La brisa marina de la costa guaireña ya no huele solo a sal, sino al polvo acumulado de cientos de estructuras colapsadas. En las zonas más afectadas tras los recientes sismos, el sonido de los motores de la maquinaria pesada enciende alarmas invisibles entre los vecinos. Para las autoridades y los equipos de rescate, el tiempo apremia para despejar vías y asegurar terrenos inestables; para decenas de familias, cada retroexcavadora representa el riesgo inminente de perder la última oportunidad de recuperar los restos de sus seres queridos.