Adolfo Herrera: «Yo voy a tocar hasta que me muera»

Por Katty Salerno

Adolfo Herrera está próximo a lanzar Irrepetible, su primera producción como solista luego de treinta años en la escena musical, dentro y fuera del país. Un proyecto que une ritmo, imagen, literatura y buenos amigos y que busca crear una experiencia íntima y única en cada ser humano.

Además de baterista y percusionista, Adolfo Herrera es cantante, actor, arreglista, director musical y productor, con más de setenta grabaciones de álbumes comerciales en su haber, cinco de ellas nominadas a los premios Latin Grammy. Sin duda, ha escrito su nombre con su puño y letra en la historia musical de Venezuela. Sin embargo, es inevitable, al menos para los periodistas, no relacionarlo con Adolfo Herrera y Gloria Cuenca, sus padres, dos destacados intelectuales y formadores de generaciones de periodistas en universidades de nuestro país.

Por esa influencia, probablemente, cursó la carrera de Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Pero su verdadera pasión ha sido siempre la música, en la que empezó a formarse a los siete años, cuando su abuela le regaló un órgano Yamaha. Luego la consolidó en el Roland Learning Center de Caracas, bajo la tutela del maestro Andrés Briceño; y en Berklee College of Music, una de las más importantes universidades de música del mundo. «Yo voy a tocar hasta que me muera», dijo Adolfo Herrera a Curadas.com en una entrevista vía Zoom desde Miami, Estados Unidos, donde vive desde 2016.

Además de seguir acompañando a grandes músicos venezolanos y de otras partes, y de actuar con la Orquesta Sinfónica de Miami y Siudy Flamenco Dance Theater, entre otras agrupaciones, Adolfo Herrera está dándole los últimos toques a su primera producción como solista. «Lo más importante en este momento en mi vida es Irrepetible, que está a punto de salir— comenzó diciendo.

»Se trata de un proyecto multimedia: es un trabajo discográfico, pero está registrado en video. Y también combina la literatura —en forma de texto, poesía y prosa poética— con música improvisada. Escogí diez temas al azar sobre hechos que me llamaban la atención, sobre cosas que me iba diciendo la vida. Luego le pedí a varios amigos que me escribieran poemas o textos sobre esos temas. Y, con un grupo de músicos escogidos también para la ocasión, escuchando esos textos, improvisamos la música. Son diez temas, con una duración de entre cinco y diez minutos cada uno, registrados en video. Los pondré en las diferentes plataformas y les haré promoción por separado a cada uno. El disco va a estar disponible en un mes, mes y medio.

»En estos momentos estoy lidiando con los trámites finales, que para mí son complicados porque es mi primer disco. Y yo no me caracterizo por ser la persona más organizada del mundo en cuanto a hacer trámites. Son cosas que poco tienen que ver con ser un artista ejecutante, que es lo que me ha caracterizado en mi vida.

»Pero algo que sí me hace feliz es que estoy haciendo una música totalmente artística, una música que es totalmente del corazón. Son temas profundamente humanos, es una propuesta sumamente emocional y me encanta que esa sea su esencia. Es un proyecto con una raíz artística y filosófica importantísima. Eso es lo que lo caracteriza. Y va directo a la gente que cree que el arte está por morir, que cree que no hay propuestas comprometidas con la verdadera razón de la existencia del arte, con una búsqueda estética del arte por el arte, sin ningún artificio, sin ningún fin más allá que la obra en sí misma.

»No estoy haciendo este proyecto para hacerme famoso ni para hacerme rico. Lo estoy haciendo porque lo tengo que hacer, porque soy un artista y eso es lo que hacemos los artistas. Siento que eso se está perdiendo. El arte puede ser un medio para hacerte famoso, para ganar seguidores, si eso es lo que te importa; para ser popular, querido, aceptado, para ser reconocido. Y en este caso, lo que yo estoy haciendo, lo estoy haciendo porque nace así de mi corazón, es 100 % honesto.

