CAROLINA ESPADA

Carolina Espada: “El humorismo me sirve de coraza”

47 minutos de lectura
Por Katty Salerno

Carolina Espada nos hizo recordar las mágicas fiestas decembrinas de antes. Su artículo Cierra los ojos y piensa en Navidad, que parecía más un cuento, nos hizo revivir con emoción aquellos momentos en los que le escribíamos la carta al Niño Jesús, salíamos a comprar la ropa para los estrenos en tiendas atestadas de gente y esperábamos con ansiedad el gran encuentro con toda la familia. La Navidad era entonces una época que disfrutábamos todos los venezolanos, en el barrio o en la urbanización.

Se graduó summa cum laude en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello, y tras entregar el título universitario a sus padres tomó el camino del teatro, su auténtica pasión. Escritora de telenovelas, guiones, cuentos, ensayos, libros y artículos de opinión es la autora, entre otras obras, de Mi gorda bella, una propuesta con la que se adelantó a su tiempo al romper los estereotipos de los personajes de las telenovelas, por lo cual tuvo que esperar 14 años para ver su estreno en la pantalla. Es que parece alérgica a los estereotipos, por eso, aunque guaireña, es fanática de los “gloriosos, insólitos y desubicados” Caribes de Oriente B.B.C. (hoy Caribes de Anzoátegui) y no de los Tiburones de La Guaira, como supondría alguien convencional.

Su gran amor imposible, reiteró, es Mark Harmon, el protagonista de la serie de televisión NCIS. Eso ya es del dominio público porque bastante lo ha dicho en su cuenta en Twitter, donde también comparte con sus seguidores ingeniosos temas de conversación y les enseña el correcto uso de nuestro idioma. #LaLetraConSexoEntra, sostiene en una de sus etiquetas.

Sin embargo, la Carolina Espada que escribe textos llenos de humor y fantasía no siempre es así. “El humorismo me sirve de coraza”, dijo en esta entrevista con Curadas. Su nieta Ivanna, por ejemplo, es su mayor alegría, pero también su mayor tristeza. “Siempre soñé con enseñarla a leer y a escribir tal y como lo hice con su mamá; y con leerle cuentos; bailar con ella las canciones de Enrique y Ana, y aprendernos las tablas de multiplicar; hacer las coreografías de Menudo; descubrir que era miope y mandarle a hacer sus primeros lentes; dibujar y pintar y jugar con legos y con mi Barbie y conversar hasta por los codos… Pero Ivanna no está en Venezuela. Vive en México con su mamá y su papá, y cuando viene de visita no me conoce. Y si no me conoce, es imposible que me quiera de buenas a primeras”.

¿De dónde, entonces, te nace esa chispa, ese buen humor?
Lo de la chispa es cosa hereditaria. Ahí sí es verdad que no puedo negar mis genes Cabruja, sin “s” al final. Crecí en un hogar en donde mi mamá, Olga Cecilia Cabruja Morreo de Espada, dejaba patidifusos y sumamente divertidos a todos los que la rodeaban. Una vez, conversando con mis compañeras letradas de la universidad, se puso a disertar sobre la sonda Pathfinder que había llegado a Marte ese día. Y dijo: “Y entonces se posó sobre el planeta y cayeron sobre la superficie los tres grandes paneles solares: plas-plas-plas como si fueran un topocho”.

¡Ay, mi mamá-me-mima! ¡Madre única! Ella era mi lectora oficial, porque todos los que escribimos debemos contar con alguien que nos lea, nos corrija, nos aconseje… ¡y hasta nos censure! “No, Carolina, no pongas esto, mira que tú no padeciste ni a Gómez ni a Pérez Jiménez, y yo sí”. Y me seguía leyendo y me decía: “¡Este sí que quedó bien bueno, Carola! Aunque a mí me gusta más Mario Vargas Llosa!”. Tal cual. Así que la chispa es cosa de mi familia materna. De la de mi papá heredé la rectitud, la honestidad, la vocación para el estudio y el trabajo. Una muy afortunada combinación. Y de los defectos mejor no hablamos, porque qué pena con la visita.

