Naky Soto: “Narrar la debacle del país es muy duro”

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Por Katty Salerno

Naky Soto (Caracas, 1973) es un alma de esas a las que provoca asomarse “como a una ventana llena de sol”. El verso del poeta español Federico García Lorca responde, muchísimo mejor que nosotros, la pregunta que nos hizo la conocida influencer e infociudadana, quien no entendía por qué queríamos entrevistarla.

Nosotros pensamos que hay muchas razones para hacerlo. Graduada en Relaciones Industriales por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), abandonó la profesión cuando tuvo su primer empleo como industrióloga porque la encontró “aburridísima”. Luego empezó a hacer uso de un don que ha cultivado desde muy niña: el de la palabra. Allí encontró su verdadera pasión, para su dicha y la de quienes la leemos en su blog El Zaperoco de Naky, en las redes sociales – solamente en Twitter tiene más de 142.000 seguidores – y la vemos y escuchamos en los pódcast En serio, donde junto a su esposo, el periodista Luis Carlos Díaz, nos explican el país.

«Narrar la debacle del país es muy duro», comentó Naky Soto al hablar acerca de su labor cotidiana, en la que toma los hechos que se presentan y los explica, según sea el caso, enriquecidos con miradas, gestos, ironía, humor, ternura, emoticones y venezolanismos que nos hacen más digeribles las cosas que pasan en este país. Un estilo que no cambia ni cuando habla de su vida y de las situaciones difíciles por las que ha pasado: cáncer de seno, cuatro embarazos perdidos y un mal neurológico que le afecta, ¡vaya ironía!, la parte del cerebro que controla el lenguaje.

Dices que eres afortunada en la vida pues lo que más te gusta lo aprendiste temprano: hablar, leer y escribir. ¿A qué edad empezaste a hablar?

Eso está absolutamente vinculado a mi hermana mayor, Nahir Betsabé. Ella sí tiene nombres que aparecen en la Biblia, el mío no (risas). El mío es una mezcla de los dos nombres de mi hermana. Mi nombre es Naibet Nakarina. Igual yo estaba muy jodida en eso, porque mi madre quería bautizarme como Niloa, ¡hazme tú el favor! Pero cuando fueron a presentarme mi papá decidió ponerme los dos nombres de mi hermana mayor y salió Naibet. Me encasquetó ese y el segundo nombre, Nakarina, que es de donde viene mi apodo, pero en lugar de ponerme la “c” de nácar me puso la “k” de kilo, y eso probablemente explica por qué he sido gorda toda mi vida (risas). 

En todo caso, mi hermana, que apenas me lleva tres años, es una mujer de una palabra superdiáfana. Entonces, tener a esa rolitranco de maestra al lado toda la vida me hizo muy sencillo el asunto de hablar. Hubo muchas cosas que aprendí con ella, que pude practicar con ella. Y con mi nana, la mujer que nos cuidó en casa, una rocola andante porque hacía todo, absolutamente todo, con música. Así que en música soy bastante ecléctica. Yo te escucho los Corraleros del Majagual y Juan Gabriel y lo que venga. No tengo rollo con eso (risas). Era una casa que se mantenía constantemente con la palabra.

Yo fui la más pequeña de ese hogar y, efectivamente, hablaba mucho.  Tengo un cuento muy divertido sobre eso. Las maestras de mi colegio eran todas normalistas pero, además, las debieron haber reclutado más o menos al finalizar la II Guerra Mundial porque eran todas unas doñas como de muy mal carácter, de muy buen proceder pero como muy serias. No hay boleta mía, y te las puedo mostrar, que no diga “la niña debe hablar menos en clase”.