»Y espero que a la gente le guste. Espero la validación del público. ¿De cuál público?, me preguntarás. Pues del público que está buscando el arte. Hay gente que cree que Bad Bunny es el dueño del universo. Pero yo tengo otro universo en paralelo del cual soy el dueño y los invito a todos ustedes. Y eso es importante, porque representa otra opción. Yo siento que poco a poco nos vamos uniformando, nos vamos volviendo iguales en todas las tendencias. Escucho todas las canciones y todas me suenan iguales. Y escucho los ritmos y todos me suenan iguales. Escucho los discursos y me suenan todos iguales. Y eso obedece a una cosa muy sencilla: a las tendencias del mercado, que, además, son superválidas.

»Cuando hice este disco no lo hice pensando en nada de eso, diez años más tarde es que me doy cuenta de qué cosa tan diferente es. En el momento en que lo estaba haciendo no pensaba nada de lo que me estoy diciendo ahora. Pero, al pasar tanto tiempo, pude captar su verdadera esencia.

»Y en paralelo estoy haciendo un documental con Javier Lambertini (músico y videógrafo) de lo que fue este proceso, que nos ha tomado diez años desde el día uno de la grabación hasta el lanzamiento. Aunque el disco fue grabado en un lapso de tres años, que no es demasiado para un trabajo de esta envergadura».

—¿Por qué ha llevado tanto tiempo?

—Porque en el camino se presentó la pandemia y el proceso migratorio. Este disco también retrata la historia de los músicos de mi generación yéndose de Venezuela.

»Yo me vine a Estados Unidos a mediados de 2016 y después llegó la pandemia, que nos puso fuera de circulación como año y medio. Y digamos también que el proceso migratorio conlleva un desgaste emocional de la adaptación y de la pérdida un poco del país. Pero en la pandemia fue la locura, con la cabeza dándote vueltas y el cuestionamiento de para qué y por qué son las cosas.

»Entonces, claro, todo eso produjo un retraso, un retraso del que no me pude escapar porque era mi propio proceso de vida, que estuvo muy por encima de cualquier otra ascendencia que tuviera este proyecto, tanto en mi vida como en lo que es el aporte a la sociedad que tiene el proyecto, que yo creo que es una cosa importante.

—Ya has adelantado algo de este trabajo en tus redes…

—Exactamente. En medio de la pandemia lancé el primer tema, Soledad, que fue grabado en el Aula Magna de la UCV sobre el texto que escribió Héctor Palma (actor y director de cine).

—¿Cómo nació este proyecto?

—La versión corta del cuento es la siguiente. En 2013 le pedí a César Miguel Rondón (periodista y locutor) que me escribiera un texto sobre la luz. En mayo de ese año muere mi padre, Adolfo Herrera, y entonces decido incorporar la muerte como tema. Le pedí a mi amigo Douglas Gómez, que estudió comunicación social conmigo y que también es poeta, que escribiera el poema. Lo escribe y, de repente, me dice que se va del país. Luego me reúno con Roberto Koch, que en ese entonces era el bajista del trío de Aquiles Báez, y debemos grabar corriendo porque se iba en septiembre. Un mes más tarde me senté con los músicos en el estudio a grabar los temas Luz y Muerte.

»En enero de 2014 tuvimos que correr de nuevo, porque se iba Rodner Padilla, bajista del C4 Trío. Grabamos el tema Caracas (Adolfo Herrera) en la Plaza del Rectorado de la UCV. Ese mismo año se va a estudiar a Nueva York mi querido amigo, un par de generaciones más joven, Gabriel Chakarji. Grabamos Belleza (Aquiles Báez/Rafael Velásquez). Después, a finales de 2014, se va Gonzalo Teppa. Así es como grabamos los temas Incertidumbre (Guillermo Carrasco, cantante, compositor, arreglista) y Amor (Leonardo Padrón, escritor).

