Claudio Nazoa armas y soldados de El Nacional

Claudio Nazoa: Los soldados y las armas que protegen a El Nacional

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Mi casa, El Nacional, sigue invadida. Creo que el texto con el que gané el premio Otero Vizcarrondo es la mejor forma de protestar sin deprimirme.

Y mi casa, El Nacional, sigue invadida.

Donde antes había periodistas ahora hay soldados armados y uno se niega a aceptar esta realidad pasajera.

Quizás esta arbitrariedad me ha puesto nostálgico, mas no me siento derrotado porque acudo a los recuerdos de estos treinta años en los que he habitado en este periódico.

Así encontré el texto con el que un día gané el premio Otero Vizcarrondo como mejor artículo del año. Hoy lo he retocado y creo que es la mejor forma de protestar sin deprimirme.

Protestaré con optimismo porque recordar a tantos hombres de bien que ha parido esta patria me hace sentir orgulloso y esperanzado, pues el talento, la creatividad y la bondad son eternos y universales, mientras que la maldad, por más fea que sea, siempre será pasajera aunque dure mucho.

Mi casa, El Nacional, en este momento ultrajada, no está derrotada, porque allí han estado física y espiritualmente cientos de artistas venezolanos quienes con sus obras y su arte cuidan cada rincón de ella.

El texto con el que gané el premio Otero Vizcarrondo es la mejor forma de protestar sin deprimirme

No sé disparar balas. Mis armas son la cocina, las letras, las risas, el humor y el amor.

A continuación, voy a nombrar uno por uno a los soldados invencibles quienes son los únicos que podrán acabar con la barbarie que destruye lo que toca.

En estas horas confusas, difíciles y alocadas que vivimos, sólo los artistas pueden salvarnos. Los artistas están dando la cara por Venezuela.

Nunca se verá ni se escuchará que un artista vaya preso por corrupción o por hacerle daño a alguien. El artista vive para el bien, para hacer feliz a la gente que se asoma a su arte.

El artista expele libertad, creación, imaginación, amor, talento, expresividad, humor, ternura, poesía y música.

En cada artista, hay un poquito de otros artistas sin importar la especialidad a la que cada uno se dedique.

Así, en un hermoso cuadro de Jacobo Borges, podríamos escuchar la música de Antonio Estévez, la de Andy Durán o la de Oscar D’León.

En un poema de Aquiles Nazoa podríamos deleitarnos con la espléndida voz de Alfredo Sadel, quien canta junto a la intensa Violeta Alemán, o disfrutar de los colores de un cuadro de Alirio Palacios o de Mateo Manaure, mientras Belén Lobo y Eva Millán bailan en puntas El lago de los cisnes.

Dicen que por allí andan de parranda literaria los poetas José Antonio Ramos Sucre y Rafael Cadenas, escribiendo con un palito poemas a la orilla del mar para que las olas se los lleven de viaje a recorrer el mundo.

Dicen también que Cayito Aponte, quien se niega a morir, canta junto a William Alvarado el aria de una ópera para luego ir al teatro a ver actuar a Pepeto, quien está muerto pero de la risa.

Cuando Saúl Vera toca la bandola, no es raro ver a Miguel Otero Silva y a Rómulo Gallegos riendo e intercambiando textos y con suerte, escuchar cerca de ellos la voz de Julio Garmendia contando historias de su tienda de muñecos, mientras, Tania Sarabia, también los hace reír con sus cuentos alocados.

Los caricaturistas Edo, Pinilla y Weill están en la policía tratando de que liberen al escultor Alejando Szilágyi, a quien encontraron in fraganti intentando tallar orquídeas sobre el Samán de Güere.

Cuando Teresa Carreño toca el piano acompañada por el violín de Pedro Antonio Ríos Reyna, podemos ver de cerca a la otra Teresa, a la de la Parra, leyéndole a Ifigenia Las Memorias de Mamá Blanca, o vemos al maestro Gregory Antonetti con su piano, deleitando a Sofía Ímber con una preciosa melodía, mientras ella cuida a todos los artistas que están guindados en las paredes de su museo.

Cuando el sapo Graterolacho escribe su Camaleón desde el cielo de Acarigua, que es como Nueva York, podemos escuchar a Cheo Hurtado y a Miguel Ángel Bosh tocar el cuatro, mientras, el Juan de Pedro Emilio Coll continúa tentando sin parar su diente roto y dicen que Arturo Michelena, al parecer en las noches, visita a Miranda en La Carraca.

Cuando el Pollo Brito canta, leemos la poesía de Andrés Eloy Blanco y escuchamos al inolvidable Balbino Blanco Sánchez, recitando de Aquiles Nazoa, La Balada de Hans y Jenny.

Cuando Gustavo Dudamel dirige, vemos a Régulo Pérez, a Jesús Soto y a Carlos Cruz-Diez, llenando con trazos de luces y colores las paredes de la ciudad y el que anda arrechísimo es Alí Primera, quien desde su casa de techo de cartón, le dice a su pueblo bravo que él no tiene la culpa.

Cuando El Cuarteto toca dirigido por el alma de Raúl Delgado Estévez, podríamos fácilmente disfrutar de la poderosa voz de Fedora Alemán y escuchar a Carlos Jiménez inventar maravillas que parecen imposibles, como lo es organizar un Festival de Teatro para Dios.

Cuando cantan María Teresa Chacín y María Rivas acompañadas por el virtuosismo del espíritu de Aldemaro Romero, podemos ver, aún en sueños, al poeta Rosas Marcano con una pluma en la mano escribiéndole a la vida y luego, saludar a José Rafael Pocaterra, quien encerrado en La casa de los Ábila, ríe al releer sus cuentos grotescos, mientras que Enrique Bernardo Núñez regala perlas que encontró en su libro Cubagua a los transeúntes que por allí pasan.

Cuando leemos a Adriano González León, acariciamos las perfectas formas de las esculturas de Colette Delozanne, y escuchamos a Gualberto Ibarreto confesando que él es el ladrón de tu amor.

Cuando Leonardo Padrón escribe un verso o una telenovela, a su lado vemos al maestro José Ignacio Cabrujas y a Rodolfo Izaguirre, riendo con el humor de Emilio Lovera y luego, como siguiente acto, escuchamos las voces de Renny Ottolina y de Amador Bendayán anunciando la nueva composición de nuestro Simón Díaz.

Cuando leemos, escuchamos y vemos a Arturo Uslar Pietri dirigido por el creativo Henrique Lazo, también podemos disfrutar del extraordinario talento del comediante Laureano Márquez y del poeta Jesús Peñalver, quien siempre grita que quiere mudarse a un mejor país pero en el mismo sitio.

Cuando Zapata dibuja o pinta, nos vemos todos, porque la esencia del arte es que nos encontremos en lo hermoso de reconocernos como seres humanos.

El arte es el verdadero poder, el poder lógico del hombre.

El arte, es la fe, la perseverancia, la vida feliz y poderosa.

El arte mata brutos y derroca tiranías y todos los nombrados, son los soldados y las armas que protegen y protegerán a El Nacional, mi casa.

Twitter: @claudionazoa
Instagram: @claudionazoaoficial

Ilustración:
Jeanette Ortega Carvajal
Twitter: @jortegac15

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2 Comments

  1. Esa es mi Venezuela Bella y añorada, su gente, que crea nuestro gentilicio y estamos orgullosos. Que Dios los bendiga.

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