Héctor Palma Troconis: “La actuación me encontró”

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Por Katty Salerno

Héctor Palma Troconis (Caracas, 1976) se presenta en sus redes sociales como un “ingeniero de ideas”. Una frase brevísima que, sin embargo, contiene su esencia y su devenir. Pero cuando uno habla con él no ahorra palabras. Es conversador, elocuente, afectuoso, divertido, inspirador, humano, sencillo, como se mostró en esta entrevista con Curadas.com desde México, donde vive actualmente.

A finales del año pasado su documental El camino del guerrero fue nominado en tres categorías al Premio Emmy —galardón que reconoce la excelencia en la industria de la televisión en Estados Unidos—, siendo laureado en la de mejor edición. Este reconocimiento habla de su calidad como director y productor, actividades que comparte con la carrera de actor que inició a los 14 años.

Cuando le preguntamos qué significa este premio en su vida profesional, lejos de inflársele el ego se remitió a su hermana, la conocida periodista Martha Palma Troconis. “Este premio representa una ofrenda a mi hermana. Es la culminación de un acto de amor a mi hermana. Este documental lo hice por ella”, dijo.

El documental aborda la vida de tres niños con diabetes mellitus tipo 1 (DMT1) y lo que significa vivir con esta enfermedad en un país como Venezuela. Martha, junto a otras madres, fundó en 2016 la asociación civil Guerreros Azules, una forma que encontró para canalizar su propia experiencia como madre de dos hijos diagnosticados con DMT1. La iniciativa de hacerlo fue de ella, con el propósito de visibilizar el trabajo que venía haciendo la asociación. Pero no tuvo que hacer un gran esfuerzo para que la idea prendiera en su hermano, pues es un convencido de la función social que también pueden cumplir el cine y la televisión, además de la de entretener.

Entre los proyectos destacados de Héctor Palma Troconis también figuran los largometrajes Ni tan largos ni tan cortos, Fuera del aire, 9 meses y Espejos. Asimismo, la serie de humor Planeta de 6, que en su momento fue considerada la Friends de la televisión venezolana.

¿Por qué te fuiste a México?

Fue una decisión estratégica, dado los proyectos que estamos desarrollando como casa productora. Al mismo tiempo se aceleró con el deseo de armar familia con mi pareja, Clarissa Sánchez García, y con su hijo que, ya sin pudor, puedo decir que también es hijo mío porque lo conozco desde que tenía un año. Entonces, esa necesidad de darle estructura a nuestra familia después de llevar ella y yo varios años juntos, aceleró la necesidad de expandir y de abrir operaciones aquí en México, porque ella también tenía necesidades como actriz y bailarina de irse a un lugar donde tuviera más posibilidades de expandirse.

¿Puedes hablar de alguno de esos proyectos?

Todos están desarrollándose al mismo tiempo. Hay algunos que quieren como que colearse y terminar de primero. Es como con los espermatozoides, que corren todos al mismo tiempo a ver cuál es el que llega primero y fecunda (risas). Estamos como en una carrera donde todos están buscando espacio y eso no lo decide uno, y menos cuando son tan distintos entre sí. Hay series de ficción, documentales…

Uno no decide cuál es el que va a ir primero. Algunos avanzan en la carrera, pero después viene otro y se mete en los últimos mil metros. Ahora mismo hay una serie documental, que es la que tiene ganas de ser la ganadora a pesar de que se trata del último proyecto que apareció en el camino. Es el que tiene menos tiempo de gestación, pero está ganando. Es un documental sobre el tema de las barras bravas en el fútbol argentino.

¿Hace cuánto que te fuiste del país?

Tomando en cuenta que el mundo se paralizó, y que pareciera que 2020 fue un año que no existió, tengo literalmente dos años. Me vine el 2 de febrero de 2020. Tenemos apenas días de haber cumplido dos años aquí. Ha sido muy trepidante vivir estos dos años.

