Los aires acondicionados podrían representar un problema en plena pandemia

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El 24 de enero de 2020, diez miembros de una familia fueron a un restaurante de Guangzhou para celebrar el Año Nuevo chino. Era un local bonito, moderno.

La sala donde cenaron tenía unos 145 metros cuadrados y estaba situada en la tercera planta sin ventanas de un edificio de cinco. Había 89 personas en el local. Fue una buena comida salvo por un pequeño detalle.

Entre el 26 de enero y el 10 de febrero, diez de esas 89 personas desarrollaron síntomas de neumonía por coronavirus.

Cuando los rastreadores hablaron con todos ellos solo tenían un contacto de riesgo, un miembro de la familia en cuestión que acaba de llegar de Wuhan unas horas antes.

No era raro habían permanecido en el mismo recinto cerrado entre 53 y 73 minutos en mesas que estaban a en torno a un metro de distancia.

Pero, curiosamente, no fueron los que más tiempo coincidieron en el local, ni los que estaban más cerca entre sí. ¿Por qué, de entre casi un centenar de personas, solo diez se infectaron?

Es más, ¿por qué solo esas diez personas en concreto? La respuesta era mucho más inesperada de lo que podría parecer: el responsable era el aire acondicionado. Y eso, evidentemente, deja numerosas preguntas encima de la mesa.

 A medida que avanza el desconfinamiento y llega el calor al hemisferio norte, ¿qué sabemos sobre la climatización y el coronavirus?

La ‘bomba de relojería’ que se puede ocultar en los aires acondicionados

En las últimas semanas se hablado mucho de los «eventos de superdispersión». Es decir, del hecho de que, a diferencia de otras enfermedades infecciosas, con el coronavirus la gran mayoría de infectados no transmiten el virus y son solo unos pocos infectados los que acaban por contagiar a un gran número de personas.

Las estimaciones actuales dicen que el 10% de los infectados originan el 80% de las transmisiones.

A día de hoy no sabemos si esos «superdispersores» tienen características genéticas, inmunológicas o sociales comunes. Sin embargo, sí tenemos evidencias de que los contagios masivos surgen en situaciones con circunstancias parecidas: «cuando hay personas infectadas en espacios cerrados y en contacto continuo con otras personas«. Si nos fijamos en los estudios más extensos, vemos que «la mayoría de los clusters se originaron en gimnasios, pubs, locales de música en vivo, salas de karaoke y establecimientos similares donde las personas se reúnen, comen y beben, charlan, cantan, hacen ejercicio o bailan, frotándose los hombros durante períodos de tiempo relativamente largos»

En un mundo conquistado por el aire acondicionado, el sentido común nos dice que la confluencia entre el desconfinamiento y la llegada del verano al hemisferio norte se pueden generar muchos casos en los que personas infectadas pasen largos periodo de tiempo «en espacios cerrados y en contacto continuo con otras personas». Más aún si, como parece con el ejemplo del restaurante de Guangzhou, los sistemas de climatización resultan ser aliados inesperados del SARS-CoV-2.

Lo que sabemos sobre cómo se transmite el virus

De hecho, no es el único caso documentado en el que los sistemas de aire acondicionado parecen haber tenido un papel importante facilitando los brotes.

Sin embargo, aunque los investigadores están trabajando a toda velocidad, aún no estamos seguros de cómo y por qué se produce ese efecto amplificador.

Ante esto, lo que nos queda es recurrir a lo que sí sabemos sobre la transmisión del SARS-CoV-2.

En términos generales, hay tres formas fundamentales de contraerlo: Por contacto directo (al tocar zonas sensibles de un paciente infectado), por contacto indirecto (tocando objetos contaminados con el virus) y por el flujo respiratorio (a través de las gotas que expulsamos cuando tosemos, estornudamos o hablamos).

Hay un caso más en el que la evidencia es menos clara: el contagio por aerosoles. Se trata de una situación intermedia entre la «vía del flujo respiratorio» (en las gotitas se posan rápidamente en el suelo) y la «vía aérea» (en la que el virus es capaz de vivir en el aire y retener su capacidad infectiva mucho tiempo).

Aunque, como digo, no hay un consenso absoluto entre los investigadores, con la evidencia disponible podemos asumir que este virus sí tiene capacidad de transmitirse por aerosoles; es decir, puede estar en el ambiente durante ventanas de tiempo que van desde los pocos minutos a varias horas.

La cuestión, no obstante, no está en su capacidad teórica, sino en cuál es su vía de contagio prioritaria. De eso es de lo que depende que el efecto de los aires sea simplemente malo o sea muy preocupante.

vía Xataka

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