De la gavera de refrescos al Poliedro: el sueño sinfónico de Aníbal Hamilton

Hay un instante preciso en la vida en que el destino golpea la puerta. Para Aníbal Hamilton ese llamado no fue una metáfora: fue un estruendo físico. Cursaba séptimo grado cuando entró a la casa de un amigo y escuchó el golpe seco de una batería. En esa fracción de segundo su cerebro dio un clic irreversible. Ahí se selló su condena y su salvación: iba a perseguir el sonido el resto de su vida.

«Cuando escuché el sonido de la batería, quedé enamorado. Ahí fue donde mi cerebro se conectó: esto era lo que yo venía a hacer», recuerda.

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Hoy Aníbal Hamilton no es solo un DJ ni un ingeniero de audio. Es el arquitecto de Aníbal Hamilton Sinfónico, un proyecto que nació de la improvisación y terminó convertido en un refugio sonoro para una Venezuela dispersa. Conversar con él es asomarse a la mente de un soñador crónico que, sin embargo, tiene los pies anclados en el rigor técnico.

El peso del alma y las sesenta cuerdas

La evolución rara vez se lee en un currículum; se esconde en los puntos de quiebre. Para Aníbal ese quiebre llegó lejos de los tambores de su infancia. Se graduó del taller de arte sonoro y viajó a España a estudiar sistemas de grabación digital. Ahí, de la mano del maestro Eduardo Marturet, cruzó al mundo de la música clásica. Aníbal Hamilton llegó a grabar orquestas de hasta doscientos músicos para proyectos de cine venezolano. Entre ellos, películas sobre Simón Bolívar y Francisco de Miranda dirigidas por Diego Rísquez, con la orquesta bajo la batuta de Marturet. La propia Sinfónica de Berlín, junto a Marturet, terminó becándolo para completar sus estudios.

«Creo que el maestro Eduardo fue el que me inspiró y me dio esa visión», confiesa. «Cuando tú escuchas en vivo sesenta violines sonando al mismo tiempo, sesenta almas tocando, que no es una computadora… quedas enamorado. Ya la música llama tu alma a lo que tú vibras.»

Ahí entendió algo que marcaría su carrera: el rigor del Sistema de Orquestas de Venezuela formaba músicos de un nivel superlativo, y su música electrónica —nacida de máquinas y secuencias— necesitaba un corazón latiendo en vivo.

El «tigre» que se volvió vocación

A veces la consagración llega disfrazada de rutina. Lo que en Venezuela se conoce como un «tigre» —un trabajo eventual— fue la chispa de Aníbal Hamilton Sinfónico. Le pidieron armar un show con un cuarteto de cuerdas en el Teatro Chacao, ante seiscientas personas. Fue tan orgánico que los músicos, provenientes de la Sinfónica Simón Bolívar, terminaron abandonando sus atriles oficiales: la agenda del nuevo proyecto los desbordó.

Aníbal Hamilton y la mujer de fuego

El verdadero bautismo llegó bajo la cúpula del Poliedro de Caracas. Olga Tañón regresaba al país tras catorce años de ausencia y les dejó caer a Hamilton y a Beatriz, la cantante del proyecto, una losa de responsabilidad: «Tengo catorce años sin tocar en Venezuela. Yo quiero que el Poliedro esté arriba cuando salga.»

Se enfrentaron a catorce mil personas. «Hicimos nuestro show, de una hora, las personas se conectaron muchísimo», recuerda Aníbal Hamilton. Poco después repitieron la hazaña en la base aérea La Carlota, esta vez ante treinta mil espectadores. Abrieron para Dimitri Vegas & Like Mike, headliners de Tomorrowland, el festival de música electrónica más importante del mundo. La fusión de violines clásicos sometidos a esa presión sonora demostró ser infalible.

Dos canciones, una misma tierra

Detrás del brillo de los escenarios hay un dolor que Hamilton no ignora. «Ahorita estamos pasando una de las tragedias más grandes que hemos vivido», reflexiona —y aun así, Aníbal Hamilton Sinfónico está a punto de cumplir una década de fundada. De esa tensión entre la herida y el arraigo nace su pieza más ambiciosa: El sonido de mi tierra, una canción caribeña y tropical, dinámica y vibrante, que exalta con imágenes los paisajes emblemáticos del país y el golpe de tambor de las Morenas de Chichiriviche de la Costa. El audiovisual, grabado en escenarios como los de La Guaira, tomó meses de producción con el apoyo de talentos criollos. Hoy está postulada a los Latin Grammy 2026, respaldada por Bancamiga —la misma institución detrás de iniciativas como Sabores del Alma— en su apuesta por el arraigo y el talento venezolano. El video se hizo viral: venezolanos repartidos por el mundo se reconocieron en esas playas y en esa memoria.

Por separado, en una colaboración distinta, Aníbal Hamilton grabó por primera vez «Venezuela» junto al maestro Luis Silva, referente de la música llanera. La vistió de arpa y cuatro y la describe como una experiencia mágica: llevar a sus arreglos electrónicos el peso de una de las canciones que más veces se ha dedicado al país, y que junto al Alma Llanera muchos consideran el tercer himno. «Es una canción que todos los venezolanos conocemos, y que hayamos podido grabar con el maestro Luis Silva», dice.

De la gavera de refrescos al Poliedro

Aníbal Hamilton se define, ante todo, como un soñador. Recuerda cuando tocaba subido a una gavera de refrescos para ganar altura, en sus primeros videos caseros, con los músicos sentados en sillas prestadas. Ese mismo recorrido lo llevó de vuelta al Poliedro de Caracas, esta vez con la Orquesta Sinfónica Juan José Landaeta completa en escena: cien músicos tocando su música.

«Es donde tú dices: wow, las cosas que sueñas y por las que trabajas y te enfocas, las puedes lograr», dice. Su despedida no es un balance, sino una instrucción: «No dejen de soñar nunca. Siempre las posibilidades están ahí.»

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