En cuanto al buen humor… yo no tengo buen humor, yo soy más bien realista-pesimista. Ser cómico es una cosa, ser humorista es otra muy distinta. Y los humoristas somos las personas más serias que yo conozco. ¿Recuerdas a Chaplin en La quimera del oro, muerto de frío y de hambre, comiéndose la suela de sus zapatos y chupándose los clavitos como si fueran espinas de pescado? ¿Y las trenzas, enrollándolas con el tenedor como si fueran espaguetis? Dime que te reíste y no se te hizo un nudito en la garganta y no pudiste tragar. ¿Y en dónde me dejas El gran dictador? Júrame que no te pusiste a llorar al final durante su discurso tan desgarrador y emotivo. El humorismo sirve para entender la vida. El humorismo me sirve de coraza, de protección. Pero no es buen humor.

Tu artículo Cierra los ojos y piensa en Navidad gustó a muchísima gente, fue muy comentado en las redes. ¿Te gusta la Navidad?
No sé si me gusta la Navidad o si lo que me gustan son los recuerdos de infancia y adolescencia de las navidades pasadas. Tengo muchos años sin pasar una Navidad feliz. O sea, feliz feliz tipo “merricrismas”. Este año en mi casa no hay nada que indique que es Navidad. Es que ni siquiera puse el Nacimiento, cosa que me encanta, porque siempre pongo a los pingüinos para que la gente vea y pregunte “¡¿pero pingüinos en el desierto de Judea!?”, y entonces yo responda “¡ah, no! ¡¿Entonces no puede haber pingüinos?! ¡Todo el mundo fue a ver al Niño Jesús!”.

Allí recuerdas que el Niño Jesús te traía libros de cuentos cuando eras niña. ¿Esos textos sembraron en ti el gusto por la lectura? ¿Por qué decidiste estudiar Letras?
Mi mamá fue una lectora voraz. En su mesita de noche siempre había una torre de novelas y una caja de chocolates. El libro de cabecera de mi papá era Don Quijote de la Mancha, leía y releía unas cuantas páginas todas las noches. Desde que nací, me leyeron cuentos. Una de mis máximas emociones en la vida fue cuando, en primer grado, caí en cuenta de que podía leer yo sola todos aquellos cuentos que estaban en la biblioteca de mi cuarto. Porque yo fui una niñita con biblioteca. Con biblioteca y escritorio. Según la creencia de mi casa, el Niño Jesús ayudaba a los papás a comprar los regalos de Navidad. Así que mis padres siempre se llevaron el crédito.

Estudié en el Instituto Politécnico Educacional, el colegio de avanzada de la Dra. Luisa Elena Vegas. Mi clase favorita era la de Biblioteca, de la señora Lobelia, la esposa del escultor Francisco Narváez. Allí estaban todos los libros infantiles que uno se pudiera imaginar. ¡Todos! Y eso fue lo que leí hasta que, en unas vacaciones en Puerto Rico, en una finca en medio de las montañas en donde llovía y escampaba y volvía a llover y entonces no escampaba más, me tropecé con Cien años de soledad, la Divina comedia, la Ilíada y la Odisea ¡y descubrí que también se habían escrito libros para la gente grande! Y estudié Letras porque no me quedó más remedio. Mis padres no me hubieran dejado pasar del bachillerato a la Escuela Nacional de Teatro ni al Taller de Actor. Pero no me arrepiento. ¡Por supuesto que no me arrepiento!

