Alberto Arvelo: «Hacer cine es lo que he amado toda mi vida»

Por Katty Salerno

Alberto Arvelo estuvo hace poco en Venezuela. Vino a dirigir una serie de cortometrajes para la campaña institucional #JuntosHacemosEquipo que puso en marcha Bancamiga. Un proyecto que le entusiasmó desde el primer momento y que se inscribe dentro de lo que siempre ha sido su obsesión como director de cine: retratar el lado humano de la gente.

Nació en Caracas, pero se considera merideño como el que más. Una ciudad que se llevó en su equipaje cuando se fue a Los Ángeles, la meca del cine, para hacer realidad sus sueños. Aunque se graduó en Historia del Arte por la Universidad de los Andes (ULA), su pasión desde niño fue el cine. Hoy cuenta con más de treinta películas para cine y televisión como director, productor y guionista. Entre sus largometrajes destacan Una vida y dos mandados (1997), Una casa con vista al mar (2001), protagonizada por el actor español Imanol Arias y premiada en La Habana, Biarritz, Huelva, Friburgo, Oslo, Miami y Manila; Tocar y luchar (2005), Habana, Havana (2006), Cyrano Fernández (2007); Libertador (2013), con un elenco de reconocidas figuras que encabezó el actor venezolano Edgar Ramírez; y Free Color (2020), un documental sobre la vida del gran artista cinético venezolano Carlos Cruz-Diez.

De carácter afable y risueño, Alberto Arvelo es también un hombre de retos. Por eso no dudó en acompañar, como director de escena, al reconocido director de orquesta venezolano Gustavo Dudamel en su original producción, escenificada por sordos, de Fidelio, la única ópera de Ludwig Van Beethoven. Asimismo, enriquece con una propuesta cinematográfica la nueva adaptación de la Cantata criolla, a cargo de Rafael Payare, el joven músico venezolano que ahora dirige la Orquesta Sinfónica de Montreal, Canadá, y la Sinfónica de San Diego, California, Estados Unidos.

Son todos venezolanos que están haciendo cosas maravillosas dentro y fuera de nuestro país. Igual que las cinco destacadas figuras que protagonizan la campaña institucional #JuntosHacemosEquipo con la que Bancamiga quiere inspirar a otros venezolanos, especialmente los jóvenes, para que también alcancen sus sueños. Ellas son el karateca Antonio Díaz, el biólogo y montañista Federico Pisani, la diseñadora y virreina de la belleza Amanda Dudamel, el fotógrafo Henry González y la futbolista Deyna Castellanos.

—Fue un trabajo muy lindo de hacer— comenzó diciendo en esta entrevista exclusiva con Curadas.com. Una campaña con venezolanos que están haciendo cosas hermosas en el mundo y que lo lograron superando muchas dificultades, incluso personales. Están logrando cosas especiales, motivadoras e inspiradoras. Cuando me la plantearon, me pareció que era una hermosísima idea y me encantó involucrarme en este proyecto.

»Y te voy a contar algo también muy bello que nos pasó cuando estábamos haciendo la producción. Cuando empezamos a buscar niñas futbolistas conseguimos a una  que es idéntica a Deyna, impresionantemente parecida a ella. Y así como le ocurrió a Deyna cuando era chiquita, que jugó con equipos de varones y se convirtió en campeona goleadora de esos equipos, a esta niña le ha ocurrido exactamente lo mismo. De manera que en este caso la realidad fue igual a la de la historia que queríamos contar. Y, obviamente, para esta niña su gran heroína es Deyna Castellanos.

—¿Qué otro proyecto tienes en manos en este momento?

—He estado dirigiendo la nueva adaptación de la Cantata criolla, obra con música de Antonio Estévez y letra de mi abuelo, Alberto Arvelo Torrealba, que es una de las obras sinfónicas más importantes del actual repertorio latinoamericano. Una idea del joven y brillante director de orquesta nuestro, Rafael Payare.Él me pidió que hiciéramos una versión de la Cantata, que es diferente a la que hicimos hace unos doce años con Dudamel, cuando empezó a dirigir la Filarmónica de Los Ángeles.

