La ausencia de respuesta de las Fuerzas Armadas no refleja profesionalismo, sino años de vaciamiento operativo, corrupción y pérdida de capacidad real de mando
El 3 de enero de 2026 abrió una fase nueva pero ambigua en Venezuela. La captura de Nicolás Maduro por una operación militar encabezada por Estados Unidos rompió la inercia del conflicto, pero no inauguró una transición democrática clásica: fue un hecho de fuerza exógeno, y no el resultado de una negociación política interna, ni de una insurrección cívico-militar organizada.
La ausencia de respuesta de las Fuerzas Armadas no refleja profesionalismo, sino años de vaciamiento operativo, corrupción y pérdida de capacidad real de mando.

Desde entonces se consolidó un arreglo funcional: control externo del flujo petrolero (Tesoro/OFAC, Junta de la Paz, doctrina Rubio) combinado con continuidad interna del poder chavista, ahora bajo el binomio Delcy Rodríguez–Diosdado Cabello (“chavismo 3.0” o “madurismo sin Maduro”).
La oposición democrática —con María Corina Machado y el mandato electoral del 28J como referencia— quedó desplazada de la ejecución del plan, aunque conserva la legitimidad social y el proyecto de reconstrucción más articulado.
Este análisis incorpora tres elementos clave:
- El conflicto de modelos entre el enfoque Trump–Rubio (top‑down) y el enfoque MCM (bottom‑up);
- la lógica de la “Caja Única” petrolera y su impacto político;
- y la persistencia de un dato estructural: 78,6% de pobreza y expectativas crecientes que no encuentran respuesta material
A partir de este marco se plantean tres escenarios posibles, con probabilidades estimadas y riesgos, y se formulan recomendaciones diferenciadas para: gobierno de EEUU, chavismo gobernante de facto, fuerzas vivas del país y el equipo de MCM.
El quiebre del 3 de enero: Un “hecho de fuerza” sin épica
Lo ocurrido el 3E no fue un manual de transición negociada, sino una intervención externa que dejó al descubierto la precariedad militar venezolana. La comunidad internacional lo percibe como una transgresión del multilateralismo, mientras que buena parte de la sociedad venezolana lo ve como una oportunidad pragmática de cambio largamente bloqueada.
El conflicto de modelos: Top‑Down vs. Bottom‑Up
- Enfoque Trump–Rubio (Top‑Down)
Tres fases: estabilización, recuperación y transición, con foco en orden, gobernabilidad y flujo petrolero
- Ventaja: rapidez para asegurar suministros energéticos y construir una narrativa de “éxito” para la política exterior estadounidense
- Debilidad: baja sensibilidad a las micro‑dinámicas sociales, al tejido institucional destruido y a la memoria de agravios; asume que se puede construir estabilidad apoyándose en la misma élite que administró el colapso
- Modelo María Corina Machado (Bottom‑Up)
Plan detallado: hora cero, primeras 100 horas, primeros 100 días y horizonte de 15 años, con énfasis en reparación institucional, justicia, reinstitucionalización económica y participación ciudadana.
- Ventaja: alta viabilidad técnica y social, porque parte del conocimiento granular de la destrucción del Estado y del tejido productivo
- Debilidad: hoy carece de palanca institucional, porque Washington optó por validar la transición “administrada” con Delcy y el chavismo 3.0
Punto de fricción: al apostar por una cúpula que “juega a quedarse”, EEUU erosiona su propia agenda de estabilidad a mediano plazo y deslegitima a la oposición que representa a la mayoría social.
La “caja única” y el realismo energético
Washington pasó de la presión sancionatoria a la administración directa de la caja petrolera: FGDF, cuenta del Tesoro, licencias OFAC (46A, 47, 48, 49, 50A) y Junta de la Paz. El objetivo es garantizar que los recursos financien servicios básicos y seguridad, evitando desvíos masivos
- Reforma exprés de hidrocarburos: aprobada sin deliberación pública, bajo excepcionalidad, con alta probabilidad de nulidad futura en un contexto verdaderamente democrático
- Espejismo de mejora: Rubio sostiene que “Venezuela está mejor que hace ocho semanas”, pero esa mejora se siente sobre todo en élites y flujos de divisas, no en la vida cotidiana de la mayoría
Riesgos político‑institucionales: El “madurismo sin Maduro”
El principal riesgo no es el caos inmediato, sino la consolidación de una continuidad camuflada:
- Mutación funcional: los hermanos Rodríguez retienen control de CNE, TSJ y aparatos clave, reconfigurando un chavismo 3.0 con rostro más aceptable para Washington
- Legitimidad pactada: el mandato de Delcy se origina en un acuerdo con EEUU, no en un proceso constitucional; eso lo hace vulnerable a crisis de gobernabilidad y cuestionamientos internos
- Control de la narrativa: la censura y las amenazas a medios (incluido el caso Venevisión) muestran que no hay voluntad de apertura real
El dato estructural: La desconexión con el 78,6%
Detrás del despliegue militar y diplomático, el país sigue siendo un 78,6% pobre.
