«Quien no conoce bien la fuerza de las palabras no puede conocer bien a los hombres»
Confucio
Quizá nunca se conozca con certeza cuándo y cómo nació el lenguaje. Muchos investigadores del siglo pasado trataron de explicar este misterio, y sus resultados se consideran en la actualidad meras especulaciones.
Por la observación de los gritos de ciertos animales superiores, algunos autores creen que tales gritos fueron los cimientos del lenguaje hablado: los primeros signos articulados por los hombres. Esta designación de las ideas mediante sonidos constituyó la piedra angular en el desarrollo social y cultural de los cavernícolas, ya que supone un aumento sin precedentes en la capacidad de abstracción.
Puede decirse que hace diez mil o cien mil años el hombre primitivo vivía con su familia entre toscos utensilios y otros objetos en una oscura caverna. Las palabras que empleaba en la comunicación eran con seguridad muy pocas.
En efecto, en esa remota época el hombre tal vez sólo hacía simples gestos acompañándolos de gritos o interjecciones, a la manera de ciertos animales. Pero la gran diferencia entre éstos y aquél estriba en que los sonidos humanos se caracterizan por ser articulados. Unos milenios después, el hombre comenzó a describir oralmente los objetos que le rodeaban. De este modo le dio nombre al «bosque», a la «maza», al «cielo», al «ave», a la «lluvia», etc. Significó la acción de «comer», de «dormir», de «trabajar». Quizá haya dado un nombre más bello a su mujer, y nombres distintivos a cada uno de sus hijos. Y aún designó a su «perro», al «oso», al «simio».
En esta etapa el hombre ya sabía hablar, darse a entender. Mejor dicho, sabía conversar y responder a las preguntas que se le hacían. Habían nacido las primeras lenguas. Entiéndase bien esto: si los habitantes de un lugar carecían de relaciones con los de otro, no es nada probable que usaran iguales términos. Por esta razón suponemos que desde el principio hubo varias lenguas, y no una sola como generalmente se cree.
El relato bíblico de la Torre de Babel y la confusión de lenguas se refiere a una diferenciación de idiomas ocurrida en una época histórica y en una región donde confluían lenguas con rasgos muy semejantes. Originalmente, estas diferían muchísimo de un poblado a otro, más poco a poco se fueron agrupando y asimilando zona por zona, a medida que se creaban relaciones pacíficas o belicosas entre grupos de familias constituidas en tribus y más tarde en pueblos.
Por último, si se considera que el lenguaje es indispensable para la vida humana, su nacimiento quizá haya coincidido con el empleo de los primeros utensilios. Así, el origen del lenguaje se remontaría por lo menos a un millón de años. Sin embargo, en contraste con esta hipotética reconstrucción, la escritura más antigua que conocemos data aproximadamente del año 4000 a. de J.C. Desde el nacimiento de la escritura ideográfica y cuneiforme, en Mesopotamia, hasta la fecha, han pasado unos seis mil años, período que apenas formaría un instante en la extensa vida del lenguaje.
Tomado de «El origen de los idiomas» en La Fuerza de las Palabras, Cap. I: El Origen del Español. Editado por: Selecciones del Reader’s Digest. México, 1977. pp 25-27.
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