Francisco Olivares

Francisco Olivares: “Una cámara fotográfica cambió mi vida”

59 minutos de lectura
Por Katty Salerno

Francisco Olivares (Caracas, 1949) es uno de los más destacados periodistas de investigación de Venezuela. Todos en algún momento hemos leído sus reportajes en los que ha abordado en profundidad temas de interés nacional, trabajo por el cual fue merecedor en 1995 del Premio Nacional de Periodismo, el más valioso galardón con el que podía ser reconocido entonces un periodista venezolano. En esta ocasión, con el carácter afable que lo distingue, aceptó ser el investigado y responder, hasta con timidez, las preguntas de Curadas.com, ya que no está acostumbrado a ser él la noticia.

Lo suyo siempre ha sido reportar hechos sobre la base de datos, cifras, denuncias y testimonios rigurosamente investigados, dentro y fuera del país. Un oficio por el que probablemente se acabaron cuatro de sus matrimonios, pero a la quinta va la vencida.   Tan acostumbrado está a la exactitud, que cuando le preguntamos sobre su familia parecía que leía la respuesta de su libreta de apuntes.

“Mi familia, por un lado, es de los Andes, son gochos. Cuando mi abuelo tenía 12 o tal vez 13 años se vino escondido, a caballo, siguiendo las tropas de Cipriano Castro, porque su papá, mi bisabuelo, se había enlistado en las filas de Castro y de Juan Vicente Gómez (durante la Revolución Liberal Restauradora, a finales del siglo XIX). Pero a este bisabuelo lo mataron en la batalla de Tocuyito y entonces Gómez acogió al muchacho, lo cuidó y lo metió en la academia militar, por lo que mi abuelo llegó al grado de coronel y a ser edecán de Gómez. Y por el lado de los Myerston, tenemos raíces en Choroní…”

 

¿Eres familia de Héctor Myerston, por casualidad?

Soy su sobrino. Pero Héctor no solo fue mi tío. Compartíamos y conversábamos mucho y, a pesar de la diferencia de edad, nos tratamos siempre como amigos. Yo lo acompañé hasta sus últimos días. Era un hombre muy interesante y con una vida muy interesante.

¿Y esto tiene algo que ver con tu gusto por el cine y la televisión?

Sí, porque para mí Héctor siempre fue un referente. Él comenzó como locutor, la de él era una voz muy importante en ese momento en el mundo de la locución en Venezuela. Los recuerdos que guardo de él los tengo muy presentes en mi memoria. Era todo un galán, también. Las mujeres lo admiraban y lo perseguían mucho. Recuerdo que cuando visitaba a mi abuela, que vivía en Artigas, llegaba en un Citroën negro, siempre vestido a la moda, muy elegante… Era toda una figura emblemática. Él fue una influencia muy importante en mi vida, y de alguna manera traté de seguir algunos de sus pasos. Siempre me gustó el teatro, el cine, y por eso siempre estuve ligado a ese mundo.

¿Y por qué estudiaste periodismo?

Porque en ese entonces no había una carrera universitaria en cine y la carrera de periodismo daba la posibilidad de hacer la especialidad en la mención impreso y en la mención audiovisual. Aunque a mí lo que me interesaba era lo audiovisual, después terminé cursando las dos menciones.

En paralelo, también cursaba talleres de cine que se dictaban en Caracas por aquella época. En un momento dado entré en una escuela de cine y televisión que auspiciaba Radio Caracas Televisión (RCTV) e hice un curso de casi un año con César Bolívar. Así entré en el mundo de la televisión. Entonces dejé la Escuela de Comunicación Social para dedicarme al cine, porque esa fue la época del boom del cine venezolano. Ya había empezado a trabajar como asistente de producción, que es el primer paso que uno da en esa esfera. Trabajé en varias producciones de César Bolívar y en Puros hombres, una película de César Cortés. En esa escuela uno veía dirección, producción, edición. Fui uno de los mejores del curso de César Bolívar, por lo que me gané un contrato en RCTV para trabajar como director y productor.

Para la gente del canal era extraño que llegara una persona con credenciales académicas, porque en esa época la gente de televisión se formaba empíricamente; los directores, los directores de fotografía generalmente no tenían escuela. Entonces tuve esa suerte. Tuve una gran experiencia porque trabajé casi dos años en telenovelas, de las que recuerdo Gómez, que tuvo dos partes y que dirigió César Bolívar. El escritor de esa telenovela fue José Ignacio Cabrujas. Los protagonistas eran Rafael Briceño, Doris Wells y Gustavo Rodríguez. Y yo el productor. Fue una audacia de César Bolívar la de contratarme a mí como productor porque para ese entonces aún no tenía experiencia, pero me sirvió para aprender.

