Simón Díaz: siempre nos acordaremos de ti

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18 minutos de lectura
Por Katty Salerno
Mañana cuando me vaye
quién se acordará de mí
solamente la tinaja
por la agua
que le bebí

Tonada del cabrestero
Simón Díaz

Simón Díaz tenía 12 años cuando se vio obligado a tomar un sendero que lo sacó temporalmente del camino que le tenía trazado la vida: ser el más universal de los representantes de la música tradicional venezolana.

Nació el 8 de agosto de 1928 en una modesta casa ubicada en la calle El Sol de Barbacoas, un pueblo que entonces pertenecía al estado Guárico (hoy es parte de Aragua). Por eso vestía de liqui-liqui y sombrero, porque siempre se sintió llanero, una esencia que manifestó como cantante, compositor, actor y humorista.

Para levantar a la familia de ocho hijos su padre trabajó como barbero, alpargatero, escribiente, carpintero y músico. Como músico, el padre igual aceptaba amenizar un bautizo o unos 15 años que acompañar a un muerto hasta su sepultura con improvisadas marchas fúnebres. ¡Había que llevar comida a la casa! En el Barbacoas donde nació Simón Díaz no había dispensario, ni médico, ni escuela. Su madrina de confirmación, Arminda Santaella, una muchacha muy bella que fue reina del carnaval y que después se convirtió en la primera maestra que tuvo el pueblo, fue quien le enseñó a leer.

El mayor de los varones

Buscando una mejor vida, la familia se fue a Villa de Cura, en el centro del país. “Papá se nos muere allá el 30 de julio de 1940, cuando me faltaban ocho días para cumplir 12 años. Y me tocó hacer una cosa preciosa: ser el hermano mayor. Algo importante que tenía la vida nacional es que cuando el padre muere, el hermano mayor se encarga junto con la madre de levantar a los hermanos. Si ese muchacho está estudiando, deja los estudios para dedicarse a levantar a sus hermanos. Eso me tocó a mí. Yo era el mayor de mis hermanos varones. Yo levanté a mis hermanos junto con mi mamá hasta que me vine a Caracas, a finales de los 40, y me los traje”.

“Después de que los preparé y los casé a todos, fue que me casé yo”, recordaría Simón Díaz en innumerables ocasiones. Su matrimonio, de esos que duran hasta que la muerte los separa, fue con Betty García Urbano, con quien tuvo a sus tres hijos: Simón Humberto, Bettsimar y Juan Bautista.

“Fui un muchacho que tuvo que crecer a juro y volverse hombre – decía, pero sin lamentarse. A la muerte de papá nos mudamos a San Juan de los Morros, donde terminé el sexto grado. Trabajé como repartidor, muchacho del mandado, vendiendo hallacas y empanadas y todo lo que mamá hacía para mantenernos. Y también cantaba serenatas. Allí fue donde comenzó a tomar un rumbo mi vida”. 

De atrilero a cobrador

La cabra siempre tira pa´l monte, dice el refrán. Tal vez por eso, uno de los tantos empleos que tuvo Simón Díaz en su juventud fue con la orquesta Siboney de San Juan de los Morros. Todavía no como músico ni cantante. Era el que acomodaba los atriles donde los músicos ponían las partituras de las piezas que interpretaban. Y era también el que verificaba el sonido. Ganaba 5 bolívares por cada presentación que hacía la orquesta.

Un día el cantante, Miguel Álvarez, no asistió a una presentación que tenía pautada la agrupación y le pidieron a Simón Díaz que cantara. Debía interpretar el tema Dos almas, cuya letra, aseguró, conocía muy bien, aunque no era verdad. Mientras la orquesta tocaba Simón Díaz cantaba y en las partes que no sabía, improvisaba con sonidos guturales. Al público del salón le gustó tanto aquello que dejó de bailar y comenzó a escucharlo. Así debutó como cantante y como comediante, dos facetas que después le dieron gran fama. Así también se pudo comprar su primer par de zapatos.

