El silencio —o la cautela— de América Latina ante el conflicto bélico iniciado en Irán a principios de 2026 no es uniformidad, sino el resultado de una fragmentación política y económica profunda. Mientras algunos países han tomado posturas vocales, la mayoría de la región ha optado por un perfil bajo debido a tres factores principales:
1. Fragmentación y falta de consenso regional
A diferencia de otros conflictos, no existe una voz unificada en la región. Las respuestas se han dividido en bloques ideológicos:
- Alineamiento con EE. UU. e Israel: Países como Argentina han mostrado un apoyo explícito a las operaciones militares lideradas por el gobierno de Donald Trump, viéndolo como una medida necesaria contra una amenaza global.
- Condena y neutralidad crítica: Gobiernos como el de Colombia (Gustavo Petro) han calificado las acciones militares de «barbarie», centrando su discurso en la protección de civiles.
- Lazos históricos con Irán: Países como Venezuela, Cuba y Bolivia, que han mantenido relaciones estratégicas con Teherán, se encuentran en una posición delicada. De hecho, se reportó que la cancillería venezolana llegó a retractar comunicados de condena poco después de publicarlos, lo que refleja la complejidad de su posición diplomática actual.

2. Vulnerabilidad Económica e Inflación
El silencio también es pragmático. Irán es un actor clave en el mercado energético y el bloqueo del Estrecho de Ormuz ha disparado los precios del petróleo y el gas.
- Para las economías latinoamericanas, esto se traduce en una presión inflacionaria inmediata que afecta el costo de vida interno.
- Muchos gobiernos prefieren no escalar su retórica para evitar represalias económicas o para concentrarse en mitigar el impacto del aumento del dólar y la volatilidad de las materias primas.

3. Subordinación y Enfoque Interno
Analistas internacionales sugieren que la «ausencia» de América Latina en el tablero geopolítico actual responde a:
- Prioridades domésticas: Muchos mandatarios están lidiando con crisis internas de seguridad o economía, lo que deja poco espacio para una política exterior proactiva en un conflicto tan lejano.
- La «Sombra» de Washington: Existe una percepción de que muchos países evitan pronunciarse para no contradecir la política de «máxima presión» de la administración estadounidense, de la cual dependen comercial y financieramente.
En resumen: América Latina no guarda un silencio absoluto, sino que está paralizada por sus propias divisiones internas y por el temor a las consecuencias económicas de una guerra que, aunque geográficamente distante, ya se siente en el precio de la energía y los alimentos en toda la región.
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