¿Y por qué no seguiste haciendo cine y televisión?

Gómez me dejó una gran satisfacción por el contenido, los personajes, por el nivel de toda la gente que estuvo involucrada. Pero después me tocó hacer telenovelas románticas y me di cuenta de que este tipo de trabajo no me satisfacía tanto. Aparte de eso, se trabajaba mucho. Las producciones de RCTV eran gigantescas y se hacían muchos exteriores. Cuando salías a la calle a hacer grabaciones, eso era una caravana de gente. La planta, los técnicos, los equipos de grabación, las luces, el motorhome para las estrellas… ¡Un gentío! Uno estaba hasta las 2 y 3 de la mañana grabando y, a veces, hasta el amanecer. Era realmente muy fuerte y llegó un momento en que me sentí cansado, aunque también había la satisfacción por los buenos sueldos y la seguridad laboral. Imagínate, uno tan joven y tenía una gran responsabilidad.

Entonces dejé todo y me dio por meterme a hippie y me fui para Mérida. Allá trabajé en el Departamento de Cine de la ULA durante un año, pero el sueldo era la tercera parte de lo que ganaba en Caracas. Y la verdad es que nunca me adapté a vivir en un pueblo. Cuando estaba libre, atravesaba la ciudad en 15 minutos en mi carro y a mí eso me daba más bien como una especie de estrés, porque entonces me decía “ajá, y ahora qué hago”. ¡No hallaba qué hacer los fines de semana! (Risas). Entonces me regresé a Caracas, pero cuando llegué se da lo del Viernes Negro. La economía entra en crisis y cuando fui a los canales a buscar trabajo, ya no había.

Tenía que hacer algo. Ya había terminado la carrera de periodismo, pero no me había graduado. Un día me encontré con una gran amigo y gran fotógrafo, Eddy González, el Gurú. Por mis andanzas en el cine aprendí a tener un buen manejo de la imagen y por eso el Gurú me llevó como fotógrafo al equipo de El Diario de Caracas. Todos los compañeros que estaban allí, el Gurú, Luis Alberto Henríquez, Luigi Scotto, todos estrellas, me enseñaron algunos trucos que me ayudaron mucho. Y un periodista y gran amigo me regaló una cámara Nikon F, para que veas cómo era la vida en aquella época. Esa cámara fotográfica cambió mi vida. Todavía la tengo de recuerdo aquí en mi casa porque para mí fue emblemática. Entonces le agarré pasión al periodismo. Hice la tesis y terminé la carrera.

¿Cuándo empezaste a escribir como periodista?

Un día había que entrevistar a una persona de la alta sociedad venezolana y a mí me tocaba hacer las fotos. Pero el periodista no fue y para el periódico era muy importante que se hiciera la entrevista porque había un compromiso de por medio. Entonces el jefe de información me dijo que hiciera las fotos y la entrevista. Me conecté mucho con la entrevistada y el trabajo terminó siendo exitoso, porque gustó bastante. El entonces director del periódico, Rodolfo Schmidt, se dio cuenta de mi existencia y comenzó a pautarme trabajos especiales. Allí comenzó mi afición por los reportajes, por el periodismo de investigación que hice durante tantos años.

Creo que has sido uno de los pioneros en Venezuela en hacer periodismo de investigación. ¿Consideras que hoy en día vale la pena hacer este periodismo? Antes, cuando se hacía una investigación periodística, el propósito fundamental era que se corrigiera eso que se denunciaba. Pero hoy en día se denuncian casos y casos y las instituciones del Estado sencillamente no hacen nada.

Esa pregunta muestra dos Venezuelas distintas. Cuando comencé en el periodismo empecé a hacer reportajes porque Rodolfo Schmidt me mandaba a cubrir situaciones extraordinarias, así fuera en el interior del país. Así comencé a tener ese gusto por el reportaje, que es el género estrella porque te permite ampliar y profundizar la noticia. Pienso que todo periodismo, desde la noticia hasta el gran reportaje, contiene elementos de investigación.

En la Venezuela democrática había instituciones. Había un Congreso Nacional y una Contraloría General de la República. Había un Poder Judicial y también la figura del Consejo de la Judicatura, que supervisaba la practica de los jueces. Entonces, cuando un periodista o un medio hacía una denuncia, las instituciones reaccionaban. Una denuncia se convertía en un escándalo que movilizaba a los parlamentarios, a las instituciones. Si era un tema de corrupción, se activaban las respectivas comisiones del Congreso, al igual que la Contraloría General.