Tu papá es de Puerto Rico. ¿Por qué vino a Venezuela?
A la muerte de mi abuelo, mi papá tuvo que hacerse cargo de sus hermanos. Los dos menores, más que hermanos, fueron sus hijos. Los crio, educó y graduó en la universidad… y Estados Unidos se los mandó para la guerra. Recordemos que se trata de un Estado Libre Asociado y los dos hermanitos Espada fueron a combatir en la Segunda Guerra Mundial. Mis dos tíos murieron, uno en acción heroica y otro en acción desesperada. Y ya no hubo nada más que atara a mi papá a la isla. Tenía dos opciones: ir a Brasil o venir a Venezuela, y se vino para acá por el idioma. Al tiempo conoció a mi mamá.

¿Eres ”atea gracias a Dios” como tu mamá o encontraste a tu propio Dios? ¿Alguna influencia de la masonería?
Deja que te lea algo que escribí hace tiempo y que es la historia de mi vida: “Con un padre masón y una madre atea, revolucionaria y romántica, era muy poco lo que Carlos Eduardo sabía de la Biblia, del cristianismo, de las cuentas del rosario y de la palabra de Dios. Estudiar en un colegio laico, tampoco ayudaba para nada. Así que Carlos Eduardo decidió informarse a punta de películas. Sí, cada Semana Santa, pasaba horas viendo filmes de embatolados en la televisión.

Claro que, por culpa de los programadores de los canales, los conocimientos religiosos de Carlos Eduardo terminaron siendo un verdadero pasticho con frutilupis. Entre Jesus Christ Superstar, El manto sagrado y Charlton Heston abriendo el mar Rojo, siempre ponían Jasón y los argonautas a la búsqueda del vellocino de oro, Ben Hur, que era impepinable; y una cinta de otro gladiador forzudo que, como era doblada en España, había que aplicarle el slogancito de Rootes: se escribe «Maciste», pero se pronuncia «Mazzziste».

Pero mi mamá no me impuso su ateísmo. En 2005 tuve un primer atisbo de lo que podría ser la divinidad para mí y desde ese año lo estoy pensando. En cuanto a la masonería, eso siempre fue un gran secreto de mi papá que había alcanzado el grado 32. Me sorprendí mucho estando en la universidad cuando un profesor, un jesuita, me dijo un tanto molesto: “¡Es que no puedes negar que eres la hija de un masón!”. Y no me explicó por qué.

Después de eso he tenido dos encuentros fortuitos con masones y de inmediato me han acogido como su sobrina (porque todos ellos son mis tíos, son hermanos de mi papá). “No puedes negar que eres la hija de un masón”, han dicho admirados y sigo sin saber por qué. Pero para mí eso es algo muy bueno, porque hay que ver lo orgullosa que yo estoy de mi papá.

¿Cómo empezaste tu labor como escritora de telenovelas?
¡De la forma más inesperada y menos prevista! Estudiando un bachillerato de ciencias le di una grave noticia a mi papá, el profesor de contabilidad J. R. Espada: no iba a estudiar Derecho como él quería, sino Letras. Eso sí, a diferencia de mis últimos años en el colegio, raspada de forma superlativa y continua en Física y Matemática, le aseguré que sacaría 20 en línea. Las notas sobresalientes eran sumamente importantes para él. Me gradúo, hago entrega oficial de mi diploma de la UCAB y participo: “Por mí no quedó. Ahora voy a estudiar teatro, que es lo que realmente siempre quise estudiar”.

Y así lo hice. Entré al Taller del Actor del “Maestro” Enrique Porte. Maestro con mayúscula. Al año siguiente realizamos el montaje de la obra Muñequita linda, de Luis Britto García. Un año más tarde me sorprendió cuando me llamó para que formara parte del elenco de la telenovela La encantada, de Humberto “Kiko” Olivieri. ¡¿Telenovela?! ¡¿Moi?! ¡Fin de mundo! En mi casa nunca se había visto telenovelas hasta que llegaron las tres primeras brasileras (La esclava Isaura, La sucesora y Ronda de piedra) de la mano de Ricardo Tirado. Este gerente de programación del Canal 5 nunca le dio al público lo que quería – como suelen decir en los canales de televisión – sino lo que el público merecía. Y el público siempre se merece algo mejor.