»En esta nueva versión se incluyen elementos cinematográficos, un videoarte hermosísimo, tratando de hacer la obra casi como una ópera. Porque la Cantata criolla es prácticamente una ópera breve. De manera que hay allí un trabajo en escena con los personajes centrales, más todas estas imágenes proyectadas para que la gente pueda entender mejor la belleza y profundidad de esa historia. A mí me tiene muy emocionado este proyecto. Ya se presentó en Montreal con un éxito enorme, con una recepción hermosísima por parte del público. Y este fin de semana (27 y 28 de mayo) se presenta en el Rady Shell de San Diego, California, una concha acústica con capacidad para 12 000 personas.

»Es muy hermoso ver lo que están haciendo estos jóvenes brillantes de El Sistema. De alguna manera, han ido cambiando el repertorio internacional al incorporar nuestra música, no solo la venezolana, sino la latinoamericana. La están poniendo al alcance del público de otros países, que la recibe muy bien porque son obras maestras. Obras de Antonio Estévez, Evencio Castellanos y de compositores contemporáneos también, como Paul Desenne (quien sorpresivamente murió tres días después de hacer esta entrevista). Se está generando un cambio en los repertorios internacionales, se está produciendo un efecto expansivo, gracias a estos jóvenes directores de orquesta venezolanos.

—Aparte de la razón obvia de querer irte a Los Ángeles, ¿hubo algún otro motivo?

—Me vine hace ya unos cuantos años, unos doce. La razón fundamental fue la profesional, porque este es el lugar donde de alguna manera se gesta, se mueve, se concibe buena parte del cine en el mundo. Me tocó hacer una serie de proyectos, como este de la Cantata criolla, y después vinieron otros. Todo eso se dio de manera orgánica y me ha permitido desarrollar una carrera.

»Obviamente, esta decisión también estuvo conectada con la crisis del país que nos ha llevado a muchos venezolanos a reubicarnos y rehacer nuestras vidas en distintos lugares. Para mí, este era un lugar natural para empezar a soñar, a trabajar y a hacer proyectos.

—¿Y qué sueños llevabas en tu maleta cuando desembarcaste en Los Ángeles?

—Esa es una linda pregunta. Los mismos de toda la vida, ¿sabes? ¡Los mismos de toda la vida! Hacer cine es lo que he amado toda mi vida.

»Uno viaja, pero sigue estando donde siempre ha estado. Yo soy de Mérida y mi corazón sigue estando allí. Yo sigo siendo de ese lugar. Nací en Caracas, pero me crie en Mérida desde muy niño. Mi padre, Alberto Arvelo Ramos, era profesor de Filosofía de la ULA y por eso nos mudamos a Mérida, de manera que allí me crie, estudié y la hice en mi ciudad. Fue muy hermoso crecer allí, a mí me marcó muchísimo ese lugar. La naturaleza de ese lugar, la frecuencia de ese lugar, la belleza de ese lugar, pero la gente también.

»Un lugar donde una universidad gigantesca convive con la vida cotidiana, convive con los campesinos, con las vacas. Es una ciudad que está hecha de todas esas cosas a la vez, y dominada por esas montañas imponentes justo enfrente. Cuando cae una nevada en esas montañas no hay forma de evitar que cambie el estado de ánimo de la ciudad y de la gente. Es una ciudad en la cual la naturaleza está dominada por la naturaleza, emocionalmente incluso, visualmente, espiritualmente, en todos los sentidos. Entonces hay algo muy fuerte allí, particular, que me marcó muchísimo.

»Mi cine, durante mucho tiempo, tuvo que ver mucho con Mérida, con las montañas, con los páramos, con ese mundo que abracé como mío. Y aunque esté afuera, sigo siendo de allí. Una vez se lo preguntaron a Édith Piaf, que se había dedicado toda su vida a cantarle a París y hablar de París, aun cuando ya no vivía en esa ciudad sino en Los Ángeles, casualmente. Y ella respondió “no, mi amigo, no se equivoque. Donde quiera que yo esté, está París. Yo llevo París conmigo siempre”. Creo que a mí me pasa lo mismo, siempre llevo Mérida conmigo.