Te voy a poner como ejemplo un hecho que tiene que ver mucho con lo que está ocurriendo en este momento en Apure. Me refiero al caso de El Amparo. Se presentó ese caso en la frontera con Colombia y fueron muchos los periodistas que se trasladaron al lugar a cubrir ese suceso. Yo fui uno de esos periodistas. Uno pudo tener acceso a los pobladores, a las autoridades militares, a hablar con personas de todos los ángulos. Eso se convirtió en un gran escándalo y hasta se constituyó una comisión en el Congreso que hizo un informe con todo lo ocurrido. Hubo detenidos y hasta militares que perdieron su carrera. Las instituciones actuaron.    

Con el chavismo, eso ya no existe. El periodismo que hoy en día intenta cumplir con todas las normas de investigación, es decir, ver todos los lados de un hecho, ir a los archivos, la tiene muy difícil. Entonces, si bien hoy en día se sigue haciendo periodismo de investigación, las instituciones no te permiten tener acceso a la verdadera información.

En la Venezuela de hoy lo que ha ocurrido es que en la mayoría de las informaciones de gran impacto, el origen de los datos viene de afuera, por investigaciones que se hacen desde otros países, como por ejemplo los sectores financieros y la banca internacional. En casi todos estos grandes escándalos de corrupción, el origen generalmente viene porque se descubre una cuenta bancaria en un paraíso fiscal y a partir de allí se empieza a hacer seguimiento al dinero y se da con los responsables. Pero aquí las instituciones no van a actuar porque hay una complicidad entre autoridades y los casos de corrupción, por ejemplo.

En la situación que actualmente se vive en la frontera con Colombia difícilmente se va a llegar a una verdad “oficial”. La verdad “oficial” dirá que son grupos armados enviados por Colombia para atacar la revolución. Ese es el esquema, la historia que se va a contar desde el punto de vista de la información oficial.

Por supuesto, allí hay gente, hay testigos, hay periodistas que se mueven en la zona y que van a dar la otra versión de esa realidad, pero al final las instituciones difícilmente van a actuar. A veces actúan en algunos casos, uno no sabe exactamente por qué razón, quizá para justificar ante la ONU alguna situación particular cuando son casos extremos que generan mucho impacto en el ámbito internacional.

Tal vez muchos periodistas de las nuevas generaciones no saben que en la etapa democrática los medios de comunicación eran una institución fuerte, que apoyaban a sus reporteros en las coberturas que hacían, que los enviaban a sitios distantes para investigar hechos. Los periodistas podíamos viajar, con el respaldo financiero de los medios, para hacer una investigación independiente de un hecho. No éramos periodistas de escritorio. Íbamos al lugar de los hechos a investigar, hacíamos periodismo de campo.

En mi caso personal viví experiencias extraordinarias, muy valiosas.  Por ejemplo, yo estuve en tres frentes guerrilleros en las montañas de Colombia. Eso fue en una época en la que se planeaba uno de los tantos diálogos de paz entre la guerrilla y el Gobierno colombiano. Yo hice contacto con la guerrilla y logré obtener un salvoconducto para trasladarme a las montañas del Norte de Santander y zonas del Arauca. Con mi morral a cuestas, me fui e hice importantes entrevistas con líderes guerrilleros.

En una ocasión hubo un importante encuentro entre el Ejército Popular de Liberación (EPL), el Ejército Nacional de Liberación (ELN) y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Del lugar solo supe que estaba cerca de las montañas de Omaña. Unas personas fueron a buscarme en Cúcuta. Me dieron instrucciones de que tomara un autobús y me bajara en determinado lugar. Esa noche dormí en la casa de unos campesinos y al día siguiente un comando de las FARC me recogió y nos fuimos en caravana – eran por lo menos cuatro camionetas – hacia otro sitio.  Delante iba un motorizado que avisaba si el camino estaba despejado. Yo iba en la tercera camioneta, custodiado por hombres armados con escopetas y granadas.  En esa ocasión entrevisté a varios personeros de la guerrilla. También había muchachas y varones menores de edad. Hice varios reportajes y crónicas sobre ese encuentro.