La encantada fue un proyecto maravilloso. Enrique era el director artístico y la mayoría de los actores y actrices habíamos sido sus alumnos. Para los camarógrafos, el sonidista, el luminotécnico y todos los demás que venían de la televisión fue toda una novedad trabajar con un elenco 98 % teatral y, para colmo, stanislavskiano. El método del actor, director y pedagogo ruso (Constantin Stanislavski) nos acompañó en todas y cada una de las escenas.

Para los técnicos era sorprendente ver a una actriz picando un tomate al tiempo que lloraba y confesaba su amor imposible por el galán de la telenovela; o una pareja tendiendo una cama y resolviendo que lo más saludable era divorciarse a la brevedad. Y es que los stanislavskianos nos caracterizamos, entre un sinfín de cosas, por poder estar haciendo una acción física y decir un parlamento simultáneamente. Sí, lo juro, es posible planchar una camisa y revelar los nefastos planes para envenenar a la protagonista del melodrama televisado.

A mitad de La encantada, de la noche a la mañana, un libretista se fue y hubo una crisis. Necesitaban otro escritor, a la brevedad, y Enrique dijo: “Carolina Espada escribe”. Me mandaron a llamar y me entrevistó un señor cubano de edad venerable, Alberto Sotolongo, de quien decían que era el padre televisivo de Delia Fiallo. Tras la entrevista me mandó tarea: para el día siguiente debía escribir unas cuantas escenas. Típico en mí, no escribí unas escenas, sino un capítulo completo. ¡Ah, pues! Dos días más tarde estaba instalada en una oficina libreteando. Y llegó un momento en que tuve que escoger entre la actuación y la escritura, porque las dos a la vez es cosa de locos o de titanes. Nuestro director y productor general, Daniel Farías, me hizo entender que era más necesaria como escritora.

Al finalizar La encantada pasé a libretearle a Salvador Garmendia – por un tiempo menor al que a mí me hubiera gustado – y luego a José Ignacio Cabrujas en Emperatriz, Las dos Dianas, El paseo de la gracia de Dios y la cuarta, la que no pudo ser, Nosotros que nos queremos tanto. Y, así, llegamos a mi historia original, El lirio de plata, a la que rebauticé como Mi gorda bella, pues en RCTV querían un nombre más popular o comercial.

Pero hará cosa de 15 años, o tal vez más, abandoné la escritura de telenovelas. Tengo una engavetada y solo estoy esperando a que la dramaturga y guionista Karim Valecillos, mi ahijada admiradísima, se anime a escribirla conmigo. Es una empresa demasiado grande para que pueda hacerla yo sola. Dicen que veinte años no son nada. ¡Mentira, sí lo son! Además, ahora tengo otras ocupaciones sumamente gratificantes y lo de la telenovela es una labor a tiempo completo. Yo ya no soy mujer de tiempo completo.

¿Y cuáles son esas ocupaciones tan gratificantes, además de ser tan activa en redes sociales?
Lo de las redes sociales es algo relativamente reciente. Acudí a Twitter en uno de esos momentos en los que hubo eso que llaman vacío informativo. Tenía mi cuenta @carolinaespada desde hacía un montón de años, pero no la usaba. Así que llegó el día, me enteré de las últimas noticias y descubrí que si me olvidaba de ellas, Twitter podía ser un espacio muy amable y didáctico. De inmediato me puse a seguir cuentas de arte, de literatura, de música, de historia, de gente muy interesante de quien tengo mucho que aprender. Una de mis favoritas es la de la Real Academia de la Lengua. Esa me fascina, porque siempre he asegurado que #LaGramáticaEsSexy y que #LaLetraConSexoEntra.

