Alejandra Otero: «El humor ayuda a ver el otro lado de las cosas»

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Alejandra Otero conoce bien lo que el humor puede hacer en la vida de las personas y las huellas que ha dejado en su piel muestran un balance en extremo positivo. Guiada solo por lo que le decía su corazón, un día decidió dedicarse a la comedia y dejar su carrera de periodista, que por sí misma le podía brindar estabilidad, pero que, además, en su caso, estaba blindada por ser integrante de la familia propietaria del periódico El Nacional, uno de los más importantes del país.

Hoy, el nombre de Alejandra Otero brilla con luz propia en las marquesinas del teatro de humor de Venezuela. Su registro como comediante es tan amplio que destaca como actriz cómica, escritora y formadora de nuevos talentos en la Escuela de Humor. ¡Pero verla imitar a una chilena, española o colombiana o a figuras como María Corina Machado, Sascha Barboza o Valentina Quintero es para morirse de la risa!

En su andar, Alejandra Otero encontró algo que la hace aún más feliz que su profesión de comediante: ser la esposa de Jorge Parra —más conocido como @domingomondongo— y la madre de Paulina, de cuatro años, y de Bernardo, de quince meses. Los cuatro se fueron hace poco a Argentina y España donde Ale —como también la llaman— se presentó con su más reciente pieza de stand-up comedy, Mejor que la original, de la que pronto abrirá nuevas fechas en Venezuela. Para noviembre promete una invitada especial en su espectáculo, pero por ahora no quiso revelar el nombre. Mientras llega el momento, sigue haciéndonos reír y contándonos más de su día a día en sus redes sociales.

¿Qué balance haces de tu vida hasta este momento?

No ha sido fácil conciliar la parte profesional con la familiar, porque al final mi prioridad es mi familia, mis hijos, mi esposo. Ha sido una tarea difícil poder lograr todos estos objetivos de la mano de la crianza, porque nosotros somos unos papás superpresentes y nos tomamos muy en serio la crianza de nuestros hijos, que están con nosotros todo el tiempo. Es muy exigente.

Estoy clara en que quisiera lograr más cosas, no soy una comediante como las demás, que pueden hacer una gira mundial y actuar en un país diferente cada día. Hay cosas que no puedo hacer, pero eso tampoco me quita el sueño porque la verdad es que me hace feliz tener a mi familia. Y no me estoy comparando con los demás porque eso me volvería loca. Simplemente logro lo que puedo lograr, tratando de hacerlo lo mejor posible y tratando de que mi entorno esté bien, que mis hijos estén tranquilos, que mi esposo esté contento, que él también pueda lograr sus objetivos profesionales, que haya todo un balance.

Eso significa mucha organización, establecer prioridades, saber que vamos a hacer una gira para ver a la familia, para ver a mi papá que tenía años sin ver; para ver a la familia de Jorge que no conocía en persona, y a la vez nos vamos a presentar y vamos a hacer cosas pero no vamos a ganar nada de dinero porque vamos a estar paseando con dos niños y va a ser agotador pero a la vez va a ser gratificante. ¡Todo eso hay que conciliarlo!     

¿Qué te enamoró de Jorge?

Muchas cosas, pero una de las principales es que podemos conversar mucho, podemos conectar con muchos temas. Podemos conectar a través del juego y eso ha sido algo fundamental en nuestra relación. Creo que eso tiene que ver mucho con nuestra formación como humoristas y como improvisadores. Por eso es que yo digo que todo el mundo debería tomar un taller de improvisación. Y no es que estés todo el tiempo echando vaina, no, sino que te conectes desde la alegría, de proponer cosas que al otro le van a gustar. Eso fue algo clave desde antes de que nos enamoráramos, porque nos llevábamos buenísimo trabajando juntos y como amigos.

¿No te dio medio dejar una carrera que te podía dar estabilidad, como el periodismo, y más siendo una Otero, para dedicarte al humorismo?

Más que estabilidad fue dejar lo que había construido por muchos años, porque yo desde que tuve uso de razón quise ser periodista. Y me preparé mucho para ser una buena periodista, hasta me fui a Estados Unidos a estudiar un posgrado. Yo estaba muy enfocada en eso y de pronto algo me movió completamente y me hizo sentir que quería volver a hacer algo artístico.  No tenía muy claro qué. Me llamaba la atención volver al teatro, porque ya había hecho teatro. También me llamaba la atención el stand-up.

Y cuando me decidí a probar, sobre todo el stand-up, me empezó a ir tan bien tan rápido… porque todo fue muy rápido. Sí hubo una transición en la que económicamente fue duro, pero en muy poco tiempo me empezó a ir muy bien y sin que me diera cuenta estaba viviendo del humor. De la noche a la mañana, ya estaba viviendo del humor. Ahí fue cuando me decidí a irme con todo. Me hacía demasiado feliz todo lo que estaba haciendo.

