Bettsimar Díaz: “No he sacrificado mi corazón por ningún otro bien”

18 minutos de lectura
Por Katty Salerno

Bettsimar Díaz atesora entre sus recuerdos de infancia un vasito de cartón que venía en una casa de muñecas que le trajo el Niño Jesús en una Navidad. Ese solo detalle ya revela la sencillez de esta mujer que desde niña se ha codeado con las más famosas figuras del arte, la literatura y la canción latinoamericana, quienes a diario pasaban por su casa para visitar a su padre, el gran Simón Díaz, uno de los más importantes creadores e intérpretes de la música folclórica venezolana.

Con grandes dotes para la música y la palabra – lo que se hereda no se hurta, dice el refrán – Bettsimar Díaz también se vinculó al mundo artístico, pero lo hizo como poeta y como abogada especializada en derecho de autor.

Y en este escenario se siente toda una triunfadora por haber logrado que su familia recobrara el control total de los derechos de Caballo viejo, el más famoso tema en el mundo del tan querido y admirado Tío Simón. “Eso, para un defensor de derechos de autor, es el premio ´Oscar´», dijo Bettsimar Díaz en esta conversación íntima con Curadas donde nos habló de ella y de los proyectos en los cuales está trabajando desde Miami, Estados Unidos, donde está radicada. 

¿Quién es Bettsimar Díaz?

 Soy la suma de mis días y mis noches.  De una infancia muy divertida, llena de alegría y creatividad. De un hogar lleno de amor y buenos consejos. También el dolor tocó mi corazón. Entonces creo que soy esta suma de vida, temor y esperanza. 

¿En qué crees? 

En Dios. En su Gracia y su Bendición. En Jesús y en su vida. Esta larga conversación con Él me ha dado más paz que angustia. Por eso creo que Su Vida tiene la última palabra y esa palabra es buena. 

Entre las leyes divinas y las leyes del hombre, ¿con cuál te quedas? 

Con aquellas que le permitan al hombre llorar de alegría y reír de gratitud. 

¿Qué te hace reír?

 Me río mucho. Era una forma de vivir en casa. La verdad es que no sé lo que me hace reír, si lo supiera, no me hiciera reír tanto. 

¿Cuál tipo de música te gusta más para bailar? ¿O no bailas? 

¡Salsa! (Risas) ¡Bailo, y me divierto muchísimo! Es una música feliz.  Desde el Trío Matamoros, Benny Moré, la Sonora Matancera, Antonio Machín, pasando por la autopista central de la Fania All Stars, en paralelo con la Dimensión Latina y Oscar D´León. El Gran Combo de Puerto Rico, el milagro de Buena Vista Social Club y la genialidad de Juan Luis Guerra. Así por encima te nombro esos, sabiendo que estoy dejando maravillas sin nombrar. Ellos son los dueños de la felicidad.

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¿Te sientes realizada, como profesional y como ser humano? 

Siento que no he sacrificado mi corazón por ningún otro bien, y eso me alivia. 

¿Y no te ha picado el gusanito de la maternidad?

 Nunca me vi con hijos… y así fue. Esta película es muy corta y no da tiempo de editar. La vida, a la larga, es corta. 

¿Sigues viviendo en la casa de tus padres, o te independizaste? 

Me fui de casa cuando tenía 24 años y desde entonces hice mi vida.

¿Tienes alguna manía u obsesión? 

Que sí se puede. Siempre pienso que se puede. Me cuesta rendirme.

¿Cuál es tu peor defecto y tu mayor virtud? 

Ninguna de las dos debe decirse, y menos contando con que la vida, muchas veces, hace que tu defecto se torne en tu virtud y tu virtud en tu defecto.

 ¿Qué no le perdonarías a un amigo?

 Que no fuese mi amigo. 

¿Cuál es el regalo de Niño Jesús que más recuerdas y por qué? 

Un vasito de cartón. El regalo era una casa de muñecas.  Al abrirla, de pronto, vi el vasito de cartón.  Se suponía que el vasito representaba un matero de la casa de muñecas, pero yo pensé que el Niño Jesús había dejado, por un olvido, en mi cuarto, su vaso de tomar agua.  Lo guardé y valoré muchísimo y siempre lo agradecí.

Lecciones de piano

Rodeada de ese ambiente musical que siempre existió en su casa, Bettsimar Díaz comenzó a los siete años estudiar piano en el mismo Steinway & Sons donde su padre componía y que aún conserva la familia. Su talento innato fue reconocido por el gran pianista cubano Frank Fernández y moldeado por Lyl Tiempo, una famosa pianista y miembro de una familia argentina de larga tradición musical, quien también se ocupó de la formación de reconocidas pianistas venezolanas como Edith Peña y Gabriela Montero.

¿Por qué no seguiste la carrera como pianista, si tenías tanto talento? ¿No lo añoras? 

Sí, tenía un talento muy particular para tocar el piano.  Mis maestros me animaron mucho.  Disfruté el piano muy profundamente.  Entendí los matices, el poder de las sutilezas, las temperaturas, la arquitectura de la música, y todo esto lo pude «tocar» y me brindó una experiencia vital.  Hoy día no lo añoro, fue una etapa de mi vida y la viví a plenitud. La carrera de pianista es una decisión que implica muchas renuncias y yo no tenía esa posibilidad. 

¿Te sigue gustando la música?

 No diría que me gusta, más bien digo que es uno de mis idiomas preferidos.  Hablo de música, entiendo la música, trabajo con música y músicos. Es decir, estoy inmersa en el hecho musical todo el tiempo. 

¿Cómo te conectas con la música? 

