En Venezuela ha existido por años una enfermedad terrible, una pandemia infinita, dolorosa, cruenta y nefasta. Algunos no la conocen, pero sus resultados han sido más que devastadores. Se trata de la
llamada Enfermedad Holandesa.
Para los desentendidos en la materia, debemos hacer un poquito de historia. Los Países Bajos -Holanda
es solo el nombre de una de sus provincias más importantes- salió de la segunda guerra mundial
relativamente bien librada y de inmediato comenzó un proceso de recuperación y crecimiento basado en
un poderoso aparato industrial. Cuatro lustros después de terminada la última gran conflagración bélica,
la mal llamada Holanda era un ejemplo para Europa de cómo se debían hacer las cosas. El ingreso per
cápita era de los más altos, el desempleo mínimo, pensiones de ensueño etc. Y como Dios premia a los
que bien faenan, a finales de la década de los 60 descubrieron ingentes yacimientos de petróleo y gas
natural, casi lo único que les faltaba. Por supuesto, la alegría, el optimismo y la ilusión de los holandeses era total.
Una vez iniciada la explotación masiva de los yacimientos de energía, comenzó a observarse una serie
de eventos inesperados con consecuencias aún menos esperadas. A mayores ingresos por exportación
de gas e hidrocarburos -que era lo buscado y esperado-, mayor caída se observaba en el golpeado y
ahora alicaído sector industrial. Mientras más dólares se recibían por las exportaciones de sectores
enclaves gomo el petróleo o el gas, más desempleo, desinversión y cierre de empresas se observaba
en la otrora poderosa industria manufacturera holandesa.
Pero, ¿qué fue lo que sucedió? Fácil, pero entonces poco previsible. Al aumentar dramáticamente el
ingreso por exportaciones los distintos gobiernos buscaron la manera de aumentar los salarios reales
adaptándose a una situación mucho más holgada. Con salarios reales en ascenso – y mejores pensiones, mejor seguridad social, mejor atención primaria etc. – aumentó súbitamente la demanda de bienes transables (los que pueden comercializarse con el resto del mundo, es decir importar o exportar) pero también los servicios y bienes no transables (mejores autopistas, mejores viviendas, mejores centros comerciales, mejores colegios, hospitales, universidades, mejores servicios de electricidad, agua, telefonía etc). La mayor demanda de bienes transables se cubre rápidamente con la producción nacional y con mayores importaciones, por lo tanto, la estructura de precios relativos poco cambia.
Pero la enorme demanda de servicios y bienes no transables (que no se pueden importar) que no se puede satisfacer inmediatamente, hace que los precios se disparen y casi ipso facto ocurra un boom.
¿Entonces qué ocurre? Los factores productivos (tierra, capital, trabajo, tecnología, recursos gerenciales etc.) pueden ahora ser mejor remunerados en el sector de servicios y bienes no transables y como consecuencia de esto comienza una inevitable migración de recursos. Los gerentes de industrias pueden ser mejor pagados en el área de servicios, la mano de obra como un todo puede ser mejor remunerada en la construcción, en el sector eléctrico, en las hidrológicas; los bancos prefieren destinar sus créditos al sector que está en ebullición, la tecnología se paga mejor acá que en la industria.
En fin, se produjo un increíble proceso de DESINDUSTRIALIZACIÓN. Por supuesto, cuando finalmente la
demanda en el sector de bienes no transables se satisface -porque al fin y al cabo los mercados se
ajustan-, el país observa ahora que el regalo divino del gas y el petróleo se convirtió en casi una
maldición. Estoy seguro de que fueron los holandeses los que primero pensaron que estos bienes eran el
estiércol del diablo. Terminada la década de los 70 e incluso el primer lustro de los 80, Holanda era una economía golpeada, alicaída, y muy vulnerable. El otrora país modelo de crecimiento y desarrollo pasó a ser uno más en la turbulenta y complicada economía europea.
Por supuesto, al cabo de unos años el diagnóstico estaba claro. Lo que nunca se debió permitir – y así
salieron ilesos otros países de situaciones similares- fue la sobrevaluación de la moneda doméstica. La
apreciación cambiaria fue el gran disparador de este evento, Si quieres tener un sector manufacturero
fuerte, jamás debes permitir la sobrevaluación de la moneda. Nunca. Never.
