Basilio Álvarez: “A mí me apasiona amar”

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Por Katty Salerno

Basilio Álvarez partió el 18 de abril de 2018 con su esposa, sus hijos y sus padres a Asturias, el lugar de donde en 1957 salieron sus viejos buscando un mejor destino, que encontraron en Venezuela. Lo hizo a riesgo de no volver a pisar un escenario, pues está consciente de que los 40 años como hombre de teatro que lleva en su equipaje tal vez le sirvan de poco en España. De hecho, el conocido actor, director, escritor, profesor de teatro e integrante del grupo Skena contó a Curadas que su vida laboral como migrante ha sido una especie de montaña rusa, vertiginosa.

Como casi cinco millones de venezolanos, Basilio Álvarez también tuvo que irse debido de la situación de Venezuela. Un país que no está en guerra, pero donde igual sus campos han sido arrasados, las empresas han cerrado, la inmensa mayoría de la gente se ha vuelto pobre y la institucionalidad y la ley han desaparecido. Se fue por su hijo Miguel Ángel, de 19 años; por María Gabriela, de 20, la hija de su esposa que es como su hija. Y se fue por sus padres, que ya tienen 87 y 89 años.

“Ellos cuatro son la razón fundamental por la que Beatriz y yo decidimos irnos de Venezuela. Lo hicimos para que los muchachos buscaran su futuro y para que mis padres tuvieran una cierta seguridad. Ellos nunca cotizaron al sistema de seguridad social acá en España ni tienen ahorros, porque todo lo que tenían lo invirtieron en Venezuela; pero aun así aquí tienen asegurada la atención médica y las medicinas y ya eso es bastante. Ellos fueron los más difíciles de convencer porque no se querían ir de Venezuela. Pero al yo decidir venirme, y por ser hijo único, no los podía dejar solos”, dijo.

“Mis padres son hijos de la postguerra”, prosiguió. La guerra civil (1936 a 1939) dejó a España devastada, con pueblos totalmente asolados y una economía que tardó décadas en recuperarse. Nacidos en uno de esos pueblos, de una familia numerosa y muy pobre, un día de 1957 sus padres tomaron una maleta, el poco dinero que pudieron reunir y se vinieron a Venezuela.

“La Venezuela de entonces los recibió y les dio todas las oportunidades habidas y por haber. Mi padre empezó como mesonero y mi madre como cocinera en una tasca; aunque, recién llegados, trabajaron en la casa del Dr. Valencia Parparcén, uno de los grandes médicos venezolanos y médico de Rómulo Betancourt. Cuando yo nací, el 13 de abril de 1964, en la Cruz Roja de La Candelaria, ya vivíamos en Chacao. Allí empecé a estudiar con los hermanos maristas en el colegio Champagat, que después se mudó a Caurimare. Y eso fue fundamental en mi vida porque en ese colegio fue donde surgió todo mi interés por el teatro”.

Y a ti, ¿te fue fácil encontrar empleo en Asturias?

Yo vivo de mi trabajo para televisión (como escritor, libretista o asesor) y últimamente he estado trabajando con Telemundo. Pero como escritor freelance (temporal) trabajo seis meses o un año y de repente paso otros seis meses sin trabajar. Cuando llegué estaba trabajando como escritor de La Doña II, porque La Doña I la había hecho junto con otro escritor venezolano, Pepe Spataro. Pero el 28 de noviembre Telemundo decidió que solo quería libretistas mexicanos en ese proyecto. “¿Y ahora qué hago aquí en España y sin trabajo?”, me pregunté.

Entonces regresé en enero a Venezuela y actué en la película Tarkarí de chivo, de Francisco Denis, que ahora está en la etapa de postproducción. Estuve dos meses trabajando allí y regresé a España. Gracias a Dios, entré en otro proyecto de Telemundo con Perla Farías, la segunda parte de una serie que se llama Falsa identidad. Trabajé por otros seis meses.

Después volví a quedarme sin trabajo y me fui a por tres meses a Miami, donde hice una obra de teatro con Michael Haussman, basada en Tío Vania, de Anton Chéjov. Regresé a España, empecé en otra producción de Telemundo y se cayó porque vino la pandemia. Justo el día de hoy (25 de enero, cuando hicimos la entrevista) se está retomando este proyecto. Vamos a ver si dura los cinco o seis meses que debería. Como te habrás dado cuenta, esto de trabajar o no trabajar ha sido una montaña rusa.

¿Y el teatro?