Pero al margen de la palabra yo era realmente mala en matemáticas, y no dejé de serlo, por cierto. Una de las negociaciones tripartitas que logramos con la maestra de cuarto grado, la señorita Margot, fue que si yo mejoraba en esa materia mi papá y mi mamá me iban a comprar cuentos infantiles y yo tenía la responsabilidad de leérselos a ellos para dormirlos. ¡Y eso resultó muy divertido! Yo, efectivamente, hacía mis tareas y tal, me leía los cuentos y después se los interpretaba. Sin lugar a dudas, buena parte de mi capacidad para actuar la palabra está asociada a eso. Yo creaba personajes para ellos y los dos, tiernamente, fingían que roncaban y yo juraba que era yo la que los había dormido y salía victoriosa de su cuarto. Sí, me pusieron a practicar muy temprano con la palabra, sin duda.

Estudiaste primaria y bachillerato en un colegio de monjas. ¿Lo religioso ha tenido influencia en quien eres hoy?

A mí eso me encantó, la verdad. Pero graduarme fue también salir un poco de la camisa de fuerza que tenían las religiosas sobre conceptos para la vida. Es lindísimo que eso haya evolucionado, por cierto, esa idea medio loca de la virtud del virgo clementísimo como lo único que tenía que mantener una mujer en la vida. Que esas ideas hayan evolucionado yo lo agradezco y mucho, y sobre todo encontrarme en la universidad con otras perspectivas, otras maneras de entenderte con la fe y con lo religioso.

Mi divorcio, por así decirlo, del catolicismo está asociado a la culpa como columna vertebral. Yo no estoy de acuerdo ni con la culpa ni con el dolor ni con el sufrimiento. ¡Para el carrizo viejo! No tiene sentido estructurar la vida con base en esos valores. Pero, de resto, a mí me gusta el asunto de una persona formada para colaborar, para entenderse con los demás, para ser humilde. Esto me parece hermoso y sí son valores que mantengo.

Te graduaste en Relaciones Industriales, una carrera que, nos parece, no tiene mucho que ver contigo. ¿Por qué la escogiste?

¡Porque a los 17 años nadie tiene la capacidad de decidir qué es lo que va a hacer! (Risas)        

En la Católica, Ciencias Sociales tiene dos ramas: Sociología y Relaciones Industriales. Yo tuve la fortuna de formarme con una enorme escuadra de profesores sensacionales: José Ignacio Rey, Antonio Cova, Mikel de Viana, Luis Pedro España. ¡Gente muy chévere! Y el rol de Antonio Cova, en paz descanse, un señor sensacional, era, justamente, reclutar talentos para Sociología. Y como reclutador, Cova era una cosa sin descanso. Una vez que te ponía el ojo encima, sóbate porque no había manera de zafarse. Era chévere estudiar Sociología porque era como prestigioso, pero la expectativa laboral era que ibas a pelar bolas. No había manera de que alguien asociase Sociología con buen desarrollo profesional, con grandes salarios. Eso no existía, al menos mientras yo lo estudié. Y como había ese prejuicio era mucho más sencillo irme por Relaciones Industriales.

¿Alguna vez la ejerciste?

La verdad es que en el primer empleo que tuve como industrióloga dije “yo no voy pa´l baile. No puedo con esto”. Me parecía la cosa más aburriiida y fassstidiosa del planeta. Intenté pasar por todas las esferas: reclutamiento y selección de personal, nómina… ¡Me iba a morir del aburrimiento! (Risas)

A lo largo de estos años a mí me han endosado todas las profesiones que tú quieras: internacionalista, politóloga, periodista… ¡De todo! Por eso regularmente hago la aclaratoria: yo no estudié periodismo, yo no soy periodista, porque los periodistas son supercelosos con esa historia y eso lo respeto mucho.

¿Por qué empezaste a hacer periodismo ciudadano o infoactivismo?

