Los verdugos de Caracas en el siglo XVIII: cuatro figuras y su cruel justicia

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En el siguiente artículo sobre los verdugos de Caracas, conocerás quienes fueron y cómo era la vida de los encargados de impartir justicia, a sangre y metal, en la Santiago de León del siglo XVIII.

El experto de las crueldades debió conformarse con el simple tratamiento de verdugo

En la Caracas del siglo XVIII, cuatro figuras se hicieron acreedoras y herederas de la macabra y terrible responsabilidad de impartir justicia de horca y cuchillo.

¿Quienes fueron los verdugos de Caracas?

Sus nombres fueron Joseph Francisco de la Concepción González, Agustín Blanco, Pedro Vicente Oliva y José Luis Peraza; esclavos todos, que al serle conmutada la pena capital que pondría fin a sus vidas -a excepción de Blanco- tuvieron por oficio llevar hasta el patíbulo a muchos hombres que no corrieron con igual fortuna

Nada sabemos sobre estos individuos, antes que el crimen y la fatalidad los convirtieran en instrumentos de la crueldad de la justicia colonial; incluso sus actuaciones, en este oficio, no es posible reconstruirla con absoluta precisión, debido a la dispersión de los testimonios documentales, relativos a la administración de la vendetta pública. El hallazgo de estas pruebas documentales hubiera permitido una mejor explicación del por qué de las sentencias de muerte en contra de estos convictos del orden social, y claro está, de sus posteriores tareas como funcionarios del mismísimo Rey.

Joseph Francisco de la Concepción González, comenzó a servir la plaza de Maestro Ejecutor de la Real Justicia de la ciudad de Caracas, el 15 de junio de 1761. A cambio se le conmutó la pena de muerte que se había sentenciado en su contra por haber dado muerte a su amo, se le asignó sueldo de seis pesos mensuales, manutención y estadía a perpetuidad en la cárcel, pues, aunque se le perdonó la vida, el verdugo seguiría en prisión hasta que la muerte lo liberara de sus humedecidos muros.

Exceptuado de los rigores a que eran sometidos los reos en las obras públicas en la ciudad, así como la ocasional pero muy peligrosa tarea de matar perros realengos que atacaban a los moradores de la ciudad, Joseph Francisco, no fue causa de envidias de parte de sus compañeros de infortunio en la cárcel.

Tomado de Cronicaracas en Facebook

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