Me conecté a través de mis padres cuando era muy niña y nunca más me desconecté.  Ellos fueron grandes amantes de la música popular, del bolero, el tango, del folclore y de la poesía.  Me ensañaron a leerla, a sentirla y a quererla. 

¿Nunca te interesó seguir el camino del canto? 

Claro que sí. Tomé clases de canto para ver si conseguía sacar la voz, pero no lo logré.  Ni mis hermanos ni yo tuvimos la suerte de una tener una voz para cantar. ¡Me hubiese encantado! 

El despertar 

Su gusto por la poesía vino junto con la música “con el verso cantado, con las imágenes de las canciones”, dice Bettsimar Díaz.  Luego creció gracias a la admiración que su madre tenía por los poetas, por lo que le leía poemas en las noches para que la niña durmiera. “Y lo que hizo fue despertarme para siempre.  Desde entonces comencé a leer yo solita, por mi cuenta, y encontré un camino insondable de bellezas y profundidades que aún transito” y que la ha llevado a publicar ya dos libros: Patio interior (1998) y Los versos de Adán que Eva guardó (2006).

¿En qué te inspiras al momento de escribir tus poemas?

 La poesía golpea y se planta. A la poesía nadie la va a buscar. Escribir es un acto de justicia. Es una forma de devolver, de explicar, de entender y compartir lo que te ha sucedido.  

¿Sigues escribiendo? ¿Algún nuevo libro en proyecto?

 Escribo, pero ya muy poco. Después del fallecimiento de mi hermano Juan, quedé en silencio. 

¿Escribir poesía es para ti un oficio o es un hobby? 

No tengo ningún hobby.  No creo en los hobbies.  Todo lo que haces con el alma, no puede ser un hobby y no puedo hacer nada sin un altísimo compromiso.  Entonces en cualquier cosa que hago intento vivir lo mejor que puedo. 

García Márquez decía que su obra literaria no era producto de una musa, sino de su trabajo diario frente a la máquina de escribir. ¿Tú tienes alguna metodología o rutina para escribir?

 Una cosa es el músculo del escritor y otra el duende.  Yo no tengo rutina para escribir, tal vez mi rutina siempre fue mirar, escuchar, leer, sentir.  Así también se liban las palabras y los silencios.

¿Nunca se dio el que tu padre le pusiera música a algún poema tuyo, para interpretarlo?

 No le puso música a ningún texto mío, pero los leía en sus conciertos con mucho amor.  Lo que sí hizo fue grabar una canción que yo compuse, se llama “A flor de flor”, y está en su disco A mis paisanos, que recién subimos a las tiendas digitales.

Los triunfos 

La poesía, a su vez, la llevó a la Facultad de Derecho, motivada por una frase que le leyó al poeta y novelista austriaco Rainer María Rilke, quien también era abogado. «´En el fondo todo se hace ley´, y me lancé por ahí.  Con los años me he ido enamorando de mi carrera. Hoy en día es mi tarjeta de presentación y me da mucho gusto saber que puedo servir a otros a defender sus derechos de autor. Soy una doliente natural de los creadores, de los artistas y sus obras».

Una vez graduada, Bettsimar Díaz se fue a Estados Unidos para cursar una maestría en la Escuela de Estudios Religiosos de la Universidad de Nueva York. “Pensé que estudiando los libros sagrados podría domesticar las indomables preguntas que tenía acerca de la palabra, la poesía y Dios.  Pero ese no era el camino y no la terminé.  Viví en Nueva York cuatro maravillosos años y fue como una maestría de la vida». 

¿Qué estás haciendo en este momento, profesionalmente hablando?

 Soy consultora de derecho de autor. Trabajo para creadores, músicos, escritores, y para todo aquel que necesite una guía para la protección, defensa, negociación y mejor aprovechamiento de sus derechos autorales.  Sigo con el manejo de la obra de Simón Díaz, trabajo que tendré toda la vida. 

¿Vives en Venezuela?

 Me vine a Estados Unidos – es mi segunda vez – porque necesitaba seguir trabajando.  En Venezuela las condiciones mermaron y tuve que “salir pa´lante”, como decía mi padre.  Al país lo vamos a recuperar y muchos de nosotros ayudaremos a reconstruir el reservorio cultural y patrimonial del país. Eso también nos toca.

¿Qué planes tiene Bettsimar Díaz?

En primer lugar, continuar con los proyectos para los que colaboro como asesor de Entertainment Law y también desarrollar la recién creada Simon Diaz Foundation, que queremos que sea un centro de información y divulgación de la música venezolana y latinoamericana, a través de muchos formatos, en Estados Unidos. He comenzado a colaborar como supervisor musical y curador musical para diferentes proyectos. Todo esto es bien bonito.

¿Cuál crees que es tu mayor logro, al menos hasta este momento de tu vida?
Profesionalmente hablando, la liberación total del contrato editorial que regía sobre la canción Caballo viejo, de mi padre.  Fue una batalla muy larga y pesada, y lo logré el mismo año que papá partió; no pude contárselo, pero lo hice. Y eso, para un defensor de derechos de autor, es el premio «Oscar».  Nuestra familia recobró el control total de los derechos de esa canción que tanto le ha dado a Venezuela.

¿Hay alguna otra canción famosa que hayas podido “rescatar”, por así decirlo?
Como Caballo viejo, no, pero sí he rescatado obras literarias y otras obras musicales. Pero lo más importante es alertar a un autor de no firmar contratos que no convienen ni a su obra ni a su carrera. La vida del artista está llena de ofertas engañosas y casi inevitables. Es muy difícil hacer balance de lo que conviene en medio del supuesto “éxito” y la supuesta “fama”, pero creo que sí se puede. Lo que se necesita es mucho coraje y optimismo para lograrlo.

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