Al poco tiempo Emilio Lovera me invitó a trabajar con él en su programa de televisión Misión Emilio. Después entré a trabajar con Improvisto, el grupo de improvisación que además fue mi gran escuela. No tenía duda de que esto era lo mío, por más de que por muchos años lo fue lo otro, el periodismo. Pero conecté muy rápido con esto y me hizo muy feliz seguir.  

¿Algo a lo que sí le tengas miedo?

Esta no es una carrera fácil. Aunque ya tengo rato en esto y tengo un nombre y me sigue yendo bien, tienes que mantenerte muy presente todo el tiempo, muy actualizado. Además, el humorista hoy en día se ha vuelto alguien que por nada lo pueden cancelar y convertirte en un ser odiado por el mundo entero. Antes había muchos temas que se tocaban con facilidad y que ahora no se pueden tocar y uno ha tenido que revisarse mucho y evolucionar y eso está bien. Pero a la vez es una carrera muy pública y mientras más crezco, más seguidores y más exposición. Y por un lado eso es chévere, pero también tiene sus riesgos. Entonces sí, hay esos miedos a que un día me cancelen o equis…

Tampoco es una carrera estable y eso da cierto miedito también. Todo depende de mi imagen, de mi creatividad, de que yo esté activa, por eso uno busca diversificarse, para que todo no dependa solo de la imagen de uno. Pero todas las carreras tienen sus cosas, sus riesgos. La verdad es que lo importante es que me hace feliz y que me está yendo bien y que ojalá sea así siempre.        

Además de tu carrera, ¿qué te hace feliz?

Estar con mi familia, viajar, aunque últimamente viajar se ha convertido en algo agotador. Me encanta la playa. Comer chocolate y comer en general, me encanta la comida. Estar con mi familia, con mis amigos, con la gente que quiero.

¿Cómo te mantienes en forma, si te gusta tanto comer?

Toda mi vida he sido flaquísima, eso es algo genético. Yo sufría por lo flaca que era, me acomplejaba, no me gustaba ser así de flaca. Después se convirtió en lo mejor que me puso pasar, porque nunca en mi vida he tenido que hacer una dieta ni ejercicios… nada de eso. Solamente cuando he estado embarazada, que he hecho pilates prenatal (risas).    

¿Qué te pone de mal humor?

¡No comer cuando tengo hambre! (Risas). ¡No sabes lo que es! Es de las pocas cosas que me ponen de mal humor. Los horarios de mis comidas muy marcados. Tengo que desayunar al despertarme y tengo que almorzar a la hora que corresponde, y antes de eso ya merendé. Tengo como unos ritmos de comida que si nos los cumplo, me pierdo. Menos mal que mi esposo lo sabe y cuando ya se acerca la hora de la comida empieza que si con que «Ale tiene que comer» porque sabe que si no, se la tiene que calar… (risas).

¿Qué te entristece?

Yo soy superllorona. Lloro con cualquier película, con cualquier serie y siento que la maternidad a uno lo vuelve más llorona. Las despedidas. Odio las despedidas, siempre lloro en esos momentos. Hasta cuando me despido de un trabajo, lloro.  

¿El humor te ayuda a drenar tus problemas?

Claro que sí. El humor me ha ayudado a superar un montón de cosas y creo que es supersanador en ese sentido. Por eso, considero que el humor debería aprovecharse más. En las escuelas debería haber clases de humor, de improvisación. Creo que todo el mundo debería aprender a manejar las herramientas del humor para usarlas en lo que quieran.

Yo todo lo pienso en plan de humor. A mí me pasa algo, así sea una tragedia, e inmediatamente me pongo en «yo de esto voy a hacer un chiste». Es como una deformación que tenemos los humoristas, que no importa lo mal que lo estemos pasando, igual estamos pensando en el chiste. Es algo muy loco, pero el humor siempre te ayuda a ver el otro lado de las cosas.

¿Entonces el humor se puede aprender? ¿Realmente?

¡Sí, sin duda! Es una técnica que se aprende, si la estudias y practicas. En los diplomados que dictamos he visto muchos casos de gente que uno cree que no tiene el potencial de hacer reír a otros, pero se fajan a estudiar, hacen la tarea, y al final, cuando les toca hacer su presentación, hacen reír a la audiencia. Quizá no todo el mundo puede llegar a ser un gran humorista o un gran comediante y hacer una carrera exitosa, pero todo el mundo puede aprender a hacer reír.

¿O sea que lo podemos hacer solo para tener una mejor vida personal, sin intención de convertirnos en humoristas profesionales?

¡Totalmente! Más de la mitad de la gente que toma el diplomado, o los cursos que dictamos, no lo hace porque quiera dedicarse a hacer humor. Los toman por otras razones, por infinitas razones: porque quieren mejorar su discurso o quieren mejorar sus relaciones laborales o quieren ver mejor la vida…     

¿En serio te has tratado con un psicoanalista?

