Jeanette Ortega Carvajal
Twitter: @jortegac15
Título original: SABORES DE MARATEA: UN EXÓTICO MESTIZAJE CULINARIO EN EL CORAZÓN DE CARACAS. Por Jeanette Ortega Carvajal
De todas partes del mundo, desde tiempos inmemoriales, Venezuela ha recibido con un cariño inmenso a emigrantes que colocaron en pequeñas maletas poca ropa y muchas ilusiones. Los sueños de estos hombres y mujeres que hicieron de Venezuela su segunda patria, crecieron hasta hacerse realidad, gracias al amor, al respeto y a un trabajo incansable, constante, digno y honesto.
Los italianos, por ejemplo, de cualquier zona de ese hermoso país, encontraron en Venezuela un paraíso de bondad para trabajar, enamorarse, crecer y formar nuevas familias.
Les contaré una bonita historia. Hace poco conocí a un italiano de nombre Massimo, nacido en Savona, quien desde su adolescencia vivió en Venezuela. Su abuelo, Doménico Fazzolari, nació en Maratea, y durante muchos años fue jefe de la estación de trenes.
Es Maratea una imponente y cálida zona costera en donde el azul del mar, enmarca los sueños de sus habitantes quienes, como una bendición sublime, cuentan con la divina protección de un piadoso Cristo Redentor que, con sus brazos abiertos, los cuida desde lo alto del Monte de San Biagio.

Massimo jamás imaginó que, al emigrar a Venezuela, encontraría el amor y crecería en él la pasión por la buena cocina y la excelencia en el servicio.
¿Su idea?, fusionar la comida italiana con la venezolana y servir, a través de este exótico mestizaje culinario, combinaciones especiales en un restaurante al que, en memoria de su abuelo, el nonno, bautizó con el nombre de Maratea, su ciudad natal.
Reunirse a comer alrededor de una mesa es consolidar la fortaleza y el amor de familiares y amigos, es sazonar el cariño con sabores originales y deliciosos que son deleite para el paladar y que, a fin de cuentas, son el mejor preámbulo para disfrutar de la vida y crear recuerdos bonitos.

Esto no es una publicidad, esto es, para mí, transformar en palabras lo que me hicieron sentir en ese sitio. Les cuento mi experiencia.
Al llegar a Maratea -Trattoria Ítalo-Venezolana, en las Mercedes, un parquero me recibió con una enorme sonrisa que parece haber sido un requisito para trabajar allí, ya que, el barman, los mesoneros, los cocineros y hasta la señora de mantenimiento, traían puesta no solo la misma sonrisa, sino también la mirada amable.
Al entrar descubrí tres espacios diferentes: una terraza romántica, elegante, hermosa y cálida, coronada con un espléndido horno dorado de leña que perfuma el ambiente con promesas tentadoras de masa crujiente; un salón interno donde el color gris juega con el blanco, otorgando un toque de glamour y distinción, mientras una barra larga y con acabados de mármol, cobija cómodas sillas.
El tercer espacio es un salón privado en donde una mesa larga de madera, elegantemente vestida y emocionada, estoy casi segura de ello, espera a los comensales para escuchar risas y comentarios al descubrir, tal como me ocurrió a mí, que me encontraba en lo que antiguamente era la bóveda de un banco.
¿La prueba?, un par de puertas blindadas y perennemente abiertas, enmarcan la entrada de esta área y yo, la verdad, jamás soñé que, en una bóveda bancaria, probaría el más delicioso carpaccio de pulpo con sabores intensos del mar que, definitivamente, me deleitó. Probaría también, por primera vez, una focaccia ítalo venezolana abrazada por el inconfundible aroma del ají dulce, plato al que le siguió un corte de solomo ahumado macerado con hierbas aromáticas y tomate confitado de la casa … para otros días, quedan los platos de un amplio menú que continúa fusionando de manera armónica y exquisita, la comida italiana con la venezolana.
El tercer espacio es un salón privado en donde una mesa larga de madera, elegantemente vestida y emocionada, estoy casi segura de ello, espera a los comensales para escuchar risas y comentarios al descubrir, tal como me ocurrió a mí, que me encontraba en lo que antiguamente era la bóveda de un banco.
¿La prueba?, un par de puertas blindadas y perennemente abiertas, enmarcan la entrada de esta área y yo, la verdad, jamás soñé que, en una bóveda bancaria, probaría el más delicioso carpaccio de pulpo con sabores intensos del mar que, definitivamente, me deleitó.
Probaría también, por primera vez, una focaccia ítalo venezolana abrazada por el inconfundible aroma del ají dulce, plato al que le siguió un corte de solomo ahumado macerado con hierbas aromáticas y tomate confitado de la casa … para otros días, quedan los platos de un amplio menú que continúa fusionando de manera armónica y exquisita, la comida italiana con la venezolana.
En Caracas, visiten Maratea y déjense querer, porque cada plato es un abrazo fraterno entre dos países que se aman. Pronto regresaré con familiares y amigos para cuidar la felicidad de mi alma, deleitar de nuevo mi paladar y, lo más importante, sentir el orgullo de Doménico Fazzolari al ver, desde el cielo, cómo crece el sueño gastronómico de su nieto.
Estoy contenta de que, en Caracas, el proyecto del nieto de un marateota, haya nacido de la unión de una Italia enamorada de Venezuela. Bendiciones y muchos éxitos para estos hacedores de sueños y de experiencias culinarias.
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