Pero también sigo una que otra cuenta que puede ser catalogada como soberano disparate y me río muchísimo.  Y están las de animalitos. Siempre hay que tener una cuenta de animalitos. Pero, claro, Twitter también tiene sus horarios y hay que saber abandonarlo cuando la cosa se comienza a poner piche. Sale una señora a decir que este año solo pudo hacer tres hallacas, una para cada uno de los miembros de su familia, y aparece un desconocido desubicado, destilando odio, y escribe: “¡Sííí, tú que te puedes dar el lujo de comer hallacas, mientras en Venezuela la gente se está muriendo de hambre! ¡Imbécil! ¡Desgraciada!”. Nononono, a mí eso no me salpica. Twitter para mí es motivo de alegría y aprendizaje continuo, y de nuevas amistades que me culturizan y llenan de afecto con su nutritivo feedback.

Twitter es para mi tiempo libre. Mi tiempo ocupado es para escribir artículos de opinión para @DiarioTalCual, @ElNacionalWeb @pasionpaisve @transtextos y el blog de @cmrondon, donde César Miguel tiene la gentileza de publicar su selección personal de todo lo que escribo cada semana.

Este año comencé a asistir a talleres de la periodista @MilagrosSocorro, que siempre tiene tanto que enseñar. En uno de ellos fue invitado el actor, director, docente y escritor @BasilioAlvarezC, uno de los fundadores del Grupo Teatral Skena, y durante seis semanas nos dedicamos a interpretar poemas de Aquiles Nazoa. Un homenaje a Aquiles para celebrar los 100 años de su nacimiento y, de paso, formar parte de los festejos de Skena que andaba cumpliendo 41 años. Eso fue la propia gozada. Aprendiendo en serio, pero con permiso para jugar, como nos enseñó Basilio. Y después de esas seis semanas de júbilo, Milagros nos mandó a leer la novela Casas muertas, de Miguel Otero Silva.

¡Eso fue un tortazo! No se puede pasar de Nazoa a Otero Silva sin salir aporreado. No se puede pasar de la poesía de Aquiles, llena de ratoncitas presumidas y montañas que hablan y las Muñoz Marín que van de compras, al pueblo de Ortiz, en donde la gente muere entre fiebres y estertores, sin salir muy golpeado. Pero lo cierto es que era hora de volver a leer Casas muertas y entenderla. Y es que la mayoría de la gente hace una interpretación muy simplista de esta novela. Interpretación express y con profundidad tapa amarilla. Como leen el título Casas muertas y se medio enteran de que se trata de un pueblo en donde la gente muere de paludismo y aquello es pura tristeza y desolación, pues resuelven que eso es tragedia pura en donde no hay cabida para la menor esperanza.

Y eso no es así. Para el final de la novela y tras la muerte de Sebastián, la protagonista Carmen Rosa decide marcharse a Oriente, donde ha surgido el petróleo y la vida nueva. Ella entiende que fundar un pueblo, ver nacer un pueblo, es mucho más maravilloso que ver crecer las matas de su jardín; es infinitamente mejor que esperar a que el techo se le caiga encima y la pique un mosquito envenenado; es ciertamente más sabio que quedarse sola, llorosa y resignada.

El señor Cartaya, “federalista en su adolescencia, liberal y crespista luego, masón siempre”, la aconseja apasionadamente: “Vete, hija, a los campos petroleros, a la selva, a la Sierra Nevada de Mérida, a la séptima paila del infierno, pero no te quedes aquí de sepulturera que este no es oficio para ti. No importa que en ese lugar a donde tú quieres irte los hombres digan malas palabras, que delante de ti no las dirán. Ni que haya mujeres perdidas, que dejarán de serlo cuando tú las estés mirando”.

