Gregory Antonetti: «Estoy al servicio de la música»

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Por Katty Salerno

Gregory Antonetti es reconocido y respetado dentro y fuera de Venezuela por su calidad profesional como compositor, productor, profesor de música y pianista. Pero hay un detalle que es imposible ignorar apenas uno lo ve y que muestra el carácter jovial e irreverente que también lo define: el color de las monturas de sus anteojos. Los usa de color amarillo cuando está tocando música en vivo; azul, cuando está creando música para el cine; rojo, si está produciendo y verde -verde perico, eh- para impartir clases. Solo en los momentos ordinarios de su vida usa la montura de color negro.

Pocos seres humanos tenemos la fortuna de conocer intuitivamente la misión que venimos a cumplir en este mundo y Gregory Antonetti es uno de ellos. «Yo estoy al servicio de la música», aseguró sin titubear en esta entrevista exclusiva con Curadas.com.

Su madre le contó que siendo él apenas un bebé, ponía las manos en el tablero del carro de su papá y simulaba que tocaba piano. Ante ese talento musical innato, el padre dijo que al muchacho había que ponerlo a estudiar «aunque fuera clases de pito de policía». Así empezó con clases de órgano a los ocho años, y aunque al principio lo hizo solo como un hobby, con el tiempo entendió que la música era su vida.

Sus estudios profesionales los inició en el Conservatorio Nacional de Música Juan José Landaeta, en Caracas. Posteriormente, gracias a una beca, estudió en el Colegio Académico del Conservatorio Piotr Ilich Tchaikovsky, de Moscú, uno de los más importantes centros de formación de música académica del mundo, de donde egresó en 1994 como licenciado en Pedagogía Musical. Eso en cuanto a música académica, porque en la popular se formó en la Escuela de Música Ars Nova bajo la dirección de María Eugenia Atilano. «Siempre fui muy inquieto, donde podía adquirir conocimiento, allí iba», sostuvo.

Su versatilidad musical le ha permitido acompañar como compositor, productor, director o pianista a figuras como José Luis Rodríguez, Gilberto Santa Rosa, Chucho Avellanet, Toña Granados y Gian Faraone, considerado el Frank Sinatra venezolano; y dirigir la Orquesta Sinfónica del Estado Miranda, la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho y la Orquesta Sinfónica Venezuela, entre otras agrupaciones.

Como compositor de música de cine compila más de una decena de cortometrajes. De ellos destacan La audición (2016, Emil Zabala) cuya música original fue premiada en el Festival de Cine de Barquisimeto ese mismo año y con el Premio Municipal de Cortometraje David Suarez (Caracas, 2017). Tiene, también, dos largometrajes: Arangol (2016, Emil Zabala), nominada a mejor música en los Premios Pepsi Music Venezuela; e Historias pequeñas, (2019, Rafael Marziano), ganadora de los Premios Pepsi Music Venezuela como mejor música original en la edición 2020.

En una reciente entrevista usted dijo que todos estamos en el mundo por algo. En su caso, ¿por qué cree que está en el mundo?

Yo estoy al servicio de la música. Soy una persona normal, que come, vive, conduce, va al mercado, tiene familia y obligaciones del hogar, pero profesional y afectivamente estoy al servicio de la música y al servicio de las personas que quieran hacer música. Yo he tenido, relativamente, pocos proyectos personales, no porque no haya querido tener más, sino porque siempre he intervenido en los proyectos de otros, bien sea como productor, como arreglista e incluso como pedagogo.

Mi creación musical la divido en cuatro áreas: producción, música en vivo, música para cine y pedagogía. Y cada una de esas áreas constituye un universo, aunque a veces se entremezclan. Cuando hago música en vivo puedo ser subalterno de otro director, puedo estar solo tocando el piano o estar tocando el piano y cantando. O puedo estar solamente como productor de un espectáculo, sin tocar.  Todas ellas se entrelazan, pero básicamente esas son las cuatro áreas en las que yo me desempeño.

Hay alguna de esas áreas donde se sienta mejor, que le guste más o donde quisiera estar permanentemente.