A Caracas llegó a las 8 de la noche de un domingo de 1949. Al día siguiente se reunió con un primo de su mamá que lo empleó en el Banco Venezolano de Crédito. Sin conocer la ciudad, Simón Díaz empezó a recorrerla como cobrador del banco. Ahí llegó a ser jefe de Cuentas Corrientes, con un sueldo de mil bolívares mensuales, nada malo para la época.

Fue entonces cuando comenzó su formación musical, el sueño que tuvo que hacer a un lado para cumplir con su responsabilidad de hermano mayor. A los tres meses de haber llegado a Caracas se inscribió en la Escuela Superior de Música, con el maestro Vicente Emilio Sojo. “Él fue quien me enseñó toda la cuestión musical”, según testimonio del mismo Simón Díaz.

También aquí escuchó tonadas joropos de grandes compositores, como José Reina o Eduardo Serrano, con las que se lucían los cantantes de moda de la época: Alfredo Sadel y Mario Suárez. “Entonces yo quise que tuviera más fuerza la tonada llanera, la tonada pura llanera, y es cuando me dedico a componer tonadas. Eso fue en 1954, cuando estaba estudiando con el maestro Sojo. La primera fue la Tonada del cabrestero”.

El Tío Simón

Simón Díaz no era tan joven cuando empezó a darse a conocer – tenía ya 34 años – ni lo hizo como cantante y músico, sino como actor, otro de sus talentos naturales. En 1962 Venevisión puso al aire La quinta de Simón, un programa concebido y escrito por él mismo donde contaba con humor su propia historia: la del hombre del campo que llega a la ciudad buscando una mejor vida. La sitcom, como le dirían hoy en día, rompió todos los récords de sintonía del momento; y su protagonista, sencillo y dicharachero, el que a todo respondía con un “¡caracha, negro!”, se convirtió pronto en un personaje querido por todas las familias venezolanas.

En el cine debutó en 1963, en la película Isla de Sal, de Clemente de la Cerda, protagonizada por la entonces joven cantante Lila Morillo y la novel actriz Doris Wells. En esa cinta Simón Díaz interpreta con un cuatro su famosa pieza Tonada del cabrestero.

Desde entonces nunca se apartó de la televisión, ni de la radio ni del cine. Pero sin lugar a dudas, el que le dio más popularidad fue el programa infantil Contesta por Tío Simón, que transmitió Venezolana de Televisión durante 12 años en la década de los ochenta. Ese trabajo le hizo merecer el título de Tío Simón con el que cariñosamente todavía hoy lo seguimos llamando todos en este país.

Camino sin retorno

Paralelamente a su carrera como actor y animador, Simón Díaz fue desarrollando la de compositor y músico. Aunque su primera canción la escribió a los 16 años – dedicada a una noviecita – fue en 1963 cuando grabó su primer disco, junto a otro gran músico venezolano, Hugo Blanco. Juntos popularizaron muchísimos temas e impusieron las famosas “gaitas de Simón”, que en la década de los sesenta animaron las fiestas decembrinas en el país. De esa época se recuerdan éxitos como Por Elba y El superbloque.

La fama que alcanzó como actor y con temas que resonaban en todo el país no lo apartaron de su llano querido. Por eso, a principios de los setenta, su música y su poesía confluyeron en un sendero definitivo: el de las tonadas. Decidió contar y cantar al mundo, con la original y dulce manera de Simón Díaz, la brega del llanero en la madrugada con el ordeño o con el arreo del ganado. “La resolución es definitiva. Se aparta del éxito seguro y se interna en su anhelo de siempre: escribir, componer y cantar la música venezolana”, se lee en su biografía oficial.

“La tonada es una de las cosas más lindas que tiene Venezuela”, solía decir.

