Billo Frómeta: “Venezuela es mi vida”

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Por Katty Salerno

Billo Frómeta y su orquesta, la Billo´s Caracas Boys, forman parte de las historias de vida de varias generaciones de venezolanos. Ya lo dijo el gran poeta Aquiles Nazoa, reivindicador de nuestra cultura popular: “Si Venezuela se hundiera alguna vez y quedaran los discos de Billo flotando, se podría reconstruir el país”.

Así también, muchos de nosotros podemos reconstruir recuerdos familiares asociados con su música. En mi casa conservamos hasta hace poco un ejemplar de “Carnival con Billo”. Ese disco vino como obsequio con la compra de un tocadiscos que estrenaron en la fiesta de mi bautizo. Mi mamá me contó que para ese momento no tenía aún muchos elepés y por eso ese, con canciones tan melodiosas, interpretadas por Víctor Piñero, lo repitieron y repitieron esa tarde sin que por ello decayera el ánimo ni las ganas de bailar de los invitados. ¡Todo lo contrario!

“Carnival with Billo”, del cual se vendieron unos cien mil ejemplares, todo un récord para la época, salió al mercado en febrero de 1959 con el sello disquero Sonus. Fue uno de los que grabó Billo en Cuba cuando fue vetado en Venezuela por cuestiones sindicales, uno de los sinsabores que vivió en nuestro país. Pero ese hecho no destruyó el amor que el músico, compositor y arreglista dominicano sintió siempre por Venezuela.

Por décadas, Billo ha estado presente con su música en la celebración de hechos importantes en nuestras vidas: matrimonios, bautizos, quince años, graduaciones… ¡Y ni qué decir de las fiestas de Navidad y Año Nuevo! A partir de aquel 31 de diciembre de 1937, cuando debutó en Caracas, Billo pasó a formar parte de la tradición decembrina de los venezolanos junto con la hallaca, el pan de jamón y el ponche crema.

“Venezuela es mi vida”, le dijo Billo a la periodista Lil Rodríguez en la última entrevista que concedió. Fue apenas unos días antes de su muerte, el 5 de mayo de 1988, cuando Caracas le preparaba un homenaje para celebrar sus 50 años de vida artística en el país.

Billo desembarca en Venezuela

Billo Frómeta, como llamaban todos a Luis María Frómeta Pereyra, nació el 15 de noviembre de 1915 en Santo Domingo, República Dominicana. “Nací triste y me crie un poquito triste”, recordaría después. De los siete hermanos, a él lo enviaron a vivir con una tía de la que no recibió mucho afecto. Su primera formación musical la tuvo en la escuela. A los 15 años participó como fundador de la orquesta Sinfónica de Santo Domingo. A los 16 lo nombraron director de la banda del cuerpo de bomberos de la ciudad. Cuando tenía 20 abandonó la carrera de Medicina, de la que cursaba el tercer año, para dedicarse por completo a la música. Se unió entonces a la Santo Domingo Jazz Band, con la que debutó como director de orquesta.

Con esa agrupación y un saxofón que le robó a un sastre al que le daba clases de música en Santo Domingo, Billo desembarcó en Caracas. “El éxito artístico llegó rápido. El venezolano, como el dominicano, es muy emotivo. Yo tenía miedo, obviamente. Era la primera orquesta dominicana que salía fuera de Santo Domingo, era mi primer viaje como músico sin ser músico profesional. Pero se me ocurrió empezar con un merengue dominicano, Caña brava, no se me olvida, y me aplaudieron a rabiar. ¡Me emocionó tanto ese aplauso! Ese día me sentí tan unido a Caracas que ahí empezaron mis amores con ella”, contó el músico en un episodio de Encuentro con, un programa de la Fundación Bigott.

Solo que al amenizar la fiesta de ese fin de año en el Roof Garden, el prestigioso local de baile que lo contrató, ubicado en la terraza del hotel Madrid, esquina La Torre, en plena Plaza Bolívar, la orquesta actuó con un nuevo nombre: Billo´s Happy Boys. Lo que inicialmente fue un contrato por tres meses se transformó en una vida de éxitos que solo acabó cuando murió.