En otro viaje, un comandante del ELN fue a buscarme al hotel donde estaba hospedado esperando a un contacto que iba a llevarme a un frente guerrillero. El hombre me llevó a un barrio de Cúcuta que estaba tomado por la guerrilla y me acusaron de ser un agente al servicio del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad, el servicio de inteligencia y contrainteligencia colombiano, hoy desaparecido) y me dijeron que me iban a ejecutar allí mismo. No sé por qué, pero me sentía seguro. No perdí la calma. Recordé que en mi morral traía un libro autografiado por alias Alfonso Cano, el segundo jefe de las FARC y quien me había dado el salvoconducto. Les mostré el libro y les dije que si me tocaban se las verían mal porque se tendrían que enfrentar con la gente de las FARC, que era la que me había llevado para allá.

El hombre se echó para atrás, se dio cuenta de que yo no era ningún agente del DAS, se relajó, sacó unas cervezas y luego me regresaron al hotel. Esa experiencia me sirvió para aprender a tener cuidado de la gente del ELN, pero lo importante era continuar con el trabajo de campo.

El Premio Nacional de Periodismo que me gané en 1995 fue gracias a cinco reportajes que hice recorriendo toda la zona fronteriza colombo-venezolana, desde la Sierra de Perijá, donde entrevisté a los sembradores de coca, hasta Valledupar. Ese viaje lo hice todo en autobús. Yo pasaba a veces hasta un mes viajando, recorriendo el país, y no tenía ni que rendir cuenta de los gastos sino enviar mis reportajes. Desde el periódico me depositaban en la cuenta bancaria para financiar el viaje.

Eso hoy día difícilmente sucede en Venezuela, donde los grandes medios han sido tomados o han sido reducidos a casi nada. Periódicos grandes como lo fueron El Nacional, El Universal y Ultimas Noticias, hoy en día están prácticamente en el suelo o en manos del sector oficial. Pienso que la diferencia con las nuevas generaciones es que en aquel momento no solamente la institución periodística te apoyaba y respaldaba todo tu trabajo de campo y de investigación, sino que también te exigía, te ponía parámetros, tenías que ser muy estricto con las fuentes que usabas y con los testimonios que levantabas. Es decir, no había espacio para la especulación. Ese era uno de los pilares de los grandes medios de comunicación de esa época.

Hoy en día hay infinidad de portales, muchos de los cuales trabajan solo en función de los temas que son tendencia. Hay también periodistas autónomos en su trabajo porque no cuentan con el respaldo de grandes organizaciones. Pienso que mucho de lo que teníamos en la etapa democrática se ha perdido, lamentablemente. Sin embargo, hay que reconocer también que hay organizaciones de periodistas que han logrado salvar la ética y la profundidad en los trabajos de campo y de investigación, con recursos financieros que consiguen para poder hacer un trabajo en profundidad y fuera del ámbito de las redes sociales o de internet. Esto es algo que hay que valorar cuando se analizan las diferencias en el periodismo entre la etapa democrática y la etapa que hoy vivimos.                    

¿Alguna vez te interesó la política, tuviste algún activismo político?

Sí, tuve activismo político. Yo era muy amigo, en mi época universitaria, de la gente del MAS (Movimiento al Socialismo). Pero luego me metí en un grupo un poco más radical, un movimiento político trotskista que nació en Venezuela en el tiempo en que surgió el MAS, pero que no tuvo mayor éxito. No tenía un nombre específico, pero sí un semanario que se difundía entre los sectores universitarios y en algunos laborales que se llamaba Voz Socialista, del cual llegué a ser director.

Así que me formé en el marxismo, porque esta gente tenía la tradición de estudiar mucho la ideología. Precisamente, estudiando y profundizando lo que era la historia del comunismo y de la Revolución rusa y todo eso, fue que me di cuenta del disparate en el que estaba metido. Estudiando autores y comparando hechos que se estaban dando en el mundo en aquel momento, como la caída del Muro de Berlín y los cambios que esto trajo, me fui de la organización y me convertí en un demócrata liberal con todos los hierros.  Pero todo ese estudio que hice y el conocimiento de lo que significa militar en un partido de izquierda me dio mucha información interesante que me ha servido durante toda mi carrera como periodista.

En Semana Santa estuviste muy ocupado atendiendo asuntos propios de tu actividad. Participaste en un conversatorio con motivo del lanzamiento de la cuarta edición de tu libro Afiuni, la presa del comandante y nos diste esta entrevista. ¿No eres religioso, no vas a misa en Semana Santa?

Aunque vengo de una familia religiosa, me bautizaron en la fe católica y estudié en un colegio de curas, el San Ignacio, y hasta me casé por la Iglesia, en mi etapa de adulto me he distanciado de los actos religiosos. No tengo una vida religiosa. Tengo esa tradición familiar en la religión, en el catolicismo, pero no asisto a los eventos religiosos. Eso no quiere decir que no tenga un respeto y una conducta hacia lo religioso.