O sea que te fuiste al inicio de la pandemia. ¿No te asustó cambiarte de país en medio de tanta incertidumbre?

¡No dio tiempo de asustarse porque todo fue muy intempestivo! Al llegar, los primeros días estuvimos metidos de lleno resolviendo temas migratorios, legales, logísticos, colegio, vivienda… El día 25, cuando ya teníamos todo listo y estábamos martillando el último clavo en el apartamento, fue que declararon la pandemia. Entonces, la migración nos vino junto a un proceso de paralización del mundo que, obviamente, hace mella en todos los aspectos.

Pero ha sido interesante ponerte a prueba para saber de qué estás hecho. Mi cabeza no acepta otra idea que la del optimismo, no permite el pesimismo. Obviamente, caerte es parte de la vida, pero situaciones como esta también ponen a prueba tu talante, tu forma de ver la vida y de asumir los obstáculos. Y ha sido muy interesante verme en ese lugar complejo de adaptarte a un país que no es el tuyo. Y, sobre todo, tomando en cuenta que mi apego por Venezuela se evidencia en todo lo que he hecho y en la forma en que también expreso mi amor y mi esperanza por el país.

También está esa variable. No me fui de Venezuela porque creyera que el país no va a cambiar. Este enfoque ya te genera un vínculo distinto con el país. Algunos justificas el hecho de que salieron cuando el país se fue al garete, para no decir otra palabra. Hay como una necesidad de justificar esta decisión. Muchos amigos y familiares se han ido de Venezuela con esa sensación de que el país los expulsaba. Pero yo no quise alimentar en mi corazón el hecho de que Venezuela giraba en torno a mi forma de ver el país. No. Tu vida es más pequeña que la vida del país. La gran pelea que tenemos ahora los venezolanos está entre tu vida pequeña y la vida del país, con una historia que parece muy grande y larga, pero para nosotros es toda nuestra vida.

¿Qué significa ser un “ingeniero de ideas”, como te presentas en tu perfil en Instagram?

Las redes sociales prácticamente te obligan a definirte en pocas palabras, a “mercadear” tu identidad, lo que eres como persona, con una definición muy corta. En mi caso, se trata de un juego de palabras que nace del hecho de que yo estudié Ingeniería. Esa fue la primera carrera que empecé a estudiar porque quería seguir los pasos de mi padre. Además, porque siempre fui bueno en matemáticas, bueno con los legos, con eso de construir cosas.

Pero, al mismo tiempo, de chamo hacía teatro en el colegio, tocaba batería, leía poemas de Mario Benedetti y Pablo Neruda, tenía el pelo largo… ¡Era el antiprototipo del ingeniero! Después de un año de estudiar Ingeniería me di cuenta de que lo estaba haciendo solo para ser como mi papá, por emular la forma de ser de él, por seguir sus valores, los principios que habían regido su vida. Después pude conciliar que podía ser todo eso que era mi papá sin que necesariamente fuese ingeniero.

Y llegué a la conclusión de que, a la hora de definirme, me resulta difícil usar una sola palabra. Soy actor, pero también soy director. Soy director, pero también soy actor. Pero también produzco mis programas y los de otras personas. Entonces me di cuenta de que al fin y al cabo todo eso se traduce en una ingeniería de ideas y eso es lo que yo creo que me define mejor. Esa obsesión, ese amor que le tengo a ese proceso en que la idea te escoge, cuando una idea te dice “tú eres la persona que yo escogí para que sea quien me ejecute”. Todo eso es un proceso absolutamente de ingeniería, más que un proceso creativo.

¿De dónde te venía ese gusto por leer a Benedetti y a Neruda, siendo tan joven?

Del grupo de teatro Skena, que se fundó en el Colegio Champagnat, donde estudié.