Yo no tenía esa intención. Yo cree mi blog (2006) para narrar cuentos. Pero, en algún momento, la mezcla de la censura y la autocensura que tuvieron que desarrollar algunos medios para preservarse me hizo muy diferente lo que estaba pasando de lo que yo leía en las noticias. Había un divorcio muy sensible de cómo lo estaba viviendo parte de la población, porque en ese momento sí podíamos hablar de polarización; había una parte del país que lo estaba viviendo de manera muy distinta y esa manera distinta yo no la veía reflejada en los medios. Por eso decidí crear un relato ciudadano de lo que estaba pasando. El Gobierno lo dice de un modo, los medios lo dicen de otro y hay esta versión de cómo lo vive una ciudadana. Así nace la iniciativa del resumen de noticias que hago.

Un trabajo, la verdad, doloroso, desagradable, no puedo decir lo contrario. Es como narrar la debacle del país paso a paso, y es muy duro. Pero mantenerlo se me hizo importante, sobre todo bajo la ilusión de que esto va a terminar, porque va a terminar en algún momento, y necesitamos tenerlo documentado y documentado, además, con diferentes voces… Habrá voces de historiadores, habrá voces sociológicas, habrá otro tipo de narraciones… Pero en este caso yo lo quise narrar como una ciudadana.

Con el tiempo fui como desgranando muchas esferas asociadas a la palabra. Seguí haciendo crónicas urbanas, haciendo historias de lo femenino, contando historias de una Caracas que a mí se me sigue haciendo bonita. Obviamente, el estado de nuestros servicios públicos, la propia política en general, supone que la mayoría tenga relatos regularmente apocalípticos sobre la vida acá. Pero yo sigo insistiendo en que aquí sigue habiendo personas amables, que no es que acá lo que quedó fue el repele, me choca esa tesis.

Yo creo que hay belleza, de verdad, y así como puede haber zonas muy agrestes, hay zonas muy bonitas. Y tiene que haber la disposición de conocerlas, de revisarlas, de gozarlas. Yo sé que hay unas partes de la ciudad en las que a cualquiera se le parte el corazón al ver cómo cambiaron, la manera como se desmigajaron, no hay otro verbo que lo describa. Pero hay otras en las que, cónchale, los vecinos siguen insistiendo, y le echan pierna y mantienen sus árboles y mantienen las aceras. Hay una manera de convivir la ciudad que es más bonita, y eso también hay que narrarlo.

¿Por eso tu gusto de tomarle fotos a maticas resilientes y a bichos?

¡Sin lugar a dudas, sin lugar a dudas! ¿Y sabes qué? Yo he estado en zonas, fuera de mamadera de gallo, realmente peligrosas, por así calificarlas, donde me ven tomándole fotos a bichos y ninguna persona interviene como para quitarme el teléfono. ¡De verdad! Y te lo dice una persona que, hasta el sol de hoy, lamentablemente, ha sufrido ocho asaltos.

Periodista o infociudadana, igual nos haces un inmenso favor al traducirnos las cosas que dice el régimen. A mí me resulta difícil hasta escuchar el tono de su voz…

¡Y no te culpo! (Risas). Obviamente, esta gente sigue una línea absurda, que es la línea del país paralelo, el país de mentira donde todo funciona y todo está chévere. Pero la única manera de lograr que la noticia trascienda es siendo aborrecible. La indignación es lo único que te convierte en un buen motor para que, incluso, hasta la población más opositora termine compartiendo las decisiones que se han tomado. ¡Y sí, hay que desarrollar músculos y estómago y tomar mucha agua para soportar a estos tipos, sin lugar a dudas! (Risas).

Desde mucho antes de padecer el cáncer de mamas que le diagnosticaron en 2018, Naky Soto participaba con la fundación Senos Ayuda en campañas para concientizar acerca de la importancia de la detección temprana sin imaginar que un día le tocaría enfrentarlo, un hecho que también la ha llevado a hacer profundas reflexiones acerca de la femineidad y la maternidad.  

¿Había antecedentes de cáncer de mama en tu familia?