Quedó postergado porque aquí en España es muy difícil hacer teatro para alguien que llega. Bueno, las circunstancias de trabajo para alguien que llega, cualquiera sea su oficio, no son sencillas. Mi esposa era profesora de Literatura y profesora de Teatro conmigo en Caracas. Sin embargo, aquí ha tenido que hacer estudios de hostelería y hacer comida para familias. Adaptarse a esta nueva vida ha sido beneficioso en el sentido de empezar a valorar la vida de otra manera. Poder caminar, pasear, poder estar en la calle sin miedo, sin temor a que te secuestren, a que te asalten, a que te roben; poder respirar un aire más puro.

El día que llegamos María Gabriela empezaba la universidad y se fue directo, caminando por toda la ciudad. Tenía clase todo el día y regresó a las 11:30 de la noche al apartamento donde estamos viviendo los seis. Porque esta es otra circunstancia que no teníamos en Venezuela: allá cada quien tenía su espacio, cada familia tenía su casa.

Pero la cara de María Gabriela el día que llegó de la universidad caminando a las 11 y media de la noche, me dejó impactado. Le pregunté qué le ocurría y me dijo que no podía creer que había llegado caminando a esa hora de la noche. Cuando esa niña me dijo eso, tenía en ese momento 19 años y mi hijo 18, me di cuenta de que este sacrificio valía la pena porque lo único que esos muchachos han vivido han sido los 20 años de gobierno de Hugo Chávez y ahora Nicolás Maduro, donde, todos lo sabemos, las ganas de vivir y la calidad de vida que existía en Venezuela se fue perdiendo a cada momento, a cada minuto, a cada instante de cada día.  

Beatriz y yo tuvimos una gran oportunidad en un colegio público de Oviedo, donde nos aceptaron para dar clases de teatro. Insólitamente, en el colegio marista de acá no nos dejaron pasar de la puerta. Para mí, lo más importante que he hecho en teatro es dar clases. El grupo teatral Skena siempre ha sido para mí un lugar para investigar sobre la vida, la verdad, los valores, la ciudadanía, la ética; sobre el ser humano, los grandes escritores, la literatura.

Nos abrieron las puertas de un colegio, que además tiene un teatro bellísimo, y empezamos en enero del año pasado a dictar un taller a un grupo de 15 alumnos. Yo estaba de lo más feliz. ¡Estaba realmente contento!  Porque si algo me tendría a mí contento en cualquier parte del mundo es tener un espacio, un sótano o una esquina donde dar clases de teatro. Ni siquiera ser actor en una obra o dirigir una, sino tener un lugar donde trabajar el teatro con gente que quiera hacerlo, aunque sea amateur.  Lamentablemente tuvimos que parar en marzo porque vino la pandemia del coronavirus y cerraron los colegios”.

Pero, al contrario de la mayoría de la gente de teatro, que tuvo que parar porque también cerraron los teatros, la pandemia le permitió a Basilio Álvarez volver al teatro y a la docencia, dos de sus grandes pasiones. “La pandemia llevó el teatro a plataformas de streaming, y con Skena comenzamos a dictar talleres vía Zoom a niños y jóvenes que, por la misma pandemia, han tenido que estar encerrados en sus casas. Hemos hecho talleres-montajes en vivo donde 20 alumnos terminan presentando una obra a través de estas plataformas. Eso me ha tenido muy muy contento.

La mayoría de estos alumnos son venezolanos que ahora están regados por el mundo, pero no es solamente eso. En Chile, por ejemplo, se inscribieron dos personas. En España también se inscribió una muchacha que hace teatro y que tenía referencias de Skena y por eso quiso hacer el taller, pero tampoco es venezolana. Armando Álvarez ha hecho talleres con niños, pero lo más bonito es que se trata de niños nacidos en España, Estados Unidos, Argentina, Chile ¡y hasta en Suráfrica, imagínate tú!, de padres venezolanos que conocen a Skena. ¡Eso ha sido muy bonito!”.

¿Cuál ha sido el secreto para que Skenna se haya mantenido en el tiempo, tanto en escena como detrás de escena, enseñando y formando gente de teatro?

¡No tengo idea! Yo sospecho que Skena ha durado tanto porque hay una gran libertad en la creación, cada uno de sus integrantes puede proponer cosas, puede hacer cosas, no hay una persona en específico que impone o que dice lo que se debe hacer. Skena ha terminado siendo un pequeño espacio donde la gente llega y puede proponer proyectos y hacerlos realidad, y me fascina que sea así. Eso no impide que cada uno de sus integrantes trabajen en otros grupos o haga otras cosas o se desaparezca un tiempo y luego regrese. A mí me parece hermoso que Skena haya cumplido 41 años el 13 de octubre pasado y que mantenga esas características. No hay un director, hay varios. No hay un solo actor, hay varios. 

