Por Katty Salerno
Mary Black-Suárez acaba de ingresar al Salón de la Fama de Mujeres Latinas en la Música de Billboard, la reconocida revista estadounidense especializada en la industria de la música. Una distinción que honra a ejecutivas de origen latino en Estados Unidos que trabajan por un cambio positivo, inclusión y equidad de género en la industria de la música.
Tal vez el rostro de Mary Black-Suárez no nos resulte muy familiar a los venezolanos, aunque es nacida en Punta Cardón, estado Falcón. Esto se debe a que su trabajo siempre ha sido tras las cámaras, que es donde le gusta estar. Acumula más de treinta años de experiencia en la industria latina del entretenimiento como productora ejecutiva de espectáculos y programas de televisión para cadenas como Univisión, Nickelodeon Latinoamérica y Telemundo, entre otras. Y ahora es propietaria y presidenta ejecutiva de su propia firma, MBS Special Events. También se debe a que ha desarrollado su carrera en Estados Unidos, a donde partió con veintidós años y unos cuantos dólares en el bolsillo al terminar sus estudios de Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela (UCV).
Una carrera que ha sido exitosa gracias al esfuerzo realizado. «Trabajo. Mucho, mucho, mucho trabajo. Esa ha sido la clave», dijo Mary Black-Suarez a Curadas.com en esta entrevista exclusiva que nos concedió vía Zoom poco antes de meterse de lleno a trabajar en la gala, prevista para el 5 de octubre, de los Premios Billboard de la Música Latina, de la cual es productora ejecutiva.
Pero además de los logros obtenidos gracias a su empeño, la vida de Mary Black-Suárez también ha sido bendecida por la mano de Dios o por la buena suerte o por eventos mágicos o por el destino, según las convicciones que se tengan. La suya ha sido una vida de película que les invito a ver (o a leer, mejor dicho).
«Mi abuelo paterno, Malcolm, emigra a Venezuela con el boom petrolero de los años treinta, en la época de Juan Vicente Gómez. Se instala en el Zulia, que era el corazón de la naciente industria petrolera. Ahí conoce a mi abuela, que era de Trujillo. Mi abuela tenía catorce, quince años; se casaron y tuvieron seis hijos, de los cuales mi papá era el cuarto.
»Como era costumbre en esa época entre los trinitenses, a los once años a mi papá lo enviaron a estudiar a Canadá. Al graduarse, decidió estudiar ingeniería y, ya que estaba en el norte, se va a estudiar al Instituto Tecnológico de Georgia, en Atlanta, Estados Unidos. Allí conoce a mi mamá, una gringa, de Alabama. Se enamoran, se casan y cuando él se gradúa de ingeniero químico empieza a trabajar para la Shell y lo trasladan a Venezuela, a los campos petroleros en Zulia. Ya entonces habían nacido tres de mis hermanos. Luego lo trasladan a Punta Cardón, en Falcón, a trabajar en Maraven, bueno, aún no era Maraven. Ahí nací yo, en Punta Cardón. Y después volvimos al Zulia, esta vez a La Concepción.
»Yo crecí en un campo petrolero con un papá venezolano que había estudiado su carrera fuera del país y una mamá americana. Crecimos escuchando el inglés, pero nunca lo hablamos porque en Venezuela hablábamos español y como estábamos en época de rebeldía, no queríamos que nos hablaran en inglés. Pero ayudó a afinar el oído. Me di cuenta de eso cuando decido mudarme a Estados Unidos, porque lo entendía muy bien, aunque no lo hablaba.
»¡No te puedo explicar lo felices que éramos en esos campos petroleros! ¡La libertad con que la que vivíamos! No creo que ningún niño, ningún joven de esta generación lo pueda entender. Estábamos todo el tiempo afuera de la casa, jugábamos con la tierra, en la grama, andábamos descalzos… Yo crecí compartiendo con los otros niños de la cuadra donde vivíamos y con una sensación de seguridad muy grande. Los adultos que estaban a nuestro alrededor nos cuidaban a todos, éramos como hijos de todos los padres. Esa sensación de libertad y de seguridad fueron fundamentales para mí en mi crecimiento.
