con ella, le dio un beso maravilloso para luego, con cuidado, arroparla y sencillamente verla dormir.

-¿Quién eres?

Le dijo la niña a una muchacha que de tan delgada que era, parecía uno de los fideos que a veces su madre le prepara a la hora del almuerzo.

-¿También te escapaste de un libro?

La joven rió ante la ocurrencia de la niña. Su cabello era rizado, negro y revuelto, como si un huracán travieso la hubiese despeinado por completo. Sus ojos, ¡Dios!, eran tan grandes y expresivos, que casi podía ver su alma a través de ellos.

-¿Quién eres? –insistió.

-Me mandaron a buscarte. Ya no puedes quedarte. Tu papi y tu mami te esperan.

-Me duele la cabeza.

-Ven. Te quitaré el dolor – la joven cargó a la niña y acariciándole el cabello continuó hablando-. Aquí hay tantos libros que soñaron con que algún día tú los leerías… jamás entendí la ambición desmedida ni la
vanidad. No comprendo la guerra ni por qué la demencia usa el poder para causar el mal… a veces, hay animales que son más humanos que los hombres y si un hombre es malo y tiene poder, no le importará matar y destruir… te contaré una historia que ya no podrás leer porque aquí, en Ucrania, Vladimir no te dejó vivir… lo siento… lo siento tanto… me habría gustado que crecieras … no se pudo. Yo tampoco pude hacerlo.

La niña, ya sin dolor, cerró sus ojos. Lo último que escuchó fue cuando su nueva amiga le dijo: “tus padres te esperan. La guerra también me quitó mis sueños.”

-¿Quién eres? –susurró antes de quedarse dormida para siempre.

-Soy otra historia, pero también de una guerra… Ana Frank es mi nombre.

8 Comments

  1. Tristeza que recorre el mundo y la realidad supera a la fantasía. Cuántos seres sufren estas guerras y quienes las decretan nadie los toca.

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