El poder de la oración: En lo que nunca sucede hay milagros ocultos
El poder de la oración: En lo que nunca sucede hay milagros ocultos

El poder de la oración: En lo que nunca sucede hay milagros ocultos

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En este artículo queremos ofrecerte la oportunidad de conocer y utilizar el poder de la oración.

Tomado de: No hay oración que no sea oída Por: Margaret Blair Johnstone, conocida consejera matrimonial. Condensado de: «Better Homes & Gardens» en: Selecciones del Reader’s Digest. Agosto de 1955. pp 86-88.

En lo que nunca sucede hay a menudo ocultos milagros

Cierta vez, siendo yo niña, pedí de regalo un caballito el día de mi cumpleaños, y mientras por un lado mareaba y molía yo a mis padres a súplicas, por el otro impetraba fervorosamente el auxilio del cielo todas las noches. No me regalaron el caballito, pero recibí en cambio una lección que me ha sido infinitamente útil y preciosa

Cuando mi padre sentenció en tono inapelable: «Tendrás que ir conformándote. No te puedo regalar el caballito», yo respondí: «Tal vez se haga un milagro».

-Un milagro es algo más que alcanzar uno lo que pide – dijo mi padre -. A veces hay un milagro mayor en no recibir lo que se pide.

Todavía no he conocido a nadie que, por muy profundamente contrariado que estuviera, no se haya sentido confortado (en el sentido literal de la palabra: «fortalecido») al convencerse de que no hay oración que no sea oída. Dios no siempre responde que sí, pero responde.

Hay mucha gente que deja de rezar porque se considera defraudada en sus ruegos. Y eso se debe a que en tal o cual ocasión rezaron por la salud de un ser querido, o porque Dios les concediera fuerzas para vencer una flaqueza moral, o para que les diesen un empleo apetecible. Y han visto morir al ser querido, o han caído por centésima vez en el mismo inveterado habito vicioso, o no han conseguido el empleo. «¿De qué sirve rezar? -se preguntan con desconsuelo- ¡Dios no me ha escuchado!»

Pocas veces nos damos cuenta de que una desilusión, o sea el librarse de una falsa creencia, es quizá una de las cosas más saludables que nos puede ocurrir, sobre todo a los que han tenido siempre a Dios por una especie de Rey Mago que, a fuerza de oraciones, da cuanto le pedimos.

¿Qué es, entonces, la oración? La define con justeza admirable San Clemente Alejandrino: «Es una conversación con Dios». Si, en efecto, hiciéramos de la plegaria un modo de conversación, habríamos comprendido su verdadera naturaleza. En vez de un diálogo con Dios, solemos convertirla en un ultimátum.

«Las negras garras de la desesperación no podrán hacer presa en nuestro ánimo si confiamos nuestras cuitas a un amigo que las comprenda», ha escrito un filósofo; y éste es el secreto del alivio que recibe el alma atribulada cuando da con una persona a la cual pueda confiar libremente sus penas. He ahí el bálsamo que encuentra el corazón atormentado cuando acude al Consejero «Para quien todos los corazones están abiertos, que conoce todos nuestros deseos y a quien no se oculta ningún secreto».

Un antiguo himno eclesiástico dice que «la oración es todo deseo sincero del alma, expreso o tácito». Muchas personas que no se arrodillarían nunca en una iglesia acuden a tenderse sin titubear en el sofá del psiquiatra, a pesar de que cada día son más los consejeros que, como el Dr. William Sadler, autor de El ejercicio de la siquiatría [sic], opinan que «cuando nos ponemos a reunir o volver a reunir los dispersos fragmentos de nuestra personalidad, iniciamos una tarea que, llevada a su lógica consecuencia, se convierte en una oración»

Hubo una vez un sabio que tenía la oración por una burda engañifa, principalmente las que se hace en las peregrinaciones.

De pronto el sabio enfermó gravemente. Reveses de fortuna lo pusieron al borde de la ruina. Muchos de los experimentos fracasaron.

Un buen día se fue en peregrinación a un lugar famoso. No lo movía la fe: iba sencillamente para alejarse de su casa. Ya en el santuario, se dijo para sus adentros: «Si yo no fuese agnóstico, sometería a la prueba de la experiencia esta superstición». Convencido de que lo hacía todo por mera curiosidad, dio los primeros pasos rituales. «Bien, si todo esto no fuese tan descabellado ¿qué pediría yo al rezar? ¿Salud? ¿Dinero?». Continuó imitando lo que hacían los fieles y de pronto prorrumpió en una exclamación «¡Dios mío, te lo suplico: ilumina mi entendimiento, concédeme que invente yo algo muy grande, que haga adelantar la ciencia humana!».

Sorprendido de sí mismo, el sabio, que se llama Galileo, se sumió en profundo silencio. ¡Ah! ¡Luego ese era su deseo de deseos! Conociéndolo al fin, Galileo comenzó una serie de experimentos que lo condujeron a la invención del telescopio.

La oración es, con toda certeza, la expresión del sincero deseo de un alma. Y somos muy contados los que acertamos a ver los milagros que se obran en torno nuestro, porque no sabemos qué es lo que en realidad deseamos en este mundo. Muchas veces no empezamos a descubrirlo hasta que se nos viene el mundo encima y nos obliga a contemplar la existencia bajo un nuevo aspecto, aspecto que acaso se nos presenta por primera vez cuando Dios nos dice: ¡No!

A la hora del desengaño no es precisamente a Dios y Sus propósitos a quien debemos hacer objeto de nuestras dudas. Por intenso que sea nuestro deseo, por vivo que sea el fervor con que pedimos, cuando Dios dice que «no», debemos someter a escrupuloso examen tanto nuestros deseos como nuestra conciencia. Muy a menudo debiéramos preguntarnos si la causa de que no sean escuchadas nuestras oraciones reside en las oraciones o en nosotros mismos

Con todo, seríamos ciegos si no reconociéramos que aun cuando nuestros deseos sean legítimos y aun cuando nosotros seamos dignos de alcanzarlos, Dios, sin embargo, puede decir ¡No!. ¿Por qué?

Desgraciadamente, a menudo sucede que sólo el tiempo es capaz de darnos la razón de esa negativa. Pero si a la par del grito de duda y sorpresa que se nos sube tantas veces a los labios: «¿Por qué, Dios mío, por qué?»… Nos contentamos con decirnos sencillamente «Por algo será, y algún día lo sabré», Nos evitaremos innumerables tribulaciones.

Hay además del sí y del no, una tercera respuesta que Dios nos da con harta frecuencia. Cuando yo pedía algo a mi madre, ella solía decirme: «Veremos, veremos. Ten paciencia y has todo lo que puedas por conseguirlo tú misma… y ya veremos»

Esta es, me parece a mí, la respuesta que Dios da a muchas de nuestras plegarias.

Otras veces la suerte de nuestras oraciones depende del grado en que colaboremos con Dios, es decir, con todos y cada uno de los múltiples medios y agentes de que Él se vale. Tomás Edison decía: «No sabemos ni la cien millonésima parte de nada. No sabemos lo que es el agua. Ignoramos lo que es la electricidad. Ignoramos lo que es el calor. Hemos levantado montañas de hipótesis acerca de todas estas cosas. Eso es todo. Mas no por eso dejamos de utilizarlas».

Otro tanto sucede con la oración. En realidad, no sabemos ni la cien millonésima parte acerca de ella. Sin embargo, lo que sabemos nos basta y nos sobra para servirnos de ella y para hacer mediante ella que Dios se sirva de nosotros.

Créditos: Selecciones del Rider’s Digest

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