Pienso que las cosas no son solo blanco o negro o bueno o malo. Creo que la religión ha cumplido un rol en el mundo donde también ha habido distorsiones y deformaciones. Todas las religiones se convirtieron en un poder donde hay también intereses, independientemente de que hay figuras de una u otra religión que han sido importantes, personajes que han aportado mucho a la humanidad tanto por su mensaje como por su conducta. El papa Juan Pablo II, por ejemplo, fue un personaje que yo admiré y que hizo mucho bien, que aportó mucho a cambios en la política internacional.

Ya que mencionaste lo de tu matrimonio, quisiera saber por qué te has casado tantas veces.

En esta profesión he tenido que viajar mucho y creo que eso es lo que me ha llevado a varios divorcios. Sí, he tenido cinco matrimonios. Mi hermana, que es muy cómica, me decía que a mí me gusta hacer el amor legal (risas). Y la verdad es que sí, siempre me ha gustado vivir en pareja. Cada una de mis esposas ha sido importante en distintas etapas de mi vida. Pero con la única que me he casado por la Iglesia es con la actual, con la que llevo más de 22 años y tenemos una hija, Valeria, de 18. Ella es María Asunción Arteaga, periodista también.

¿Cuántos hijos tienes?

Tengo cuatro hijos – tres hembras y un varón – nacidos en tres matrimonios. Mi primera esposa fue Yarak Rasquin. Éramos muy jóvenes cuando nos casamos y no duramos sino un año.

Después, un poco más maduro y cuando daba mis primeros pasos en la profesión, conocí a Elba Escobar. Nos conocimos porque entre mis aficiones está la música, y yo toco guitarra. En una noche de salida con amigos, de esas en la que uno salía hasta las cuatro o cinco de la madrugada, apareció ella. La acompañé en un bolero y luego en otro, se dio el cruce de miradas del músico con la cantante, y nos enamoramos. Fue un flechazo.

Fuimos novios durante un tiempo. Yo ya vivía solo en un apartamentico en Altamira, era lo que llaman un soltero disponible. Aun siendo tan joven, uno podía alquilar un apartamento en Altamira y tener carro, era algo normal en esa época, era un país que económicamente te permitía hacer esas cosas. Hoy en día a un joven, para surgir, le cuesta mucho. Elba solía quedarse en mi casa y después decidimos complacer a la familia y casarnos.  Estuvimos casados cinco años.

Esa fue una etapa muy importante porque ella comenzó a crecer muchísimo en su profesión, tanto en el teatro como en la televisión, y se hizo muy famosa. Pero eso se convirtió en un problema, porque salíamos a la calle, a un restaurante, por ejemplo, y la gente se acercaba todo el tiempo a pedir autógrafos. Empecé a sentir que no tenía vida privada. Yo empecé a concentrarme más en mis actividades en el cine y en el periodismo y ella a hacer lo propio en el teatro y la televisión. Era una rutina bastante fuerte, porque a veces estábamos hasta las 11 de la noche trabajando. A esa hora la iba a buscar a la salida del teatro y nos íbamos a la casita donde vivíamos, en Macuto. Pero fue una época bonita e interesante.

Elba dice que todas tus ex son amigas tuyas y también son amigas entre ellas. ¿Cómo lo lograste?

Pienso que el acierto que yo tuve fue escoger mujeres que son amplias, que tienen un pensamiento bastante equilibrado, y que cada una de ellas puso de su parte para aceptar la separación y mantener una relación armoniosa, de manera que yo no soy el arquitecto de eso, sino ellas. María Asunción ha sido clave en esta etapa de mi vida, donde ya hay nietos, para mantener esa armonía. Tengo una nieta que vive en Uruguay y que todavía no conozco. Es de mi hija con mi cuarta esposa, Ana María Díaz, otra periodista.

Mi tercera esposa fue Josefina Arbeláez, hermana de la periodista María Teresa Arbeláez. Con ella tuve a Rafael y Julia. Elba es madrina de Rafael y, por lo tanto, mis exesposas Elba y Josefina son comadres. Y Josefina es madrina de Valeria, por lo que también es comadre de mi actual esposa, María Asunción.

Todas ellas se comunican, son amigas. Hoy en día con esto de los chats tenemos uno familiar y todas están en el grupo, se enteran de todo lo que pasa. Los hijos de todos también son amigos, además de hermanos. A veces ellas se comunican directamente entre sí, sin pasar por mí. Entonces yo creo que eso ha sido un gran valor y una ganancia para todos.