- Economía de supervivencia: remesas y rebusque sostienen el consumo; sin crédito ni reglas claras, el sector productivo no puede planificar inversión ni salarios
- Expectativas infladas: la promesa de “libertad” y “reconstrucción” contrasta con servicios colapsados y mejoras mínimas; la ayuda y el flujo de divisas no alcanzan para cambiar la estructura de vida
Este descalce entre narrativa de éxito y realidad cotidiana es caldo de cultivo para nuevas oleadas de conflictividad.
Escenarios posibles (2026‑2027)
Escenario 1: “Estabilización Autoritaria Administrada”. Probabilidad estimada: 50–55%
EEUU mantiene el esquema actual: controla la caja petrolera, respalda a Delcy como “presidenta”, muestra liberaciones selectivas (como el caso Enrique Márquez) y vende la narrativa de “nuevo aliado y socio”. El chavismo 3.0 preserva aparatos de control, hace una “limpieza interna” funcional a Diosdado, y administra una mejora económica marginal.
Riesgos principales:
- Normalización internacional del chavismo 3.0 como socio aceptable, con erosión de la causa democrática
- Acumulación silenciosa de frustración en la población pobre y en la diáspora, que perciben que “todo cambió para que nada cambiara”
- Reproducción de corrupción y represión, ahora con mayor blindaje externo y flujo de caja asegurado
Escenario 2: “Primavera Fragmentada”. Probabilidad estimada: 25–30%
Una combinación de factores —postergación de elecciones creíbles, escándalo de corrupción vinculada a la nueva renta petrolera, represión visible contra manifestaciones, o ruptura dentro de FFAA— detona protestas masivas y descoordinadas en varias ciudades.
Riesgos principales:
- Respuesta represiva dura del aparato chavista; ambigüedad de EE. UU. que condena abusos, pero prioriza “orden” y suministro de petróleo
- Fragmentación del frente opositor entre quienes buscan aprovechar el momento y quienes temen un escenario tipo 2014–2017 recargado
- Posible “ira contra todos”: rechazo tanto al chavismo como a la tutela externa estadounidense
Escenario 3: “Recalibración Democrática”. Probabilidad estimada: 15–20%
La presión racional de actores internos (sociedad civil, empresarios, iglesias, academia) y externos (Congreso de EEUU, UE, OEA) logra forzar una revisión del modelo Trump–Rubio: incorporación de elementos del plan MCM, reformas mínimas del CNE y TSJ, cronograma de elecciones verificables, esquema de auditoría independiente para la renta petrolera.
Riesgos principales:
- Resistencias internas del chavismo duro (Diosdado, aparatos de seguridad) que pueden sabotear la apertura
- Dilema para EE. UU. entre ceder parte del control petrolero y ganar legitimidad democrática, o mantener el control total y aceptar una transición de fachada
Recomendaciones
Para el gobierno de EEUU
- Reequilibrar el modelo Top‑Down con anclaje democrático Bottom‑Up
- Incorporar formalmente a representantes de la oposición legítima (incluida MCM) en el diseño de la hoja de ruta; es todo o nada… porque MCM no puede prestar su imagen y su prestigio siendo cómplice de los desmanes internos que sigue manejando el chavismo. Las opciones son, o con MCM o con Delcy… pero sin convivencia
- Condicionar la estabilidad petrolera a reformas institucionales mínimas
- Vincular la expansión de GL y desembolsos desde la “Caja Única” a avances verificables: reforma del CNE, garantías de observación internacional, liberación completa de presos políticos y cese de expropiaciones arbitrarias
- Impulsar auditoría independiente de los flujos
- Acelerar y apoyar la aprobación de la Venezuela Oil Proceeds Transparency Act y dar mandato claro a GAO u organismo multilateral para auditar el uso de la renta petrolera y publicar informes
- Cuidar la narrativa
- Dejar de presentar al chavismo 3.0 como “nuevo amigo y socio democrático”; hablar de transición condicionada, no de normalización, y reconocer públicamente el rol de la mayoría social que votó por cambio
Al chavismo gobernante de facto
- Entender que la legitimidad comprada con petróleo es frágil
- Si continúan encarcelando, expropiando y reprimiendo mientras se lucran de la nueva renta, solo aplazan y agravan el conflicto con riesgos personales para quienes están al frente
- Usar la ventana para reformas reales
- Aceptar reformas graduales en CNE, TSJ y medios, y un cronograma electoral supervisado; mantener el control total solo asegura una futura explosión con menos margen de maniobra
- Depurar estructuras de corrupción más visibles