Si yo pudiera hacer solamente música de cine, sería el hombre más feliz de la Tierra.  Yo empecé a trabajar en esta área hace unos diez años, pero era algo que quería hacer desde mucho antes. Me apasiona que la música acompañe a una imagen y genere un sentimiento, una reacción sensorial junto con la imagen. Eso es algo que siempre me ha gustado.

Yo me fui más por la composición que la interpretación, aunque mi oficio de pianista acompañante de música popular lo he desempeñado toda la vida. Me gusta más escribir, crear, arreglar, transcribir música. Este oficio me ha llevado a querer crear o cocrear con otras personas y, en el caso del cine, la experiencia ha sido espectacular.   

¿Cómo se inició en la música?

A mí me pasó como a Harry Potter, que cuando le dieron una escoba se montó y voló. La inquietud musical la tenía desde que era un bebé. A los ocho años tuve mi primer órgano e hice en tres meses lo que se suponía que debía hacer en un año. Y hasta el segundo año estuve engañando a los profesores porque lo que hacía, lo hacía era con base en mi talento, gracias al oído privilegiado que Diosito y mis padres me dieron. He vivido toda la vida de él. Yo lo que hice fue educarlo de la mejor manera.

¿Nunca le interesó estudiar algo diferente?

Yo empecé a estudiar en el Instituto Universitario de Tecnología, región capital, que quedaba en el kilómetro 8 de la carretera Panamericana. Tenía la intención de convertirme en técnico superior de electrónica porque en ese entonces tenía el sueño de ser el primer venezolano que construyera un sintetizador. A los seis meses de estar allí me di cuenta de que el nivel de exigencia del instituto me estaba alejando de la música y entonces dije que no, que por ahí no era la cosa. Hablé con mi papá y le dije: «Papá, yo lo que soy es músico».

Es que a los ocho años ya estudiaba música, aunque al principio lo hice como un hobby. Pero como tenía talento se me daban rápido las cosas y ya a los catorce años estaba participando en festivales nacionales, en concursos, tocando órgano. Éramos un grupo interesante en aquella época. Estaba Javier Blanco, Otmaro Ruiz, muchos compañeros que ahorita son profesionales de la música y muy destacados tanto en Venezuela como en el exterior.

¿Por qué se fue a estudiar a Moscú? ¿No había instituciones en Venezuela?

Siempre tuve la inquietud de saber cómo sería estudiar en otro país donde el proceso académico estuviese más consolidado. En esa época, en Cordiplan había una Oficina de Cooperación Técnica Internacional a donde llegaban las becas que ofrecían otros países que tenían convenios con Venezuela. El único país que en ese momento ofrecía becas para estudiar música era la antigua Unión Soviética. Y qué mejor sitio para estudiar música que la Unión Soviética, con tanta tradición musical. A la gente le daba como cosa, poque Moscú queda muy lejos y hace mucho frio, y por las diferencias políticas también. Pero eso fue lo de menos para mí. Yo iba era a estudiar música y ya, hasta ahí.

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Envié mis papeles y la primera vez que lo hice no quedé, pero sí en la segunda. Allá entré en el preconservatorio, que está vinculado al Conservatorio Tchaikovsky (donde se formaron figuras como Serguéi Rajmáninov, Aram Jachaturián y nuestra Modesta Bor, quien fue alumna de Jachaturián), porque es la misma institución, solo que el primero es el equivalente a un college, e hice la carrera de pedagogo musical.

Allí teníamos que ver práctica coral, práctica de dirección orquestal, práctica de dirección de coros, canto, piano complementario… Y cuando digo piano complementario no me refiero a interpretar Los pollitos. ¡Nada de eso! Yo me gradué con una Fuga a 5 voces de Bach, una sonata completa de Beethoven y el Joropo de Moisés Moleiro.  Ese fue mi concierto de grado.

Entonces, sí había cómo seguir mis estudios de música en el país, pero yo quería un lugar donde pudiera integrar todo lo que había aprendido de diferentes fuentes y realmente Moscú fue el sitio ideal para eso.

¿Qué recuerda de la movida cultural de la Moscú de ese momento?

