A Mita, mi madre, y a todas las madres del mundo / Vía Jesús Peñalver

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La Madre es en la tierra el centro de todos los afectos más puros y el término de las acciones más nobles. Por algo el vientre de la madre fue como el horno donde se cocinó la materia del corazón y se forjó el carácter; por algo los brazos maternales la primera, dulce y suave cuna en donde se meció el cuerpo del hijo; por algo el pecho de la madre fue el primer surtidor de alimento y el más tierno regazo para el hombre en formación.

Por algo sus labios fueron los primeros en dejar caer sobre los recién abiertos labios infantiles la dulzura de los besos; y su lengua la que enseñó a balbucear las primeras palabras; y sus gestos, los que dieron expresión a las primeras ideas y trazaron para siempre, como el camino de estrellas, los caminos del bien.

Y en este día, de los más cargados de sentimientos y más ungidos de amor –carácter comercial aparte- como dijo el poeta Virgilio: Amor Omnia Vincit, el amor siempre vence.

La madre es la gran modeladora. Dijo bien quien afirmó: «La mano que mueve el mundo». La madre es la luz que nos ilumina, el faro que aclara nuestro firmamento, la que agranda nuestra suerte, por eso la amamos y la veneramos.

Los hombres son lo que quieran las madres. Por eso digo a mis hijos, y a todos los hijos del mundo, que sigan siendo ejemplo del amor y la alegría de la vida; que se acerquen a la poesía que es una madre noble y sigan amando a su mamá; regálenle flores y caminen tomados de su mano.

Por eso este día, consagrado a la glorificación de la Madre, es un día de tan profunda resonancia y lleno de alegría y de unción.

Aprendí a leer –contaba mi madre- con un periódico, precisamente con la palabra “Maracaibo”. A Mita le agradezco, le debo mejor dicho, lo que entonces ni nunca podré pagarle: haber puesto en mis manos Cien Años de Soledad cuando apenas contaba con once años. No entendí nada. Ahora sí. Igual gesto amoroso hizo cuando me regaló la colección completa del poeta cumanés el
grande Andrés Eloy Blanco.

Es cierto que para muchos hombres y mujeres el gozo de la celebración del día de las Madres va mezclado con un doblar ronco de campanas, porque los labios de una tumba robaron, en hora de angustia, lo que la Madre tiene de arcilla, lo que se corrompe en el sepulcro.

Porque la Madre ha partido a dormir el sueño eterno de la tierra, y muchos han quedado sin su madre cerca. Pero no es menos cierto que este dolor se aclara con el recuerdo de la inmortalidad y de la resurrección feliz; el cristiano va tras la sombra de la muerte, el aleteo de la eternidad y sabe que no todo muere, ni todo se trunca ni todo se acaba.

También la ausencia de las Madres muertas es recuerdo de paz y de alegría, máxime cuando al morir dieron la última de sus lecciones y el más elocuente de los ejemplos. La verdadera muerte comienza con el olvido, y la bondad y el pan infinito del
amor de Madre son inolvidables.

Jesús Peñalver / @JPenalver

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