En 1974 lazó su icónico disco “Tonadas”, cuyos temas comenzaron a interpretar artistas de talla internacional como Mercedes Sosa, María La Foret, Marco Antonio Muñiz, Barbarito Diez, Caetano Veloso y Joan Manuel Serrat. A la Tonada del cabrestero y la Tonada de luna llena le siguieron Sabana, Mi querencia, Clavelito colorado, Arbolito sabanero, Garcita, Tonada del tormento, que reconocen a la tonada llanera como un aire esencial de la música tradicional. Al mismo tiempo, transitó la variedad rítmica de la música venezolana con canciones como El becerrito – más conocida como La vaca Mariposa -, Pasaje del olvido, El alcaraván, Mercedes.

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Reconocimiento mundial

La carrera de Simón Díaz también incluyó trabajos en los géneros del tango y el bolero, influenciado por autores que lo conmovieron, como Rafael Hernández, Agustín Lara y Carlos Gardel. Pero su momento más significativo llegó gracias a Caballo viejo. Compuesto en 1980, es hoy en día uno de los temas latinoamericanos con más versiones en el mundo – unas 350 – y en diferentes idiomas – 12 hasta ahora -. Entre estas destacan las de Juan Gabriel, Plácido Domingo, Ray Conniff y la de Celia Cruz con la Fania All Stars.

Caballo viejo también ayudó a darle mayor visibilidad internacional a otras de sus composiciones. En 1994, el compositor y cantante brasileño Caetano Veloso incluyó Tonada de luna llena en su álbum “Fina Estampa”. Esta versión luego formó parte de la banda sonora de la película La flor de mi secreto, del director español Pedro Almodóvar. La coreógrafa alemana Pina Bausch seleccionó piezas de este autor venezolano para su obra Nur Du. Posteriormente, el cineasta alemán Wim Wenders haría lo mismo en su película en homenaje a esta coreógrafa alemana.

Como cantante, Simón Díaz realizó innumerables giras internacionales, destacando su actuación en el Zankel Hall del Carnegie Hall, Nueva York; el Barbican Center, en Londres; y el Palacio de Congresos, de Madrid.

Entre los muchos reconocimientos que recibió resaltan la Orden del Libertador en su clase de Gran Cordón y el LifeTime Achievement Award Latin Grammy, en 2008. Y aunque solo estudió hasta sexto grado, mereció como ningún otro los ocho doctorados honoris causa que le concedieron las más importantes universidades del país.

La historia de Caballo viejo

La historia de este tema que inmortalizó a Simón Díaz la contó él mismo al escritor Leonardo Padrón en su programa Los imposibles. Fue tal vez la última entrevista que concedió el gran artista venezolano antes de fallecer, a los 85 años, el 19 de febrero de 2014, en Caracas. Se había retirado de la escena pública en 2006 debido al alzhéimer que fue minando su mente única y brillante.

“Yo tenía un programa en Venezolana de Televisión que se llamaba Venezolanamente. En una ocasión fuimos a San Fernando de Apure a hacer una grabación. Estando allá, le digo a uno de los empleados míos que me consiguiera para el día siguiente unos músicos con arpa, cuatro y maracas y un cantante. A la mañana siguiente, como a las 10, llegaron los músicos, pero no llegó un cantante, sino una cantante de 19 años. ¡Linda y cantaba precioso! Bueno, yo me enamoré de ella y ella de mí, pero en ese momento nada más. Nos fuimos a grabar el programa y en la noche me puse a recitarle unos versos… Y resulta que se paró un muchacho a contestarme y empezamos a hacer un contrapunteo que duró más de una hora. ¡Fue tan bueno ese contrapunteo! ¿Sabes quién era el muchacho? ¡Pues el novio de ella!

“Bueno, ella se lo llevó, se fueron. Al día siguiente, cuando nos estábamos desayunando, les digo a los muchachos: ´¿Se acuerdan de lo de anoche?´ (…) ´Simón, eso fue un espectáculo, qué cosa tan buena ese contrapunteo. Es una de las cosas más buenas que hemos oído´, me dicen. ´Oigan lo que compuse´. Y les canté Caballo viejo. La compuse como entre las 6 y las 8 de la mañana, recordando la noche anterior”.

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1 Comment

  1. Nos quedamos con el ssbor del Tio Simón y su exito impregnado en cada Venezolano. Gracias CURADAS. Bravo Bravo

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