Nace la Billo´s Caracas Boys

Muy pronto Billo se dio cuenta de que aquí la gente bailaba diferente al resto del Caribe, que bailaba al estilo del merengue venezolano. Por ello, adaptó su música a la forma de bailar de este público, creando así un sonido único. «Caracas me enseñó a tocar y yo la enseñé a bailar», resumió. Fue el inicio de un acompañamiento mutuo que se mantuvo por siempre.

A su llegada, Billo encontró una Caracas rural y atrasada que comenzaba a dar pasos hacia las libertades democráticas y la modernidad, gracias a las bondades del petróleo. Un hito en este tránsito fue el recién creado Ministerio de Sanidad, necesario para atender a una población que enfrentaba los estragos de la pobreza y de enfermedades como tuberculosis, paludismo o fiebre tifoidea. El joven músico no escapó de este ambiente y en 1939 cayó enfermo con tifus.

Temiendo el peor de los desenlaces, la Billo´s Happy Boys se disolvió y sus integrantes regresaron a República Dominicana. Contra todo pronóstico, Billo superó la enfermedad. A los ocho meses, el sábado 31 de agosto de 1940, volvió al Roof Garden. Esta vez con la Billo´s Caracas Boys, hoy legendaria y referente de la música latinoamericana. Rafa Galindo fue el primero de una larga lista de cantantes que ha tenido la agrupación. También figuran Víctor Pérez, Manolo Monterrey, Cheo García, Felipe Pirela, José Luis Rodríguez, el Puma, Memo Morales y Ely Méndez, entre muchos otros.

La Billo´s Caracas Boys hizo las primeras giras en autobús que haya hecho una orquesta en el país, hasta donde se recuerde. Para 1948 ya era conocida en toda Venezuela. Una popularidad multiplicada por el programa radial A gozar muchachos, que transmitió Radio Caracas Radio a las 5 de la tarde entre 1945 y 1957, animado por el no menos popular Musiú Lacavalerie. En ese espacio Billo daba a conocer sus nuevos temas. De inmediato se convertían en éxitos que quedaron registrados en el centenar de discos que grabó como músico.

Caracas, su novia de siempre

Allí sonaron por primera vez, entre otros, Caminito de Guarenas o Ariel, una pieza que Billo compuso a un amigo uruguayo que conoció en Caracas. Ariel Severino fue un actor, pintor y escenógrafo. Llegó a Venezuela como parte del equipo de producción de la película La balandra Isabel llegó esta tarde. Como tantos otros, se enamoró de este clima y se quedó a vivir aquí, entablando amistad con el músico dominicano. En gratitud a la guaracha, Severino diseñó el logo de la orquesta que la identifica hasta hoy.

Con el tiempo nos daríamos cuenta de que la inspiración para sus canciones nacía de sus vivencias, de sus afectos por personas y lugares y de hechos cotidianos del acontecer nacional. Cuando regresó de Cuba en mayo de 1960, una vez que le fue levantado el veto sindical, se puso de nuevo al frente de su orquesta. De esa circunstancia nació el joropo Toy contento. La segunda ciudad venezolana que conoció fue Maracaibo, en 1939. De allí vendrían muchos de los cantantes de la orquesta, entre ellos Cheo García, Felipe Pirela y Memo Morales y por eso, tiempo después, compuso la canción Tres regalos, en homenaje a esa urbe.

Pero a nadie le cantó tanto como a Caracas, su “novia de siempre”. «La ciudad con la que tengo una deuda de gratitud y cariño», decía, y que saldó escribiéndole sus más bellas canciones y por lo cual recibió el apelativo de Cantor de Caracas. Caracas vieja, Canto a Caracas, Sueño caraqueño, Caracas, siempre Caracas, Mensaje a Juan Vicente, Epa Isidoro son algunas de las más conocidas que dedicó a la ciudad que lo acogió.

El mosaico, una innovación

Para la década de los 50, su música le abrió a Billo las puertas de los clubes de la alta sociedad. Hasta ese momento habían sido terreno exclusivo de Luis Alfonzo Larraín, otro músico venezolano. La Billo´s Caracas Boys comienza a ser conocida como la orquesta más popular de Venezuela, un mérito que ninguna otra se ha ganado hasta ahora.