¡Esas palabras me conmueven como no tienes idea! Me conmueven y me dan aliento. Al final de la novela hay movimiento, hay vida. Y si no, basta prestar atención a cómo termina: Carmen Rosa parte dejando atrás al espanto, al tiempo en que el negro Rupert, un trinitario, canta un calipso de su isla: “Sofia went to Maracaibo ¡Bye, bye, Sofia!”. No es un canto fúnebre, tampoco un canto gregoriano, ¡es un calipso! ¡Más clarito, imposible! ¡Gran novelista Miguel Otero Silva!

Y ahí no terminamos con Casas muertas, ahora es que viene lo bueno. A raíz del taller de Basilio, mis compañeros y yo nos convertimos en El Entusiasta Grupo de Teatro que se da cita todos los lunes. Y, sí, con enorme entusiasmo y desparpajo estamos preparando una lectura dramatizada para presentarla por Zoom o por Google Meet el año que viene. ¡Dentro de nada! Me correspondió a mí hacer la adaptación de la novela para que esta fuera lo más fiel posible a lo escrito por Miguel Otero Silva y, simultáneamente, dirigir a mis compañeros como si fuera una directora de orquesta.

Es que a mí las obras teatrales me “suenan” y eso es algo que nunca he podido explicar. Es como dirigir una sinfónica, como si cada actor fuera un instrumento musical. Tienen que sonar armoniosamente y como un todo. Yo me entiendo. La cosa es que estoy teniendo el enorme placer de dirigir a profesionales que no son actores, ¡pero que se entregan a sus papeles con verdadera pasión! Esto a mí me conmueve y me hace creer en el poder transformador y enaltecedor del teatro.

Además, el teatro también tiene un poder sanador. En la Grecia antigua, cuando las tragedias de Esquilo, de Sófocles y de Eurípides estaban en cartelera, había una zona en primera fila reservada para los enfermos y los locos. Al final de la tragedia, que podía durar cuatro horas (o doce, si se trataba de una trilogía como la Orestíada), estos pobres seres habían conseguido alivio para sus males. Al menos mientras duraba la función.

¿Y el público podrá asistir a esa lectura dramatizada?
Sí, pagando entrada, aunque sea eso que llaman precio solidario, porque nuestras presentaciones tendrán un fin benéfico: seguir ayudando en lo que podamos a @preparafamilia. Se trata de una ONG dedicada a la asistencia, acompañamiento y defensa de los derechos de los niños hospitalizados o con patologías crónicas, y de las mujeres cuidadoras. Las mujeres cuidadoras pueden ser sus madres o abuelas, tías y madrinas. Son aquellas que acompañan al niño en su lucha por sobrevivir. Hemos escuchado los testimonios de varias de ellas y créeme que no inspiran lástima, sino la mayor admiración. Son unos palos de mujeres. La organización @preparafamilia también cuida de ellas, intenta hacerles la vida menos amarga, menos dura. Y El Entusiasta Grupo de Teatro estará presente.

¿Entonces piensas dedicarte ahora al teatro?
Es sumamente tentador escribir teatro para Zoom… y dirigir, de paso. Pero estando las cosas como están, yo ahora hago planes para lo que voy a hacer hoy y mañana. Pasado, no sé. Pasado todo puede cambiar.

Y hablando de tiempos, ¿nunca te arrepentiste de haber dicho que no la primera vez que te propusieron producir tu telenovela Mi gorda bella y de tener que esperar 14 años a que se hiciera realidad?
¡¡¡Por supuesto que no me arrepentí!!! Cuando di a leer el primer capítulo de El lirio de plata, por allá por los años 80, los grandes expertos siderales en telenovelas y un asesor trasnochado y un ingeniero galáctico opinaron categóricamente que una protagonista no gorda, sino obesa, era algo absolutamente imposible, horroroso, que eso sería rechazado por la audiencia y no tendría ni un punto de rating en su primer capítulo. Con ternura y hasta conmiseración, me hicieron ver que yo era muy jovencita y que no tenía idea de lo que era escribir en televisión y, de forma magnánima, ofrecieron producir la telenovela si – y solo si – la gorda bella Valentina rebajaba al final de la primera transmisión. Flaca y sexy debería dar inicio al segundo capítulo y comenzar su dulce venganza. “¡Qué riñones!”, me dije. No dije otra cosa, pues no digo vulgaridades. ¡Pero qué riñones!

