Una mirada a los orígenes históricos y teorías sobre el estigma de la menstruación
El estigma de la menstruación aparece repetidamente en diferentes culturas y geografías de todos los tiempos.
La palabra menstruación proviene del latín menstruus (menstruo) y la Real Academia Española (RAE) la define como «sangre procedente de la matriz que todos los meses evacuan naturalmente las mujeres y las hembras de ciertos animales».
Mientras que «menstruo deriva de la palabra latina menses (mes, ciclo lunar, lunación) y se vincula al carácter cíclico de la Luna porque se produce aproximadamente cada 28 días, en correspondencia con la duración del período lunar y a la regularidad mensual de ambos ciclos».

Menstruación, ciclo, regla, periodo… No importa cómo lo llames. Lo que importa es que es algo común a todas las mujeres, y niñas, un proceso hormonal con el que convivimos todos los meses, y que va cambiando con los años.
El tampón lleva siglos inventado: en el Antiguo Egipto las mujeres de clases altas utilizaban papiro enrollado para absorber la sangre menstrual.
-Se cree que los cazadores en la prehistoria tenían pánico de la sangre menstrual porque creían que su olor podría propiciar el ataque de animales peligrosos.

-Hipócrates (466 y el 377 a.C) creía que la sangre menstrual era un desecho porque la mujer generaba demasiada sangre.
Y que teníamos que expulsar esa sangre porque éramos seres muy calientes.

-En la Edad Media, bebiendo de los griegos, se consideraba que la mujer era más débil que el hombre y que era incapaz de digerir bien los alimentos… así que los restos de estas indigestiones se evacuaban durante la menstruación.

-Lo más curioso de todo es que no fue hasta el siglo XX cuando los médicos alemanes, Fritz Hitschman y Ludwig Adler, determinaron que el ovario tenía “cierta” influencia sobre la menstruación y los procesos del útero en el embarazo.
Es decir, que hasta el siglo XX no se empezó a entender para qué servía la menstruación.

-En el siglo I d.C., Plinio el Viejo dedicó un capítulo entero a la menstruación en su libro ‘Naturalis historia’, de donde podemos afirmar que salieron muchísimas de las leyendas urbanas posteriores.

«El contacto con el flujo mensual de la mujer amarga el vino nuevo, hace que las cosechas se marchiten, mata los injertos, seca semillas en los jardines, causa que las frutas se caigan de los árboles, opaca la superficie de los espejos, embota el filo del acero y el destello del marfil, mata abejas, enmohece el hierro y el bronce, y causa un terrible mal olor en el ambiente. Los perros que prueban la sangre se vuelven locos y su mordedura se vuelve venenosa como las de la rabia. El Mar Muerto, espeso por la sal, no puede separarse excepto por un hilo empapado en el venenoso fluido de la sangre menstrual. Un hilo de un vestido infectado es suficiente. El lino, cuando lo toca la mujer mientras lo hierve y lava en agua, se vuelve negro. Tan mágico es el poder de las mujeres durante sus períodos menstruales, que se dice que lluvias de granizo y remolinos son ahuyentados si el fluido menstrual es expuesto al golpe de un rayo».
Casi nada.
-Por ejemplo, en el siglo XX, las trabajadoras de bodegas y destilerías no trabajaban cuando tenían la regla porque todavía se pensaba que la menstruación agriaba el vino.

-Para añadir más leña al fuego, a principios del siglo XX, el doctor Béla Schick «descubrió» que cuando alguien llevaba flores al hospital y estas quedaban a cargo de una enfermera con la regla, las flores se marchitaban antes.

-Entre 1700 y 1900 las mujeres de las altas clases europeas utilizaban algo un tanto chocante para parar el fujo menstrual: NADA.

Ni toallitas, ni compresas, ni esponjas. Las señoras de bien sangraban sobre su propia ropa. Ah, y jamás llevaban ropa interior.
-En 1937, Leona Chalmers patentó y comercializó un invento denominado «receptor catamenial», que era nada más y nada menos que la copa menstrual.

Las copas no tuvieron demasiado éxito: muchas mujeres apuntaron que era demasiado grande, rígida y pesada… y si todo esto lo mezclas con una sociedad que no se tocaba sus propios genitales tienes el cóctel del mismísimo fracaso.
Te recomendamos leer: La cara y la sexualidad
Continúa leyendo en BUZZFEED
CURADAS |Tu compañía en información