A Eric Colón Moleiro; por Andrés González Camilo Peñalver

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Preferí la anécdota que la palabra enlutada. Creo que es mejor para entender esto. Que fue lo que me salió. 

La última vez que vi a Eric en persona fue saliendo de mi casa, atolondrado como siempre. Veníamos de un coctel del trabajo en las Mercedes. Se celebraba nada más por cuestión de números. Así de bien nos estaba yendo. No bien: muy bien. 

Después nos fuimos a mi casa caminando para echarnos dos palos más. Sin embargo todo coincidía con su partida a Buenos Aires en donde seguiría el trabajo en remoto. Prendimos un habano, el de la victoria y, cuando llamó al taxi le regalé otro, el de la despedida. Lo prendió antes de montarse en el carro y se fue. 

No recuerdo bien cuándo conocí a Eric Colón. Debió haber sido cuando empecé a revolotear con apenas 15 años en los mundos del Pasaje la Concordia, Sabana Grande. Él estaba en Urbe y yo, en  loquesea.com – esa atómica y breve expansión online del tabloide-, donde hacía una especie de trabajo veraniego, muy menor, así como yo. No sé si solo nos saludábamos y ya. Sin embargo, yo lo leía siempre en ese semanario. Ese que se convirtió en la brújula de muchos adolescentes del país. El milenio apenas iba a arrancar y la vida prometía un montón de cosas con todas esas referencias que caían cada miércoles en el impreso. Eric se sentía – y creo que igual sus lectores –  como parte de esa veleta semanal imprescindible. 

Mientras pasaban los locos años 2000 me fui acercando a él e inevitablemente a su generación, a sus panas y a los díscolos y sabrosos entornos de esa Caracas que perdimos. Llegó la época del magazine Dmente, un proyecto impecable que llevaba con su esposa Vero, digno de atesorar para cualquier coleccionista. Yo formé parte del último número que lamentablemente nunca fue impreso y que debe ser un archivo abandonado de QuarkXpress. Como a Eric le gustaban temas bien under, del cool hunting en decadencia, de buscar el retro abandonado, de las cosas locas de la memoria que seguían ahí pero que había que revisitarlas, me mandó para el parque de atracciones Bimbolandia, vestigio funcional cerca de Los Próceres, a hacer una reseña. Psicodélica y satírica, como debía ser. 

Se afianzaba una buena amistad que implicaba también trabajo. A partir de ahí Eric me pautaba en cualquier medio en el que estuviese. Luego la vida dio la vuelta: Eric volvió a Urbe. Un Urbe transformado, más adulto, con cambio de nombre (UB). Y con chicas explosivas. “Véngase”, me dijo. 

Y así llegó la penúltima temporada de la serie de su vida. Nos estábamos echando las birras y me soltó: “Mi pana, quiero que formes parte de un proyecto que va a estar bueno. Ahorita no te puedo contar, pero espérate ahí. Pero esto no son pautas ocasionales, esto es fijo. Prevenido al bate, papá.” Ajá. El misterio. 

Fue así. Eric llevó una de las batutas en la consolidación del periodismo online venezolano en una época en que nos tuvimos que olvidar del papel, ya sabemos por qué. El Estímulo y sus revistas- incluido UB en su versión en línea – representaron un momento de oro en el Internet nacional. Aunque yo trabajaba remoto pasamos a vernos varios días a la semana hasta que migró y todo se redujo al skype. 

Mientras Eric empezaba el capítulo porteño, ese con el que soñaba cantando a Charly, podría decir que delegó remotamente en el equipo ser una especie de “editores proxy”. Las pautas eran tormentas de ideas casi todas aprobadas. Convenció tácitamente a los directores para hacer lo que quisiéramos en ese momento a Daniela Mejía, Alejandro Cremades, Mary Moreno y a mí. Libertad editorial concedida al criterio de un grupo de amigos a los que nos encantaba lo que hacíamos. Era UB. El Estímulo. Era Eric Colón. Se puede decir que fue una época de lujo en donde la pasamos bomba en su nombre y bajo su tutela. Sin embargo, ya no lo veríamos más y no lo sabíamos.  

Excúsenme que en este relato de trayectoria me incluya tanto, pero supongo que lo anterior viene al caso porque Eric fue un mentor. Un tipo que confiaba en uno y que quizá, dentro los terrenos de la escritura veía un relevo. Eric convirtió mis teorías en plena práctica y fue de los que me empujó a los medios. Y lo mejor de todo es que lo hacía desde la amistad. Podía combinar lo profesional con la cercanía y la sinceridad. 

Ahora que se nos vino esta catástrofe, creo que es meritorio decir más que nunca que se la debo. No sólo por lo que vivimos y por las oportunidades que vimos, sino también por lo que viene. Por lo que hay que hacer y representar tanto en el medio como en la vida. Lo que hay que escribir de ahora en adelante. 

Rest in power, mi pana.

Andrés González Camino Peñalver

3 Comments

  1. ERIC se fue porque quiso y nos deja su voz en las notas de la 9a de Beethoven en la celebración de los 100 de Isabel Palacios en esa música de la amistad en la Fundación Cultural Humboldt y que se oyó en Caracas por primera vez en la Concha Acústica de Bello Monte con la tutela de otro Colón de Buenos Aires. Nos dejas ERIC porque te fuiste y nos quedas en las notas de dos pianos :el piano de Carmencita y el piano de Moisés. Tanto, como en las notas de JOROPO y en las notas de FÚLGIDA LUNA para que la oyeran la abuela Carmen y la bisabuela Mama Nena. Porque fue lo que tuve de ti, ERIC, lo que me queda. Me estremece cómo quedaría el piano de Carmencita cuando supo que se le rompió la encordadura de su mejor Bruselas.

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