Cuando una relación se distancia, por la razón que sea, se producen cambios en tu vida. Uno no es la misma persona a los 20 años que a los 30, a los 40 o a los 50. La vida es una cadena de transformaciones. Hay parejas que permanecen toda la vida y mantienen la conexión toda la vida. Hay otras que no lo logran, y si no lo logran lo mejor es separarse porque es lo más sano para los dos, porque mantener una relación obligada o por compromisos sociales o seguridad económica, pienso, es un grave error que a la larga te va a pesar.

¿Y de dónde te viene tu afición por la música?

Cuando era chiquito, a la casa siempre llegaba gente a tocar, amigos de mi papá, con arpa, cuatro y maracas y a mí eso me parecía fascinante. Un día, no recuerdo cómo, en la casa apareció un cuatro y mi hermana y yo empezamos a tocarlo. Nos compraron un librito de música con el que aprendimos los tonos del cuatro y empezamos a darle. Allí nos empezó a gustar la música. Mi hermana, incluso, estudió después piano en la academia Juan Manuel Olivares que quedaba en la Alta Florida. Más tarde yo también entré a estudiar allí. Aunque estuve como dos años nada más, aprendí bastantes cosas.

La guitarra vino después, pero empíricamente. En algún momento me puse a estudiar por mi cuenta las técnicas de la guitarra clásica. En mi casa tengo una guitarra española marca Gutiérrez, que es una de las tres marcas más importantes, y eso para mí es como un tesoro, la tengo casi como en un altar. Esa guitarra me la regaló Elba Escobar. Mientras estuvimos casados cantamos juntos durante algún tiempo y vivimos en parte de eso porque en algunos casos nos pagaban.

Ahora quisiera hablar de tus libros. En estos días se hizo el lanzamiento de la cuarta edición de Afiuni, la prensa del comandante, que es tu libro más vendido de los cuatro que has escrito (Balas de abril, Las cuentas ocultas y, recientemente, Los últimos días de Hugo Chávez).

Este libro (Editorial Dahbar) tuvo un gran impacto desde el mismo momento en que salió a la venta, en noviembre de 2012. La misma noche del lanzamiento se vendieron 3000 ejemplares. La editorial no tenía previsto lanzar una nueva edición tan rápidamente, y como ya estaban próximas las vacaciones decembrinas tuvo que ponerse de acuerdo con la imprenta para volver a imprimirlo y poder distribuirlo en todo el país. De las tres primeras ediciones se han vendido, registrado por la editorial, unos 24.000 ejemplares, lo que para el mercado venezolano es algo extraordinario. Esta cuarta edición se hizo porque sigue habiendo demanda, hay gente que lo sigue buscando. 

La elaboración de este libro tuvo varias etapas. El caso de la jueza María Lourdes Afiuni estuvo mucho tiempo sobre el tapete en la opinión pública, fue un hecho muy comentado y que tuvo una enorme cobertura por parte de los medios de comunicación.  Por eso me pareció que, más allá de la noticia, allí podía haber algo más.

En mi primer encuentro con ella, cuando ya le habían concedido casa por cárcel, no le comenté de mi idea de hacer el libro. Solo conversamos, porque ella no podía declarar a la prensa. Me di cuenta de que en esa historia había muchas cosas más. Había una historia humana muy profunda que pensaba que se debía contar. Bajo la figura del libro uno podía contarla sin violar las disposiciones del tribunal que le prohibían declarar a los medios.  Entonces comencé a visitarla en su casa. Primero hicimos la parte de su vida, y luego entramos en todo el drama que fue su detención y condena por el caso de Eligio Cedeño.

¿Cómo te fue posible mantener la objetividad periodística frente a un hecho tan doloroso como este?

Comencé siendo un entrevistador, pero en el transcurso de las conversaciones que tuvimos me fui convirtiendo en una especie de confidente. Me habló de su vida, de la tragedia de la cárcel, de toda la parte jurídica del proceso, de lo que ella pensaba y sentía y así la historia se fue profundizando. Por supuesto, todo lo que me contaba era muy conmovedor y aunque uno debe mantener cierta distancia del entrevistado, para no perder la objetividad, como apuntas, cada encuentro se hacía mucho más profundo, doloroso.

Lea también: Andrés de Oliveira: “Mis platos son un reflejo de quien yo soy”

Finalmente, un día me contó el episodio más dramático que sufrió ella en la cárcel, que fue el tema de la violación. Creo que ella me lo contó sin pensarlo. Siento que fue más bien un desahogo. Su familia no estaba en conocimiento de esos hechos. Eso se mantenía en un círculo muy pequeño en el que estaría su abogado y la gente a la que él le había remitido la denuncia, porque sí se procesó la denuncia sobre ese crimen del que ella fue víctima mientras estuvo en la cárcel del INOF.