Los países todos, independientemente de la tendencia política del gobierno de turno, tienen vida propia. Al final, la historia pequeña de los países es lo realmente importante. Y la vida cultural hace parte muy importante de eso. Entonces, un país con una tradición cultural como Rusia, a mí me resultó impresionante. Además, yo tuve la suerte de vivir en el centro de Moscú, a dos cuadras —bueno, las cuadras rusas son equivalente a las cuadras llaneras nuestras (risas)— de la Plaza Roja y a una cuadra del Teatro Bolshoi.

Gracias a un convenio entre el Conservatorio y el Bolshoi, en la recepción del teatro siempre había entradas gratuitas para los estudiantes, claro, en el tercer o quinto palco. Entonces uno llegaba, tomaba su entrada y pasaba al teatro. Recuerdo que la primera opera que vi en el Bolshoi fue Pagliacci (Ruggero Leocavallo). Como los rusos habían visto esas obras desde niño, a veces no le paraban a las obras. En cambio, yo me ponía decente, con mi mejor flusecito, y entraba a ver esas grandes obras.

Aparte, estaba el hecho de que los profesores que teníamos en el Conservatorio eran unos músicos que tocaban como los dioses y, de repente, un sábado, daban un concierto y uno podía ir a verlos tocar también sin pagar. O daban un concierto los alumnos de la cátedra de piano y uno veía a los monstruos de compañeros que se estaban formando al lado de uno.

Ahora, todo lo bonito y lo gratificante que fue la experiencia musical, la experiencia humana la superó. El vivir como un ruso fue, en verdad, superlativo. Primero el idioma, bastante difícil. El primer año de preparatoria lo dedica uno a aprender el idioma, veíamos cuatro horas diarias de ruso.  

Hablando de cosas más cotidianas, ¿cómo ha logrado compaginar su profesión con la vida familiar?

Tuve la fortuna de casarme con una persona que entendió, incluso mucho antes de casarnos, que yo tenía una vida muy particular debido a mi profesión. Tenemos una hija que recién cumplió 18 años. Se acaba de graduar de bachiller y va a estudiar Producción Musical, pronto empezará el propedéutico. Aunque tiene talento para muchísimas cosas: es una excelente dibujante, canta muy lindo, compone música, hace videos maravillosos… Me parece muy bien que haga todo eso, porque en esta época uno tiene que saber hacer de todo.     

Pero, volviendo a tu pregunta, si nos ponemos a mirar las cosas con detenimiento, nuestra profesión no es muy diferente a la de un médico, que tiene que cumplir guardias. El médico, por cuestiones más de vida o muerte; los músicos, por hacerle la vida más agradable a los otros. Siempre digo que yo trabajo en el bonche de los demás, pero es trabajo. El problema es que hay colegas que creen que el bonche es de ellos y no es así, el bonche es de los demás, tú estás ahí es trabajando. Uno lo disfruta, porque montarse en una tarima es un disfrute para nosotros. Lo trabajoso es llevar el teclado, conectarlo, pero ya cuando uno está tocando es puro disfrute.

Ahora, también trabajo mucho en mi casa.  Ahorita, por ejemplo, estoy trabajando contra reloj con un concierto que se va a presentar en el Centro Cultural Chacao el 26 de agosto, para el cual estoy escribiendo ocho arreglos. Acabo de terminar la música de un cortometraje y ya hice los bosquejos para otro corto de cine.  También estoy trabajando con un espectáculo que presentará Alicia Plaza.

Lo bueno, entre comillas, es que si uno tiene un caché más o menos bueno o aceptable, puede pedir por su trabajo un poco más de lo que pediría el promedio. Entonces, la hora-hombre del músico es más o menos bien remunerada. A veces en una noche uno se puede ganar lo mismo que gana un ingeniero en un mes de trabajo para una compañía. El asunto es tener eso constantemente, que los eventos se repitan con regularidad. Yo, por ejemplo, terminé de pagar mi apartamento trabajando con José Luis Rodríguez, cosa que le voy a agradecer toda la vida. Uno tiene que aprender a ser agradecido. Eso es muy importante.

Tengo una curiosidad: ¿por qué usa anteojos de diferentes colores?