»El 2015 fue un año turbulento en Venezuela. Es un año donde yo cuestiono todo lo que hice, que no hice nada. Y me doy cuenta de que me tengo que ir de Venezuela. Ahora el que se iba era yo. En un mismo día hicimos Dios en la naturaleza, de Pedro Galdos (sacerdote jesuita), quien fue una influencia importante en mi vida; y Humanum, de Gloria Cuenca, hablando de las dos dimensiones, la divina y la humana. Y yo grabé el titulado Exilio, escrito por Raúl Lotito (fundador del Grupo Editorial Producto), con el maestro Gerry Weil al piano.

»En el camino también se fueron Germán Landaeta (ganador de un Latin Grammy), coproductor musical del disco y el ingeniero de mezcla; Jorge Castillo, fotógrafo principal; Daniel Oseches, que empezó siendo el videógrafo principal de todo el proyecto y Hugo Fuguet. Y después de mí, también se fueron Eric Chacón y Vladimir Quintero. Mucha de la gente que participó en el disco terminó en el exilio. Esa es la historia paralela de todo este trabajo.

»El proyecto en sí habla de estos temas y de la posibilidad que tenemos los músicos de tomar decisiones en el momento. Toda la música que escuchas allí es improvisada. Ahí no hay nada que no haya sido improvisado. Es también un homenaje a la improvisación. Es mi manera de decirle a los venezolanos, a quienes nos encanta improvisar, que aquí hay un lugar donde la cosa sale bien cuando improvisamos. Si pones a la gente correcta, con el idioma correcto, con las herramientas correctas, la improvisación llega a un lugar feliz. El resto de la improvisación en Venezuela es un desastre. No sirve para nada. Pero, en este caso, mi intención es demostrar que hay un lado positivo incluso en la improvisación.

—Leí en tu biografía que desde niño mostraste interés por la música. A mí eso me sorprendió, porque la imagen que guardamos de tu papá y de tu mamá es la de dos intelectuales y docentes universitarios, muy activos socialmente. ¿De cuál de los dos recibiste esta herencia musical?

—Creo que viene por los dos lados. Mi mamá es una de las personas más musicales que conozco. Yo crecí en una casa donde mi papá y mi hermana tocaban el piano todos los días. Mi papá daba serenatas con acordeón en Margarita. Esa es una faceta que la gente no conoce de ellos, pero que estaba allí. Y buscando más atrás, hay un señor llamado Ramón Espinal Font, mi bisabuelo, que fue el primer director de la banda del estado Trujillo. Era el papá de mi abuela Gladys, la mamá de mi papá. Por ahí es por donde viene eso. Y, además, de niño yo era muy inquieto, y pensaron que me tranquilizaría con la música.

—¿Y funcionó?

—¡Tú me dirás! Yo creo que no, pero qué bueno que no funcionó (risas).

—Hiciste estudios musicales, pero, en lo profesional, optaste por seguir la carrera de Comunicación Social.

—Yo creo que fue al revés. Estudié comunicación social, sí, pero profesionalmente me fui por la música. Nunca he ejercido el periodismo, aunque ahora con esto de las redes sociales todos terminamos siendo un poco comunicadores. Gracias a eso, ahora soy un músico que habla muy bien. “¡Qué bien habla Adolfo!”, dice la gente. Bueno, de alguna manera eso lo llevo en la sangre también. Creo que ahora sí le voy a sacar provecho, porque hasta ahora lo único que quería hacer en mi vida era tocar batería. Y ahora, a los cuarenta y siete años, me estoy dando el permiso de querer otras cosas y de experimentar, buscar y usar toda la paleta de opciones que hay.

—Empezaste tocando órgano. ¿Cómo fue ese cambio del órgano a la batería y por qué?

—Como te contaba, en la casa había un piano que mi papá y mi hermana tocaban. Luego, por alguna razón, y creo que esa razón tiene que ver con el mercadeo, porque eso fue en los años 80, cuando empezó el boom del método Yamaha… ¡En todas las casas había un órgano eléctrico Yamaha! En mi caso, fue mi abuela materna la que me regaló uno cuando yo tenía siete años. El profesor que me daba clases de piano me enseñó también a tocar el órgano eléctrico.

