Anatomía burocrática de la tortura

Hubo un tiempo —o quisimos convencernos de que lo hubo— en que la tortura parecía un fósil moral, una reliquia del siglo XX sepultada bajo los escombros de los totalitarismos europeos y las transiciones latinoamericanas. Se la estudiaba en seminarios, entre notas al pie y bibliografías prolijas, como si el dolor administrado por el Estado fuese una superstición abolida por la modernidad jurídica. Pero en Venezuela, mientras la retórica revolucionaria prometía redención histórica y justicia social, el subsuelo comenzó a poblarse de nuevas evidencias de la antigua vocación humana por la crueldad

Durante años, los informes advirtieron que no se trataba de excesos aislados, sino de un patrón persistente de tortura. Hoy, las excarcelaciones recientes —cuerpos reducidos a hueso y memoria, voces que reaprenden el aire— confirman lo que aquellos documentos ya denunciaban. 

Con cada liberación emergen nombres internos de celdas, rutinas del castigo, horarios del miedo. El archivo crece con la exactitud de una contabilidad macabra. 

AME115. CARACAS (VENEZUELA), 31/01/2026.- Fotografía que muestra el exterior de la cárcel El Helicoide este sábado, en Caracas (Venezuela). El Helicoide -una estructura en Caracas de la década de 1950 utilizada hoy como lugar de detención de presos políticos- pasará a ser «un centro social, deportivo, cultural y comercial», dijo la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, que reveló la propuesta después de las excarcelaciones anunciadas hace un par de semanas. EFE/ Miguel Gutiérrez

La auditoría del horror empieza bajo tierra. En la sede de la Dgcim en Boleíta Norte, en un subsuelo numerado como cualquier dependencia administrativa, se alinean cubículos de apenas 2,2 metros. Puertas de acero, una ranura por donde se desliza la comida, una letrina expuesta como única intimidad posible. Sin luz natural, sin ventilación, sin aire.

Allí el tiempo no avanza: se coagula. Los recién liberados cuentan que la noción del día y la noche se desvanece al tercer amanecer artificial. La mente, desorientada, inventa relojes invisibles y conversa con el zumbido eléctrico como si fuese un compañero de celda. 

Más estrecha aún es la llamada “Casa de Muñecas”: un cuadrado de 60 centímetros por lado y casi 3 metros de altura. La geometría del encierro impide acostarse; obliga a doblarse. De pie o en cuclillas, durante horas o días, el cuerpo aprende que la verticalidad también puede ser tormento. Sin ventilación ni luz, con un recipiente para las necesidades fisiológicas, el detenido termina cubierto por sus propios desechos.

No es improvisación ni arrebato: es arquitectura del sometimiento, diseño calculado para inmovilizar y asfixiar sin dejar marcas espectaculares. En otros espacios —“La Cava”, según los testimonios— el frío cumple la función de verdugo. Temperaturas bajas, desnudez forzada, semanas enteras temblando. El castigo no persigue la muerte inmediata, sino la lenta demolición de la voluntad. 

El Comité por la Liberación de los Presos Políticos acompañó a los jóvenes en su protesta. Foto: Ezequiel Carías / El Nacional
En El Helicoide, esa mole futurista transformada en panóptico tropical, las celdas llevan nombres que parecen bromas privadas del poder: “El Infiernito”, “Guantánamo”, “El Guarimbero”. No es literatura: es burocracia con imaginación torcida. Allí, la luz permanece encendida de manera perpetua o se sustituye por una oscuridad absoluta. La llamada “tortura blanca” —aislamiento, privación sensorial, supresión del tiempo— no deja hematomas visibles, pero desordena la memoria. El cuerpo sale entero; la mente, fragmentada. 

El método físico es más antiguo, aunque no menos eficaz. Golpes en las plantas de los pies, aplicados con varas metálicas hasta convertir el acto de caminar en penitencia. Descargas eléctricas administradas con precisión milimétrica, buscando dolor sin cicatriz.