Por cosas que escribes en Twitter se nota que te gusta mucho Asturias. ¿Ya habías estado antes allí?

Sí, ya había vivido aquí. Cuando tenía como 6 o 7 años mis padres vinieron a Asturias a ayudar a sus padres, o sea, mis abuelos. Fue una ocasión muy bonita porque vinieron todos los hermanos de mi mamá, que migraron todos a Argentina, a construirle una casa a sus padres. La construyeron justo al lado de la casa donde habían vivido antes. Ese año lo pasé en un pueblo en medio de las montañas y tuve que ir a un colegio muy muy rural con una pizarrita porque ni siquiera tenía cuadernos.

Fue un momento de mi vida que me marcó, porque de allí surgió algo muy importante en mí que es esa necesidad de contar historias, de compartir, esa cosa muy típica de los pueblos de reunirse en las noches en el chigre, el bar del pueblo como le dicen aquí en Asturias, a echar cuentos. Recuerdo que no había luz eléctrica en todo el pueblo, sino en algunos sectores.

Esa vida rural me marcó muchísimo, el compartir diario de algo muy natural y de una geografía que a mí me fascinó, que fue Asturias. Por eso me gusta tanto Mérida. Cuando voy al interior de Venezuela me gusta ir a lugares montañosos, porque Asturias es muy frío y montañoso. Cuando tuvimos oportunidad como familia de buscar un mejor hogar conseguimos una casa muy económica en La Boyera; y más adelante yo conseguí un lugar en Oripoto, en medio de la montaña, en El Hatillo. Siempre he estado enamorado de la geografía de montaña, soy más de montaña que de playa o sol.

Lo que más me gusta de Oviedo y de Asturias es eso, porque al estar hacia el norte tiene esos paisajes de niebla, de frío, de acantilados, que me fascinan. Cuando tenemos oportunidad, mi esposa y yo vamos a un pueblo cercano a caminar. No tenemos auto ni casa propia, porque todo lo que teníamos lo dejamos en Venezuela, pero aquí no es difícil moverse porque el transporte público funciona maravillosamente bien. Caminar aquí es delicioso, es bello. El Camino de Santiago, el Camino de Asturias, el Camino de Galicia, todo eso queda al norte de España.

¿Qué extrañas de Caracas?

Yo no soy muy fanático de la geografía de Caracas. Cuando vivía en La Urbina subía y bajaba El Ávila todos los fines de semana, pero no soy un amante específico de El Ávila. Lo amo, pero lo amo como amo cualquier montaña de Asturias o de El Hatillo. Mi pasión por Caracas es más por lo que viví ahí. Por mis amigos, por la gente querida. Por los 15 años que di clases de Física y Matemáticas en el colegio Champagnat. Por los 38 años que dirigí el grupo de teatro Skena en el sótano del colegio Champagnat. Por el Teatro Trasnocho o el Centro Cultural BOD, por el Teatro Nacional o el Municipal. Por el antiguo Ateneo de Caracas, la Sala Ana Julia Rojas y la Sala Rajatabla. Para mí, Caracas es todo lo que hice en ella más que ella en sí misma.       

Has contado que por algunos años trabajaste en la tasca Los Leones de Anauco que tenía tu padre en La Candelaria. ¿Cómo fue esa etapa de tu vida? ¿Alguna vez pensaste en seguir al frente del negocio cuando tu padre se retirara?

Yo desde que tengo memoria trabajé en el negocio de mi mamá y mi papá, como buen hijo de españoles. Desde que tengo uso de razón atendía las mesas, la barra, ayudaba en la cocina. Después estudié Física y Matemáticas en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y comencé a dar clases como profesor. Pero cuando quise estudiar con Juan Carlos Gené, el director del Grupo Actoral 80, dejé todo eso porque las clases con él eran en la mañana. Entonces hice un arreglo con mi papá y durante los tres años que estuve estudiando con Gené – teatro, dirección y dramaturgia – acordamos que él se encargaría del turno de la mañana y yo me ocupaba del turno de la tarde y de la noche. Entonces sí, durante tres años estuve trabajando en el negocio familiar.