Sí, lo hice por muchos años. Mi mamá es psicoanalista y desde niñas para nosotras fue supernormal ir al psicólogo. La primera vez que nos llevaron yo estaba muy chiquita y fue cuando murió mi abuelo. Eso fue todo un tema en mi casa. A mí, por ejemplo, me dio asma. Mucho tiempo después, como a los 17 o 18 años, cuando iba a entrar a la universidad, regresé por mi cuenta y estuve años, porque el psicoanálisis es larguísimo. Bueno, hubo interrupciones, de repente dejaba de ir y luego lo retomaba, hasta que la psicoanalista me dio de alta. Y yo, superorgullosa, se lo contaba a todo el mundo: «Mi psicoanalista me dio de alta». (Risas).

¿Tú eres la única de tus hermanas que tiene el cabello rizado?

No. Mi hermanita Marite también lo tenía, aunque no recuerdo si era igual que el mío o si era que mi mamá se los peinaba… Lo cierto es que nunca llevaba los rizos como tal porque los odiaba. Cuando era adolescente se los empezó a planchar y después se hizo el alisado japonés y más nunca tuvo rizos. Ahora la ves y tiene el pelo más liso que nadie.

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¿Cuál crees que es tu mayor virtud?

Diría que mi carácter. Yo tengo como que un carácter muy suave y eso me ha ayuda. Aunque, claro, hay cosas que me molestan y puedo explotar también, pero hay algo ahí, no sé si sea inteligencia emocional, que hace que me relacione bien con las personas y siento que eso ha sido clave en muchas cosas, tanto en mi vida personal como en mi vida profesional.

De hecho, nunca olvidaré que cuando Emilio Lovera me pidió que trabajara con él me dijo que me contrataba no solo por mi talento, sino porque todo el mundo me quería. Cuando él estaba conformando su equipo, quería que sus integrantes fueran personas que se pudieran llevar bien entre sí, que no fuera un grupo toxico. Para mí fue muy bonito que me dijera eso. ¡Yo no creo para nada que todo el mundo me quiera, como él dice, para nada! Pero, en general, me llevo bien con la gente y creo que eso es algo bueno.  

¿Y tu peor defecto?

Muchos y me los he trabajado… Por ejemplo, antes solía ser muy dura conmigo. Si me iba mal en una presentación me daba durísimo, durísimo… Así como no era con los demás, lo era conmigo. Todavía me doy, pero ya no tanto. Todavía sufro cuando un video no me sale bien. Soy muy exigente conmigo y a veces se me va la mano.

¿El humor te ha sacado de alguna situación difícil?

Sí. Una de las experiencias más duras que yo he vivido fue cuando me citaron al Sebin por un supuesto caso de magnicidio, todo un tema relacionado con mi papá, por ser quien es. Pasé horas y horas en un interrogatorio que no tenía pies ni cabezas. Pero desde que me llegó la citación y empecé a recibir cualquier cantidad de llamadas de gente que me decía que me fuera del país, un psicoterror, pues, de una lo asumí con humor. ¡De una! Empecé a tuitear, a decir que al día siguiente iba a probar unos chistes en el Sebin.

Llegué al interrogatorio con un poco de caramelos y chocolates para repartírselos a todos. Llegué con una actitud, con una sonrisa. Ese momento, de verdad, me permitió darme cuenta de que el humor puede transformar hasta una situación supertrágica. Y luego del interrogatorio, salí a declarar ante los medios y les dije: «Creo que el Sebin se decepcionó de mí, muchachos, porque no encontró nada». Toda esa situación la asumí desde el humor y eso me ayudó un montón.     

¿Alguna vez has pasado por un momento incómodo debido a una broma tuya?

El humor siempre va a ser incómodo. El humor es esencialmente crítico entonces siempre, siempre, siempre va a incomodar a alguien. Por más que no sea tu intención, por más que tú lo hagas desde el cariño, desde la admiración. Me pasa con muchas de las imitaciones que hago de personas muy conocidas, muy queridas, y hay gente que se siente ofendida, pero no son ni siquiera los que imito, sino los seguidores, que se sienten superofendidos porque consideran que estoy faltando el respeto a las personas que imito. Eso me pasó, sobre todo, cuando se hizo viral la imitación que hice de María Corina. ¡Me dijeron de todo! No te puedo contar todo lo que me dijeron. Insultos de todo tipo, con odio… Pero uno como comediante está consciente de que eso puede pasar y que es parte del trabajo aprender a lidiar con eso también.

¿Cómo defines la felicidad?

La felicidad es estar en sintonía con tu vida, sea en lo profesional o en lo personal. Que te provoque hacer las cosas que te llenan de alegría. Que veas a tu pareja con emoción. Que me emocione que él ahorita va a llegar de viaje, después de dos semanas. Que me emocione que yo vaya a tener un show el 30 en Valencia, y que ya estoy queriendo hacer. Es eso: sentirte a plenitud en los diferentes aspectos de tu vida.

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