—Y además de la ciudad te llevaste contigo algún objeto que tenga algún valor especial…

—Muchos, muchos. En este momento que estoy hablando contigo, por ejemplo, estoy viendo una fotografía de mi abuelo cargando a mi padre; de mi padre cargándome a mí y una mía cargando a mi hijo. También me traje obras de arte de mi madre que son un tesoro para mi…

—Siempre se ha hablado mucho de tu padre y de tu abuelo, por obvias razones, pero no hemos escuchado mucho acerca de tu madre. Háblame de ella.

—¡Y yo encantado de hacerlo! Mi madre, Solange Mendoza, es artista plástica, escultora y diseñadora textil. Nació en Muelle de Cariaco, un pueblito de cien casas ubicado en el golfo de Cariaco. Nació frente al mar, literalmente. Mientras te estoy diciendo esto, también estoy viendo una pequeña escultura de ella que tengo aquí en mi casa. Hace cosas hermosas. Como diseñadora textil, ha participado en varios de los más importantes eventos de textiles internacionales.

»Mira qué lindo lo que te voy a contar. Mi madre tiene ahorita ochenta y seis años y está absolutamente activa y creativa. El vestuario de la Cantata criolla que se está presentando en Montreal y en San Diego lo hizo ella por completo. Y es una maravilla de vestuario, porque tiene la locura, la irreverencia de un artista plástico. También ha hecho vestuario para cine. Comenzó ayudándome a mí, cuando era un joven, haciendo el vestuario para varios de mis proyectos, pero luego se abrió camino por allí y lo hizo para otros realizadores también.

»Y te quiero contar también algo muy hermoso que tiene que ver con mi madre y con lo que yo estoy haciendo actualmente. El año pasado se montó aquí en Los Ángeles Fidelio, la única ópera de Beethoven. El compositor alemán nunca pudo escuchar esta obra porque cuando la compuso ya estaba sordo. Solo la escuchó dentro de su genial cabeza.

»A Dudamel se le ocurrió la idea enloquecidamente genial de montar esta ópera con actores sordos y me la comentó. Y nos propusimos hacer el evento de tal modo que la audiencia sorda pudiera disfrutarla y entenderla igual que la audiencia que escucha. Por primera vez se vería Fidelio, una obra compuesta por un sordo, con un grupo de solistas acompañados por actores sordos, lo que significó un esfuerzo humano enorme. Esta obra dura dos horas y media y estos actores, extraordinarios, deben hacerlo todo por sincronía, porque tienen una orquesta allí, tienen a los cantantes allí, pero no están escuchándolos. Solo se guían por lo que les va indicando el director de la orquesta, por las referencias visuales y la memoria muscular.

»El coro de voces va cantando la ópera y también participa el Coro de Manos Blancas, de Barquisimeto, que traduce en lenguaje de señas lo que el coro de voces va diciendo. Asimismo, creamos coreografías que transmiten de alguna manera la emoción de la música. Además, y esto fue una decisión brillante de Gustavo, algunos fragmentos quedan completamente en silencio y solo actúan los actores sordos. En ese momento todos, las dos audiencias, estamos exactamente en el mismo lugar. Esto fue un evento importantísimo, sin precedentes para la audiencia sorda internacional.

»Y todo este cuento viene a propósito de mi madre, porque el vestuario de esa ópera también lo diseñó ella. Hizo un trabajo que no te puedo contar lo hermoso que es, y, además, es atemporal. De las óperas siempre se hacen adaptaciones. A veces contemporáneas, a veces futuristas, etcétera. En este caso se hizo una adaptación atemporal porque lo que se quería destacar era el esfuerzo de unir la cultura sorda con la ópera. Un homenaje a Beethoven y a la comunidad de personas con discapacidad auditiva. El año que viene esta adaptación de Fidelio se presentará en Europa, dado que el impacto en la comunidad sorda internacional fue muy grande.

—Quiero que regresemos a Mérida. Te graduaste en Historia del Arte, en la ULA. ¿Cómo se dio tu paso al cine?

