Guillermo Dávila: “La gente aún me grita ´Naaachooo, qué pasó con Ligia Elena´”

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Por Katty Salerno

Con 65 años, Guillermo Dávila sigue teniendo la misma cara de muchacho alegre de Nacho, el personaje que interpretó en la telenovela Ligia Elena con el que saltó a la fama en 1982 y por el cual aún lo reconocen dentro y fuera de Venezuela.

Actor, cantante y compositor, Guillermo Dávila se convirtió en un verdadero fenómeno en la Venezuela feliz de las décadas de los 80, 90 y principios de los 2000: más de 20 millones de discos vendidos con temas inolvidables como Solo pienso en ti, Cada cosa en su lugar, Llevo perfume a ti, Barco a la deriva o Sin pensarlo dos veces; y papeles protagónicos en películas, teatro y exitosas telenovelas – Nacho, El sol sale para todos o Cara sucia, entre muchas otras -.

Eran tiempos muy distintos a los que vivimos actualmente en Venezuela. La industria discográfica había florecido gracias a un grupo de empresarios que apostó fuertemente al éxito. Pero también gracias a talentosos jóvenes que tenían mucho que ofrecer. Entre ellos destacaron, además de Guillermo Dávila, Ilan Chester, Guillermo Carrasco, Frank Quintero, Yordano y Franco De Vita, por solo citar a algunos.

Fue también la época en la que las telenovelas venezolanas se convirtieron en un importante producto de exportación, junto al petróleo y los concursos de belleza. “A mí me dijeron ´vas a ser el número uno en música por el resto de tu vida, vas a ser reconocido mundialmente como actor en las telenovelas y en la televisión´. Y yo dije ´qué bueno, cómo no. A mí me alegra tener éxito´.

Inventaron hasta ese eslogan que me crearon a mí, ´ídolo de una generación´”, comenzó contando Guillermo Dávila en esta entrevista exclusiva con Curadas.

La libertad, lo más importante

Pero muy pronto se dio cuenta de que lo primero que debe hacer todo líder, como lo es marcar pautas, generar patrones de conducta, a él le estaba vetado. “Y siempre estuve capacitado para hacerlo. Para eso se necesita no solo inteligencia, que hace falta para no hacer daño cuando generas patrones de conducta.

También necesitas algo muy importante: la libertad. ¿Cómo podía pretender esa gente que yo fuera ´ídolo de una generación´ cuando planteaba grabar canciones que había compuesto; canciones que estaban identificadas con mi realidad, con lo que yo tenía por dentro. Pero estos genios de la publicidad y de la música popular decían ´hay que grabar es tal canción, que es buena y que le va a gustar al público´?

Está bien, yo puedo grabar canciones de otros, como de hecho fue, por ejemplo, Solo pienso en ti.

Pero también necesito, como artista, ser de verdad. Y para ser un ídolo y mantener ese principio que tienen que mantener los ídolos, que es ser modelo de conducta, pues tienes que tener, primero que nada, libertad. Y yo no la tenía y por eso estuve como cinco o seis años, no sé cuántos fueron, en un juicio contra esta gente.

Ellos trataban de hacerlo lo mejor posible, pero se tropezaron con un tipo que no es que era superdotado, sino que estaba lleno de libertad”, rememoró.

¿Y en la televisión te pasó igual?
En los últimos años mi actividad actoral se redujo. No es que no conseguía trabajo, sino que el compromiso era más con mi público y conmigo que con un canal de televisión o con productores de televisión, a los que respeto mucho.

Pero mis principios son muy fuertes y son un poco complicados cuando se tropiezan con una industria a la que muchas veces solo le importa la palabra rating, rating y rating.

Eso de ser «famoso»

A Guillermo Dávila no le resultó fácil asimilar la fama, como le debe ocurrir a cualquier persona que de la noche a la mañana se convierte en una celebridad.

Ni siquiera tuvo tiempo de tomar conciencia de que se había hecho famoso. Hasta una noche… «Llegué a mi casa y noté que mis matas estaban secas, muertas. Se me murieron porque no tenía tiempo de atenderlas, de echarles un poquito de agua, porque llegaba muy tarde y salía casi al amanecer.

Y cuando digo llegar tarde era porque llegaba a las cuatro de la mañana y salía a las seis o seis y media para seguir grabando telenovelas. Esa misma noche un vecino se dio cuenta de que yo había llegado, y puso una de mis canciones. Yo la había escuchado solo en la radio. Ahí fue que me di cuenta de cuán famoso era, cuando ese vecino se despertó tan temprano solo para poner mi canción a todo volumen.

Fue ahí cuando dije ´¡oh, Dios mío, a esto se resumió mi vida. Mis matas se mueren y ahora oigo mis canciones desde la casa de un vecino, ni siquiera en la mía!´.

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Es muy fuerte eso de que me reconozcan. Es muy agradable, pero también es un compromiso con toda esa gente.  Siempre me he sentido comprometido con mi público. Siempre he querido mantener esa conducta, esa manera que mi maestro (Levy Rosell) me enseñó: ´No importa lo buen actor que seas, sino cómo te comportes en tu casa, con tu gente, con tus amigos, con tu familia´”.

¿La gente te sigue reconociendo en la calle?
Al haber ahora tantos venezolanos en el mundo tengo la oportunidad de que me reconozcan, de que ese público que tanto me ha querido me exija atención. Y más aún con toda la situación política, social, cultural y religiosa de nuestro país.