- Sacrificar, de verdad, algunas redes emblemáticas de corrupción (caso PDVSA–Caminpeg y derivados) para ganar tiempo y credibilidad mínima
Para las fuerzas vivas del país (empresarios, iglesias, academia, ONGs, gremios)
- No delegar la transición en Washington
- Construir una agenda propia de mínimos democráticos y sociales que pueda ser presentada tanto al gobierno de EE. UU. como al chavismo y a la oposición
- Exigir transparencia sobre la “Caja Única” y la reforma petrolera
- Pedir publicación de acuerdos, licencias, contratos y uso de fondos; vincular apoyo empresarial y social a compromisos claros de transparencia
- Articular un “frente de verificación”
- Crear mecanismos ciudadanos para monitorear liberaciones, represión, uso de recursos y cumplimiento de promesas; documentar y difundir violaciones de manera sistemática
Para el equipo de María Corina Machado
- Mantener distancia estratégica del “madurismo sin Maduro”
- Evitar fotos, actos o narrativas que la asocien al pacto petrolero‑tutelado; sostener la línea de que sin democracia verificable no hay futuro, aunque eso implique perder espacios simbólicos a corto plazo (como el Estado de la Unión)
- Actualizar y socializar el plan Bottom‑Up
- Seguir afinando la propuesta de reconstrucción (hora cero, 100 horas, 100 días, 15 años) y traducirla en mensajes simples para mayorías populares y diáspora; no quedarse solo en círculos expertos
- Posicionarse como garantía de corrección futura
- Reforzar la idea de que, cuando el modelo Trump–Delcy–Diosdado muestre sus límites, habrá una alternativa preparada, propositiva y no vengativa, capaz de evitar una ruptura violenta y un nuevo ciclo de destrucción
- Tejer alianzas internas e internacionales selectivas
- Intensificar vínculos con Congreso de EE. UU., UE, OEA y redes de think tanks que cuestionan la viabilidad del “madurismo sin Maduro”, ofreciendo hojas de ruta concretas para una recalibración democrática
Este análisis de entorno no describe solo una crisis de gobernabilidad, sino un capítulo más de una batalla mucho más profunda: la disputa entre una cultura de libertad y responsabilidad, y una cultura de mentira, saqueo y dominio.
El chavismo —en todas sus versiones, con o sin Maduro— no es un simple proyecto partidista, sino una maquinaria que ha demostrado, durante más de dos décadas, que está dispuesta a destruir instituciones, arrasar riqueza y atropellar vidas con tal de conservar el poder. Negociar con esa lógica como si fuera un actor “normal” no es pragmatismo: es relativizar la frontera entre el bien y el mal.
Al presentar al chavismo 3.0 como socio respetable a cambio de petróleo y una apariencia de orden, se envía al mundo un mensaje peligroso: que los crímenes, la corrupción y las violaciones sistemáticas de derechos humanos son negociables si el precio del barril y la estabilidad de corto plazo lo requieren.
Esa es la misma trampa que ha erosionado la batalla cultural en otros lugares: cuando el cinismo se impone, la gente deja de creer que la verdad, la justicia y la dignidad valen el costo de defenderlas.
Venezuela se ha convertido en un laboratorio extremo de esta batalla cultural; si el experimento “madurismo sin Maduro” se consolida como modelo exportable —un régimen que se maquilla, entrega un poco de petróleo, suelta algunos presos y conserva intacta su estructura de dominación— el mensaje a todos los autoritarios del planeta será claro: el mal paga, y paga muy bien.
Por eso este momento no admite neutralidad: quienes se dicen defensores de la libertad no pueden seguir jugando a la negociación infinita con comunistas oportunistas que solo entienden el lenguaje de la fuerza, el tiempo ganado “un día a la vez” y la impunidad.
La verdadera transición que Venezuela necesita no es solo un cambio de nombres, sino la afirmación de un principio: hay líneas que no se cruzan, hay crímenes que no se lavan con acuerdos, y hay pueblos que no pueden volver a ser sacrificados en el altar del “realismo” geopolítico.
Defender esa convicción —adentro y afuera del país— es parte de una lucha mayor por el sentido de la civilización occidental: si en Venezuela se normaliza el pacto con quienes destruyeron la nación, el mundo habrá dado un paso más hacia la idea de que todo es negociable, incluso la verdad y la justicia. Y esa es una batalla que, si se pierde aquí, se pagará en muchos otros lugares.
Curadas / Vía El Nacional
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