»Luego, a mi papá le ofrecieron una nueva posición dentro de la petroquímica y lo trasladan a Caracas. Yo tendría unos once años en ese momento. Nosotros somos una familia grande, somos siete hermanos. Tal como se acostumbraba en esa época, a mis hermanos los inscribieron en un colegio solo de varones y a las hembras en un colegio de monjas, El Ángel, en Chuao. Pero allí solo hice el sexto grado porque un año después, cuando mis hermanos se graduaron de bachiller, la directiva de la sociedad de padres y representantes, de la que formaba parte mi papá, aceptó la propuesta para que en ese colegio estudiaran niñas también. Así formé parte de la primera generación de mujeres que entraba a estudiar al colegio Champagnat, donde me gradué de bachiller.
»En el colegio formamos un grupo de cuatro amigas que éramos muy unidas, nos queríamos mucho y deseábamos estudiar una carrera que nos permitiera mantener la amistad, la cercanía, para seguir creciendo juntas. Pero ninguna de las que a ellas les gustaba, me gustaba a mí. Una quería estudiar Matemáticas, otra Derecho. ¡Nada que ver conmigo! Al final, no lo pudimos hacer. Yo sí sabía que quería estudiar algo donde tuviera la oportunidad de relacionarme con otras personas, donde me pudiera comunicar con otras personas. Siempre me gustó eso de establecer relaciones. Conocer a la gente, averiguar acerca de sus vidas… Siempre he sido muy preguntona. De hecho, se siente muy raro estar en este lado, respondiendo estas preguntas, porque a mí lo que más me gusta es preguntar.
»Revisando los diferentes pénsums de las carreras encontré la oferta de la Escuela de Comunicación Social, que tenía muchas áreas: la de comunicación audiovisual, comunicación impresa, comunicología y la de relaciones públicas y publicidad. Cuando empecé, lo hice pensando en seguir la especialidad de relaciones públicas, la verdad. Pero en el primer semestre quedé encantada, fascinada, con la comunicación audiovisual. Ahí se me metió el gusanito, ahí quedé enganchada con esto.
»Recuerdo que tuve un profesor de Televisión que estaba participando en una película titulada Doctor bebé, protagonizada por Rafael Briceño. La película se iba a hacer en formato de 16 mm, pero en ese momento no se conseguía en Venezuela y me propusieron viajar a Estados Unidos a comprarla, ya que yo tenía pasaporte americano. Eso fue un 31 de diciembre y al día siguiente, 1 de enero, estaba en un avión rumbo a Nueva York. Fue un viaje muy corto, de dos o tres días, porque lo único que tenía que hacer era comprar la película. Pero ese viaje cambió mi vida. Esa ciudad me impactó muchísimo. Quedó dentro de mí una fuerte sensación de que quería vivir allí, de que quería tener la experiencia de vivir ahí.
»Cuando me gradué, y después de haber trabajado en esa película y con César Bolívar en otras dos, en la postproducción de Homicidio culposo y en la producción de Más allá del silencio, cosa que hice simultáneamente con mis estudios universitarios, me fui a cumplir mi sueño de vivir en Nueva York. Vendí lo poco que tenía, un carro y dos cositas más, y me fui a Nueva York a buscar suerte.
»Llegué a la casa de una amiga de mi familia. Ella me enseñó a hacer un currículo, porque en esa época uno acostumbraba a poner tooodo lo que había hecho y aquello resultó como de tres páginas. Me dijo que debía ser concisa y precisa y que la extensión debía ser de una página, máximo. Pero a las dos semanas de estar en su casa me pide que me mude. Me dice que no podía hospedarme por mucho tiempo porque era un apartamento pequeño, de una sola habitación. Ella era una mujer profesional, soltera… En fin, entendí que no quería tener a una carajita en su casa por mucho tiempo.
»Yo me había llevado 2000 dólares para cubrir mis gastos hasta que encontrara empleo. De bolsa, le presté mil a alguien en Nueva York, por lo que ya no disponía de mucha plata. No era una mala persona, pero nunca me devolvió el dinero. Perdí mil dólares, pero gané un amigo de por vida porque después me ayudó mucho con su carro a hacer todas mis mudanzas mientras viví en Nueva York ¡y me mudé diez veces! Con eso recuperé el dinero que le presté (risas).
»Y esto que sigue es muy interesante. Antes de que esta persona me pidiera que me mudara de su apartamento, yo ya había pensado en regresar a Venezuela. En un momento sentí que no iba a poder, que aquello era mucho más de lo que yo podía hacer. Era una muchacha de veintidós años que quería comerse el mundo pero ni siquiera sabía por dónde empezar.
