CARACAS — Despertar en Venezuela implica activar, desde temprano, un complejo engranaje de cálculo y resistencia. Para el ciudadano común, la vida transcurre hoy en una realidad de contrastes marcados: por un lado, proyecciones macroeconómicas que estiman un crecimiento del PIB cercano al 8,5% para este año y una inflación que, aunque alta (rango del 230%-270%), se mantiene lejos de los días oscuros de la hiperinflación; por el otro, un día a día donde los servicios públicos fallan con insistencia y el bolsillo familiar sigue rezagado.
La cotidianidad se mueve en dos velocidades. En las principales ciudades, los comercios exhiben anaqueles llenos y las transacciones en dólares o mediante plataformas digitales fluyen con total naturalidad, dando una falsa sensación de normalidad.

Sin embargo, para la mayoría de los trabajadores del sector público, pensionados y habitantes de las regiones del interior de Venezuela, el acceso a esa burbuja dolarizada es limitado. El salario formal apenas cubre una fracción de la canasta básica, obligando a casi todos a depender del «tigrito» (trabajos informales o independientes) y del envío de remesas desde el exterior para completar el mes.
El 55,7% de la población prioriza las mejoras económicas inmediatas por encima de los eventos políticos, reflejando el agotamiento de una sociedad volcada a la supervivencia económica.
A la par de la economía, el panorama político actual mantiene a la población en una tensa expectativa. Bajo un esquema de transición con fuerte tutela internacional y un gobierno interino, las encuestas locales (como las de la firma Delphos) señalan que una gran mayoría de los ciudadanos anhela un cambio político por la vía electoral.
Pese a esto, en las calles se respira más pragmatismo que fervor militante; la urgencia de pagar el agua que llega por cisternas o de asegurar la planta eléctrica familiar ante los constantes cortes de luz consume la mayor parte de la energía social.
Venezuela experimenta una estabilización innegable en sus variables financieras y comerciales, pero la distribución de esa mejora sigue siendo el gran cuello de botella. El ciudadano común no vive en la miseria absoluta del colapso de la década pasada, pero tampoco en la holgura de un país recuperado; habita un terreno intermedio, sorteando las dificultades estructurales con una capacidad de adaptación que ya es parte de su identidad colectiva.
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