Así que engaveté mi telenovela sin la esperanza de poder verla en pantalla. Mejor no verla a presenciar un disparate. Todo esto ocurrió en tiempos en que el colombiano Fernando Gaitán escribía Café con aroma de mujer y yo no veía su novela, porque estaba escribiendo la mía. Pasaron los años y Gaitán escribió Yo soy Betty, la fea y arrasó con el raiting. Recuerdo clarito a Teodoro Petkoff en la sala de redacción de TalCual, parado frente al televisor, con los brazos cruzados sobre el pecho, viendo la novela, arrobado. ¡Qué éxito! Y entonces, 14 años después de haber engavetado Mi gorda bella, alguien recordó vagamente: “Pero Carolina Espada… ¿ella no escribió algo con una protagonista atípica hace tieeempo…?” Y Juan Pablo Zamora, gerente de contenidos dramáticos de RCTV, que tiene una memoria y una intuición prodigiosas, se acordó clarito y me llamó.

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Muchos piensan que primero fue Yo soy Betty, la fea y que después vino Mi gorda bella. Hasta hoy en día pocos saben que El lirio de plata ya estaba registrada como miniserie en Sacven cuando Gaitán estaba en pleno Café con aroma de mujer. En realidad, a mí me importa muy poco que haya discusiones sobre cuál novela vino primero. De no haber sido por el éxito de Betty, nadie, nunca, habría producido Mi gorda bella. Yo le estaré eternamente agradecida a Fernando Gaitán”.

El resto es historia. Historia triunfal porque Mi gorda bella, de la mano de Rossana Negrín, arrasó con el raiting y se ganó el premio INTE como mejor telenovela del año. Natalia Streignard se llevó el premio como mejor actriz interpretando a Valentina; gracias, también, al departamento de vestuario y maquillaje, que hizo un gran trabajo para darle vida al personaje con todos sus kilos de más. Desde entonces, esta telenovela ha sido transmitida y retransmitida en más de cincuenta países y le han hecho adaptaciones en India, Malasia y México.

Pero no por ello Carolina Espada ha tenido grandes ingresos durante todos estos años. “¡Ojalá pudiera decir eso! Los escritores en Venezuela, si es que aspiran a que sus historias sean producidas en televisión, deben ceder todos sus derechos. Salvador Garmendia y José Ignacio Cabrujas lucharon para que esto no fuera así, pero no pudieron contra el monstruo devorador de cabezas del show business. En el contrato hay una clausulita preciosa que dice más o menos que cedes todos tus derechos para la producción, transmisión y difusión de tu obra por todos los medios que ya existen y todos los que se puedan inventar en un futuro.

En tiempos de Mi gorda bella no había Twitter, ni Instagram, ni Telegram, ni nada de eso. Pero RCTV también puede promocionar la novela por allí y por cuanta cosa falte por inventar. Es así. O lo asumes o no lo asumes. Yo lo asumí. Y tengo la más grande satisfacción con mi telenovela”.

Otra de las grandes satisfacciones de Carolina Espada es su libro La telenovela en Venezuela, incluido en la colección En Venezuela, de la Fundación Bigott, en el que mostró los tres fines de la televisión: entretener, informar y educar. “¡Qué mejor manera de educar sino a través de la risa! Porque lo lees y te ríes, pero aprendes cómo se escribe una novela aquí en Venezuela. La gran satisfacción es porque se convirtió en libro-texto en muchas universidades en Venezuela y en el exterior. Da emoción cuando te escriben de Ucrania o de Francia o de Tucusiapón para saber más del arte y del oficio de escribir estos melodramas televisados que se pueden eternizar en pantalla dependiendo del rating. En otros países nos estudian con enorme asombro y mayor curiosidad. Eso me encanta.