»Como tenía pasaporte americano, lo que me permitía vivir en los Estados Unidos, y tenía el propósito de quedarme aquí, había comprado un boleto solo de ida, sin retorno. A la semana de estar allá llamo a mi papá y le digo que sentía que había cometido un error al haberme ido y que quiero regresar a Venezuela. Él me dijo algo que nunca he olvidado y que siempre le agradeceré: “Tú te fuiste con un plan y no has hecho ni el primer esfuerzo para hacerlo realidad. Yo no te quiero ver aquí hasta dentro de un año. Ve a ver qué haces”.
—¡Oh, my God!, me dije. Aquello fue un shock. Y cuando la amiga de mi familia me dice que me tengo que ir de su casa, dije «ahora sí es verdad. ¿Qué hago?».
»Me fui al Consulado de Venezuela en Nueva York porque el director de la Escuela de Comunicación Social me había dado una carta de referencia para el cónsul, que era su amigo. Quería ver si me podía dar algún empleo, tal vez en la oficina de prensa o de relaciones públicas del Consulado, pensé. Pero el cónsul estaba de viaje y no pude verlo.
»Joven, al fin y al cabo, y así como somos los venezolanos, amigables y que nos ponemos a hablar con todo el mundo, me puse a conversar con un muchacho que estaba allí. Le empiezo a hablar de mí y de lo que quería hacer en Nueva York y él me sugiere que hable con un señor de nombre Julio Omaña, un venezolano que había trabajado para un canal de televisión en Nueva York. Me dio el teléfono de una chica que había sido su secretaria y la llamé. Ella me dijo que le hablaría de mí al menos para que me entrevistara, porque ya no trabajaba en el canal sino en un periódico. Para ese momento estaba viviendo en una habitación del YMCA con baños compartidos en los pasillos, pero era lo único que podía pagar.
»Cuando me reúno con el señor Omaña, llama a un productor que había trabajado para él y le habla de mí. Gracias a eso, me voy a reunir con esta persona que entonces trabajaba para Spanish International Network (SIN), que hoy es Univisión. Nos reunimos en su oficina y luego me invita a almorzar. Seguimos conversando y cuando mira detenidamente mi currículo se da cuenta de que yo había trabajado en la postproducción de una película titulada Morituri, cuyo protagonista era el actor ítalo-venezolano Galeazzo Benti (nombre artístico de Galeazzo Bentivoglio). El director de esa película fue Philippe Toledano, un cineasta francés que vivió mucho tiempo en Venezuela. “El protagonista de esa película es mi papá”, me dice Luca, el señor con quien estaba yo reunida.
»¡Casualidades de la vida! Aunque hoy estoy convencida, después de todas las experiencias de vida que he tenido, de que las casualidades no existen. Todo es parte de una disposición divina que tiene Dios para nosotros, aunque uno no lo entienda. Terminamos de almorzar y Luca quedó en ver qué podía hacer para ayudarme. Que había un puesto en el departamento que él manejaba pero que debía consultarlo con sus superiores y que me avisaría del resultado.
»Salgo del edificio y me monto en el autobús rumbo al YMCA. También sube un señor que se sienta justo a mi lado. Nos ponemos a conversar y él me pregunta que si yo trabajaba en el edificio de donde había salido y le respondo que no, que justamente había estado allí buscando empleo.
—¿Y con quién hablaste?, me pregunta.
—Con el señor Luca Bentivoglio, le respondo.
—¿Y qué te dijo Luca?
—Que hay una posición en el departamento que él maneja, pero que tiene que consultarlo a ver si se lo aprueban.
—Bueno, el que aprueba esa posición soy yo. Mucho gusto, mi nombre es Jaime Dávila, presidente de Univisión.
»Fue el destino, la providencia divina la que hizo que yo fuera ese día a ese lugar. El señor Dávila acababa de mudarse a Nueva York y un día antes había dejado a su hija en la Universidad de Boston, por lo que estaba un poco triste por separarse de su hija, como es lógico. Me contó que al verme pensó en su hija y que le habría gustado que alguien también le tendiera la mano si ella hubiera estado en una circunstancia como la mía. Dios es muy grande, estoy convencida de eso. Él tenía su plan divino y permitió que todas esas “coincidencias” se dieran para que esto me pasara.