Ese fue el día más dramático y conmovedor de todos los que estuve con ella. No sé cómo pude mantener la ecuanimidad y el equilibrio para no entrar en un conflicto mucho mayor. Ella lloró cuando me hizo la confesión y yo no sé cómo logré aguantar mis lágrimas. En ese momento apagué el grabador y la escuché mientras se desahogaba. Después de que nos calmamos, me fui.

Mientras conducía mi carro de salida de La Boyera, donde ella vive, sonó el teléfono. Atendí y era ella. “Gracias”, fue lo único que me dijo. Entonces sentí que, además de ser un entrevistador, un periodista que busca una historia, fui una especie de confidente, un rol que uno nunca se plantea asumir.    

“Luego de los abrazos, Chávez caminó hasta la escalerilla del avión. Antes de ingresar al túnel que cubría la escalerilla, se dio vuelta y en segundos interminables, como quien teme despedirse, escrutó al grupo que se diluía entre las luces y las sombras, alzó el brazo izquierdo y gritó desde muy adentro de su alma ´Hasta la vida, siempre´. Mientras subía las escalerillas del avión, desde la brumosa masa de acompañantes que se deshacía frente a sus ojos, se elevó la expresión desgarrada de una mujer que, abriéndose paso entre los agitados brazos que lo despedían, gritó ´Jesucristo vive´, al tiempo que se cerraba la escotilla”.

Los últimos días de Hugo Chávez

El anterior es un pasaje del más reciente libro escrito por Francisco Olivares, Los últimos días de Hugo Chávez, lanzado en noviembre pasado. ¿Qué te animó a escribirlo? ¿No se ha contado aún todo lo que ocurrió alrededor de este hecho, la enfermedad y muerte de Chávez?

La muerte de Hugo Chávez creo que fue un hecho trascendental en la vida política del país.  Aunque en ese año se habló mucho del asunto, primero, del ocultamiento de la enfermedad, todas las hipótesis que difundían los medios nacionales e internacionales, sus viajes a La Habana, al igual que me ocurrió con el caso de la jueza Afiuni, sentí que esta historia también marcaba un hito importante en la política venezolana.

Cuando comencé a investigar la historia me di cuenta de que lo más importante no eran tanto los datos o los hechos que, ciertamente, están recopilados en el libro, que va desde el último año de vida de Chávez hasta el día de la muerte, con todos los detalles. Además de eso, hay una historia subyacente: la de él en ese último año. En ese período comienzan a aflorar en Hugo Chávez todas las obsesiones que él tuvo en su vida y cobran mucha relevancia, porque se trata del hombre fuerte, el líder continental, el referente en la nueva izquierda mundial, que se sabe vulnerable y siente cercano su final. Eso mismo lo sintieron en su entorno, incluyendo a los hermanos Fidel y Raúl Castro, y, por supuesto, surge el tema de la sobrevivencia de la revolución. Todos estos factores empiezan a confluir en ese último año.                          

La sobrevivencia del legado de Chávez se convierte en el elemento más importante, más allá de su salud. Lo que va cobrando relevancia es qué se va a hacer cuando Chávez no esté. Chávez se siente vulnerable y ese fue el punto sobre el cual indagué.  Mucha gente quizá esperaba que en un libro como este uno revelara la fecha de su muerte o cosas parecidas. Quizá alguna gente se haya podido sentir decepcionada al no decir si eso fue verdad o si es verdad que lo asesinaron o no. Esos datos están en el libro.

Allí hay un análisis exhaustivo de lo que ocurrió con lo de la inoculación del cáncer que el mismo Chávez lanzó como hipótesis. Pero, como yo voy mucho más allá, veo por qué surge esa tesis. Esa tesis la destapa Chávez porque él, dentro de todas sus obsesiones, tenía la de parecerse a Bolívar, y él manejó durante mucho tiempo la tesis del asesinato de Bolívar, hasta el punto de llegar a la exhumación de sus restos. Por eso, en el último momento, lanza la hipótesis de que a él le inocularon el cáncer, al igual que a Lula y a otros líderes del socialismo del siglo XXI que en ese tiempo también sufrieron algún tipo de cáncer. Todo eso está narrado en el libro, que aborda ese último año desde lo subjetivo, desde la visión del hombre que ya se sentía un redentor.