Hay antecedentes de cáncer en mi familia por el lado materno, Julia Dolores, la mamá de mi mamá. Pero se fumaba una cajetilla de cigarrillos al día, así que fue un cáncer pulmonar muy voraz que lamentablemente acabó con ella muy rápido.

Yo empecé a apoyar a Senos Ayuda como por una especie de identidad con la organización y lo hice además con mucho cariño. Me parece que quienes llevaron las campañas de esta fundación desarrollaron buenas ideas en las que otras personas podían engancharse y ayudarlas a hacer bulla, literalmente, alrededor de ese tema. No lo hice nunca bajo la perspectiva de que me iba a pasar a mí. Pero carrizo, cuando toca, toca. Ni modo.

¿Cómo está tu salud en este momento?

Estoy en el segundo año del tratamiento después de la cirugía y la extirpación del tumor. Yo tomé la decisión de hacerlo bilateral. En la mama izquierda lo que había era microcalcificaciones, no había tumor. Pero a mí me daba como ojeriza, a partir de la cirugía, vivir el proceso hasta mi remisión con el miedo de que apareciera en la mama izquierda. Si ya iba a ocurrir con la derecha, machete, que pasara con ambas de una vez.

El proceso fue rotundamente doloroso no solo corporal sino emocionalmente. Allí creo que debe haber una revisión importante. Creo que ahí muchísimas mujeres deberíamos contribuir, no sé de qué manera decirlo… Se debería separar un poco el asunto de la feminidad y lo femenino entendido solo desde el pecho, porque una vez que pasas por este proceso, al menos esta ha sido mi experiencia, uno se siente un poco fenómeno. Yo siento que ya no soy tan mujer. Y eso no solo es absurdo, sino que es muy doloroso. El asunto de la feminidad, de la condición de mujer, no está íntimamente o exclusivamente asociado a la posibilidad de tener pechos, pero así ocurre.

Cada seis meses debo ir a revisión con mi oncólogo y es un proceso de pánico, de verdad. No lo puedo describir de otra manera. Yo sé que he hecho las cosas bien y que me porto bien. Pero cada vez que me toca hacerme los exámenes, sean de laboratorio o las tomografías, igual voy a hacérmelos con muchísimo miedo. Y hasta que no salgo de la consulta ese miedo no se va. Eso va a ser por lo menos por tres años más, así que tengo que aprender a vivirlo mejor. No lo sé. No lo sé, pero es como mi propio guion de Hitchcock, lo que no es bueno. El resto de los meses vivo como con un poco más de libertad (risas).

Y a razón de la pandemia ¡no te imaginas lo que es! Este asunto de creer que soy más vulnerable, que si me da me puede ir peor, que si mi sistema inmunológico no va a responder igual, que me voy a quedar tiesa si me da coronavirus… ¡Esa expectativa, de verdad, es hooorroorosa!

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¿Qué fue lo que más te ayudó a transitar este proceso?

¡La presencia de este tipo enorme con el que hago la vida, sin lugar a dudas! Este pana me ayudó a entenderlo como un proceso más sin perder la sobriedad. Su enfoque de ver este asunto como un proceso más me ayudó mucho.

Y te explico. Yo tengo una condición neurológica, un angioma venoso sobre el área de Broca, que es la parte del cerebro que controla el lenguaje. Si hubiese estado sobre el área que controla la matemática, habría tenido la vida resuelta (risas). Pero no fue así.  Esto me ha hecho convulsionar sopotocientas veces en la vida, lamentablemente, a pesar de que tomo mi carbamazepina y hago mis registros con el neurólogo. Fue un proceso que arrancó algo así como a los tres meses de haber conocido a Luis Carlos y es increíble que haya pasado en ese momento.

El dato aquí es que la hermana de Luis Carlos tuvo un tumor cerebral y en consecuencia este hombre sabía lidiar con la historia de lo neurológico como nadie más. Mi familia estaba colapsada ante mis primeras convulsiones y este buen hombre las llevó, de verdad, con solvencia. Que si vamos a ver las tomografías, que si vamos a buscar a otro neurólogo porque este no nos está dando las respuestas adecuadas… El bicho era EL MÉDICO.