—Si en ese momento hubiera habido la manera de estudiar cine en Mérida, habría estudiado cine. Pero no tenía esa opción, ni mis padres tenían la posibilidad de mandarme a estudiar a otro lugar. Y estudié lo más cercano que podía estudiar, que fue Historia del Arte, que, además, me pareció fantástico. Porque al final de cuentas el cine es exactamente eso, una conjunción de diversas formas del arte en un solo territorio. Igual que la ópera, por cierto. Como dice Adorno (Theodor, filósofo alemán) la ópera es el cine del siglo XIX.

»Yo empecé a hacer cine desde muy joven, haciendo cosas por mi cuenta. Desde niño había estado en El Sistema, tocaba violonchelo y clarinete. Pero, en cierto momento, pudo más la cámara que el violonchelo.

—Entonces, ¿cómo te formaste en el cine?

—Aprendí por mi cuenta. Compraba todos los libros de cine que podía y me los leía. Veía las películas veinte veces, literalmente. Como a los diez, once años empecé a hacer peliculitas en super-8 con mis primos. Nosotros hacíamos el guion, nos maquillábamos, actuábamos, las editábamos, les poníamos música. Hacíamos todo el proceso completo y lo disfrutábamos mucho. Las vacaciones las pasábamos haciendo películas, siempre.

»Después de graduarme en la universidad fue que tuve la oportunidad de tomar algunos talleres especializados de cine. En el cine pasa eso, hay mucha gente que viene de las academias de cine, pero muchos otros que venimos de la calle, del formarnos sobre el ser. En Mérida siempre ha habido un movimiento cinematográfico importante y cada vez que hacían una película yo me metía a ayudar en lo que pudiera, así fuera llevando la comida, con tal de estar cerca del set y escuchar y aprender de la gente que estaba allí.

—Empezaste muy temprano. Tu primera película fue Candelas en la niebla, que se estrenó en 1988. Tenías apenas veintidós años, eras muy joven. ¿Cómo conseguiste hacer esa primera película?

—De hecho, hay una película antes de esa. Fue La canción de la montaña, que la hicimos un grupo de amigos y se exhibió en varios lugares. Fue una película hecha con toda la candidez de alguien muy joven. Candelas en la niebla se dio por medio de un querido amigo de mi padre, el escritor Ramón Vicente Casanova, que tenía una historia maravillosa de su familia, de su gente en el Táchira y quería contarla. Así llegamos a esta película.

—¿Qué te obsesiona como director de cine?

—Siempre me ha interesado entrar en la psicología, lo que yo llamo la épica del hombre común. Lo que ocurre con la gente, ha sido para mí una obsesión cotidiana. Mis primeras películas tenían que ver con eso, con campesinos, con gente normal.

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»Creo que es bello darle espacio a gente como la que uno ve cuando va caminando. Cualquier persona que uno ve en la calle es una historia, es una épica, es una lucha, es un esfuerzo, es una historia profunda. Y a mí me parece que hay algo fascinante en eso. Creo que el arte siempre ha tenido esas cosas. Durante mucho tiempo el arte se dedicó a pintar reyes, papas, obispos…. Y luego aparecieron pintores, principalmente ingleses y franceses, pintando gente normal. Una señora llevando unas hortalizas, un hombre sentado debajo de un árbol… Lo que Aaron Copland recogió en su Fanfarria para el hombre común.

»Para mí, eso es fascinante. Hay algo allí que me atrae muchísimo. Y creo que tiene que ver también con la forma como me criaron. Mi padre siempre tuvo esa misma fascinación por la gente y un respeto inmenso por toda la gente. Trataba con el mismo respeto al señor que trabajaba haciendo la limpieza como al rector de la universidad. Para él no había diferencia. Yo crecí bajo ese espíritu, fui educado de esa manera.

—¿Cómo se refleja esa visión en una película como Libertador, un personaje para nada común?