La carta de la muchacha de vestido marrón con la que ganaste el tercer premio del concurso Cartas de Amor, de Montblanc, en 2012, ¿tenía algún destinatario real? ¿Te inspiraste en algún hecho real?
El destinatario de la carta era un “licenciado”, que es como llaman a los abogados en Puerto Rico. Me inspiré en uno de verdad, pero lo estilicé, lo mejoré y lo convertí en un personaje. En cuanto a la muchacha del vestido marrón, que es quien escribe la carta de amor, también me inspiré en una muchacha que trabajaba en el mismo bufete de abogados de ese “licenciado” puertorriqueño. Mi papá murió en julio de 1978 y en agosto ya estábamos en Puerto Rico haciendo el duelo con mi familia de allá y poniendo papeles en orden. Fuimos al bufete de nuestro abogado, que no es el “licenciado” de mi carta. Ese “licenciado” era el socio de nuestro abogado en cuestión.

Teníamos cita a las 8:00 a. m. y llegamos diez minutos antes. No bien nos habíamos parado frente a la puerta de vidrio, cuando esta se destrancó. Entramos y nos sentamos en dos sillitas con vista a la bahía. De un crucero se bajaban turistas, vestidos de turistas, deseosos por entrar en la tienda de franelas de la esquina para comprar una que dijera I LOVE PUERTO RICO. Eso de “love” era un corazoncito. Apareció una secretaria muy dinámica y quiso saber si queríamos un café. Se asomó otra secretaria muy solícita y nos animó a aceptar un cappuccino.

Y llegó el “licenciado”, que no se le ocurrió dar los buenos días y pasó directamente a su oficina. Y entonces se levantó una muchacha vestida de marrón y corrió a atender al “licenciado”. Pasmo. Me quedé lela. Esa muchacha vestida de marrón había estado todo el tiempo allí, sentadita detrás de un escritorio. ¡Todo el tiempo allí y yo no la había visto, no me había percatado de su presencia! ¡De su existencia! Eso me impactó a mis 18 años por cumplir. Finalmente llegó nuestro abogado, pasamos a su oficina, realizamos los trámites y yo me decía: “Al salir me voy a despedir de la muchacha”. Pero cuando salimos, se me olvidó y no la vi. O no la vi y se me olvidó. Eso fue en 1978. La carta de amor para Montblanc la escribí en 2011. Así es como engaveto mis historias, mis personajes.

¿No te has planteado escribir una novela?
Dos veces. Pero tengo un problema de timing o de “engaveting”. En vez de lanzarme a publicar (cuando se podía), siempre dejo que todo se repose. En un reposo de esos, Ibsen Martínez publicó una novela que tenía muchos puntos en común con la mía. De publicar mi novela hubiera sido más de lo mismo, así que la descarté. Pasaron los años, y escribí otra historia. Tenía un último borrador y lo dejé reposar. Y en pleno reposo Alberto Barrera Tyszka publicó una novela que también tenía muchos puntos en común con lo que yo tenía escrito. ¡Toda una carrera literaria con puntos en común! Auxilio. No sé si tengo fuerzas para un tercer intento… ¡y más puntos en mi vida!

Si pudieras definir en una palabra este año que termina, ¿cuál sería?
¡Zoom! ¡Año zoom! ¡Año de superar dificultades y hacer maromas para estar en contacto con la gente! ¡Contacto zoom! Amistades y familia, clases y talleres, trabajo, conferencias, citas médicas, obras de teatro y misas (que son también unas puestas en escena), y tantas cosas más para no desconectarnos de las demás personas en tiempo de pandemia y cuarentena.

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