La historia de Víctor Lustig: el hombre que vendió la Torre Eiffel dos veces

La historia de Víctor Lustig: el hombre que vendió la Torre Eiffel dos veces

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Víctor Lustig logró estafar a un chatarrero tras convencerle de que el monumento iba a ser derribado. Volvió a engañarle al exigir un pago adicional para sobornar a un ministro. Consiguió timar al mismo Al Capone y acabó sus días en Alcatraz tras ser condenado a 20 años

A los 46 años, Víctor Lustig era el estafador más peligroso de Estados Unidos después de vender la Torre Eiffel dos veces.

Ilusionismo, impresión de billetes falsos, estafas multimillonarias. Todas éstas habían sido hazañas fáciles de concretar para el «Conde» Víctor Lustig antes de llegar a los cincuenta años de edad.

UNITED STATES – MAY 01: New York, Policemen Robert Godby And Peter Rubano Questioning Victor Lustig, In May 1935. (Photo by Keystone-France/Gamma-Keystone via Getty Images)

El 27 de abril de 1936, lo subieron a un Ferry hacia Alcatraz, tras años de búsqueda por parte de las autoridades internacionales: era el estafador más grande del mundo, que consiguió vender la Torre Eiffel dos veces.

Una extensa carrera criminal

El «Conde» se vestía como todo un dandy. La gente que se cruzó por su camino decía que tenía un encanto hipnótico: hablaba no menos de cinco idiomas fluidamente, y se ganó la mirada de los medios por parecer «un personaje de libro de cuentos«. La misma bruma fantástica con la que se envolvió le permitió eludir la ley con soltura por años, acumulando una extensa carrera criminal.

Eso sí: The New York Times lo describió por ser «un noble reservado y digno«. Algo de este refinamiento le ganó la confianza de inversionistas importantes, para quienes tenía mil rostros diferentes. Se tiene registro de 47 pseudónimos distintos que usó para estafar a cientos de personas. Valiéndose de sus doce pasaportes diferentes, diseñó una red de engaños tan impenetrable que, al día de hoy, su identidad verdadera sigue oculta.
Una visita de negocios a París

Lustig llegó a París en mayo de 1925 para concretar el negocio que le ganaría un espacio en la Historia. Ya era famoso por sus múltiples técnicas de falsificación, por lo que mandar a hacer un sello oficial del gobierno francés no fue una hazaña. Se presentó en la recepción del Hôtel de Crillon, en la Plaza de la Concordia.

Vestido con sus trajes habituales, entró al lobby del hotel como si le perteneciera. Ese día, decidió personificar a un prestigioso funcionario público de Francia: el «Conde» le escribió a los líderes de la industria de desechos metálicos, y los invitó a una reunión ahí mismo.

Cuando llegó el último de los invitados, un silencio se hizo en la sala. Aclarándose la garganta, Víctor Lustig anunció lo siguiente:

«Debido a fallas de ingeniería, reparaciones costosas y problemas políticos que no puedo discutir, la destrucción de la Torre Eiffel es obligatoria».

Siguiendo esta lógica, la torre emblemática de París sería vendida al mejor postor. Sus ademanes y la seguridad con la que pronunció cada una de sus palabras convencieron a todos los presentes, sin darse cuenta de que estaban frente a un estafador de talla mundial.

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