El primer oficio en el que me vi a futuro fue el de futbolista. Comencé a jugar fútbol a los siete años, pero me fracturé la cadera y estuve casi un año imposibilitado de jugar. Un día estaba viendo a mis compañeros entrenar en la cancha de fútbol del colegio. Cuando me dirigía a la salida del plantel, a esperar que mi mamá me viniera a buscar, me encontré con unas escaleras que daban al sótano. No sé por qué me llamó la atención ese lugar. Creo que fue uno de esos momentos inexplicables, místicos, que van como orientando tu vida, porque no sé explicar por qué lo hice, pero lo cierto es que decidí bajar al sótano. Allí estaba el grupo Skena ensayando una obra de teatro.

Entré a ver el ensayo. Yo estaba sentado detrás de Basilio Álvarez, el director del grupo. Llevaba como media hora allí y me fijé en que uno de los actores se equivocaba constantemente en su intervención. Y en un momento dado, suavecito, en voz baja, repetí su parlamento. Basilio volteó y, dirigiéndose al actor, le dijo: “¿Cómo es posible que este chamo, que solo tiene un rato aquí, ya se sabe la letra y tú, que tienes tres meses ensayando, aún no te la sabes?”.

Poco después fui a una fiesta por el cumpleaños de mi profesor de batería, exalumno marista y que le hacía la música a Skena, en la que también estaban los integrantes del grupo de teatro, incluyendo al director. Cuando Basilio me vio se acordó de que yo era el chamo que había estado en el ensayo. Ahí se creó una especie de crush (flechazo) entre lo artístico y lo cósmico. Me dijo que, si quería, me uniera a los ensayos. Así me hice actor.

Como le escuché una vez a mi hermano Laureano Márquez, uno no busca los oficios, ellos te encuentran.  Creo que así fue en mi caso. La actuación me encontró, como muchas cosas que nos pasan en la vida, que no sabemos por qué pasan, y después es que nos damos cuenta de que formaban parte de nuestro ADN.  Así empecé a actuar. Basilio hacía ejercicios actorales a partir de textos de Benedetti, de Julio Cortázar, entonces empezamos a desarrollar una impronta romántica. Yo creo que todos los que formamos parte de Skena tenemos como esa firma romántica, naif. Así empecé a leer poemas, a escuchar música, a escuchar jazz, a empaparme de todo lo que es el arte, a través de Skena.

¿Qué pasó luego?

En esa época Basilio también formaba parte del Grupo Actoral 80, cuando Héctor Manrique recién tomaba las riendas de ese grupo porque su fundador, Juan Carlos Gené, había regresado a Argentina, su país. Basilio solía invitar a sus amigos a ver el trabajo de sus alumnos de teatro. En una de esas ocasiones, cuando montamos Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, Héctor Manrique me vio trabajando y me dijo que ojalá pudiéramos un día trabajar juntos. Yo quedé deslumbrado al oírlo decir eso. ¡Apenas tenía 14 años! Así se convirtió en mi segundo gran maestro. Me dio muchas oportunidades para crecer no solo como actor y miembro del Grupo Actoral 80, sino como director, porque fue él quien me movió a la idea de ser director.

¿Qué sentiste al cambiarte de Ingeniería a Comunicación Social?

Fue una decisión que me dolió mucho porque pensé que iba a contradecir preceptos que yo ya tenía en mi cabeza y los que tenía mi padre. Y resultó que no, que, al fin y al cabo, cuando tienes unos padres maravillosos como los que yo he tenido, te dan la libertad para que decidas el destino de tu vida. Y así fue. Me cambié a Comunicación Social porque era lo más parecido a lo que yo estaba haciendo en ese momento en mi vida. Estaba claro en que quería ser actor, que era lo que había hecho desde niño en el colegio. Tenía claro que quería seguir involucrado en la música, que quería gestar ideas. Así fue como de actor me volví, digamos, productor de mis propias ideas, desde muy chamo, desde que salí de la UCAB, cuando fundé mi propia productora.