Con ese antecedente, buena parte de la energía de Luis Carlos se centró en que si habíamos podido con lo neurológico, por qué no íbamos a poder con el cáncer. “Vamos a tomarlo con calma. Es un proceso doloroso, pero, igual vamos adelante”, me decía.

¿Qué hay entre lo neurológico y el cáncer? ¡Cuatro pérdidas de embarazos! Ahí sí te voy a decir: creo que es lo más terrible que me ha pasado en la vida. Y vuelvo al punto: nos preparan para convencernos de que lo único que nos hace francamente mujeres, es la maternidad. Aprender a desprenderte no solo de la posibilidad sino de esa lectura es también una enorme lección de vida.

¿Qué has decidido hacer frente a eso?

No sé, Katty… Aprender conmigo misma a no castigarme tanto, a no asumirme como chueca, que es la palabra que elegí. La primera lectura que le doy cuando llega el diagnóstico del cáncer fue esa. ¡Con razón no pasó! ¡Claro, era esto! ¡Es que yo estoy chueca y seguro voy a morir muy pronto! Porque, además, mi gen Lupita Ferrer es intenso (risas). ¡Es una cosa horrorosa! Esa fue la primera lectura que le di. Yo necesitaba… cualquiera necesita una explicación de por qué no pudo ser. Bueno, no pasó. Y, de nuevo, tener esta pareja, vivirlo con él, su interpretación de lo que nos estaba pasando, me ayudó muchísimo a deslastrarme, primero, de esa enorme necesidad de darme coquitos a mí misma y, después, de darle una lectura más desenfadada, menos dramática.

¿No hay nada que te alerte cuando te viene una convulsión?

Claro que sí, la preconvulsión. Pero cuando se presenta ocurre la pérdida absoluta del lenguaje y no puedo procesarlo. Si en ese momento tú me preguntas si me pasa algo, no puedo darte respuesta porque no puedo procesar lo que me dice otro y tampoco puedo emitirlo. Y es una cosa absolutamente espantosa por eso, porque estoy consciente de que eso me está pasando. Cuando ya llega la convulsión, ni te enteras. Estás allí quemando neuronas y ni te enteras de esa historia. Pero mientras llega, estás consciente de lo que te está pasando y de verdad ¡es un horror!

No hay oportunidad en la que yo haga presentaciones o cuando dicto los talleres de formación de voceros – cosa que, además, me encanta, lo de dar clases – en la que no tenga la tensión de que puedo convulsionar.  Por eso, al presentarme siempre digo “soy Fulana de los Palotes, hago esto y existe esta posibilidad”. Darle ese aviso a la audiencia hace que le baje un poco la tensión a mi propia puesta en escena.

Mi lección número uno para cualquier persona que quiere formarse como vocero es que aprenda a dejar de creer que el asunto de las presentaciones, de la vocería, tiene que ver contigo. El 90 % de los miedos de las personas que quieren hablar mejor delante de una audiencia, está asociado a sí mismo. Cómo me voy a ver, cómo me van a evaluar si me llego a equivocar, si se me olvida algo, si me veo bonita, si me veo fea… ¡Todo está asociado a ti! Y de las lecciones más lindas que aprendes cuando te gusta esta historia, es que todo está asociado al otro, a que el otro aprenda algo, a que se lleve algo de la lección que lo motive a informarse más, que le dé más sentido, más profundidad a lo que aprendió.

Para mí es precioso cuando un alumno no recuerda mi nombre, aunque sabe que se formó conmigo. Esa disociación del sujeto tiene que ver con lo que le estás enseñando. Y no hay nada tan valioso, de verdad, como que el otro pueda deconstruir esa lección y hacer en adelante lo que quiera con ella.

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