¡Qué noche la de aquel día!

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El corazón tiene razones que la razón no entiende. Casi 3.000 personas lloraban en la grada de Anfield después de una prórroga para la historia.

En la que se vieron eliminados, tras certificar Firmino el segundo del Liverpool, pero en la que se reafirmaron después: siempre hay que creer. Al menos con el tipo ése en el banquillo.

Don Diego Pablo. Y marcó Llorente. Y volvió a marcar Llorente. Y asistió Llorente para que marcara Morata. Así que el Atlético, clasificado para cuartos, aún se dio el gusto de ganar al campeón a domicilio.

Sí, era difícil sacarse la impresión de que con la que está cayendo no hubiera debido desarrollarse aquello que se había desarrollado ante tantos ojos, que miles de personas desplazadas desde Madrid eran en ese sentido una bomba de relojería, pero… el corazón tiene razones que la razón no entiende.

Lo de antes había sido otro ejercicio de resistencia. De los que se recordará, como aquél de Múnich, y con Oblak al quite, como en aquél de Munich. No hay crónica de Liverpool que se precie sin referencias a The Beatles, así que añadan a la del título de esta crónica el ‘Ob-La-Di, Ob-La-Da’ que se entona aquí desde ya mismo.

La escuadra de Klopp había hecho dos goles, sí, suficientes para pasar la ronda, también, pero fue cosa del esloveno que no multiplicara esa producción por dos o por tres.

Dispararon mucho y casi siempre bien. Jugaron mucho y casi siempre bien. Exhibieron lo que son, en fin. Pero en el otro lado nadie se rinde. Jan sin miedo y sus muchachos.

El Atlético sacó de centro y tocó con precisión hasta que Joao se deshizo de su marcador con una maniobra magnífica y habilitó a Costa en el desmarque. A ese balón le faltó un metro de recorrido para que Diego pudiera pegarlo sin forzar, el caso es que se marchó junto al palo. Habían pasado 15 segundos y el equipo de Simeone presentaba credenciales. Estaba dispuesto a llegar, la cuestión era conseguirlo o no. Y no volvió a conseguirlo. Hasta tres cuartos, sí, por momentos con cierta presencia, pero de ahí en adelante no. El de Lagarto, sorprendente irrupción en el once, no está para sostener la aparición de sus compañeros desde atrás.

El problema es que Anfield es una emboscada permanente. Cuando más tranquilo te sientes es cuando menos deberías estarlo, porque cuanto más cerca andes de la portería del Liverpool más cerca anda el Liverpool de tu portería. Las frases anteriores, que sin contexto puede sonar absurdas, encuentran una explicación en el absoluto vértigo de las transiciones locales.

Como se te ocurra perderla, en un par de pases se plantan en tu área. La escuadra ‘red’ tardó unos minutos en meter velocidad de crucero, pero al cuarto de hora ya coleccionaba un cabezazo de Wijnaldum y sendos disparos de Salah y Oxlade, lo primero y lo tercero a mayor gloria de Oblak, lo segundo directamente fuera.

El acoso local era tan constante como insuficiente la solidaridad visitante. No es que fueran ocasiones clarísimas, pero el meta esloveno aún tuvo que aparecer para evitar una de Mané precisamente a la contra y un servicio lateral envenenado que buscó Firmino sin encontrarlo. Se acercaba el entreacto sin goles… pero nunca hay tregua.

A Saúl se le vieron las costuras una vez, cuando no molestó la aparición de Oxlade por delante de Salah, y el servicio del inglés encontró la omnipresente cabeza de Wijnaldum, que la picó para hacerla inalcanzable. Tanto remar para naufragar en la orilla: la eliminatoria estaba igualada con 45 minutos por delante.

Mediado el segundo acto, Alexander-Arnold topó con Oblak y la continuación de la jugada dio para que Trippier bloqueara el disparo de Robertson. O sea, el lateral derecho y el lateral izquierdo del Liverpool buscando el gol que desnivelara la ronda. Si lo de antes había sido acoso, lo de entonces rozaba el abuso. Pero el meta visitante podía con todos. Con Salah la primera, con Mané la segunda, con Oxlade la tercera, este párrafo arrancaba con la cuarta… otras tantas se marcharon fuera y aún el larguero echó una mano en el cabezazo de Robertson. Sí, otra vez el carrilero. El Atlético bastante tenía con sobrevivir.

El Cholo apenas había hecho un cambio, el de Llorente por Costa, para topar con la ingratitud de un tipo al que siempre ha ofrecido su confianza. Sobraban los gestos, había sobrado casi todo.

El fútbol es tan perro que dio para que la última jugada del partido fuera un gol anulado a Saúl tras cabezazo al saque de una falta lateral. El fuera de juego era evidente y el personal sospechaba que los escasos segundos que tardó la tecnología en ratificar la decisión del línea iban a ser los únicos de alegría que dejaría la noche, pero en todo caso había que jugar 30 minutos más. En ellos llegó la diana de Firmino, enseguida, como nueva prueba de que el temporal de viento y lluvia que azotaba la ciudad podía llevarse por delante la aventura rojiblanca.

Pero nada está escrito, por mal que nos pese a los que escribimos. De repente Adrián pifió al despejar y se la prestó a Joao, que andaba sin fuelle, que tampoco había lucido cuando lo tenía, pero que ahí anduvo listo para ponérsela a Llorente en el borde del área. Marcos la ajustó junto al palo y Anfield contempló boquiabierto (cariacontecido excepto en un fondo) que la pelota entraba y que el Atlético no estaba muerto. Y como sólo fracasa el que se rinde, después llegaron el segundo, con Morata asistiendo a Llorente, y el tercero, con Llorente asistiendo a Morata. Del campeón no había quedado más rastro que el orgullo a la que encajó el primer gol. Sostenido por Oblak, el Atlético lo había hecho. Otra vez lo había hecho. Ahora lo mismo se detiene la Champions, vaya usted a saber, cualquier cosa puede suceder, pero ya no habrá quien olvide la noche de aquel día. En Liverpool. Donde los grandes.

 

Vía MARCA

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