Un día estaba estudiando para Cálculo II con un libro enooorme de derivadas integrales. Fue uno de esos momentos que no olvidas nunca. Estaba sentado en mi cuarto, resolviendo las integrales y las derivadas, y sentí que no pertenecía a ese lugar, que no lo estaba disfrutando, que no era feliz allí.  Y contrastaba eso con lo mucho que disfrutaba hacer teatro, estar en el escenario, ir a un ensayo de música. Le conté a mi hermana todo esto que sentía, llorando. Mi hermana es tres años mayor que yo y ya estaba en tercer año de Comunicación Social. Después de escucharme me animó a que hablara con mi papá.

¿Cómo se lo planteaste a tu papá?

Fue una madrugada, un momento que también recuerdo con total claridad. Tenía mucho miedo. Yo, literalmente, esa madrugada vi fantasmas. Sentía que veía sombras frente a mí, era como estar en una nebulosa. Por eso no aguanté más y me levanté y desperté a mis papás. Les dije que necesitaba hablar con ellos y les conté lo que me estaba pasando. Algo que yo pensaba que sería una horrible tragedia, pues no fue tal. Pensé que mi mamá sería la que tomaría esto sin ningún problema, mi problema era con mi papá, porque pensaba que él lo tomaría a mal, no imaginaba qué pensaría de mí. Pero me dijo, muy tranquilo: «No pasa nada, hijo. Mientras sigas una carrera, mientras estudies, todo está bien. Sigamos adelante».

También has dicho que tu abuelo fue muy importante en tu vida…

Mi abuelo por parte de mamá, mi abuelo Miguel, es una figura omnipresente en mi familia. Era un tipo muy seductor, con una energía avasallante. Mi relación con él siempre fue la de nieto consentido, y eso signó siempre una relación muy particular, muy bonita entre nosotros y se hizo más grande cuando él se fue. Mi abuelo es la pérdida más grande que he tenido en términos familiares. Tengo la fortuna de no haber perdido, aún, a muchos familiares.

Con él aprendí lo que significa perder a un ser querido y por eso también tiene esa connotación tan importante para mí. Aprendí que, de alguna manera, las personas no se van, transforman su energía en otra y uno empieza a desarrollar un vínculo, una comunicación diferente con esa persona. Y eso es maravilloso porque te das cuenta, efectivamente, de que no somos solo carne y piel, sino que también somos energía, que estamos siempre presente y que lo que tenemos que hacer es desarrollar esa capacidad de escuchar cómo los seres que se fueron se comunican contigo.

Mi abuelo me ha mandado, consuetudinariamente… ¡Esta palabra es muy de él (risas)! Él tenía un glosario que hemos seguido repitiendo los Troconi. Es como una especie de lenguaje “troconero”. Acabo de decir “consuetudinariamente”, una de las palabras que él usaba con frecuencia. Entonces, como te decía, consuetudinariamente mi abuelo me ha demostrado y me ha enviado señales de que está allí y de que me acompaña siempre. De hecho, el logo de mi productora, Nuevos Vientos, fue creado a partir de una experiencia que viví con él, una de esas primeras señales que me indicaron que él seguía a mi lado.

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¿Puedes contarnos cuál fue esa experiencia?

Yo estaba en una etapa de transición, creando mi nueva productora, buscando crecer profesionalmente, momento que coincidió con la muerte de mi abuelo. Eso fue el 15 de enero de 2009. Estaban ocurriendo muchas cosas a mi alrededor. Había varios proyectos en ebullición, entre ellos la postproducción de la película 9 meses, una coproducción con España. Además, hacía con mi hermana el programa Saber vivir para Globovisión.