¿Crees que sí murió el 5 de marzo de 2013?

Sobre el día de su muerte no hay precisión es en cuanto a la hora. Pero lo que yo sí indagué, y es la hipótesis que manejo en el libro, es que en sus últimos días en La Habana él ya no tenía capacidad para hablar, para comunicarse, sino que estaba muerto en vida. En esas condiciones se lo trajeron de la capital cubana, porque era importante que fuera enterrado en Venezuela y, además, esa también fue la exigencia de su familia. En La Habana no podían desconectarlo de los equipos que lo mantenían con vida, y hacía falta ganar tiempo para determinar cómo iba a ser la sucesión. Lo traen y lo recluyen en el hospital militar, en una sala especial del piso 9, custodiada por personal cubano de seguridad.  

Cuando ya su cuerpo no aguantó más, ni siquiera con la ayuda de los equipos que lo mantenían en vida, tuvieron que desconectarlo. La fecha de esa desconexión es el 5 de marzo, lo que no se sabe con exactitud es la hora. Pero ese día ocurrieron también muchos otros eventos.  Se sabía que ese día lo iban a desconectar y la preparación comenzó desde la mañana. En el libro están los detalles de todos esos hechos.

Por supuesto que puede haber mucha más información aún no revelada y es posible que con el paso de los años se destapen nuevas hipótesis de lo que ocurrió. Pero, para mí, lo fundamental en este momento era el personaje y lo que estaba ocurriendo detrás.

¿No te ha tentado la idea de escribir sobre otro género, distinto al periodístico?

El reportaje de investigación, aparte de manejar datos, cifras, denuncias y temas duros, también tiene un componente, desde mi punto de vista, que es saber comunicar y expresar de una manera creativa toda la información que se está manejando, porque al final de lo que se trata es de la transmisión de una información, de una historia, de un hecho o de muchos hechos a un lector. Eso no es un informe plano de hechos, datos, cifras y estadísticas, sino que es una historia. Por lo tanto, el periodista que hace reportajes, que hace crónicas, que hace historias, debe manejar también un lenguaje de nivel y una forma de comunicación que sea agradable al amplio público de lectores al que se dirige.

No todos los lectores son especialistas en el tema sobre el cual les estas escribiendo, por lo tanto, tienes que llegarle y eso solo lo logras de una manera creativa y con una buena escritura. De manera que siempre hay un componente de literatura que forma parte del periodista que hace grandes reportajes o que hace periodismo de investigación.

Por supuesto, la tentación de escribir algo más allá del género periodístico o de incursionar en la literatura siempre es una especie de reto o de deseo. En el caso mío, dentro del género periodístico siempre me gustó el gran reportaje. Ese es el que trabajé y dominé en toda mi experiencia periodística. Pero también pienso que otro género, como, por ejemplo, la crónica, siempre es muy llamativo, pero la crónica implica viajar, estar en el sitio de los hechos. En muchas ocasiones usé la crónica como un componente, como un elemento, del gran reportaje.

He tenido en mente escribir una novela y es posible que lo haga. Solo que a veces el tiempo no te da. Grandes periodistas lo han hecho, como Gabriel García Márquez, que es uno de mis favoritos. Soy un gran lector de Isabel Allende, pero también me gusta mucho Mario Vargas Llosa.

Vargas Llosa, por ejemplo, es un gran investigador. Cuando uno lee sus novelas, se da cuenta de que detrás de cada una hay un trabajo de investigación muy profundo. Por ejemplo, en El sueño del celta, hay que ver la calidad de la información que él transmite en esa novela creativa pero que está basada en hechos y en historias reales. Yo nunca he podido conversar con él ni nunca lo he entrevistado ni me he leído todas sus entrevistas sobre los libros que ha escrito, pero presumo que le llevó mucho tiempo de investigación.

Igual podría decirse de La fiesta del Chivo. Sé que él estuvo en ese país (República Dominicana) recopilando datos y leyendo los archivos de toda esa época de la dictadura de (Rafael Leonidas) Trujillo. De manera que yo pienso que el investigador siempre está muy cerca o puede estar muy cerca de la literatura. Sí, me gustaría hacerlo. Vamos a ver si, algún día, el tiempo me permite incursionar en alguno de estos proyectos.

Síguenos en redes sociales

Más de Personalidades

Deja un comentario

Your email address will not be published.

Nota Anterior

Comienza a operar en Alemania primer centro militar de vacunación

Nota Próxima

Condenan a 17 venezolanos en Trinidad y Tobago por ingresar ilegalmente a ese país

Recientes de Blog