REYKJAVÍK – Durante décadas, Islandia ha ostentado con orgullo un título casi utópico en el concierto internacional: ser el único miembro fundador de la OTAN que carece por completo de un ejército profesional.
En esta isla ártica de paisajes volcánicos, la paz no se mide en soldados, sino en altos índices de confianza social y una policía que patrulla las calles sin portar armas de fuego de forma cotidiana. Sin embargo, el viento del Norte está cambiando de dirección. El deshielo geopolítico del Ártico y la escalada de tensiones globales han empujado a la nación a un debate inédito sobre su propia vulnerabilidad.

El mapa global ha vuelto a poner su mirada sobre el llamado GIUK Gap (la brecha marítima entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido). Esta zona estratégica del Atlántico Norte, crucial para monitorear el movimiento de submarinos y flotas extranjeras entre el Ártico y el océano abierto, vuelve a registrar una intensa actividad militar, principalmente por parte de Rusia y el creciente interés de China.
Islandia, que antes confiaba en su remota condición insular como un escudo natural, se descubre ahora en el centro de un tablero de ajedrez de alta tensión.
Un oasis civil en un vecindario militarizado
La arquitectura de seguridad islandesa siempre ha sido singular. La defensa del país descansa sobre dos pilares: su Guardia Costera (Landhelgisgæsla Íslands) —que realiza tareas de rescate y vigilancia marítima— y un histórico Tratado de Defensa bilateral firmado con Estados Unidos en 1951.
Cuando los estadounidenses abandonaron la Base Aérea de Keflavík en 2006, Islandia experimentó un periodo de calma. No obstante, las incursiones aéreas no autorizadas y el cambiante escenario internacional obligaron a reabrir estas instalaciones estratégicas. Hoy en día, la soberanía de los cielos islandeses depende de misiones rotativas de la OTAN. Aviones de combate de países aliados patrullan de manera intermitente un territorio que no tiene pilotos propios.
La paradoja de la seguridad: Con apenas 390.000 habitantes, Islandia lidera de forma consecutiva el Índice de Paz Global, pero su geografía la convierte en lo que algunos analistas locales denominan un «portaaviones insumergible» para la contención atlántica.
Del pacifismo histórico a la «estrategia de resiliencia»
El replanteamiento no implica necesariamente la creación de un ejército clásico con tanques y reclutamiento masivo —una opción defendida solo por sectores minoritarios que proponen una fuerza ligera de 2.000 efectivos—. El verdadero giro de timón de Reykjavík avanza hacia un concepto moderno: la seguridad híbrida y la resiliencia social.
El gobierno islandés ha aprobado nuevas directrices estratégicas centradas en blindar los puntos débiles del siglo XXI:
- Ciberseguridad: Refuerzo ante el aumento de ataques informáticos patrocinados por otros Estados contra infraestructuras críticas y medios de comunicación.
- Infraestructura submarina: Vigilancia estricta de los cables de telecomunicaciones y energía que conectan a la isla con Europa y América.
- Diversificación de alianzas: Incremento de la cooperación en defensa dentro del marco nórdico-báltico (NB8) y un renovado debate sobre su adhesión a la Unión Europea para equilibrar la histórica dependencia de Washington.
El desafío para Islandia es mayúsculo. Mantener su identidad como una nación pacífica, profundamente civil y desarmada, mientras invierte recursos económicos y tecnológicos para no convertirse en el eslabón débil de la seguridad del norte de Europa. La isla que renunció a las armas se enfrenta al reto de aprender a defenderse en un mundo que parece haber olvidado cómo vivir sin ellas.
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