La región es una de las zonas de fricción entre las dos grandes placas tectónicas de la economía mundial, la de la influencia china y la de Estados Unidos.
La influencia de China en Latinoamérica es una de las preocupaciones de la Administración Trump. Fue uno de los motivos aducidos para intervenir en Venezuela y estuvo en el centro de la controversia en la disputa previa en Panamá. La nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense ha dejado claro que se quiere recuperar la hegemonía en el continente americano.
La creciente presencia china en la región es un hecho especialmente palpable en los ámbitos económico y comercial. China es ya el segundo socio comercial de la región, sólo por detrás de Estados Unidos (a la Unión Europea la adelantó hace una década). En países tan importantes como Brasil, Chile o Argentina, sin embargo, China es ya el principal socio comercial.
Argentina es un buen ejemplo de la creciente importancia china y de la consiguiente reacción estadounidense. El Tesoro de Estados Unidos ya había advertido hace más de un año al país que «Argentina tiene que salir de la esfera de China», recuerda Ricardo Carciofi, economista de la Universidad de Buenos Aires.
«Las declaraciones fueron tan fuertes, en particular las de Scott Bessent, secretario del Tesoro, que merecieron una respuesta formal de la embajada china», remarca. Para Carciofi, investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP), fue «una especie de avance de lo que después se formularía en dicho documento de seguridad nacional».
Los aranceles de Trump
La guerra arancelaria emprendida por Estados Unidos no ha hecho sino fortalecer la presencia china, cuyas exportaciones se han reorientado para seguir creciendo y obtener en 2025 un superávit récord de 1,2 billones de dólares.
«En los diez primeros meses de 2025, las importaciones totales de Argentina crecieron un 28 % respecto a 2024», dice Carciofi. «Las importaciones procedentes de China crecieron un 61 %, es decir, en el proceso de apertura de la economía argentina, China ha ganado porciones de mercado».
Esto no es del todo una sorpresa, porque no es la primera vez que la política de aranceles estadounidense tiene beneficiarios inesperados. Unos aranceles que están, no hay que olvidar, pendientes de una decisión del Tribunal Supremo que, si los anulara provocaría «un caos total» y sería «prácticamente imposible de pagar para nuestro país», admitió el propio Trump la semana pasada a través de su red social.
En este contexto, además, el acuerdo comercial UE-Mercosur, podría cambiar las reglas del juego.
No sólo el comercio, también las inversiones
«La preocupación principal de los estadounidenses no está tanto en los flujos de comercio», explica Carciofi. Sino en el de las inversiones. «Porque, además, estos países nuestros no exportan a China productos que sean de preocupación estratégica», con la excepción puntual del litio. Efectivamente, a Washington le preocupa que esos enormes superávits comerciales que acumula China se utilizan para financiar inversiones e infraestructuras en todo el mundo, incluida Latinoamérica.
«Latinoamérica no ha estado históricamente en el centro de las inversiones globales de China, pero el creciente interés por metales como el litio y las tierras raras la ha hecho más importante», explica a DW Derek Scissors, del centro de estudios AEI en Washington. La actualización de su trazador global de la inversión china con los datos del año pasado todavía no está completa. Pero adelanta que «tenemos a Brasil como el principal receptor global de inversión china en 2025».

Y en la cuestión de las inversiones, la guerra arancelaria ha beneficiado (o, quizás, ha perjudicado menos) a China. «La reciente política arancelaria estadounidense ha sido caótica, pero ha supuesto un riesgo mayor para otros que para China», valora Scissors. A esto agrega que se redujeron «los incentivos para invertir en terceros países para sortear los aranceles». Este era uno de los reproches estadounidenses: que China invertía, sobre todo, en México, para fabricar ahí y vender sus productos desde allí a Estados Unidos.
El economista chino Liu Xiendong, actualmente en la UNAM de México, coincide en que «los inversionistas, tanto de China como de otros países, han mantenido una actitud cautelosa, también debido a la renovación pendiente del T-MEC«.
A pesar de la incertidumbre, la cifra de la inversión extranjera directa recibida en México en 2025 supone un «récord histórico», dice Liu. Pero explica que «casi el 90% de esa inversión es por la reinversión de los beneficios de inversiones pasadas, es decir, de las empresas ya instaladas en México».
Para él, Latinoamérica se ha convertido en una de las regiones clave para China. «Es uno de los destinos más importantes, junto con el sudeste asiático y Europa», sobre todo desde el inicio de las tensiones comerciales con Estados Unidos. «¿Qué ha hecho China?: diversificación», explica.
El éxito de una economía emergente
A China se le invitó a unirse a la Organización Mundial de Comercio hace 25 años, con la promesa del desarrollo y bajo la premisa, globalmente aceptada, de que el comercio es bueno para todos los países involucrados, aunque siempre pueda haber sectores perjudicados. Desde entonces, ha tenido una espectacular convergencia con los países más desarrollados en términos de PIB per cápita. «La brecha con Estados Unidos se ha reducido», resume Liu.
El hasta hace poco país más poblado de la tierra vio elevarse su economía hasta superar en 2016 a Estados Unidos como la mayor del mundo en paridad de poder adquisitivo (es decir, medida en cantidad de bienes y no en dólares). Y ya antes, destaca Liu, «ocupaba el primer lugar como principal exportador mundial, un puesto que ha mantenido hasta la fecha».
Entre otras cosas, China lanzó el proyecto de una nueva ruta de la seda para potenciar su comercio con todo el mundo, financiando infraestructuras y, en muchos casos, construyéndolas ella misma. Un proyecto visto con recelo desde Washington, como ilustra el caso de Panamá. En Latinoamérica, China firmó acuerdos de libre comercio con Chile (2005), Perú (2009), Costa Rica (2011), Ecuador y Nicaragua (2023). El año pasado firmó un acuerdo de «asociación estratégica» con Colombia.

De socios a rivales, con Latinoamérica como zona de fricción
El punto de inflexión entre Estados Unidos y China vino en 2017, durante la primera Administración Trump, cuando el entonces recién elegido presidente, en una de sus primeras decisiones, no ratificó la entrada de Estados Unidos en el TPP. En diciembre de ese año, la estrategia de seguridad nacional estadounidense reconocía por primera vez la rivalidad directa de China. Poco después, Washington inició contra Pekín una pugna arancelaria que acabó beneficiando a México, un aviso de la que ha llegado después.
«La economía china ya puede competir al mismo nivel que la estadounidense», afirma Liu Xiendong. «Sobre todo en las áreas de alta tecnología, como los autos eléctricos, los paneles solares o los semiconductores, está compitiendo fuertemente con Estados Unidos… y Estados Unidos no quiere ceder esas áreas estratégicas, que además son las que generan mayor valor añadido», resume. «La competencia entre las dos economías más grandes del mundo no va a terminar de un día para otro, sino que es algo que puede durar décadas», augura.
Actualmente, una de las zonas de fricción entre esas dos grandes placas tectónicas de la influencia mundial, la china versus la de Estados Unidos, se sitúa en Latinoamérica. Sin embargo, en este segundo mandato de Donald Trump hay algo que sí que ha cambiado, destaca Ricardo Carciofi.
«Marco Rubio, él y su gente conocen bien la región, hablan español y han visitado la región más de una vez», dice. «Es una región donde el Departamento de Estado [que Rubio dirige] conoce bien cada uno de los hilos que corresponde tocar y está, digamos, alta en el ranking y en la agenda de prioridades». Así que no parecen descartables más terremotos.
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