El grupo español vino a Venezuela para revisar la postproducción de la película, que se había rodado en España. Ese trabajo lo estábamos haciendo en una oficina que justamente recién estrenábamos. Olía todo a nuevo. Esa visita era muy importante para mí porque tenía que hacerles saber a ellos que se podían ir con la seguridad de que la película la terminaríamos, que el proyecto llegaría a buen puerto. Yo tenía la responsabilidad de terminar esa película, que tenía un presupuesto muy alto, con actores reconocidos, entre ellos Enrique Arce, que ahora se ha hecho famosísimo al protagonizar la serie La casa de papel, Mónica Cruz, Anabel Alonso, Vanesa Romero, y dirigida por Miguel Perelló, un gran amigo español.                       

Un día invité a los españoles a comer en un restaurante en El Ávila. En un momento dado salí del restaurante y me fui hacia una zona que tiene una hermosa vista hacia unos pinos. Todo estaba en calma y de pronto le pedí a mi abuelo que me diera una señal de que el esfuerzo que estaba haciendo por crecer valía la pena. «Te pido por favor que me des una señal de que todo va a estar bien», le dije.

De inmediato se produjo como una especie de ventarrón. De la calma absoluta que había en ese momento en ese paraje se desató a un ventarrón gigante y los pinos se movieron con mucha fuerza. Eso me estremeció. A mí se me aguó el guarapo al entender que esa era la señal que me estaba dando mi abuelo. Sentí que me dijo: «Sí, Pichito —como él me llamaba—, no te preocupes, todo va a estar bien». Regresé al restaurante y continué comiendo.

Cuando modifiqué el logo de la empresa porque le había cambiado el nombre comercial (antes se llamaba Producciones HPN), lo hice a partir de esa experiencia. Lo que se ve en el logo es una especie de viaje hacia atrás desde el cielo de El Ávila que termina mostrando unos pinos en movimiento. Así surgió el nombre Nuevos Vientos Films que tiene ahora mi empresa.

De todas esas cosas que tú haces, actuar, dirigir, producir, ¿cuál es la que te hace sentir más pleno, más tú?

A mí lo que me apasiona es gestar ideas, no importa la forma en que esa idea se ejecuta después.  A mí lo que me produce placer es concretar una idea. El proceso de desarrollarla, que aparezca ese cruce de decisiones para que la idea deje de ser tuya y se convierta en un hecho colectivo y que salga a la luz. Ya después si eso es a través de la actuación, de la dirección, de la escritura, es solo la forma que escogió esa idea.

Aunque debo decir y tengo mucho tiempo que no digo esto, o que no he exteriorizado este sentimiento: extraño actuar. Estoy empezando a desarrollar una extrañeza por la actuación, una nostalgia por el Héctor actor. El Héctor actor a veces aparece y me dice «párame pelotas, yo también quiero estar, yo también quiero jugar», (risas).

Venirme a México me ha permitido, sin yo buscarlo, abrir puertas en esa dirección. Han aparecido señales, como el hecho de tener una representante, Leonor Garzón. Ella llegó para manejar la carrera de Clarissa y de repente me dijo que también quería manejarme a mí como actor. La vida a veces se te pone enfrente y te muestra oportunidades. Entonces, digamos, he vuelto a despertar al actor que, siento, es lo primigenio de mi interés artístico. 

¿A qué aspiras en tu vida?

A no dejar de crear ideas, a poder seguir desarrollando ideas. Que hasta el ultimo día de mi vida tenga la posibilidad y las capacidades mentales y físicas de mantenerme activo y desarrollando ideas que puedan modificarme a mí y hacerme mejor persona, porque para eso hacemos lo que hacemos. Para que lo que hacemos artísticamente nos confronte, nos haga mejores personas, y que eso también confronte y modifique al otro, al espectador. Que seas un agente de cambio de ti mismo y del otro hacia el bien. Que puedas estar siempre procurando que lo que hagas, le haga el mejor bien posible al otro, sabiendo que el bien y el mal conviven pero que puedas tú saber que lo que te va moviendo en la vida es que lo que hagas, haga bien al otro.    

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