Las presentaciones son casi diarias, 24 y hasta 26 por mes. Ante la imposibilidad de complacer todas las peticiones que le hacía el público en cada set, Billo crea la modalidad del mosaico. En los mosaicos, que compuso más de 50, se unen segmentos de varias canciones, de diferentes ritmos. Pero no es una unión hecha al azar.  “Guardaba el aspecto tonal y sobre todo el cronológico”, explicó el maestro.

Una fama que la llevó a trascender las fronteras. Se convirtió en la primera agrupación venezolana en llevar su música a Estados Unidos. Ganó popularidad en otros países latinoamericanos y caribeños, principalmente Colombia, donde la aplauden tanto como en Venezuela. Una fama de la que Billo disfrutó hasta sus últimos días. En 1987, la Billo’s Caracas Boys ingresó a los récords de Guinness por su presentación, junto a Celia Cruz, en el baile de carnaval de ese año en Santa Cruz de Tenerife ante un público de casi 240.000 personas.

A bailar, muchachos

“Pero lo que más le abrió la puerta a Billo – cuenta el periodista Oscar Yánez en el documental A gozar con Billo, de Cinesa – fue la comunidad que tenía la orquesta con el bailarín. Era una orquesta que alentaba a quien estaba bailando”.

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“Es un sonido extremadamente bailable. Creo que fue una fórmula que el maestro Billo descubrió en Venezuela y que mantuvo toda su vida. No he escuchado otra orquesta que se la parezca”. Así lo sostiene el director de orquesta, arreglista y compositor Andy Durán en una edición del programa Rostros de Venezuela dedicado a Billo.

“El legado de Billo ya está sembrado dentro de la historia de Venezuela como el hombre que enseñó a bailar a los venezolanos en el siglo XX y que les dio eso, su música de baile”, asegura el cronista musical Federico Pacanins en el mismo programa.

“El trabajo que hizo Billo de meterse en la esencia de la gente, no es un trabajo que cualquiera hace”, agrega el también autor del libro Luis María “Billo” Frómeta.

«Billo trajo la música popular a las clases altas”, apunta, por su parte, Rafael Marziano Tinoco, director de la película Swing con son (2009), dedicada a Frómeta.

“En Venezuela – explica – las fiestas de la alta sociedad eran en el club Venezuela y se bailaba polka, foxtrot y vals, pero nunca merengue, porque eso era de negros o de indios. Pero Billo logró que los blancos bailaran como negros.  (…) Hoy en día, pese a que los gustos de las clases altas han cambiado, en todo matrimonio todavía hay un set de Billo. (…) Billo habló de nosotros y por eso su música sigue vigente».

Frente a quienes siempre han criticado la música de Billo por “comercial”, Marziano argumenta que su música es fácil de oír y, en apariencia, es sencilla. “Pero cuando entras en ella, te das cuenta de que es descomunal, sus arreglos son increíbles y magistrales y hay un gran concepto artístico”.  Como ejemplo refirió que el tema El muerto de Gradillas, muy popular en los cuarenta, empieza con la Danza macabra, de Camille Saint Seans, pero “en lugar de usar xilófonos, le pone saxofones y lo mezcla con guaracha».

Billo, un hijo agradecido

Solo con la muerte de Rafael Leonidas Trujillo y el fin de la dictadura en República Dominicana, en 1961, fue que Billo pudo regresar al lugar donde nació. Pero lo hizo solo de visita. El joven que llegó a los 22 años a Venezuela para cumplir un contrato de tres meses, se quedó en nuestro país y en nuestros corazones para siempre.  

Pero a pesar de ese afecto sincero que siempre existió entre Billo y Venezuela, nunca se nacionalizó venezolano, aunque muchos así lo crean. Incluso en Colombia hay quienes aseguran que él es colombiano. En esa entrevista con Lil Rodríguez explicó por qué nunca renunció a su nacionalidad dominicana.

“Es lo menos que puedo hacer por la tierra donde nací. Venezuela es mi vida. Aquí me he sembrado. Entonces, como sentimiento de gratitud con Dominicana, conservo ese cordoncito umbilical nacionalista. Es como el caso de dos madres, una te trae al mundo, pero otra te cría y educa. No vas a dejar de querer a la primera y en algo demostrarás tu afecto, aunque a la segunda llegue toda tu ternura…

¿Alguna ternura en especial? – repreguntó la periodista.

Sí. La que tengo por Caracas como hijo agradecido.

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