Las Cartas de Amarna revelan cómo era la política hace 3.300 años

Las Cartas de Amarna revelan cómo era la política hace 3.300 años

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Las Cartas de Amarna permiten conocer los pormenores de la diplomacia egipcia, y exponen cómo se construía el poder, se tejían alianzas y se adulaba a los faraones

Muchas veces los arqueólogos tienen la suerte de encontrarse con todo un acervo de documentos que transforma por completo el conocimiento que tienen sobre un período antiguo, y que les acerca ese remoto periodo para que puedan observarlo en detalle. El tesoro que transformó la egiptología es sin duda el de las Cartas de Amarna: 382 tablillas de arcilla que se consideran los documentos diplomáticos más antiguos que se conocen.

Las Cartas de Amarna
Los escribas anotan las frases de los poderosos en este relieve de la Tumba de Horemheb, Saqqara, alrededor del 1400 a.C. Museo Arqueológico Nacional, Florencia, Italia.
Fotografía de BRIDGEMAN/ACI

Se trata de correspondencia, escrita en el siglo XIV a. C., entre los faraones y sus reyes rivales, los babilonios, asirios, hititas y mitanios, y de cartas escritas por los reyes “marioneta” bajo dominio egipcio.

El archivo comienza a partir del reinado de Amenhotep III (1390-1353 a. C.), el gran rey fundador de Egipto, y también abarca el reinado de su hijo, Akhenaton (1353-1336 a. C.), cuya revolución religiosa sacudió al antiguo Egipto a lo largo de toda una generación. Las cartas permiten acceder al Egipto de la XVIII dinastía y ofrecen un panorama detallado del Mediterráneo oriental y Medio Oriente en la Edad del Bronce Final, justo cuando Egipto se consolida y el nuevo poder de Asiria comienza a florecer.

Las Cartas de Amarna
En la Carta 19 de Amarna, escrita en cuneiforme, Tushratta de Mitanni se dirige al faraón Amenhotep III. El rey profesa amor fraternal hacia el faraón, enaltece los lazos entre su tierra y Egipto y se refiere a la extracción de oro. Fotografía de ZEV RADOVAN/BIBLELANDPICTURES/ALAMY

Las cartas revelan la adulación, la arrogancia, los celos y el rebajamiento de los gobernantes, pero, sobre todo, permiten conocer las complejidades de la diplomacia internacional. El crecimiento de grandes imperios que luchaban por la supremacía había creado la necesidad de un sistema reglamentario, y las cartas de Amarna constituyen una vía de acceso sin precedentes al interior del funcionamiento de este sistema.

Las Cartas de Amarna
El rostro elaborado de este ataúd ya no estaba cuando lo encontraron en 1907 en la tumba KV55 del Valle de los Reyes. Algunas inscripciones sugieren que era el rostro de Akhenaton.
Fotografía de ALAIN GUILLEUX/ALAMY/ACI

Ciudad del Sol

Alrededor de 1348 a. C., el faraón Akhenaton trasladó su corte a un lugar aislado más al norte, entre Tebas (su antigua capital) y Menfis. El cambio formaba parte del objetivo radical del faraón: rendir culto a Aten, el sol, como divinidad casi exclusiva de Egipto.

La nueva capital de Akhenaton, en la orilla este del Nilo, se llamó Akhetaten, que significaba «horizonte de Aten», aludiendo, seguramente, a las colinas que enmarcaban el sol naciente. El nombre actual, Tell el Amarna, se usa también para designar el sitio de Akhetaten, y ha denominado a la increíble cultura que floreció, por un breve periodo, cuando la nueva religión (venerar a Aten) se vio acompañaba por el surgimiento del estilo artístico revolucionario conocido como Estilo Amarna.

El sol sale por detrás de las ruinas del Gran Templo de Atón en la actual Amarna, Egipto. Akhenaton trasladó la capital a este lugar para fundar su nueva religión: venerar al dios Aten.
Fotografía de KENNETH GARRETT

El reinado de Akhenaton, sin embargo, no implicó únicamente una revolución religiosa y artística. Este había heredado el poderoso reino y el prestigio de su padre, Amenhotep III, y continuó abogando por los intereses egipcios, especialmente en Nubia, región al sur, donde abundaban los minerales.

Hasta el día de la muerte de Akhenaton en 1336 a. C., la capital de Egipto fue una ciudad bulliciosa llena de palacios y templos, casas, cuarteles y edificios administrativos. Y fue en estos edificios donde se hallaron las cartas diplomáticas, que comienzan con Amenhotep III y la reina Tiye.

La antigua ciudad se identificó en Amarna a finales del 1700, cuando se encontró allí el mojón de Akhetaten. Las cartas salieron a la luz en la década de 1880 después de una serie de hallazgos fortuitos. Y a medida que se conocía la existencia del sitio, rápidamente adquirió una gran importancia arqueológica. Wallis Budge, curador del Museo Británico, logró obtener un lote de 82 piezas. Asimismo, a través del mercado de antigüedades, llegaron al Museo Egipcio (El Cairo) y al Museo Staatliche (Berlín) una gran cantidad de tablillas.

En la primera excavación importante en Amarna (década de 1890), a cargo del egiptólogo británico William Flinders Petrie, se hallaron más tablillas de la época de Akhenaton. Durante su primera campaña, Petrie exploró un edificio donde podía leerse la frase «Oficina de Correspondencia del Faraón» en sus ladrillos.