»Así fue hasta los doce años. En esos cinco años experimenté la intimidad con la música porque en las tardes tenía la casa toda para mí. Mi hermana ya estaba en la universidad estudiando medicina y mi papá y mi mamá trabajaban. Entonces yo me pasaba las tardes tocando y sintiendo la música. Como a los doce años dejé todo y me convertí en karateca. Pasé dos años entregado al kárate, sin ocuparme de la música.

»Cuando cumplí catorce años me dieron la opción de escoger como regalo entre una batería y una unidad de disco externo para la computadora, porque también me encanta la tecnología. Recuerdo que las dos cosas costaban lo mismo, 15.000 bolívares, y no me las podían comprar ambas. Mi mamá insistió en que fuéramos a ver la batería que le habían comprado al hijo de su mejor amiga. Fui, la vi, la toqué y me enamoré. Lo demás es historia.

—Fue amor a primera vista…

—Ahora que lo veo con cierta perspectiva, sí, fue amor a primera vista porque yo tengo debilidad es por el ritmo. A mí me encanta el ritmo. A mí me seduce el ritmo de las cosas. No solamente de la música, sino de las cosas en general. La manera como habla la gente, la entonación, eso a mí me seduce. Entonces, si hay un instrumento que está dedicado solamente al ritmo, por supuesto que me iba a enamorar. Eso es así. Yo escuché a Alonso tocar y ya sabía que eso era. Él tocaba muy bien. Yo en ese entonces no tocaba tan bien.

—O sea que a ti no te pasó como a muchos bateristas, que empiezan tocando en las ollas y los sartenes de su mamá.

—Nada de ollas ni sartenes, nada de eso. Todo lo contrario. El órgano que tenía traía unos botones con ritmos preprogramados y yo me la pasaba jugando con eso, apretando botones blancos y grises. Mezclaba samba con foxtrot y cosas así.

—¿Y dónde practicabas con la batería? ¿Tu mamá no se arrepintió de habértela comprado?

—Hay unos instrumentos más fastidiosos que otros cuando estás empezando y la batería es uno de esos. Pero, como te dije, yo era el que más tiempo pasaba en la casa. A quien mortificaba era a los vecinos. El conocido pintor José Campos Biscardi era vecino nuestro. Yo sé que le amargué la vida.

—¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que actuaste en un público?

Sí. Fue a los quince años, un año después de haber estudiado con el maestro Andrés Briceño y con el maestro Enrique Santana en la Roland Learning Center, en la ceremonia de graduación.

—Uno ve tus redes sociales y parece que te está yendo muy bien, que estás disfrutando mucho todo lo que haces. Pero ¿ha habido algún momento duro en esta decisión de vida que tú tomaste?

—Yo te diría lo contrario. Yo te diría que todo es durísimo. Que los momentos que ves cuando uno está en el escenario son los momentos de gloria que vivimos los artistas, por los cuales sufrimos el resto del infierno que vive un artista. La vida no es lo que tú ves en las redes. Lo que tú ves en las redes es el mejor momento de la vida del artista.

Lea también: Marisa Román: «Lo importante en la vida es dar lo mejor de uno mismo y avanzar»

[adrotate banner=»7″]

»De hecho, creo que así como gozamos más que la mayoría, también sufrimos más que la mayoría. Porque el sacrificio que hemos hecho en pro de ese gozo, a veces la gente no es capaz de hacerlo, ni es capaz de entenderlo. Esa es la razón por la cual yo nunca he sido otra cosa que un artista. Porque en mi caso, todas las personas que vi que hacían las dos cosas descuidaban el arte. Mucho sufrimiento y poca ganancia. A menos que estés verdaderamente comprometido con el arte y con este modo de vida, es insostenible. Insostenible.

