Hablan las sabanas de Barinas: La música llanera en los relatos de un oficial inglés por Alexander Lugo

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Con el título general de “Narraciones de Venezuela” encontramos un importante relato de un “desconocido oficial inglés” que recogió, de su estancia en Venezuela durante una parte de la guerra de Independencia, importantes datos de nuestra cultura. Del tomo titulado: Las Sabanas de Barinas, entresacamos algunos apuntes donde se daba por desconocido el nombre del autor. La cuestión permaneció por mucho tiempo en el terreno de las conjeturas pero parece comprobado que estos libros fueron obra del capitán Richard Logenfield Vowell, quien vino a Venezuela con el grado de teniente en el cuerpo denominado ‘Regimiento de Lanceros Venezolanos’, al mando del coronel Donald Mc Donald, antiguo ayudante de campo del general Ballesteros en las guerras de la península española. A su llegada a tierras venezolanas es asignado al ejército del General Páez en los llanos.

Estas “Memorias del oficial británico”, significan un documento de sumo interés para la musicología venezolana. Dichos relatos no están fechados, sin embargo la permanencia del cronista en tierras venezolanas no pasaron de 1819. Se sabe que posterior a esa fecha estuvo en Chile. Ya para 1830 se encontraba en Londres y, habiendo terminado los tres tomos de sus memorias, le son publicados en 1831.

De esta manera nos describe el autor inglés al llanero venezolano:

“Los llaneros hombres de las sabanas raza sencilla y pacífica, vivían en familias separadas, cada una bajo un jefe común, a usanza de los antiguos patriarcas. Habitaban hatos remotos o granjas de ordinario situados a muchas leguas unos de otros…”.

“Por lo demás resultaba evidente para un observador atento que la templanza de costumbres, característica de los llaneros de Barinas, no obedecía a apocamiento de espíritu, sino que era consecuencia natural del constante trato en que los jóvenes vivían con los mayores de su familia, a quienes estaban acostumbrados a rendir obediencia implícita y en cuya presencia adoptaban habitualmente una actitud respetuosa y tranquila”.

“Todos cuantos eran capaces de llevar una lanza acudieron en masa a enrolarse bajo la bandera de su paisano José Antonio Páez, quien ya se había distinguido por su valentía y éxito, como jefe de guerrilla, y quien tuvo poca dificultad en disciplinar tan valiosa recluta y en hacer de ellos buenos soldados en el campo de batalla”.

Sobre la esposa “favorita del General Páez, nos dirá:

“La mujer de Páez, doña Rosaura, residía en uno de los ranchos más grandes, preparado para recibirla con más holgura que de costumbre, por una partida de la Guardia de Honor, que se prestó espontáneamente para este servicio, pues, en realidad, los llaneros demostraban siempre extremada consideración por La Señora, como la llamaban de ordinario. Ella no debía semejante deferencia al sólo hecho de ser la esposa favorita de su jefe, sino a que poseyendo una educación muy superior a la de todos los que la rodeaban, mostrábase al propio tiempo tan modesta y bondadosa con cada uno, que aquellos le profesaban indecible respeto y admiración.”.

El oído, educado del oficial inglés detecta una música propia de estas tierras, así lo refiere:

“Por la noche, después de la Oración, en que por lo regular todos tomaban parte, oíanse la música de las guitarras y los cantos nacionales procedentes de las diversas partes del bosque donde estaban construidas las chozas. Numerosa reunión formábase siempre en el rancho de doña Rosaura, quien, después de comentarse las ultimas noticias llegadas del ejército, que desde luego ella era la primera en recibir, invitaba a pasar la velada contando cuentos, de los cuales la mayor parte de las llaneras poseen un buen repertorio”.

En el capítulo XVII, titulado “La Fiesta. Cantos Nacionales”, nos da una extensa descripción de un baile campesino:

“A poco se recibió recado de doña Rosaura, quien invitaba a Páez y a sus oficiales para un ‘Fandango’ que las emigradas preparaban cerca de los ranchos con el objeto de despedir a sus protectores. Limpióse una buena extensión de terreno, apaisada, bajo los congrios, cuyas ramas inferiores fueron podadas como a veinte pies del suelo, rodenado aquel espacio con una cerca de varas de guadua, tendidas de tronco a tronco; y una compacta palizada, hecha con la brillante caña amarilla que llaman culegüí, cerraba del todo este rústico salón de baile, cuyo piso había sido regado con arena recogida en las márgenes de la laguna”.

Esta especie de pista campesina acondicionada como “salón de baile” es denominada “Joropo” por algunos viejos cultores que hoy en día recuerdan las reseñas de sus mayores de aquellos antiguos “fandangos” que regularmente festejaban en el llano. Así nos lo relata el arpista y compositor apureño Omar Moreno, nacido a orillas del Cunaviche en marzo de 1940.

Con respecto al término “Fandango”, el Diccionario de “Autoridades de la Real Academia Española” lo reseña en el sentido de ‘baile introducido por los que han estado en los Reinos de las Indias que se hace al son de una tañido muy alegre y festivo’ y advierte que «por ampliación se toma por cualquiera función de banquete, festejo u holgura a que concurren muchas personas», lo que viene a darle la razón, en cierto sentido, a Fernando Ortiz, que deriva «fandango» del mandinga «fanda» ‘convite’, según hace constar en su «Diccionario de afronegrismos».