—Traté, justamente, de mostrar su parte humana, cotidiana, no la del hombre mitificado. La del hombre normal, con sueños y angustias. Un hombre, al final, como los demás, con los mismos miedos, los mismos deseos, las mismas búsquedas. Eso siempre me ha llamado la atención y no solo incluso en figuras tan emblemáticas y grandes como podría ser Simón Bolívar, sino también con figuras más contemporáneas y también muy renombradas y reconocidas, como el maestro Carlos Cruz-Diez. Con el documental Free Color, mi más reciente película, trato de hacer exactamente lo mismo: no retratar al gran maestro del arte contemporáneo, que sin duda lo fue, sino al hombre normal, al que convivía con sus nietos, con sus hijos, al que creía en la familia. El que gustaba de salir a caminar o agarrar una guitarra y ponerse a cantar.

»Esa parte humana a mí me parece fascinante y fue un poco lo que hice en Free Color. Para mí fue una experiencia muy bella. La vida me dio el regalo de poder convivir en sus últimos años con el maestro Cruz-Diez y de escucharlo hablando, justamente, de sus últimas obsesiones creativas, ya que estamos hablando de obsesiones.

—¿Te gusta el cine como espectador?

—¡Lo adoro! Soy un fanático del cine, un espectador profesional. Me encanta y te digo más: disfruto todos los géneros, no soy sectario en lo más mínimo. Consumo desde cine independiente de cualquier lugar del mundo, porque me llama muchísimo la atención ver qué se está haciendo en otras partes; pero también me puedo sentar a ver una de esas películas taquilleras o una de terror, sin ningún problema.

»Durante mucho tiempo fui profesor de la Escuela de Cine de Mérida y uno de los pocos consejos —porque uno no es quien para dar consejos a nadie— que daba a los estudiantes era que debían consumir mucho cine, devorar todo tipo de cine, ver todo lo que se está haciendo para entender el sonido, el ruido de la época. Cada época genera su propio ruido, su propio sonido, su propia melodía. Los artistas estamos obligados a escuchar y entender esa frecuencia.

—¿Y te gusta ver cine en las plataformas de streaming o eres de los que disfruta de las experiencias compartidas en un cuarto oscuro y una enorme pantalla de las salas de cine?

—Prefiero infinitamente más la experiencia del cine, el ritual de ir al cine. Eso me pone de muy buen humor, te lo confieso. Soy feliz de solo entrar a ese templo, porque los cines son como templos contemporáneos a donde vamos a hacer catarsis. Casi todos los que vamos al cine vamos a desdoblarnos, a olvidarnos por dos horas del mundo y sus problemas. Vamos a sentamos en ese cuarto oscuro, frío, colectivo, a reírnos o a llorar con gente que no conocemos y al lado de gente que tampoco conocemos. Es una experiencia muy profunda, un hecho cultural.

»Para mí es una experiencia que se parece mucho a la que se siente en un templo, ¿sabes? Los templos pueden ser para las religiones, pero también pueden ser para el arte. Una sala de concierto es un templo, un teatro es un templo, un museo es un templo. Una sala de cine es un templo también. Y es hermoso que sea así, un templo con sus propias características, como el olor a cotufas.

»Pero también entiendo todo lo que está pasando con el fenómeno del streaming. Los tiempos cambian, y también tiene lo suyo poder decidir cuándo prepararte algo en casa y sentarte con la familia a disfrutar allí. O de repente quedarte pegado con una serie y ver cuatro capítulos seguidos y que te den las dos de la mañana en eso sin querer parar. Eso también puede ser muy mágico. Esas también son experiencias culturales en las que ahora el arte se sale del templo e invade tu casa, invade tu espacio.

»En los años 60, 70, cuando la televisión se hizo universal, se decía que el cine desaparecería y, en efecto, se cerraron miles de salas de cine en todo el mundo. Pero después las salas volvieron. Las cosas han seguido cambiando. De nuevo, estamos viviendo un momento muy interesante en este ámbito. Es un fenómeno que está vivo, que está mutando, que se está moviendo y generando cosas muy interesantes. Las pantallas de los televisores cada vez son más grandes y el sonido es mejor. También es cierto que se está haciendo muy buen cine, de muy alto nivel, para televisión. Son experiencias diferentes y ambas valiosas.

»Pero nada como una sala de cine. Creo que a la gente le sigue gustando ir al cine.

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