Martha Matilda Harper, la criada que con su cabello creó las franquicias

///
3 minutos de lectura
Martha Matilda Harper,
con su cabello creó las franquicias

En el apogeo de su éxito, su compañía tenía 500 franquicias y producía una línea completa de productos para el cuidado y la belleza del cabello

Si te preguntara quién fue el creador de una de las formas de comercio con las que más familiarizados estamos, la de las franquicias, quizás se te vendría a la mente Ray Kroc, el hombre que convenció a los dueños de una hamburguesería anónima de multiplicarse.

Hay historias que, a pesar de ser extraordinarias, van quedando en el olvido. Y, al no recordarlas, corremos el riesgo de asignarle a la persona inadecuada el crédito por algo extraordinario.

Pero varias décadas antes de que la franquicia McDonald’s empezara su camino a la globalización, una canadiense ya había ideado y puesto en práctica con éxito el modelo al que hoy estamos tan acostumbrados: ese que nos ofrece lo mismo en cualquier lugar del mundo.

Piensa en las franquicias de cafeterías Starbucks, las tiendas de ropa Zara, la cadena de hoteles Hilton, los restaurantes de sándwiches Subway y podrás apreciar cuán influyente fue su idea.

Sin embargo, quizás no hayas oído mentar su nombre a menudo.

Se llamaba Martha Matilda Harper, y su historia empezó con lo que hoy en día en su país de origen es un delito: a los 7 años de edad estaba trabajando.

De sol a sombra

Había nacido en Ontario, Canadá en 1857, y fue su padre quien la mandó al pueblo que más tarde se llamaría Rochester -hoy la 2ª economía más grande del estado de Nueva York, EE.UU., a que trabajara como sirvienta para un tío, su esposa y dos tías más.

La niña tuvo que asumir así la pesada carga de ocuparse de la casa y de la granja para enviarle su exiguo salario a su familia.

Es tentador seguir contando esta historia diciendo que cuando tenía unos 12 años tuvo la suerte de ser empleada en la casa de un doctor, pues con él aprendió las bases de lo que la llevaría amasar una fortuna.

Pero hablar de suerte le restaría mérito al logro de Harper, así que hablemos más bien de una oportunidad que aprovechó, pues nada habría sucedido si esa joven no hubiera forjado un plan y trabajado con ahínco para hacerlo realidad.

El doctor

No se sabe a ciencia cierta el nombre de aquel doctor con el que trabajó, pero sí que él compartió con ella sus conocimientos sobre anatomía, particularmente en lo pertinente al cabello.

Le enseñó la fisiología del cabello y la importancia de estimular el flujo de sangre al cuero cabelludo; le explicó que mantener el pelo limpio era esencial para mantenerlo bello y sano, en una época en la que la idea de lavárselo a menudo era casi revolucionaria.

Además, le entregó en su lecho de muerte la fórmula de un tónico secreto hecho de hierbas que debía «frotarse vigorosamente en el cuero cabelludo», después de haberse «cepillado el cabello con espuma de jabón de Castilla», para luego «enjuagarlo con agua tibia».

Todo eso lo hacía la aprendiz, y desde entonces y por siempre llevó orgullosa su abundante pelo castaño que caía en cascada hasta casi tocar el suelo… una melena que jugaría un rol clave en lo que estaba por venir.

Pero antes de que el futuro pasara, Harper aún tendría que trabajar como empleada doméstica durante varios años más, hasta reunir el dinero necesario para poner en marcha el emprendimiento que la haría famosa. El negocio de las franquicias.

Así que se llevó consigo todos sus conocimientos y la fórmula secreta a la mansión de sus siguientes empleadores.

El pelo sucio se lava en casa

Para entonces, Harper tenía 25 años y, en su nuevo lugar de trabajo, tras hacer sus labores domésticas, manufacturaba su tónico.

Pronto, no sólo a su jefa sino también a sus adineradas amigas empezaron a gozar de sus tratamientos de belleza.

Harper, además, atendía a cuanta clase estuviera abierta a las mujeres, para obtener la educación que nunca estuvo a su alcance.

En 1888 finalmente había logrado ahorrar suficiente dinero para poder realizar su sueño: abrir un salón de belleza público.

Desafortunadamente se enfermó por agotamiento.

Quedó al cuidado de una mujer llamada Helen Smith, fiel de la ciencia cristiana, un sistema de creencias religiosas y espirituales establecido en el siglo XIX que enfatizaba en la buena salud y el empoderamiento de las mujeres.

Harper adoptó esa filosofía que se vería reflejada en su empresa.

Una vez recuperada, encontró el local en el que establecería su salón, pero se topó con un gran obstáculo: de por sí, el hecho de que una mujer que quisiera abrir un negocio ya era alarmante, pero que ese negocio fuera un salón de belleza, se pasaba de la raya.

Continúe leyendo esta interesante historia en BBC NEWS MUNDO

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Recientes de Blog