»Pero esta historia tampoco termina ahí. Francisco «Cisco» Suárez, el productor ejecutivo de ese programa con el que comencé a trabajar en televisión en Estados Unidos —Mundo latino, conducido por Jorge Ramos y Lucy Pereda— y a quien conocí como cinco años después, se convirtió en mi esposo. Cisco y yo tenemos treinta y pico de años casados y tres hijos, de treinta, veintiocho y veinticinco años.
—Has dicho que tu trabajo conlleva la gran responsabilidad de transmitir tus valores. ¿Cuáles son esos valores que le dan soporte a lo que haces?
—La fe, la honestidad, los principios familiares que me inculcaron toda la vida acerca de lo que es importante. En este negocio es muy fácil salirse de la línea. Como tienes acceso a la fama, al dinero, a mucha gente, es muy tentador irte por lo que pudiera parecer rápido y fácil. Por eso creo que es necesario recordar lo que es verdaderamente importante, lo que te enseñaron en tu familia que era importante.
»Una de las cosas importantes para mí es la honestidad, la lealtad. La lealtad a los principios. La lealtad a la familia, a los amigos, a los que son amigos tuyos desde cuando no eras nadie o cuando no tenías nada. Una de las cosas que me encanta de Bad Bunny, por ejemplo, es que él está siempre rodeado de sus amigos, de sus brothers, de su gente con la que creció, de sus amigos de verdad, los del alma.
»Creo que eso es importante porque te mantiene con los pies en la tierra, conectado con lo que es real, no con la fantasía, con lo decorativo del negocio. Esos muchachos se hacen cantantes y logran el éxito porque tienen algo importante que decir, porque hay situaciones importantes de las que quieren hacerse eco. Hablan sobre sobre los problemas y las situaciones de hoy, sobre las cosas que despiertan su interés, y eso lo pueden hacer porque siguen conectados con la realidad. Es vital mantenerse en tierra y saber que lo que tenemos son bendiciones, son regalos, porque no nos merecemos nada. Y como bendición y como regalo que son, tienes que saber agradecerlos.
—Tuviste las oportunidades para abrirte camino en Estados Unidos y las aprovechaste. Llegaste a ocupar posiciones destacadas en importantes cadenas de televisión. Luego te animaste a independizarte y a crear tu propia empresa. ¿Qué te animó a dar ese salto?
—La necesidad de hacer las cosas que te importan a ti, que tienen relevancia para ti. No lo que te está pidiendo un socio o un jefe, sino algo donde sabes que puedes hacer impacto pero que también es importante para ti. Hay proyectos que pueden ser muy bonitos y muy buenos, pero que a mí no me dicen nada, no me tocan la fibra. A mí, por ejemplo, me encantan los programas que hago porque siento que tengo la oportunidad, y lo digo siempre, de cambiarle la vida a alguien.
»Hace dos años, cuando aún estaba en efervescencia el movimiento Me Too, invité a actuar a la ceremonia del Latin American Music Award a una cantante dominicana muy joven, Yendry, que tiene una propuesta muy interesante. Me gusta darle la oportunidad a jóvenes como ella para que muestren su talento y que lo hagan desde un escenario tan importante como la de este premio.
»Creo que uno debe hablar con los hechos. Creo que es importante abrir las puertas de programas como estos a las nuevas generaciones para que tengan la oportunidad de mostrar lo que hacen. Así es como das la mano, así es como demuestras de qué estás hecho, ¿no? Me gusta hacer este tipo de programas donde resaltamos estos valores. Mucha gente piensa que solo puedes vender con la sensualidad y, en mi opinión, no es necesariamente así. Y está bien la sensualidad, son cosas que Dios nos dio también y qué bueno que lo podamos expresar. Pero no tiene que ser solo eso, ¿no? Es lo que pienso.
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—¿Hay algún proyecto que ames de manera especial de entre todas las producciones que has hecho?
—La serie de Juan Gabriel. Para mí fue una bendición poder hacerla y el tener la relación de amistad que tuve con él y que se abriera a contarme su historia, su vida; que me permitiera conocer al ser humano, no al artista, sino al ser humano que era. Para mí eso guarda un lugar muy especial en mi corazón.
»Te voy a contar cómo pasó todo. Yo me reunía con él con cierta frecuencia y en una de esas ocasiones le dije: “Quiero hablar con usted de tres cosas: esta, esta y la otra, la tercera, es que quiero hacer el proyecto de mi vida”.