Eso lo tengo muy presente. No ha sido fácil ver a compatriotas que la están pasando tan mal y por eso el compromiso ahora se me torna más grande todavía, porque no me gusta ver a los venezolanos pasando situaciones tan dolorosas como las que he llegado a ver en diferentes países, en diferentes ciudades no solo de Latinoamérica sino de muchos sitios a donde he viajado.

Me he encontrado con gente bella que de pronto me grita ´Naaachooo, qué pasó con Ligia Elena´. Entonces se remueve mi universo y me hacen recordar que sí, que las matas se me murieron en la casa, pero no fue no en vano.

Vocación innata

Guillermo Dávila inició su educación formal cuando apenas estaba en pañales. Aún no sabía hablar ni caminar y ya iba a clases “de oyente”, pues su mamá era la dueña del colegio Mi Jardín, en Coche, al suroeste de Caracas, donde nació y se crió. Luego estudió Arte Puro en la Escuela de Artes Plásticas, una suerte de equivalencia de bachillerato. Allí se cruzaba en los pasillos con gente de la talla de Pedro León Zapata, Alirio Rodríguez o Régulo Pérez.

Posteriormente ingresó al Centro de Capacitación Integral para las Artes Escénicas, Arte de Venezuela, que dirigía de Levy Rosell, y cursó asignaturas en la Escuela Superior de Música. “Van a decir que yo soy más viejo que Matusalén – comentó entre risas – pero Vicente Emilio Sojo me dio clases de Armonía y Composición. No es que yo sea tan anciano, sino que tuve la suerte de estudiar con él cuando él ya estaba muy anciano.

Pero el título más importante que he obtenido es el de la universidad de la vida y el título del amor, la paz, la dignidad y la libertad”, aseguró.

Nunca rendirse

Cuando las cosas se empezaron a poner difíciles en el país, Guillermo Dávila tomó la decisión de radicarse en Miami, Estados Unidos. No por comodidad, sostiene, sino para no rendirse. Llegó un momento en que no podía tener ni siquiera la seguridad de si podría tomar un vuelo para cumplir compromisos internacionales. ”No podía hacer televisión, porque las televisoras no estaban haciendo las cosas como se debían hacer.

En un país donde no exista la libertad pues olvídate de hacer cosas de calidad, porque el parámetro a seguir no era el que los  canales podían decidir, sino lo que podía imponer un Estado dictatorial. Entonces no me quedó más que salir por esa razón, una razón técnica: no iba a poder trabajar, no iba a poder sobrevivir económicamente si me quedaba porque no podía trabajar en los canales y tampoco podía salir normalmente para trabajar fuera de Venezuela”.

Y no es que yo goce de una realización absoluta por el hecho de que vivo fuera de Venezuela. No. La gente piensa que uno la pasa fabulosamente aquí y que no nos importa (lo que pasa en el país). No. ¡A mí sí me duele todo lo que está pasando en nuestro país!

¿Cómo es la rutina actual de Guillermo Dávila?
Mi rutina no es simplemente una rutina. Es otra manera de justificar mi existencia. ¿Cómo es eso, porque no hago novelas, porque las matas no se me secan, porque los vecinos no me ponen música ni esperan hasta la madrugada para llamar mi atención y decirme ´oí tu canción´?

No. Yo ahora saco a pasear a mis perros, riegos mis matas, me comunico con mi gente y comparto con mis vecinos. ¡He hecho hasta Uber y la gente no podía creer que yo estaba haciendo Uber! Me divertí tanto haciéndolo que quise hacer un programa de televisión. Pero después supe que ya había alguien que lo hacía en Inglaterra, muy bueno, y no quise quedar como un bobolongo, copiándome. Esa fue otra etapa.

Dejé de hacer eso y retomé nuevamente mi música en vivo y mis presentaciones. Me encanta, me fascina dar conciertos, hacer mis presentaciones. Eso lo seguiré haciendo durante todo el tiempo que pueda. Mi vida no es una rutina, es tal cual como yo – quizá – la planifiqué en algún momento.

Lo único que me falta para dar por totalmente exitosa mi vida es crear un centro de capacitación integral para las artes escénicas y ayudar a formar gente para eso, para el entretenimiento. O como digo yo por ahí, para hacer de payaso.

Le encanta una guachafita… 

«Es cierto, aparentemente soy un grandísimo echador de broma y de hecho no puedo separarme del humor para poder vivir. Creo que esa es una de las cosas por las que tengo cara de muchacho todavía (risas). Pareciera que me tomo todo a guachafita, pero no es que sea una máscara para esconder las cosas que realmente me importan o quiero.

Considero que es un equilibrio para la vida, porque también es una cosa bien dura, aunque parece muy fácil, tomarse a broma todas las cosas que muchas veces parece que no me interesaran.

Ese es el asunto más serio que tiene el hecho de tomarse las cosas en broma. Tomarse la vida en broma es algo muy serio. Y no es que me la tome en broma, sino que yo le doy a las cosas el justo valor que se merecen, y cualquier momento que yo pueda divertirme y se me escape la alegría y la risa no lo voy a desperdiciar ni de broma (risas).

Esta respuesta que te estoy dando es una de las cosas más serias que he dicho yo en mi vida, aunque me dé risa…»

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