A mí eso me encantó. Recuerdo que llegaba a las 2 o 3 de la mañana a la casa para levantarme a las 7 e irme a las clases de Gené. Había que aguantar a gente bebiendo hasta esa hora, cerrar el negocio e irme a La Urbina, donde vivíamos. Pero parte de la diversión es vivir la vida y yo siento que con ese trabajo la vivía, y estudiando teatro la vivía, y también compartía con los demás, había tiempo para todo. Nunca pensé en seguir atendiendo el negocio porque desde pequeño siempre quise ser profesor y después, cuando llegó el teatro, menos. Yo creo que la llegada del teatro impidió que yo siguiera mi rumbo normal que sería ser el próximo dueño de un restaurante o de un bar y seguir la tradición familiar. El teatro me llevó por otro camino. 

¿De dónde te viene esa vocación por la docencia?

Mi vocación por la docencia viene de los hermanos maristas. Yo estudié en el colegio Champagnat y tuve la suerte de tener grandes profesores y como guías a hermanos maristas. La Congregación de los Hermanos Maristas se basa en la educación y en su fundador, Marcelino Champagnat, cuya base fundamental es que para educar a un niño hay que amarlo. Entonces esa relación que hay entre el amor hacia las personas y tratar de darles una educación a mí me fascinó desde pequeño. Después, cuando ya estudiaba Educación en la UCAB, también tuve grandes profesores, incluso un exmarista, Roberto Escolar; y Edgar Ferreira, el director de la Escuela de Educación, por nombrar a dos pilares que para mí fueron fundamentales como guías, como ejemplo para ser profesor. De ahí me viene, de haber estudiado en un colegio donde la educación era algo fundamental. 

Tú siempre quisiste ser profesor. El teatro te encontró a ti, no lo buscaste tú. Sin embargo, hoy en día te conocemos, fundamentalmente, es como actor de teatro, más que como docente. ¿Por qué seguiste ese camino si lo que querías era enseñar? 

No creo que nacemos con un destino planificado y si es así prefiero no saberlo porque sería muy aburrido. Como decía Cortázar, el azar obra bastante bien en el camino. Es decir, hay que confiar en el azar. En la vida, muchas veces el azar es el que decide. Hay un contenido de suerte muy grande en lo que somos y en lo que nos proponemos, además del esfuerzo, el estudio, la dedicación. Hay gente que estudia, se dedica, se esfuerza y no es tan conocida como otros, pero no por eso se puede decir que no es lo que ha querido ser.

Ser actor es algo efímero. Cuando alguien dice que el mejor actor del mundo es Al Pacino, yo digo que no lo es, porque el mejor actor que he visto en mi vida se llama Gustavo Ferrero y era un alumno del colegio Champagnat que estuvo cinco años en el grupo de teatro y después lo dejó y se dedicó a la arquitectura. No volvió a actuar nunca más. Pero yo lo recuerdo como la persona que he visto sobre un escenario más viva y como la actuación más impactante que yo haya visto.

Una vez Ricardo Darín dio una opinión con respecto a eso y yo estoy completamente de acuerdo con él. Algunos tienen suerte y hay otros que no la tienen tanto, pero no por eso son menos actores. Yo ahorita, por ejemplo, no estoy actuando y creo que es muy difícil que vuelva a hacerlo por haber emigrado. ¡Ojalá me equivoque!

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¿Qué pasó con Eva Briceño, la chica de quien te enamoraste en el liceo y por la cual empezaste a asistir a las clases de teatro? ¿Se hicieron novios, al fin? ¿Has vuelto a verla alguna vez?

Eva Briceño es la responsable de que yo no sea un español con una tasca, sea en La Candelaria o aquí en España, porque por culpa de Eva Briceño fue que yo descubrí el teatro.  Si bien la Educación también me llamó la atención y ejercí como profesor de Matemáticas por 10 años, tanto en colegios como en la UCAB, tal vez la rama educativa, al final, se habría diluido por estar al frente de una tasca, que también era una forma de comunicarme con la gente, de amar a la gente, de atender a la gente, de servir a la gente. Eva Briceño vive ahora en Margarita. Nunca fuimos novios. Su hija fue la que se contactó conmigo por medio de las redes sociales, hace algunos años, por eso volví a saber de ella.

¿Te sientes realizado como actor?

Cómo no me voy a sentir satisfecho al haber hecho obras y personajes como el Doctor Stockmann en Un enemigo del pueblo (de Henrik Ibsen, dramaturgo noruego); como el Señor Celofan en el musical Chicago. Cómo no me voy a sentir satisfecho habiendo hecho la obra I.D.I.O.T.A. (de Jordi Casanovas, dramaturgo catalán); o Art (de Yasmina Reza, escritora francesa). De haber hecho Esperando a Godot (de Samuel Beckett, dramaturgo irlandés).

