El silencio duró apenas unas horas. Tras el anuncio el viernes de una nueva tregua entre Israel y el grupo chií Hizbulá —un acuerdo estrechamente vinculado a las negociaciones macro entre Washington y Teherán—, la realidad sobre el terreno ha vuelto a pasar por encima de la diplomacia.
Este sábado, una serie de ataques aéreos atribuidos a las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) sacudieron diversas localidades del sur de Líbano, dejando un saldo preliminar de al menos cinco civiles muertos y un soldado del Ejército regular libanés fallecido en la carretera entre Kfar Remman y Nabatieh.

Para la población del sur libanés, la firma del documento digital a mediados de semana se sintió como un alivio lejano. La jornada del viernes ya había sido descrita por fuentes médicas como una de las más sangrientas desde el inicio de la ofensiva el pasado 2 de marzo, acumulando cifras alarmantes en vísperas del pacto.
Sin embargo, el amanecer del sábado demostró la fragilidad de lo acordado en los despachos internacionales: las detonaciones en la histórica ciudad de Nabatieh y el humo negro elevándose sobre las colinas fronterizas rompieron abruptamente la calma.
Por un lado, las autoridades libanesas y los servicios de emergencia denuncian la acción como una violación flagrante y directa al alto el fuego, destacando el impacto sobre los rescatistas y la pérdida de un miembro de sus fuerzas armadas nacionales, un cuerpo que se ha mantenido formalmente al margen de los combates directos pero que ya cuenta una treintena de bajas en este periodo.
Por el otro, la postura recurrente de la comandancia en Tel Aviv subraya que sus operaciones no buscan romper los términos de los ceses al fuego de forma gratuita, sino responder o neutralizar de manera preventiva movimientos que consideran amenazas operativas inmediatas o violaciones previas por parte de las milicias de Hizbulá. No obstante, el mando israelí no ha emitido un pronunciamiento específico sobre el impacto contra el vehículo militar libanés en Nabatieh.
Las repercusiones de este rebote de violencia no son únicamente locales. El recrudecimiento de las hostilidades ya provocó la suspensión in extremis de las conversaciones clave que Estados Unidos e Irán tenían previstas en Suiza.
Este freno en seco añade una densa capa de incertidumbre en el plano global, pues la consolidación de la paz en el frente libanés se considera la ficha de dominó necesaria para destrabar el conflicto regional y garantizar, entre otras cosas, la reapertura segura al tráfico marítimo en el neurálgico estrecho de Ormuz.
Mientras las delegaciones internacionales reevalúan sus agendas, en las aldeas del sur de Líbano el alto el fuego sigue pareciendo una tregua de papel.
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