Eso tiene que ver con el rol musical que estoy ejerciendo en cada momento. Es una cuestión de marketing que me ha funcionado muy bien, porque la gente me reconoce y cuando se refieren a mí, me llaman “el músico de sombrerito y lentes amarillos”. Eso es porque cuando estoy haciendo música en vivo, uso los anteojos amarillos. Y uso los anteojos azules cuando estoy haciendo la música de cine. Los rojos, son para las producciones y los verdes para las labores de pedagogía. Los anteojos negros son para uso diario. Es como tener una especie de marca para que lo reconozcan a uno. ¡Oscar D´León sin bigotes no es Oscar D´Leon! (Risas).  

Me hizo recordar a Elton John…

Bueno, él tiene más de tres mil pares de lentes y todos con su fórmula. Yo también los tengo con mi fórmula, pero no tengo tantos como el músico inglés. Usar lentes llamativos atrae la atención de la gente. Uno es artista y, aunque a veces no soy punta de lanza de un proyecto X o Y, tengo que estar presentable, bien vestido, y si a eso le agregamos algo llamativo dentro del look, mejor.

¿Se puede vivir de la música en Venezuela?

Me gustaría que la gente entendiera que, a pesar de los inconvenientes, de las crisis de cualquier índole, los países van más allá de sus particularidades políticas. Nos hemos politizado demasiado últimamente. La política es parte de la vida, sí, pero a veces parece que las cosas se han centrado demasiado en el hecho político y no debemos olvidarnos de que la vida continua. A veces nos enfrentamos por un tercero que a lo mejor no está tan pendiente de nosotros. Entonces, creo que debemos dedicarnos más a lo que estamos haciendo y progresar «a pesar de». Yo creo que ahí está el secreto.

Una vez le pregunté a un argentino —porque Argentina tiene crisis política desde hace más tiempo que nosotros— cómo hacían ellos y él me respondió: «Nosotros hemos llegado a la conclusión de que tenemos que progresar a pesar de la situación política que tengamos».

Eso me parece muy importante. De un tiempo para acá, he decidido dedicarme a mi trabajo y creo que con eso estoy haciendo mi contribución al país. Ahorita estoy teniendo una experiencia muy linda porque doy clases en El Sistema Nacional de Orquestas. Llevo unos seis, siete años y ya estoy viendo los primeros graduandos que estudiaron bajo mi tutela. He sido tutor de algunos y otros me han pedido que les firme sus diplomas porque yo los preparé profesionalmente para que se puedan ganar el dinero como yo me lo he ganado con la música.

He tenido épocas muy buenas y otras no tan buenas, pero sí, he podido vivir de la música. Eso es algo que la gente me pregunta siempre. Desde los catorce años estoy trabajando en esto, y eso que no tenía necesidad de trabajar en ese momento. Empecé a dar clases de música a esa edad porque quise hacerlo y desde entonces no he parado. Yo creo que es importante reivindicar el trabajo y el agradecimiento. Creo que la gente debe ser trabajadora y agradecida.

Ese es nuestro propósito al hacer estas entrevistas. Mostrar, en especial a las nuevas generaciones, que a veces se fijan más en los líderes negativos, que en nuestro país hay mucha gente talentosa, que se ha preparado y que está haciendo cosas a pesar de…

Si es así, entonces me siento muy honrado y halagado de que ustedes me hayan tomado en consideración y lo agradezco profundamente. Esto tiene que ver con lo que dije al principio, en cuanto a que todos estamos aquí por algo. Todos tenemos nuestro lugar en el mundo y debemos ocuparlo porque tenemos un solo chance, un solo turno al bate, así que hay que batear. Esto parece una sonata… estamos retomando el tema principal con el que empezamos la entrevista. Así son las sonatas…

2 Comments

  1. Greg, me encantó la entrevista muy original, solo te faltó agregar tu disfrute al despertar con musica venezolana que te impulsaba a soñar….desde niño, ….un detallito. Un abrazo, TQM, Xiomara Antonetty.

  2. Digno ejemplo de perseverancia al tener claro su talento y lo que quería hacer. Felicidades, bendiciones, y dios le permita seguir por mucho tiempo transmitir sus conocimientos, ese será su legado.

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