Colgamientos de barras o poleas, esposados y suspendidos, mientras la sangre abandona las manos y el aire escasea. Ahogamientos simulados con agua y tela: la inminencia de la muerte sin la misericordia del final. Agujas bajo las uñas, lo que algunos sobrevivientes llaman, con ironía involuntaria, “la manicure”. El sarcasmo del verdugo consiste en bautizar la crueldad con diminutivos. 

La violencia sexual atraviesa casi todos los testimonios recientes: desnudez forzada, tocamientos, amenazas, humillaciones destinadas a quebrar no solo el cuerpo, sino la identidad. El hambre también opera como herramienta. Dietas sin proteínas, alimentos retenidos, pérdida drástica de peso. Algunos sobrevivieron durante meses con agua de harina o arroz aguado, viendo cómo el espejo les devolvía un rostro cada vez más ajeno. 

Existe, además, una música del castigo. Sonidos agudos durante la noche, consignas repetidas hasta la saturación, ruido constante para impedir el sueño. Simulaciones de ejecución, disparos cercanos, amenazas contra familiares. La tortura no siempre grita; a veces susurra hasta enloquecer. 

Informes previos mencionaron la presencia de asesores extranjeros en interrogatorios y cursos de operaciones psicológicas. Las declaraciones recientes insisten en esa dimensión doctrinaria: no se trata solo de tortura brutal, sino de aprendizaje. La crueldad como técnica que se enseña, se adapta y se perfecciona. 

Lo más inquietante no es la variedad de métodos, sino su regularidad. Detenciones sin orden judicial. Incomunicación prolongada. Audiencias diferidas hasta que el calendario se convierte en condena anticipada. Emergencias sanitarias utilizadas como excusa para aislar aún más a los presos políticos. Cuando el mismo repertorio se repite en distintos centros y a lo largo de los años, deja de ser anomalía y se convierte en sistema. 

familiares presos políticos
Familiares de presos políticos participan en una huelga de hambre, frente al centro penitenciario Zona 7 en Caracas. Foto: EFE/ Miguel Gutiérrez

Cada liberación reciente funciona como auditoría involuntaria. Los informes hablaban de patrones; los excarcelados les ponen rostro. Los documentos enumeraban métodos; las cicatrices —visibles o invisibles— los detallan. La historia es pródiga en advertencias ignoradas. Siempre hubo informes tempranos que parecieron exageraciones. Hubo diplomacias que expresaron “preocupación” mientras los sótanos seguían llenos. Siempre hay una negociación que posterga la indignación. 

La tragedia no es solo que la tortura exista, sino que se administre con rutina burocrática. Que tenga actas, sellos y cronogramas. Cuando el sufrimiento se incorpora al horario laboral. Que el encierro extremo se registre como “medida de seguridad”. Las excarcelaciones no clausuran el capítulo: lo iluminan. Cada testimonio agrega una cifra al arqueo del horror.

En cada relato confirma que no se trata de desbordes aislados, sino de una práctica sostenida en el tiempo. La pregunta moral no es si el mundo lo sabrá, sino cuándo dejará de fingir sorpresa. La tortura rara vez prospera en secreto absoluto; prospera en la zona gris de la tolerancia diplomática y el cálculo geopolítico. 

Y, sin embargo, la memoria es obstinada. No prescribe por decreto ni se evapora en comunicados oficiales. Los sótanos pueden intentar suspender el tiempo, pero los sobrevivientes lo restituyen con su voz. 

Esa voz —áspera, fragmentada, pero irreductible— es la verdadera auditoría. No la del papel sellado por una amnistía conveniente, ni la del discurso que proclama reconciliaciones prematuras, sino la del cuerpo que recuerda. Porque mientras exista alguien capaz de narrar lo ocurrido, la contabilidad del horror seguirá abierta, y cada palabra pronunciada será una prueba contra el olvido. 

Curadas / Vía El Nacional

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