A veces pienso en eso de no volver a actuar y me pongo en plan de víctima. Pero luego me digo que Dios debería darme un castigo muy grande por quejarme después de haber hecho personajes y obras de teatro durante 40 años tan hermosas, tan valiosas, tan importantes y además tan apreciadas por el público y por el teatro venezolano. Entonces, si toca otra vez, bienvenido, y si no vuelve a tocar, ¿no crees, Basilio, que ya hiciste bastante? Quizás no, pero sí.      

Has contado que mientras trabajabas en las noches en la tasca veías la serie de televisión Moonlighting, muy popular en la segunda mitad de la década de los 80, y que su protagonista masculino, Bruce Willis, te marcó como actor. ¿Cuál fue la influencia de él en tu trabajo actoral? Porque, además, Willis es actor de cine y tú, aunque también has hecho cine y televisión, eres, fundamentalmente, un hombre de teatro.

Yo siento que Bruce Willis es un actor muy natural, que se divierte mucho actuando, y para mí eso es fundamental. Cuando veía Moonlighting yo era muy joven y mi conocimiento entonces no daba para darme cuenta de que esa serie, además de ser muy buena por los actores que tenía, tenía un gran guion, a unos grandes escritores por detrás. Moonlighting es una serie que se arriesga a romper los esquemas, a meter sueños, a irse a otras épocas, a meter una obra de Shakespeare como lo es La fierecilla domada en uno de sus capítulos.

Pero debo confesar que la película que más veces he visto en mi vida es Duro de matar, la primera, también protagonizada por Willis, porque la pasaron muchas veces en la televisión cuando yo trabajaba en la tasca y como teníamos televisor, cada vez que la daban yo la veía mientras atendía la barra. Creo que con Bruce Willis te diviertes viéndolo actuar porque sientes que él se está divirtiendo mucho al hacerlo y en eso es hasta muy descarado a veces. ¡Y eso me gusta!       

¿Cómo eres en tu vida cotidiana, cuando no estás en un escenario? ¿Cómo te sientes cuando el público te reconoce en la calle?

Cuando no estoy en un escenario mi vida cotidiana es bastante normal. Que el público me reconociera en la calle me llevó casi 30 años, y no fue por hacer teatro. Me reconocieron cuando actué en la telenovela La vida entera, de Leonardo Padrón, (transmitida por Venevision entre 2008 y 2009), donde interpreté a un personaje de nombre Philip Adelso Centeno, y por él todo el mundo me paraba en la calle. Es un poco irónico que después de haber hecho casi 30 años de teatro, de participar en una cantidad de obras que llenaron los teatros donde fueron presentadas, la gente me parara en la calle solamente por un personaje que hice en televisión. ¡Eso me causaba mucha risa, me parecía insólito!

¿Eres obsesivo cuando montas una obra, sea como actor o como director?

Yo creo que soy más obsesivo como actor que como director. Siento que como actor las cosas me pueden salir bastante mal. El director, en cambio, tiene una cantidad de gente en la cual apoyarse, y si uno tiene buenos actores es muy difícil ser un mal director. Dirigir de repente con gente joven, gente nueva, gente amateur es mucho más retador para un director y es donde puedes demostrar si eres un buen director o no.

¿Cuál es el rasgo que más define tu personalidad?

Puede ser la empatía. Yo soy capaz de identificarme bastante bien con una persona de grandes valores como con una persona con grandes miserias y defectos. Soy capaz de identificarme con cualquiera de los dos extremos y comprender por qué una persona puede acertar pero también entender por qué una persona puede equivocarse.

¿Hay algo que te apasione con locura?

Amar. Amar a una persona. Amar a una familia. Amar a los hijos, amar a mi esposa. Amar un trabajo, amar una obra, amar un personaje. Amar a una amiga, amar a un amigo. Amar un espacio. Amar un lugar, amar un sótano. Amar un país. Amar un recuerdo. A mí me apasiona amar, porque cuando amo, hasta un texto escrito, trato de valorarlo en su propia esencia, sin querer modificarlo. Me apasiona dar vida a algo que ya existe, no que vive porque yo lo amo, sino trasmitirle vida y materializar eso, hacer que exista, tal y como es.

Por ejemplo, encontrar una persona que necesita amor y que tú con tu amor puedas darle existencia a lo que ella es, es apasionante. Encontrar un personaje escrito en una obra y que tú, amándolo, le des vida sobre un escenario, es apasionante. Ayudar a tu familia a que cada uno de sus miembros encuentre y haga lo que quiere hacer de su vida y que tú seas un apoyo para eso, es apasionante. A mí me apasiona amar, en todas sus formas, clases y colores.   

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