En Venezuela existió el fandango como un «baile de galanteo» aunque en muchos casos su nombre, como el de joropo después, más que a una danza en sí se le aplica a una fiesta, reunión familiar. Festejo campesino en donde no faltaban la música, el baile y el licor, dicen algunos cronistas venezolanos que eran unas celebraciones donde “se comía y sobre todo se bebía mucho”. Pero parece que el fandango desapareció misteriosamente y hoy sólo recogen su nombre algunas zonas venezolanas de tierra adentro, como en los estados Guárico y Yaracuy.

En este sentido merece recordarse lo que han escrito destacados estudiosos del tema como Curt Sachs o Isabel Aretz, sobre las danzas que pasaron a América, como el fandango con sus variantes de la murciana, la malagueña, la rondeña o la granadina: “estas danzas provienen de una herencia de dos mil años, del mismo suelo español”.

Veamos cómo transcurre este interesante Fandango en casa de doña Rosaura:

“Música no escaseaba, porque guitarras y vihuelas eran tan comunes entre las emigradas como en el ejército; además de tales instrumentos, dos arpas, traídas por unos músicos que al parecer tuvieron más desahogo que sus vecinos al huir de sus casas, brindaban asimismo sus alegres arpegios. Después de un constante ejercicio de algunas horas en que se bailaron “El Bambuco”, “La Solita” y “La “Chapetona” (pues gracias a la costumbre que permite cambiar repetidas veces de pareja, se puede prolongar el baile indefinidamente y sin receso), sirviese un obsequio que si no elegante, tenía al menos la ventaja de ser sustancioso”.

La música siempre presente, arpas, guitarras, vihuelas, amenizaban los bailes. Destacan los nombres de las danzas que se bailaban, que con seguridad dieron origen a los diferentes géneros de nuestra música tradicional: “El Bambuco, la Solita, y La Chapetona”. Más adelante también nos menciona bailes como “La Zambullidora” y otros:

“No fue cosa fácil para la dueña de casa obtener espacio para los bailarines. Ejecutaron estos varios fandangos nacionales, que tenían completamente para nosotros el mérito de la novedad, y que eran peculiares del país. Entre los nombres con que se les designó retuvimos los de Bambuco, Zajudina y Marri-marri”.

En otra parte del relato se mencionan regularmente los “bailes nacionales”, agregando las destrezas de la mujer llanera para la música, como ejecutantes de arpa, guitarra y, como cantantes de los «aires nacionales». (joropos). Observemos esta reseña que hace Vowell del conjunto típico del joropo llanero: arpa, cuatro (vihuelas) y maracas:

Del anchuroso local interior brotaban los sones de un arpa, acompañada de dos o tres vihuelas y de criollas maracas, junto con las estridentes tonadas de cantadores a sueldo”.

Llaman la atención los ‘cantadores a sueldo’, músicos y cantores que cobraban por su oficio, lo que deja claro lo popular que eran estos bailes. Aquellos serían sin duda los indispensables “mata tigres” que eran “contratados” para los alegres saraos.

El cronista nunca menciona nuestro instrumento nacional -el cuatro- por su nombre, pero deja evidencias de su uso y hasta de su construcción:

“Acompañaba su canción, que era la antigua y quejumbrosa melodía de ‘La Montonera’, con una pequeña vihuela con una totuma hueca”.

Y añade en una nota al pie de página que:

“La vihuela o tiple es una especie de ‘guitarra pequeña’ muy popular entre el campesinado de las colonias. Se fabrica frecuentemente con media totuma de forma oval y diapasón de cedro”.

Allí vemos como Vowell describe la manera rudimentaria de fabricar un cuatro. En una clara alusión a la «tonada de arreo» –canto de trabajo típico de nuestros llanos- el autor nos da más pistas sobre el cuatro, añadiendo ahora la tradicional manera de ejecutarlo, rasgueando la cuerdas y no pulsándolas como se interpretaba la música europea del siglo XVIII:

“Seguidos por arrieros que entonaban sus cantas llaneras con el monótono estilo recitativo propio de las tierras bajas, o rasgueaban indolentemente las cuerdas de una vihuela”.

Para finalizar disfrutemos de este “canto de campamento” con loas a Simón Bolívar y su ejército patriota:

“Propúsose que se cantara y las llaneras, muchas de las cuales habían oído (de tapaditas) los cantos del campamento vecino, rindieron también de buen grado su tributo de alabanzas al Libertador”:

Mi General Bolívar! Por Dios te pido

Que de tus oficiales me deis marido:

¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! Me deis marido.

Mi general Bolívar tiene en la boca

Un clavel encarnado que me provoca:

¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! Que me provoca.

Mi General Bolívar tiene un caballo

Que entre la pelea parece un rayo:

¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! Parece un rayo.

Mi General Bolívar tiene en la espada

Un refrán engravado: Muera la España!

¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Muera la España!

Con las balas que tiran los chapetones

Se peinan los patriotas los canelones:

¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! Los canelones.

A las armas van nuestros Libertadores

¡El cielo les conserve a sus amores!

¡Vaya! ¡Vaya! ¡Vaya! A sus amores!

Alexander Lugo Rodríguez, domingo 16/01/2022

Alexander Lugo Rodríguez, 09 de enero de 2022

Curadas | Vía Blog Di-Sonancias

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