Antártida. 28 de noviembre de 1979. Un avión con 257 personas a bordo, sobrevuela lo que la tripulación cree que es una inmensa llanura de hielo
Todo parece estar en orden. Los pasajeros sacan fotos por las ventanillas, fascinados con un paisaje que la mayoría de los seres humanos jamás va a ver en su vida. Pero, de repente, una alarma rompe la calma de la cabina. El accidente del Monte Erebus.
El accidente del Monte Erebus
Esa alarma significaba que el avión estaba peligrosamente cerca del suelo. El capitán reacciona de inmediato y pide máxima potencia, pero lo que él no sabía, era que no estaban sobre una llanura de hielo, si no que estaban volando directo hacia la ladera de un volcán. Así, seis segundos fue todo lo que pasó entre la alarma y el impacto. Seis segundos para intentar elevar un avión de 250 toneladas.
El DC-10 se estrelló contra el Monte Erebus a 834 kilómetros por hora y todos sus ocupantes murieron en el acto. Fue el peor desastre aéreo en la historia de Nueva Zelanda y uno de los accidentes más impactantes de la aviación comercial. Y lo que vino después del impacto fue una enorme mentira sostenida durante décadas.

Durante un par de años, en la década del 70, existieron vuelos turísticos a la Antártida. Vuelos comerciales con pasajeros comunes que despegaban de Nueva Zelanda, sobrevolaban el continente blanco a baja altura y volvían en el mismo día. Aar New Zealand empezó a ofrecer estos vuelos en febrero de 1977. Así, la idea era simple y brillante.
Un DC10, uno de los aviones más grandes de aquella época, salía de Auckland a las 8 de la mañana, volaba unas 4 horas hacia el sur hasta llegar a la Antártida, hacía un recorrido panorámico y volvía a las 7 de la tarde, un paseo de casi 8600 km en un solo día.
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