Egiptólogo William Flinders Petrie
Fotografía de GRANGER COLLECTION/ACI

Petrie era un arqueólogo muy profesional, pero, además, tenía un costado comerciante. Sabía que las Cartas de Amarna atraerían el interés de muchos candidatos que podrían financiar la excavación. Las observaciones que hizo sobre el valor documental de las cartas y los restos arqueológicos de la antigua capital aportaron un enorme conocimiento sobre esta dinastía y el Reino Nuevo.

Las cartas no aparecieron todas a la vez. A principios del siglo XX, cuando el lingüista noruego Jørgen Alexander Knudtzon las ordenó cronológicamente agrupándolas por zona geográfica, había 358 cartas. Las otras 24 fueron descubiertas en el transcurso del siglo XX y se incorporaron al sistema de numeración de Knudtzon, que aún hoy emplean los expertos.

Las cartas no están escritas en egipcio antiguo, sino en acadio, una lengua que se habla en la antigua Mesopotamia. En el segundo milenio antes de Cristo, el acadio se convirtió en lengua franca en toda la región, con una función similar a la que cumple hoy el inglés en las relaciones internacionales. Está escrito en el sistema cuneiforme. La mayoría de las tablillas halladas hasta la fecha son cartas que recibieron los egipcios. Solo se conservaron unas pocas copias de cartas escritas por faraones.

Cartas de reyes “marionetas”

Los académicos han dividido las Cartas de Amarna en dos grupos principales. Un grupo incluye las cartas al faraón escritas por los líderes de los estados controlados por Egipto, y el otro son cartas al faraón escritas por sus pares (o como él hubiese creído, sus casi pares), los gobernantes de las otras potencias independientes.

Las cartas de los reyes “marionetas” (primera categoría) eran enviadas desde Canaán, ubicada en los actuales Israel y Líbano. Egipto se había apoderado de Canaán un siglo antes bajo el mandato de Tutmosis III. Pero, además de prestigio, la adquisición de estos territorios le trajo a Egipto algunos problemas: los gobernantes de estos territorios eran asediados permanentemente ​​por un pueblo llamado Habiru (algunos historiadores los han relacionado con los hebreos, pero su identidad sigue siendo un interrogante). Y parece que los monarcas marionetas tenían un gran interés por hacer negocios con los Habiru. En una Carta de Amarna dirigida a Akhenaton (Carta 148) el gobernante de Tiro se muestra indignado porque los Habiru han devastado la región, y expone que otro gobernante, el de Hazor (actual norte de Israel) supuestamente leal a Egipto, “se ha aliado a los Habiru. . . y ha entregado la tierra del rey a este pueblo».

Una vista panorámica de Hazor, importante ciudad cananea del siglo XIV a. C., cuyas ruinas se encuentran en el Israel actual. Varias cartas de Amarna mencionan al gobernante de Hazor y se discute si este hizo negocios a espaldas del faraón.
Fotografía de DUBY TAL/ALBATROSS/ALAMY/ACI

En las cartas, los reyes “marionetas” se expresaban con un servilismo extremo. Por ejemplo, el rey de Gezer, en el actual Israel, escribió:

“Al rey, mi señor, mi dios, mi sol, el sol del cielo: Mensaje de Yapahu, tu siervo, la tierra que sacuden tus pies. Caigo a los pies del rey, mi señor, mi dios, mi Sol, siete veces y siete veces”.

Desposorios y novias

En contraste, en las cartas escritas por los pares del faraón, los gobernantes de las grandes potencias regionales se esfuerzan por utilizar, atinadamente, un lenguaje que denote pie de igualdad. Los académicos suelen referirse a las principales potencias regionales de esta época como el «Club de las Grandes Potencias», integrado, en ese momento, por Egipto, Babilonia, Asiria, Mitanni (en el sureste de la actual Turquía) y «Hatti», el imperio hitita. Otro miembro del club era Alashiya, la isla de Chipre. Si bien su tamaño era pequeño, la nación insular poseía una gran riqueza por sus reservas de cobre.

Algunas de las cartas se remontan al reinado de Amenhotep III y su gran esposa real, Tiye, madre de Akhenaton. Después de la muerte de Amenhotep, Tiye se mantuvo en el poder cuando su hijo tomó el trono. Akhenaton trasladó los archivos de su padre a la nueva capital para registrar las relaciones diplomáticas con los aliados y estados vasallos de Egipto.

Parte del archivo de Amarna incluye cartas que gestionaban el intercambio de princesas reales como esposas. La Carta 5 representa un ejemplo único de una misiva de Amarna escrita por el faraón, donde los protagonistas son Amenhotep III al rey babilónico Kadasman-Enlil I. En solo 30 líneas, se mencionan los principales temas de la comunicación real: la expresión exagerada de buenos deseo, el envío de regalos costosos, y las esperanzas del faraón de recibir una princesa babilónica para su harén.

Las Cartas de Amarna
En la Carta 5, una de las misivas de Amarna del faraón, Amenhotep III se dirige al rey babilónico Kadasman-Enlil I, y expresa sus planes de casarse con la hija de este. Museo Británico de Londres
Fotografía de BRITISH MUSEUM/ SCALA, FLORENCE

El faraón podía recibir una esposa, pero para señalar la supremacía de Egipto, debía negarse a dar esposas a cambio. En un mensaje anterior (Carta 4) de Kadasman-Enlil I a Amenhotep, se objeta la máxima de que «desde los tiempos más remotos, nunca se han entregado hijas del rey de Egipto como esposas».

El rey de Babilonia se irrita: “¿Por qué me dices eso? Tu eres el Rey. Puedes hacer lo que quieras. Si quisieras entregarme a tu hija como esposa, ¿quién podría oponerse? Esta indignación también se observa en las cartas de otros reyes, y deja en claro quién concentraba el poder regional: Egipto era la autoridad suprema.

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