—¿Y cuál es el proyecto de su vida?, me pregunta.
—Contar su vida. Contar su vida es el proyecto de mi vida.
—¡Me desarmó con eso! OK.

»Así nada más, con ese «OK», lo aprobó. Y lo hicimos. De ese proyecto me siento sumamente agradecida, primero; y orgullosa, después. Las sesiones de entrevistas que hicimos y que tomaron año y medio, lo obligaron a él a hacer reflexiones muy profundas sobre su vida. Hablar de su vida lo llevó a él a reflexionar y le dio la oportunidad de reivindicar a personas que fueron importantes y a quienes él no les había dejado saber cuán importante habían sido. Yo sé que eso lo ayudó mucho a estar en paz consigo mismo. Y para mí fue un regalo haber sido el instrumento, el vehículo por el cual él logró hacer eso. Yo sé que el día que murió, Juan Gabriel estaba en paz consigo mismo.
—¿Ser mujer ha significado que tengas que esforzarte más para destacar en esta industria?
—Creo que para las mujeres siempre ha sido muy difícil y esta industria no es la excepción. Y, a veces, nosotras mismas nos las ponemos más difíciles aún, porque nos debatimos entre ser mamás y ser profesionales y parece que tenemos bien tallado en la frente el mensaje de que debemos ser perfectas en todo lo que hacemos. Entonces, como que nos sacrificamos más o pensamos que tenemos que dar más de lo que uno da.
»Sí, ha sido un reto ser mujer en un mundo normalmente dominado por hombres y lograr que te valoren y que te den tu lugar. Siempre digo que soy una productora con un carácter muy firme, pero cuando yo empezaba mi carrera los demás no pensaban así de mí, pensaban que yo era una hija de … Pero a los hombres no le dicen eso, sino que es un tipo fuerte. Por eso no me gusta decir que tengo un carácter fuerte, sino firme: sé lo que quiero y voy por lo que quiero. En esta carrera tienes que mostrar firmeza de carácter para ganarte el respeto, y lo tienen que hacer tanto las mujeres como los hombres, porque un hombre que no toma decisiones o que no es firme en las decisiones que toma tendrá problemas para ser exitoso en este negocio.
»Sí, nos ha costado, no ha sido fácil para las mujeres, pero ha sido un viaje muy interesante poder ver lo que hoy en día consiguen las mujeres y lo que teníamos que hacer cuando comenzamos para que nos respetaran o para que nos dieran nuestro lugar. Eso le ha pasado a la mujer en todos los ámbitos y creo que nosotras también tenemos algo que ver en que sea así, por aquello de querer ser tan perfectas. Creo que es bueno querer ser perfectas, pero también nos afecta.
—Y como mamá, ¿eres perfecta?
—No, no soy perfecta (risas). Pero soy perfecta en amarlos, eso sí. En amarlos y en demostrarles mi amor. Creo que en eso he logrado un alto nivel de perfección porque los amo con toda la fuerza de mi ser. Yo dejé de trabajar diez años para dedicarme a ellos. Dejé mi carrera en un momento muy importante porque sentí que mi lugar no era donde estaba, sino en mi casa. Recuerdo que cuando lo conversé con mi jefe de entonces le pregunté que quién lo había criado a él, y me dijo que su mamá. “Bien, yo quiero que mis hijos digan exactamente eso cuando sean grandes”, le respondí.
—¿Cuál es la lección más importante que les has enseñado a tus hijos?
—Eso tendrías que preguntárselo a ellos (risas).
»Siempre les he aconsejado que luchen por lo que quieren, que no se achicopalen. Que uno se puede caer, pero se tiene que volver a levantar. Que “todo es temporal”. Esta frase hasta la tiene tatuada en una pierna uno de mis hijos. La vida es temporal. Las cosas buenas son temporales; las malas, también. Que hay algo que está más allá de todo lo temporal en que estamos, en lo que vivimos ahorita.
—¿Qué es lo que más te gusta de tu vida?
—Mi familia.
—Eres, sin duda, una mujer exitosa. ¿Cuál ha sido la clave para ese éxito?
—Trabajo. Mucho, mucho, mucho trabajo. Esa ha sido la clave. Y ser obsesiva-compulsiva. Cuando uno es así, hasta que no logra las cosas tal como las imaginó, con la visión que tiene, sigue y sigue y sigue hasta que lo logra.