»Yo aquí hice una obra de teatro que se llama Papá cuatro donde le digo a la gente que meterse a músico es como meterse a cura. Un cura oye la voz de Dios y se entrega, pero la voz de Dios no la oye más nadie sino el cura. Ningún cura le dice a otro cura, ¿estás oyendo lo que está diciendo Dios en este momento? No, eso no pasa, ¿verdad? ¿Y quién le dice a un cura que Dios no existe? Así mismo es la relación de un músico con la música.

»Lo que pasa es que vivimos en un momento donde la gente no tiene acceso a eso y una red social te lo filtra. En las redes puedo mostrar las cosas buenas, las cosas bellas. Pero más allá de las redes sociales, ¿qué es lo que te hace seguir en esto? Primero, la inercia. Una vez que tú le has dedicado treinta años de tu vida a algo, es muy difícil cambiarlo y dejarlo. Y después, el reconocimiento de tu esencia. He visto a la gente que baila, por ejemplo. Que no se puede quedar quieta, que se tiene que parar a bailar. Baila porque no puede dejar de bailar. Baila porque tiene que bailar.

»Yo siento la urgencia de hacer música y de tocar. Créeme que en la pandemia pensé en dejarlo, para siempre. Y de repente me di cuenta de que no podía, de que sería deshonesto de mi parte. Puede ser que deje de tocar en público. Puede ser que deje de tocar para ganarme la vida. Pero yo voy a tocar hasta que me muera. Eso es así. No hay escapatoria. Un cura puede que cuelgue los hábitos porque conoce a una mujer y se enamora, pero no porque se convierta en ateo.

—Y hablando de mujer, ¿estás casado, tienes hijos?

—Estoy casado hace quince años con la misma mujer, gracias a Dios. Ella es Kharla Aranguren y es arquitecto. Tengo dos hijos: Santiago Adolfo, de catorce, y Eva Lucía, de trece.

—¿Tus hijos heredaron el talento musical?

—Ellos tienen temperamento artístico, tienen talento para las artes, pero no están formalmente en el camino de la música y de las artes. Lo ven más como un hobby. Y yo me aprovecho de eso.

—¿De qué te aprovechas?

—De que lo vean como un hobby, para que lo dejen así. Eso es una decisión muy personal. Inducir a un niño a una cosa que luego tiene consecuencias para el resto de la vida, es fuerte. Yo prefiero que ellos, poco a poco, vayan tomando sus decisiones. Creo que ahí es donde está la verdadera libertad. Aunque, ojo, los obligo a cantar de vez en cuando, a hacer deberes artísticos de vez en cuando, porque también creo que es importante que desarrollen la sensibilidad, pero no al punto de que se conviertan en músicos. Voy llevando un balance, un balance que es más para el lado de no ser músico que el de ser músico.

—¿Sientes que has logrado un buen balance entre lo artístico y lo práctico?

—Siento que he tenido mucha suerte. Hasta ahora he logrado vivir exclusivamente de la música y no todo el mundo puede decir lo mismo. De eso estaré siempre orgulloso.

»El balance es bueno, pero creo que hay que empezar a cambiar, algo que en parte tiene que ver con la edad. Hay que asumir que los tiempos están cambiando y que me voy a convertir en un dinosaurio en pocos años. Ahora todo se está haciendo de manera automática. Yo puedo ver en el futuro a alguien explicándole a un niño que ese botón que aprieta y que suena se llama batería y que eso antes lo hacía un tipo que se sentaba en una silla y tocaba unos tambores al que llamaban baterista. Que el tipo se pasaba horas y horas practicando para que sonara así como suena ahora cuando aprieta ese botón. Eso, yo lo veo venir. Entonces, hay que prepararse para el cambio.

»Yo soy de la época donde la gran innovación fue el motor de búsqueda de Google. Ahora hay inteligencia artificial que interactúa con eso y que habla como si fuera un humano. La velocidad de evolución de la tecnología y de la inteligencia artificial es mucho más rápida que mi capacidad de evolución y de cambio. Pero, para allá vamos, para allá vamos. Hay que aprovechar estas últimas cosas…

Síguenos en redes sociales

Más de Personalidades

¿Qué opinas?

Únete