EL RACIONAMIENTO

Reflexiones del poeta Jesús Peñalver sobre el racionamiento en Venezuela

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Quienes vivimos en Caracas no tenemos la culpa de que la gente mala que desgobierna mi país, no atienda ni maneje con la atención debida las dificultades que padecen las regiones de Venezuela. Me refiero –obviamente- al régimen que lleva más de veinte años aposentado en Miraflores.

Es de tontos pensar que en la capital de la república celebramos las penurias de la provincia, y de desquiciado desear –como algunos lo han asomado- que en Caracas debamos sufrir las restricciones y racionamientos de la provincia.

Ojalá eso no ocurriera, o existiera lo que se llama en derecho «discriminación en sentido positivo», es decir, que se iguale la provincia a la capital. Dicho de otro modo, que en el interior no haya restricciones o las haya igual que en Caracas. Pero ¿quién decide eso, acaso los caraqueños?

Curiosamente hay quienes piensan que nos deben igualar a todos en las angustias, restricciones y calamidades. Incomprensible. Igualación hacia abajo.

No solo es condenar al pueblo a peregrinar de cola en cola por comida y medicinas, mientras el hampa nos mata o morimos de mengua en los desabastecidos hospitales, ahora es a la oscurana.

A las pestes, virus y otros males de parecida naturaleza, se unió la irracional pretensión de creer que los habitantes de Caracas son unos privilegiados que gozan de beneficios y canonjías a costa del sufrimiento de la provincia. Tamaña torpeza, incomprensible necedad.

Otros llegan al punto de ufanarse, alegrarse y hasta comerse un dulce un lechosa, públicamente, en demostración de su contento porque en Caracas hay dificultades para surtir gasolinas, farmacias convertidas en refugios de oración, hospitales sin insumos y fallas de diversa índole, y cementerios esperando a sus nuevos huéspedes.

Le hablo a la Venezuela decente, a esa cuya suerte (mala) nos duele, la que ha servido en mala hora para que traficantes de la política malgasten su nombre para alcanzar posiciones de poder. Al país de tantos nuevos ricos que se alimentan del manantial infinito de sus riquezas, aunque bueno es decir que hoy está en el subsuelo, y no precisamente por su ubicación natural.

“¡Pónganme el petróleo a cero!”, dijo aquel milico golpista, creyéndose amo y señor de la vida de los venezolanos, del presente y del futuro de todos nosotros, del erario y de nuestros sueños y conciencias. Hoy las generaciones futuras están peligrosamente comprometidas por obra y des-gracia de aquel megalómano capaz de afirmar: “ser rico es malo”.

Hoy, Venezuela, me hiere ver a tantos niños durmiendo sobre cartones en cualquier calle o avenida que revienta de basura; me duele recordar las comparsas que lanzaban el dinero a la calle para mantener una efímera alegría de carnaval, mientras el pueblo seguía sufriendo los embates de una pésima gestión pública. Hoy el paisaje ha empeorado, las arcas no tienen los mismos recursos para pagar los favores y las solidaridades automáticas de los chulos hemisféricos.

Hoy en tiempos de pandemia, como si fuera poco el viacrucis venezolano, duele la madre que gota a gota cuenta las monedas para medio alimentar a sus hijos y el padre que busca inútilmente un trabajo digno para llevar siquiera un mendrugo al hogar.

Hago mías las palabras del poeta William Guaregua: “Patria, desde que tengo conciencia sufres el mal de la riqueza, sólo por parir algunos hijos que no mereces. He visto países pobres más cercanos a la felicidad que buscas, patria mía, lastimada de pasado y de presente”.

Créanme, me gustaría hablar de temas más amables, precisamente en fechas dolorosas; escribir artículos de primera necesidad y obsequiarlos; compartir con vosotros el optimismo que aún a granel me queda, porque el pesimismo lo enajené hace mucho tiempo.

Ya llegará la hora cuando podamos hablar de heroísmo sin delito, de gloria sin sangre y de victoria sin lágrimas.

Jesús Peñalver

@Jpenalver

Curadas

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