Holanda lo entendió. Noruega después. Muchos países lo entendieron e internalizaron. el remedio existía. Pero, ¿qué pasó en Venezuela? Enmarcada en un proceso de sustitución de importaciones guiado por la
Cepal, con aranceles absurdos que protegían al incipiente entramado industrial, notamos los primeros síntomas de la enfermedad en el año 74 luego de los efectos de la guerra del Yom Kippur. Los precios
del petróleo se dispararon por cuatro, pero los efectos fueron leves porque la inflación internacional era
muy alta y por lo tanto la sobrevaluación del bolívar -recuerden que teníamos un tipo de cambio fijo a
4,30- se mantuvo a raya. La gran Venezuela aprovechó esos ingentes recursos y produjo una enorme
transformación del medio físico que hacían despuntar al país en su carrera hacia el desarrollo. Es bien
sabido que allí surgió el «tá barato, dame dos» en Miami, pero lo cierto es que el país se llenó de
autopistas, de redes de distribución eléctrica, de mayor generación de electricidad, de presas, cadenas
de distribución de agua, universidades, hospitales, viviendas etc. CAP no manejó los recursos con
criterio de escasez, pero hizo en 5 años una transformación inédita. La industria -pequeña, protegida,
casi consentida- no sufrió.
La devastación inicia con Luis Herrera Campins . Basado en un estúpido diagnóstico de la situación (recibía un país hipotecado pero las reservas del BCV y del FIV eran mayores a la deuda de la
República), se lanzó un programa absolutamente recesivo que sin embargo contó con la suerte de que
ocurriera en el Medio Oriente la caída del Chad de Irán y los precios del crudo nuevamente se dispararán.
Aun así, el déficit fiscal se hizo presente, la inflación interna creció muy por encima de la de los países
con los cuales comercializamos, la sobrevaluación del bolívar se hizo obvia, y la fuga de capitales
incontenible al punto de producirse el llamado «Viernes Negro» que inicia el funesto y corruptor régimen
de control de cambios diferenciales. Industrias golpeadas pero industriales ricos con ingentes depósitos
en dólares en cuentas del exterior. La Enfermedad Holandesa se hizo vernácula.
Lusinchi mantuvo el despelote cambiario sus dos primeros años de gobierno, años en los que la llamada
«economía de puertos» hizo mella en el aparato industrial. El programa trianual de inversiones reactivó
algo al sector, pero nuevamente la sobrevaluación del bolívar se presentó produciendo una espantosa
crisis de balanza de pagos que esfumó las reservas internacionales a finales de su periodo. La botija
quedó bien vacía. La industria venezolana también.
Fue CAP en su segundo gobierno quizás el único en hablar de «revitalizar» la industria nacional pero
también en hacerlo. El Octavo Plan de la Nación coordinado por el Dr. Miguel Rodríguez perseguía
depender menos de la renta petrolera y convertir a Venezuela en un país exportador de manufacturas. Y
casi lo logró. Los años 90 y 91 fueron estelares, Venezuela fue el país que más creció en el mundo. La
protección cambiaria vía crawling peg permitió que los mayores ingresos petroleros por la invasión de
Irak a Kuwait no afectasen la competitividad de nuestros productos a pesar de que la inflación se mantenía alta (sobre 30% anual) porque se le negó la adopción de un IVA en el fenecido Congreso.
Vimos cómo se hacía realidad el sueño. Vimos empresas venezolanas exportando. Invirtiendo. Creciendo. Vimos cómo los salarios reales en el sector manufacturero fueron los de más alto crecimiento. Vimos inversiones extranjeras en telecomunicaciones, la agroindustria voló, se ampliaban nuestros mercados en el Pacto Andino, pero también en EE. UU, Europa y Asia. Podíamos hacerlo y lo hicimos. Pero el sueño se interrumpió con la peor de las pesadillas: unos gorilas impregnados en la prédica chauvinista dieron al traste con una economía que empezaba a emerger. El sueño de un país industrializado se derrumbó.
No quiero hablar de lo que hizo – o lo que no hizo Caldera y su nefasto desgobierno-, tampoco de lo que
destruyeron Chávez y Maduro, pues esto requeriría demasiado espacio. Pero si de algo debemos estar
seguros es que los venezolanos, todos, pocas veces hemos creído que podemos y debemos producir
para exportar. Que podemos y debemos convertirnos en el polo de desarrollo más extraordinario que
Latinoamérica haya visto jamás. Mas allá de la demagogia electorera que cada tanto ofrece y promete
llevarnos a la Venezuela Potencia, nada hemos hecho para aprovechar nuestras potencialidades.
Sufrimos la Enfermedad Holandesa, pero peor aún sufrimos y padecemos el peor de los males: no
creernos capaces de ser lo que nos toca.
Estamos condenados al éxito. Debemos recuperar el tiempo perdido por políticas públicas absurdas, por
la estrechez de miras de quienes nos han gobernado y por el desaliento inducido en las mentes de
quienes prefirieron huir en busca de mejores oportunidades.
El reto de industrializar a Venezuela está intacto. En 1998 teníamos 12300 industrias y 23 años después
de chavismo solo nos quedan 2800. Podemos y debemos reconvertirnos. Educar para el trabajo. Premiar las buenas prácticas y castigar las malas. Recuperar la meritocracia que esta «chorocracia» ruin desdibujó hasta asesinarla.
Yo no dejaré de soñar.
Julio Márquez Belloube
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